Hugo de Lara López

Artículos y otros…

Archivos para 'Cultura' Categoría


Aires de conflicto

Publicado por hugodelara en Julio 19, 2008

Artículo número 122; publicado en El Faro de Ceuta.

Aires de conflicto.

Hugo de Lara López.

- Ya están listas las tropas, César. – De acuerdo. – (César, habiéndose ajustado su armadura, camina hacia el exterior de la tienda de campaña. Fuera de esta, los legionarios romanos, eufóricos por la victoria sobre los galos, esperan las órdenes de su líder. Julio con paso ligero y firme se sitúa delante de ellos mientras sus tropas esperan con enorme expectación sus palabras.) - Romanos, hoy es un día triste para todos nosotros. – (César camina sin perder de vista a sus legionarios.) – Un mensajero me ha transmitido los nuevos aconteceres de nuestra ciudad y, en esta ocasión, son funestos para nosotros. Nosotros, que hemos logrado dominar las Galias como tributo al Senado y a los ciudadanos romanos, hemos sido oficialmente repudiados por los senadores. El propio Senado lo ha decidido así, tanto como para vosotros como para mí, hasta que yo decida abandonaros y en vosotros recaiga el control de los senadores más poderosos. – (Los legionarios permanecen firmes, mas en este momento sería difícil borrar de sus rostros el creciente odio que las palabras de César han ido fundiendo en sus carnes. César, por su parte, deja de caminar y mira de frente a sus tropas.) – ¡Conoced, romanos, quién es el sumo traidor de Roma! ¡Quién es aquel que nos está traicionando desde la ciudad! – (Los hombres de César comienzan a impacientarse.) - ¡No es otro que Pompeyo aquel que comanda a los senadores que han corrompido el sacro Senado! Sabed, romanos, que él y sus seguidores han sido los que han expulsado a nuestros seguidores de la Curia para hacerse con el poder supremo, para evitar que ninguno pudiera vetar las execrables peticiones de los senadores; de esta misma manera, sabed, que Marco Antonio ha sido apartado de la réplica como poder máximo de la plebe y se le ha ignorado cuando ha tomado las medidas oportunas contra los ataques que han realizado los senadores contra nosotros. – (Las tropas romanas, excesivamente irritadas, comienzan a murmurar. César levanta su brazo y les muestra la palma de su mano.) - ¡Por ello, escuchadme romanos, debemos liberar el Senado de la plaga que le ha invadido y que está destruyendo todos aquellos principios por los que, por ley divina, debería regirse! ¡Escuchad, romanos, Roma necesita que luchemos por ella en nombre de nuestros hijos y de sus hijos, y de los hijos de éstos y de toda la estirpe romana! – (Los legionarios romanos levantan sus armas y gritan al unísono cuando César termina de hablar; poco después continúa.) - ¡Que el choque de nuestras armas con el hueso enemigo sea tan potente que incluso se escuchen en Oriente! ¡Que sepan que aquel implacable sonido es el rugir de Roma revolviéndose contra sus impostores! ¡Contra sus enemigos! ¡Contra su lacra! – (Los gritos de las tropas rompen la tibieza del aire y sólo la voz de César puede destacar sobre ellos.) – ¡Alcancemos las tierras romanas que pertenecen al pueblo romano! ¡Luchemos contra Pompeyo y sus seguidores! ¡Venguemos el honor de los humildes ciudadanos romanos y del deshonrado Marco Antonio así como de todos aquellos que fueron expulsados de la Curia por capricho de los lacayos de Pompeyo! ¡Mostremos nuestro imponente poder ante los enemigos de Roma! ¡Enseñemos a aquellos que quieren hacerse con el poder utilizando la mentira y la cobardía lo que los hijos de Roma les tienen preparado! – (El nombre del líder de las tropas romanas es coreado con frenesí mientras este afina su tez y eleva su brazo al aire.) - ¡Alcemos nuestras fuerzas! ¡Irgamos nuestras armas! ¡Liberemos a Roma! – (Exultantes, los legionarios de César se preparan para marchar hacia Roma entre la algarada provocada por sus armamentos y sus magnas voces.) – ¡Elevad vuestra armas y dirigid sus afiladas puntas al cielo para ser bendecidos por los dioses! ¡Sentíos rociados por su apoyo, por su certeza, y por su responsable guía y sea entonces cuando comencemos nuestro camino para embestir a los detractores de la libertad y de la paz romana! ¡Marchemos por el pueblo! ¡Hagámoslo por Roma! – (Los legionarios romanos refrendan la orden de su líder con sus frenéticos alaridos. Uno de los centuriones junto a César aprovecha el vocerío para hablar con Julio.) – César, ¿cuándo deseas que partamos? – Partiré al anochecer junto a la decimotercera legión para avanzar hasta el borde del Rubicón. Hemos de estar listo para entonces mas esto no significa que descuidemos el control de la zona, por ello os encomiendo mantener el orden en las Galias. – Sí César mas… ¿cree que no necesita más que la legión decimotercera? – No sólo lo creo sino que, además, Lucio, estoy totalmente convencido de que incluso la legión decimotercera será demasiado para Pompeyo y sus secuaces. – Si es lo que deseas, César, obedeceré tus órdenes y mantendré el férreo control sobre los territorios galos. – (Lucio se despide de César con una inclinación y se dirige a los legionarios para organizar la defensa tras comunicar a la legión decimotercera la decisión de César. Estos, colmados de júbilo al saberse elegidos por César, comienzan a prepararse para el ataque.)

