Art. 176; p. e. E. F. C.
“Cervantía”.
Hugo de Lara López
He de comenzar siendo franco: estoy preocupado. De cuantas veces he hablado del alcalaíno Miguel de Cervantes y he mezclado, por destino o propósito, su nombre con el del Bardo de Avon, se han extraído pareceres en contra del español que no he querido concebir. Bien pueden estar mal expresados o interpretados equívocamente pero como fuere han sido varios los que, versados en distintas filologías, me han advertido del anti-cervantinismo que desprendía todo lo que he escrito y ha sido publicado en este medio sobre tan grandes figuras. Es esto lo que, en resumidas cuentas, me preocupa, puesto que no es cierto, ni lo ha sido ni lo será, aunque esto último me incline peligrosamente a la videncia que dicen es irónica vengadora para quienes osan retarla o emplearla con descaro y asiduidad.
Conozco de primera mano la pesadumbre de tener que leer insistentes críticas de poco valor constructivo –por no mentarlas como destructivas- hacia figuras de valor incorregible; no en vano la obsesión irascible de Manuel Herrera Bustamante con Schlegel y Shakespeare ha cavado su propio hoyo en mi olvido. Con él es imposible leer dos párrafos seguidos de cualquiera de sus textos sin que de su pluma surjan decenas de lacerados puñales de forja letal arrojados a una velocidad que debiera ser condenada –por nociva antes que por veloz, aun siendo más rauda que la luz- hacia el alemán o el inglés. Esto que he narrado, la sensación de que alguien está perpetrando valoraciones ofensivas e injustas, es lo que me obliga a comedirme cada vez que divago sobre los más perfectos escritores de la historia literaria universal. Inexorablemente Cervantes es uno de ellos, y por ende mi respeto hacia sí y su magnífica obra es inconmensurable, fuera de cualquier duda.
Empero mi respeto no es solo objetivo, en absoluto, sino que además, por gusto, es subjetivo o personal, como prefieran. El madrileño es el creador de la novela que más se acerca a la perfección de cuantas el hombre ha podido ser su progenitor; quien aprecia la literatura virgen, sin aditivos, no pueden sino rendirse ante ella y degustarla cual irrepetible ambrosía. Este es mi caso; de cuantas novelas –aunque la narración no la ostente por predilecta- he leído ninguna ha perforado mi psique con tanta profundidad y firmeza como la obra cervantina. Es de tanta intensidad mi vehemencia consigo que, muy por encima de las piezas del Bardo, custodio como el tesoro que verdaderamente es una de las ediciones más recientes que llegó a mis manos del extraordinario “Don Quijote de la Mancha”.
Al margen de las incongruencias sintácticas de la prosa de Cervantes –comprensibles y extrapolables a los errores de otros grandes autores como Shakespeare y sus frecuentes inexactitudes temporales- “Don Quijote de la Mancha” es el compendio más lúcido, completo, profundo e impecable de maestría, arte, ironía y tradición, expuesto a través de personajes insólitos de apariencia simple contrapuesta con su complejísimo poso; como colofón, todo ello queda sublimemente enmarcado en un viaje cuasi infinito de dispares situaciones y excelsos significados. En síntesis, ha de ser reconocida por sus méritos como un trabajo incomparable a ninguna otra construcción literaria. Y en mí, aparte de estos méritos, ostenta el de haber logrado que haya releído su obra más que ninguna otra del género narrativo porque, aun siendo pequeño mi aprecio con el género, son numerosas las obras exultantes, pero ninguna como su Quijote.