Publicado en Cultura | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , | Sin Comentarios »

Arena, plebe y sangre

Publicado por hugodelara en Julio 19, 2008

Artículo número 121; publicado en El Faro de Ceuta.

Aires de conflicto.

Hugo de Lara López.

¡Que comience el espectáculo! – (La muchedumbre ruge excitada mientras una de las verjas del terreno se levanta lentamente. Abierto el camino una bestia salvaje abandona su pequeña jaula con una velocidad endiablada. En el otro lado un joven tembloroso es empujado a la arena con tal violencia que cae de rodillas, brotando de éstas pequeños ríos de sangre a causa de la fuerza del choque.) - ¡Acaba con su vida! - ¡Destripa al bárbaro! – (La bestia clava sus ojos en el joven, cuyas piernas tiemblan y cuyo torso convulsiona de forma anormal.) – ¿Está dormida la bestia? - ¡MÁTALO! – (Entre los alaridos del ávido público la bestia continúa amenazando al joven bárbaro con su mirada. El joven, petrificado, intenta recomponerse y prepara sus piernas para correr. Debido a la pasividad de la lucha en la arena el emperador ordena a uno de los soldados de su guardia que, entre todos, encolericen al animal. La guardia pretoriana obedece al emperador; inmediatamente toman algunas lanzas y atacan a la bestia desde la distancia. La bestia responde a sus ataques y se enfurece atrapando algunas lanzas con sus dientes y rompiéndolas con sus feroces zarpas. El bárbaro aprovecha el instante de confusión y recoge uno de los trozos de lanza esparcidos por la arena; la bestia aprovecha la oportunidad y se lanza contra el joven de rubia cabellera, que logra esquivar la bestial embestida por poco.) - ¿Qué diablos ocurre con este maldito animal? ¿No va a despellejarlo? – Emperador, sé que no soy el más conveniente para decirle esto mas creo que hemos de esperar un poco más, el bárbaro Marceu está comenzando a cansarse. – (La tez del emperador cambia radicalmente, y el odio que antes albergaba se convierte en una sonrisa macabra.) - ¿Cómo has dicho? – Perdóneme empe… - Dime, ¿quién piensas que soy, desgraciado? – (La sonrisa del emperador comienza a abrir una brecha en su cara y de esta brota una ira mayor que la anterior.) - No pretendía ofen… - ¡INEPTO! ¡NO SOY CUALQUIER PLEBEYO AL QUE PUEDAS NINGUNEAR NI ORDENAR! ¡SOY EL EMPERADOR MÁS GRANDE QUE JAMÁS HA CONTEMPLADO ROMA Y SI ORDENO QUE QUIERO QUE AQUEL JOVEN MUERA AHORA HA DE HACERLO AHORA! ¡SACAD OTRA BESTIA O HACED LO QUE SEA MAS LO QUIERO VER MUERTO AHORA! – (El pretoriano, temeroso de la respuesta que pudiera acarrear la repulsa del emperador, levanta su brazo con celeridad. Dos soldados cercanos a la arena elevan una distinta verja y de ella sale otra bestia.) - ¡Bravo! - ¡Genial! - ¡Viva el emperador! – (La excitación recorre el rostro del emperador que se ve aclamado por las masas. El joven bárbaro, agotado por la continua persecución de la bestia, agarra con fuerza el pequeño trozo de lanza y se mantiene quieto. La bestia que acaba de salir sorprende al público, pues no se dirige al escuálido bárbaro sino que, por el contrario, se lanza al cuello de la otra bestia.) - ¿Qué…? – (El emperador mira incrédulo al pretoriano.) – Esto era lo que intentaba decirle, era un gran ries… - ¿QUIÉN ES EL RESPONSABLE DE ESTO? ¡No me olvides que he de matar a los dos inútiles que han soltado a la segunda bestia! - ¿Emperador? - ¡ARREGLA ESTO COMO SEA! – (Las dos bestias, heridas gravemente, comienzan a dar signos de debilidad. Sus fuertes patas ahora tiemblan y sus zarpas no se agitan ni tan ágiles ni tan fuertes como antes. El bárbaro Marceu se dirige a toda prisa hacia el león menos debilitado y clava su lanza con fuerza en uno de sus costados. Ambas fieras desfallecen mientras el bárbaro blondo recupera fuerzas. La indignación del emperador es opima.) - ¿Y estas son las fieras que nos prometieron? - ¡Estas no son fieras son senadores disfrazados! - ¡Fuera! - ¿Y esto es un espectáculo? ¡Mayores se arman en los senados! – (El emperador mira furioso al pretoriano.) – No volverá a pasar, emperador; deléitese con la bestia que teníamos guardada para una ocasión como esta. – (El pretoriano levanta su mano derecha y una verja tres veces más ancha y alta que las anteriores se abre. Marceu, temeroso, dirige su mirada al hueco dejado por la apertura de la verja.) – Es púnico. – ¿Como Aníbal? – Eso es emperador. – Si tiene la misma sangre que Aníbal podemos estar tranquilos: sólo podrá ser vencido por un romano y ese joven es un simple bárbaro. – (El emperador vuelve a sonreír. La bestia sale e impresiona a los espectadores, mucho de los cuales emiten un grito de asombro entrecortado. Con apariencia de león, mas un metro más alto y más ancho que los anteriores, entra en la arena una feroz bestia con un pelaje rucio y espeso que rodea su cuello e irradiaba plenitud y fuerza; por otro lado, sus férreos colmillos se asemejan más al duro y lujoso marfil del elefante que al débil hueso animal.) – Se acabó emperador. – (La gigantesca fiera eleva su cuello, prepara sus fortísimas patas y fija su objetivo en el pobre bárbaro; sin tardar ni un segundo más corre hacia el joven y, antes de llegar a este, salta implacable extendiendo sus zarpas. Estas se clavan en el inocente cuerpo del joven y la sangre comienza a chorrear por su torso; con otro zarpazo raja las abdominales de su presa y sus vísceras salen al exterior vertiginosamente; con el último golpe rompe brutalmente el cuello del famélico bárbaro. Sin más que hacer, el titánico animal comienza a comer las tripas de su víctima con una quietud inquietante.) - ¡Bravo! - ¡Espectacular! - ¡Viva el emperador! - ¡Bestias así sólo se hallan en Roma! – (El emperador, saciado, se levanta y saluda a la plebe; inmediatamente esta responde a su emperador con desmesurados gritos de halago. La fiesta romana había triunfado un día más.)

Publicado en Cultura | Etiquetado: , , , , , , , , , , , | Sin Comentarios »

La reunión de Marcelo y Pompeyo

Publicado por hugodelara en Junio 20, 2008

Artículo número 118; publicado en El Faro de Ceuta.

La reunión de Marcelo y Pompeyo.


Hugo de Lara López.