Sin embargo, pese a los halagos hacia el Quijote el resto de la producción de Cervantes no me convence; ni “La Galatea”, ni “Los trabajos de Persiles y Segismunda”, ni las novelas ejemplares, ni todas las demás, de talla ambiciosa en violento contraste con contenidos concisos, y aunque suficientes y tal vez reseñables, mejorables. Quizá no tan imperfectos si se tratan por separado, pero al hallar entre la obra cervantina una creación de la notoriedad del “Don Quijote”, cualquier resto caería en la depauperación. A su vez es tan amplio el salto de calidad entre estas obras y su eminente creación que prefiero tratar a Cervantes como “genio lego”, en ningún caso como duda de sus capacidades sino como reconocimiento de la grandeza de su pareja más célebre, el manchego Don Quijote y su escudero Sancho Zancas –o Panza–, siendo esta de tal magnificencia que no parece estar esculpida por quien ha labrado al Persiles antes citado. El solitario destello cervantino –en términos históricos y universales– me hace considerar a Shakespeare como mayor genio, pero no mejor escritor, puesto que dos géneros tan diferentes jamás han de ser comparados desde este prisma. Ni siquiera se deberían establecer paralelismos entre ambos como el que trazó Somoza o el tímidamente señalado por Antonio Alcalá Galiano, ya que una vez analizados sus planteamientos estos responden a todas luces a un intento desaforado por establecer una semejanza vagamente relacionada pero sin una conexión consistente.
Al fin –dirán algunos– termina esta pequeña “Cervantía”, no más que un diminuto retazo escrito como reconocimiento a la vasta obra de Cervantes; asimismo puntualización para reinterpretar malentendidos anteriores y acto de justicia en favor del alcalaíno contra los que claman al cielo –generalmente españoles con poca o nula consideración hacia la más brillante cultura de su país– por considerar de su obra magna una pieza de escaso valor, como tantos son en nuestros días. A estos antes de considerarles irresponsables y salvaguardar, con este eufemismo, mi imagen, prefiero llamarles ignorantes, y que me recuerden por ser temerario antes que por mi tibieza, hipocresía o cualesquier defecto, que me importa lo que a Don Quijote lo ajeno a los libros de caballería. No se preocupen, se lo explico: nada.
Art. 175; p. e. E. F. C.
Nobel de… ¿qué?
Hugo de Lara López
Recuerdo cuando hace unos meses atrás relaté con premura y concisión mis expectativas –y deseos– sobre la edición venidera del Premio Nobel de Literatura, y criticaba que la Academia Sueca hubiera galardonado a Le Clézio el año anterior. En este caso, al margen de los gustos personales, no cabía duda de que existían argumentos tanto para esgrimir la conformidad con la decisión sueca como para rechazarla. Cualquier escritor que ha dedicado su vida a la literatura noblemente es merecedor de cuantos presentes quieran entregarle. Lo mismo se plantea este año con Herta Müller; habrá quienes estén airados por la decisión y quienes, por el contrario, crean que es justa y medida. Ambas comprensibles en sendas situaciones.
No obstante cuando ocurren farsas como la entrega del Nobel de la Paz a una persona que no ha hecho más que prometer sin cumplir ninguna de sus promesas –en parte porque no ha tenido aún el tiempo suficiente– no puede haber lógica que lo interprete ni argumento objetivo que lo defienda. Barack Obama llegó al poder hace unos meses y desde entonces no ha dejado de recrearse en sus sueños de infancia creyendo que con ese tipo de convicciones va a conseguir erradicar todo el mal del mundo. ¿Hasta dónde podrán llegar los Estados Unidos de América sin utilizar la fuerza? No muy lejos, desde luego; lo peor de esta pantomima es que los grandes poderes americanos lo saben perfectamente, y mientras Obama se dedica a iluminar al resto de mortales con sus sermones, el Pentágono se encarga de reforzar su arsenal con el “penetrador de construcciones sólidas”, una bomba diez veces más potente que aquella a la que sustituirá. De esta manera el señor Nobel de la Paz muestra ante la cara más hipócrita de su política, basada en el derroche de palabras eufónicas y cuentos idílicos para enaltecer al pueblo mientras que, cuando nadie le ve, persiste en respaldar las ideas que tanto le encolerizan ante el público.
Estaré sumamente interesado, cuando lleguen los momentos críticos, en asistir al circo americano y observar con atención cuáles serán los discursos de libertad y esperanza que harán que Irán caiga en el razonamiento yanqui y dé por terminado el desarrollo nuclear que tienen entre manos. Se haga realidad esta ficción o no, Estados Unidos tampoco lo dejará atrás porque sabe que significaría un debilitamiento excesivo frente a un enemigo potencialmente peligroso. Entonces, ¿de qué nos está hablando el señor Obama? ¿Acaso espera que la paz surja de un día para otro solo con discursos edulcorados de contenidos vacuos? Sin olvidar la mención especial a su atrevimiento de afirmar contundentemente que solventará uno de los caballos de batalla de los Estados Unidos: el sistema sanitario. Todo ello, hasta hoy, solo sustentados por flácidos armazones de palabras ilusorias.