- Sería preciso que comiences a preparar la defensa, no tardaremos en expulsar a los seguidores de César de la Curia y no estimo más de siete días para la réplica de sus tropas. – Ajá, veo con esto que el Senado ya se ha decantado por legitimar la cesión de poderes que me otorgaste, Marcelo. - ¿Acaso esperabas que esto no fuera así? Debías confiar poco en mí si no creías que acabarían aceptando tu tutela militar, no existe artimaña que no pueda llevar a cabo en Roma. – (Claudio Marcelo sonríe y Pompeyo, alentado por la certificación de su inmenso poder, agradece la labor a su acompañante con un ligero toque en el hombro.) – Espero que estés dispuesto a colaborar activamente en la dirección de las tropas romanas, necesito a alguien con tus capacidades para aplastar con contundencia a César. – Por supuesto Pompeyo, si tú lo dispones yo acataré todas las órdenes que me plantees. – Pobre Julio, desconoce lo que le esperaba y, aún más, dónde se está metiendo. – Ni siquiera se lo habrá imaginado. – Quizá sí lo haya hecho Marcelo, es muy perspicaz, pero dudo que realmente haya sopesado la posibilidad de que sus apoyos en Roma se diezmaran por un golpe del destino y que el Senado hallara el camino libre para hilvanar cualquier plan o reforma. – (Marcelo ríe, por su parte Pompeyo se comide.) - ¿Cómo pensáis expulsar a los seguidores de Julio de la Curia? – ¿No te lo imaginas? – Déjame que piense. - (Irónico, Pompeyo ladea la cabeza hacia la izquierda durante un instante.) – Ya sé, ¿quizá el último recurso? – Exacto, no podía ser de otra forma, Pompeyo, que con una consulta excepcional. – (Pompeyo, tras haber escuchado lo dicho por Marcelo, se gira y desde el pórtico mira hacia el horizonte, desdibujado por los primeros rayos del sol y la decrépita neblina.) ¿Cómo has logrado que los senadores llegaran a acatarlo? – Digamos que sus almas son extremadamente débiles ante el resplandor de nuevas riquezas, sin olvidar que tus ideas y tu presencia en Roma refuerzan el acercamiento de la mayoría de los senadores a la concepción de tu figura como máximo jefe del ejército romano. Aunque no fuera así, poseyendo el apoyo de Cicerón tenemos controlado el Senado. Como puedes ver, estimado Pompeyo, todo está siendo más sencillo de lo esperado, no dudo que los dioses estén influyendo en esto. – (Escuchadas, de nuevo, las palabras de Marcelo, Pompeyo se vuelve hacia él.) – ¿Los dioses? – Sí, Pompeyo, aunque bien es cierto que comprobando nuestra posición y la de César comienzo a replantearme si necesitamos la ayuda de los dioses para derrotar a César teniendo en cuenta todo el poder que posee Roma. – (En ese momento aparece un mensajero aparentemente fatigado y se dirige hacia Marcelo.) – Por fin le encuentro, le he estado buscando por media Roma, los senadores le reclaman, no han comenzado la sesión porque es necesaria su presencia. – (Marcelo mira a Pompeyo y sonríe.) - ¡Oh! Es cierto, olvidé que el Senado se reunía hoy. Siendo así, Pompeyo, me excuso, pues he de acudir lo antes posible a la reunión del Senado. – Acude, no sería honroso para mí retrasar la comparecencia del Senado por retener a una de sus más importantes piezas en este lugar todo el día. – Le acompaño. – Por supuesto. – (Marcelo, junto al mensajero, se aleja del lugar. Pompeyo, ahora solo, sale del pórtico donde se encontraba, acariciando antes una de las columnas en él dispuestas. Su rostro está sumergido en el desconcierto y en el caos, la inseguridad trota por sus ojos y la impotencia se derrama a través de ellos hasta sus mejillas, que ante Marcelo eran férreas y decididas. Sus labios, ahora remisos, contradicen la diligencia en ellos hallados un instante atrás. Ya fuera del pórtico eleva su cabeza y sus ojos buscan el cielo, abigarrado por los nacientes rayos del sol, no pareciendo, por su aturdida tez, el auténtico Pompeyo el que se mantiene erguido en una aparente lucha contra una inefable pesadez. ) – Dioses, espero que escuchéis mis palabras, pues no os pido con ellas lo más afortunado para mí, ni una fuerza extraordinaria para mis hombres. Os ruego que apoyéis a aquel que pueda asegurar un mejor futuro para Roma, olvidad los nombres de los protagonistas y actuad en honor a las personas, a aquellos que conforman todos los territorios romanos, pues son ellos, dioses, los que verdaderamente corresponderán vuestros benditos regalos rindiéndoos los justos tributos y los que con estos os satisfarán, como merecen vuestros dones y concesiones, por años que sucedan y por épocas que concurran en la efímera eternidad que deseéis para ellos.

Publicado en Cultura | Etiquetado: , , , , , , , , , | Sin Comentarios »

El fin del asedio de Alesia

Publicado por hugodelara en Junio 12, 2008

Artículo número 117; publicado en El Faro de Ceuta.

El fin del asedio de Alesia.


Hugo de Lara López.

- (Vercasivellauno, habiendo hallado las fortificaciones romanas ocultadas por César, lanza un feroz ataque contra ellas. Tan tortuosa es la zona donde estas se encuentran que es imposible construir férreas murallas que puedan alejar al enemigo. Vercingétorix aprovecha la ofensiva de su primo Vercasivellauno y apoya su ataque.) - ¡César vienen todos! - ¡No rompáis la formación! ¡Mantened las líneas! - (Los soldados, obedientes, permanecen en sus posiciones. Por su parte, César recorre la zona y alienta, con énfasis, a sus hombres. No obstante, la ofensiva del enemigo es demasiado potente; para proteger una de las brechas más importantes de las fortificaciones romanas es enviada la caballería de Labieno, uno de los lugartenientes de César.) - ¡César las líneas no soportan más, la ofensiva interior es imparable! - (César, viendo que los romanos están siendo vapuleados, decide atacar.) - ¡Romped la formación! ¡Adelantad las líneas y atacad a los galos con vehemencia! ¡Moveos! - (Los soldados de César levantan sus armas y empujan con sus insistentes ataques a los galos, que no pueden resistir las embestidas romanas y han de retroceder. Sin embargo, la zona que está siendo defendida por la caballería de Labieno se encuentra en una situación difícil pues los galos están a punto de dominar el terreno. César, observando el problema, piensa con celeridad un nuevo plan. Sorprendentemente, Julio César toma a unos seis mil hombres de la caballería y se dirige hacia las tropas de reservas enemigas; llegados a la posición de estos, los enemigos quedan sorprendidos y los atacantes aprovechan la ocasión para luchar contra más de sesenta mil galos. Los hombres de Labieno ven la arriesgada acción de César y sus esfuerzos se multiplican ante la heroicidad de su jefe militar para contrarrestar el empuje galo de la zona.) - ¡Que no osen estos condenados galos pisar nuestras tierras! ¡Mostradle el ímpetu que Roma inculca a sus hijos! - (Dicho esto, Labieno arriesga un ataque con el resto de la caballería consiguiendo hacer retroceder al enemigo. Los galos, asombrados, no pueden creer lo que están presenciando, muchos de ellos, temerosos, abandonan el campo de batalla.) - ¡No dejéis que huyan! ¡Que no quede un solo galo en pie! - ¡Así será Labieno! - (César y los suyos, que han atacado a los soldados reservas enemigos, observan también la huida de los galos que, antes, se les oponían.) - ¡Perseguidlos! - ¡Sí César! - (El cansancio evita que los galos puedan escapar rápidamente y los romanos, igualmente fatigados mas embargados por la emoción de lo que parece ser una victoria segura, logran masacrar a los galos. La fiereza de los romanos, transformada en hierro, atraviesa sin impedimento que pudiera existir la piel de sus enemigos; sus sudorosos rostros brillan con intensa malicia mientras unos eliminan a los galos que alcanzan y otros galopan con intensidad para atrapar a sus enemigos. Mas los romanos, aun