Desde la cabalidad no se puede aceptar la entrega de un premio tan ilustre a una persona que solo ha hablado, prometido e inspirado a una población mundial harta de realismo; mucho menos aún arguyendo que su palabrería idealista pueda fructificar y en un futuro se transforme en hechos reales de relevancia histórica, porque desde luego es algo no probado. De todas formas el presidente del Comité Nobel Noruego, ThorbjornJagland hizo añicos mi planteamiento al aclarar que se le había entregado el premio por lo que había hecho hasta ahora y no por lo que aconteciera el día de mañana. Llegados hasta este punto no me ha quedado más que pensar que, posiblemente, se haya utilizado el Nobel de la Paz para comprometer a Barack Obama con sus propias promesas. En condiciones normales es sencillo olvidar lo que alguien, sobre todo un político, dijo meses atrás; no obstante un Nobel de la Paz está atado ética y moralmente a los esperanzadores juramentos que un día le dieron el reconocimiento mundial.
Irremediablemente esta disparatada elección me ha recordado a todos aquellos, vivos y muertos, que no han recibido aun mereciéndolo esta distinción. De inmediato, tras saber que el presidente americano había logrado su mención, se me vinieron a la cabeza figuras como la de Mahatma Gandhi, sin duda el paradigma mundial de la paz, que no fueron distinguidas por sus acciones, a pesar de que éstas han cambiado el mundo a través de movimientos pacíficos rebosantes de reivindicaciones y anhelos en busca de un mundo menos opresor. Tampoco tuvo su merecido premio el magnánimo y magnífico Vicente Ferrer, fallecido hace pocos meses, ni personajes que aún nos acompañan y que han representado el que debiera ser el espíritu del Nobel de la Paz, comoRebiyaKadeer o el matrimonio compuesto por HuJia y ZengJinya entre tantos otros valientes valedores de la armonía universal y la reclamación de los derechos plenos que ello supone. El Comité Nobel Noruego que no ha creído apto a todos los merecedores del premio que jamás lo han recibido debería comenzar a desprenderse de algunos de sus expertos e ir incluyendo en su lista electores menos influenciables por lo superfluo si quiere seguir conservando su reputación.
Si no se decanta por salvaguardar el prestigio del Nobel de la Paz por encima de todos los intereses, al menos quedará como provechoso el suculento millón y pico de euros que el elegido recibe en compensación por su aportación inconmensurable; si bien la mayoría de los ganadores tienen el sustento necesario para vivir gracias –o no– a sus labores. En el caso de Barack Obama es de suponer por sus grandes convicciones morales que dará un buen uso al dispendio del Nobel y lo utilizará para nutrir a los más desfallecidos, porque, además, él no necesita ese dinero, “sólo” precisa un milagro, y uno de los buenos.
Art. 174; p. e. E. F. C.
El arranque europeo.
Hugo de Lara López
La Liga continúa un año más como, en mi opinión, debía hacerlo por justicia. El Barça, por méritos propios, se mantiene arriba mientras que el Real Madrid, también por merecido hacer, tiene que comenzar a reconsiderar sus expectativas. De escarnio no bajaba que los merengues, una vez ataron a todas sus figuras, se dedicaran a hacer cálculos sobre cuándo iban a poder celebrar el triplete; este fue el segundo error de los madridistas. El primero de los errores se materializó con el fichaje de Cristiano Ronaldo por cerca de cien millones, superando la millonada pagada por Kaká, mejor jugador en casi todos los sentidos (menos en el goleador) que su compañero de equipo. Todo el mundo sabe que el luso se quería marchar y los “red devils” le hubieran dejado irremediablemente fuera por setenta millones u ochenta; ya se sabe y la historia lo demuestra: si un jugador quiere abandonar un club lo acaba haciendo, es inevitable. Pese a la inversión inconcebible de los blancos los fichajes del “mejor equipo del siglo XX” no cuajan un partido decente, aunque dan visos de poder conquistar varios puntos si les acompaña la presumida pegada.