en plena excitación, están exhaustos, por ello muchos de los galos logran escapar y la matanza total no puede consumarse. Vercingétorix, dentro de su fuerte en Alesia, observa cómo su ejército exterior ha sido derrotado y comienza a replantearse, con seriedad, la estrategia practicada hasta entonces. Sus hombres están impacientes, su moral se desgrana con el paso de los segundos y el hambre les hace enloquecer. Fuera de las murallas de su fortificación no puede ver más que los restos de los galos caídos en la batalla y los rojizos riegos de los que huían heridos; no hay más que desasosiego tras estas murallas, no hay apenas alma que vele por su protección, no hay viento que calme el picor de la derrota ante los romanos, ante el antiguo mentor del líder galo, Julio César. ) – ¡Vercingétorix! Los informadores acaban de revelarnos que casi ningún hombre de los enviados a la batalla contra el enemigo ha logrado volver. Estamos indefensos ante una posible acometida romana. Esperamos tus órdenes. - ¿Cuántos hombres quedan dentro? – (El hombre que acompaña a Vercingétorix mira al suelo. Su rostro está desalmado y sus manos parecen muertas, pues no se mueven y permanecen rígidamente tendidas junto a su cuerpo.) – Siento decírtelo, Vercingétorix, mas ni siquiera con ellos podríamos construir un granero en menos de veinte noches. – Sabes lo que esto significa, ¿no, Veleumno? – Que hemos fracasado. – (Vercingétorix asiente con pesadez.) – Yo me ocuparé de la rendición, dile al resto de los hombres que pueden descansar: la guerra ha terminado. – (Tras hablar con Veleumno, este último corre hacia los hombres que permanecían en la pequeña plaza de la fortificación y les informa de que la guerra ha llegado a su desgraciado final. Cuando la noticia es conocida por los hombres de Vercingétorix se niegan a aceptar una derrota, y elevan sus armas al cielo con ímpetu, mas Veleumno les detalla la crítica situación. Una vez conocida la circunstancia, los galos, desolados, caen al suelo impactados; sus rostros no sólo están desalmados como el de Veleumno, sin vida alguna que pudiera hallarse a pesar de insistir durante años, sino que estaban rotos, repletos de furia y desconsolación. Ellos, que habían sido conjurados por Vercingétorix para conseguir salvar a las Galias de la dominación de los romanos, habían fracasado, no habían logrado salvar sus familias, sus tierras, sus pertenencias, sus animales, sus llanuras, sus cuevas, sus poblados. Esta derrota no supone, para los galos, una inferioridad directa respecto a sus enemigos sino la caída de la resistencia gala ante la amplísima dominación de Roma. El lloro de los galos no es más que el símbolo de aquellas gotas de fuego ardiente que acabarían por arrasar las tierras labrada por los galos, con paciencia y empeño, a lo largo de muchos años. Por su parte Vercingétorix, tras haber recapacitado qué medidas llevar a cabo a pesar de no existir otra salida más que la plena rendición, decide mostrar un gesto de sumisión ante César al día siguiente, colocando sus armas ante los pies de este. Los romanos habían vencido, y el sueño galo de Vercingétorix hecho trizas por la invencible e implacable Roma. )