El Barça, sin embargo, prosigue la andanza brillantísima que comenzó el año pasado dejando tras de sí una estela fantástica con solo un fichaje de relumbrón, el de Zlatan Ibrahimovic, que pocos avalaban pero que, dadas las condiciones del contrato y del parecer de Samuel Eto’o, era la opción más inteligente por parte del Barcelona. Cualquier grande de Europa hubiera hecho lo mismo que el equipo de Pep Guardiola, sin excepción, incluyendo al Real Madrid, cuyos seguidores han criticado con vehemencia el cambio de cromos y, en su justa medida, de euros.
El Calcio por su parte sigue dando disgustos a los seguidores italianos mostrando un nivel paupérrimo que, personalmente, no lo esperaba tan agudo. El Milán no acaba de encontrar el equilibrio para mantenerse erguido y acaba hincando la rodilla más de lo que cabría esperar en un equipo de su talla. Quitando a Ronaldinho, que es un alma errante, el único que parece ser digno de la escuadra milanesa es el joven Alexandre Pato, que ante la tempestad de los “rossoneros” comenzó a arrimarse al Chelsea de Ancelotti, su ex técnico, este verano pasado. Si Leonardo no revoluciona el sistema y motiva a sus jugadores me temo que el Milán está condenado a la mediocridad otro año más y él acabará engrosando la cola del paro. Esto sin tener en cuenta el flaco favor que hacen a la fama actual del club los malos resultados cosechados los últimos años para la llegada de jugadores importantes que renueven la sangre ya caduca, y el peligro de que se convierta en la causa de la rebeldía de los únicos aprovechables.
La “Vecchia Signora” y la Roma están concentradas en exhibir su irregularidad y obcecadas en no pulir su competitividad en la Liga Italiana mientras que el Inter, aprovechándose de los altibajos de sus rivales, se mantiene arriba junto a la Sampdoria del díscolo Cassano sin brillo y con un preocupante desequilibrio en el centro del campo que le impide ser tan superior como el técnico interista esperaba. Como era previsible a Wesley Sneijder se le queda grande el centro del campo del Inter. Sin la presencia de un creador de clase mundial el equipo de Milán lo tiene casi imposible para asaltar el feudo barcelonista impuesto en la Liga de Campeones aunque, habiendo visto las condiciones del resto de clubes en el Calcio, la Liga Italiana no tendría por qué resultar complicada si todo continúa igual.
La Premier League se tiñe de azul. Si bien es cierto que solo ha comenzado la temporada y que es pronto para determinar lo que pueda ocurrir avanzada la temporada, el Chelsea está mostrando un nivel de competición arrollador. No hay quien, por ahora, pueda medirse con él pese al tropezón con el Wigan Athletic de Roberto Martínez, más ficticio que real. Tras alejar a uno de los equipos que siempre es favorito, el Liverpool de Gerrard, con un contundente 2-0 en Stamford Bridge ignora al Tottenham Hotspur que empieza a renquear y fija su mirada en el Manchester United, el conjunto que más quebraderos de cabeza le ha dado estos últimos años.
Pero el equipo comandado por Sir Alex Ferguson, por desgracia para un red devil como el que escribe estas líneas, no se ha adaptado al juego sin Cristiano Ronaldo, cuya marcha no ha sido cubierta con garantías. Pese a haber ayudado al equipo a conseguir grandes cosas la baja de Carlos Tévez no ha supuesto una pérdida de peso en el problema actual del club: el gol. Wayne Rooney ha suplido excelentemente la figura del goleador del equipo aunque, como era lógico, evidencia las carencias de un jugador que no tiene en el gol su principal virtud. Ni siquiera sumando la ayuda de Berbatov y de los nuevos fichajes, Owen y Valencia, es suficiente para revertir la dinámica.
Los “gunners” vuelven a repetir el patrón, practican un juego alegre y fluido pero caen en los momentos más importantes; se repite la desesperante historia de las últimas temporadas para desesperación de su técnico, el alsaciano Wenger. Aun así si el Arsenal trabaja duro y forja una regularidad mediana, con el talento que posee en sus filas, puede dar una guerra inconmensurable a los de arriba. Sería lo idóneo para la Premier y, siendo honestos, para todo el fútbol.