Publicado en Cultura | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , | Sin Comentarios »

La cuestión militar

Publicado por hugodelara en Junio 4, 2008

Artículo número 116; publicado en El Faro de Ceuta.

La cuestión militar.


Hugo de Lara López.

(De entre cientos de senadores, uno de los presentes se eleva y se dispone a hablar.) - Senadores aquí reunidos que, con vuestra sabia decisión, dirigiréis el patrón del destino romano con acierto, escuchad mis palabras y mi opinión sobre el hecho. Es conocido por todos y distinguido como maldito problema la reciente cuestión de los militares romanos. Desde antaño, los más avariciosos han formado las legiones de los procónsules sin más pensamiento que el de vencer, vencer y volver a vencer, mientras que los que han quedado en estas tierras apenas han pensado más que en defender, defender y, por supuesto, defender. Y así debería ser, pues no es negativo para Roma que sus legiones aspiren a formidables logros que consoliden su camino en esta corta vida, sin embargo, su control no ha exceder ni rebasar la República Romana. Nosotros, durante mucho tiempo, hemos formado a estas tropas y les hemos alimentado; en ellos inventamos el complejo artificio del pundonor y la fiereza, mas sin olvidar la inevitable fidelidad a Roma y a todas y cada una de sus instituciones. Sus cuerpos se cubren con materiales que les costeamos, para su mayor seguridad, y sus manos soportan escudos y armas labrados para la consecución de la victoria. En su mente hemos sembrado la valentía y, en su frente, hemos tallado el respeto por el enemigo. Las legiones, por ende, deben acatar las inexorables órdenes de Roma, pues a esta deben todo lo que poseen. No debería ser César el máximo jefe de estas, aun siendo procónsul, pues sus legiones corresponden, como él bien conoce, al estado, así como el territorio galo conquistado es propiedad romana; por ello, si César intenta extender e imponer su mandato aun no siendo respaldado por el Senado, será condenado como Enemigo Público, y ello significará que sus legiones, entonces sólo soldados de César, se desvincularán, para la eternidad, de Roma. Si esto ocurre, los soldados mostrarían su desafortunada deslealtad, pues ellos tienen que dirigirse incluso a los confines de las últimas tierras a buscar la muerte si así se lo reclama Roma, la Gran Madre de todos ellos; ¿qué pensarían los senadores de esta cámara si ellos mismos decretaran el envío de tropas a Hispania y estas se negaran? Sería, para desgracia de todo el estado, un imborrable ultraje. Mas, aunque se diera esta atroz situación, siempre contaremos con la defensa de aquellas legiones que, desde su reclutamiento, se han mostrado leales; por esto mismo no debemos temer amenaza alguna. No obstante, el castigo a las tropas desobedientes debe ser una obligación, como lo es condenar a las comandadas por César si este persiste en su campaña gala y sus tropas no les abandonan, pues como piezas de Roma, como lo son todos aquellos que habitan esta ciudad, han de obedecer lo que esta exponga sin construir ninguna traba en el cristalino y despejado camino sobre el que toda la ciudad ha de caminar unida en pro de los intereses del estado. En favor de todo esto os pido, senadores, que obliguéis a César a renunciar a su poder para evitar que, en tiempos venideros, pueda traicionarnos. - (En ese mismo momento otro senador se levanta de su asiento e interfiere en el discurso imperante.) - Si me lo permitís, quiero agregar una petición más a la realizada por Marco. - (El que antes hablaba ahora se sienta para escuchar al senador.) - Yo os pido que no sólo sea César a quien se le aparte del enorme poder que posee, pues no podemos olvidar que Pompeyo tiene un vasto poder en sus manos, quizá tanto como el que puede acaparar César en este mismo momento, con la diferencia de que aquel está en Roma. Mi deber es pedir que sus poderes sean pulverizados y se retiren a la vida privada, pues su actuación ya ha excedido los marcos necesarios y su mera presencia es un peligro para la integridad y el orden de nuestra república. Pido esto puesto que creo que hemos de ser justos y aplicar medidas idénticas a situaciones parejas. De cualquiera de las maneras, consideradme como un fiel servidor de lo que decidáis, pues confío en que la amplia capacidad del Senado y sus senadores tome la decisión acertada. - (El senador se sienta y envía una retorcida mirada a Marco, el cual no tiene más que resignarse ante la extensión de la propuesta hecha por aquel, pues ha de mostrarse objetivo y no evidenciar su apoyo y cercanía a Pompeyo, aun siendo conocida esta conexión por la mayoría de los senadores de la cámara, donde habían muchos más seguidores de Pompeyo, sin embargo, su defensa se había hecho imposible por la propuesta del propio Marco.)

Publicado en Crítica social, Cultura | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , | 2 Comentarios »

Problemas en el Tártaro

Publicado por hugodelara en Mayo 28, 2008

Artículo número 115; publicado en El Faro de Ceuta.

Problemas en el Tártaro.


Hugo de Lara López.

- ¿Zeus? ¡Eh, Eros! – (Eros, enfadado, toca una y otra vez su carcaj dorado.) - ¿Qué quieres? – Busco a Zeus, tengo para él una noticia muy urgente. – ¡Y yo qué sé Hermes! Yo estoy buscando a mi madre. - (Refunfuñando Eros se marcha dejando a Hermes solo. Este, no viendo otra solución, se atreve a golpear levemente la Gran Puerta que corona la entrada de la Magna Habitación del Dios de Dioses. Golpeada dos veces, la puerta se abre suavemente, sin emitir apenas ruido, y Hermes entra. Allí, en un enorme trono cuyos laterales estaban decorados con placas grabadas de oro, platino y plata, permanecía Zeus, sentado.) - ¿Qué ocurre, Hermes? – Zeus, tienes que reunir a todos los Dioses, Hades me ha dado una noticia funesta para la estabilidad del mundo mortal. – (Horas más tarde, habiendo aceptado Zeus la petición de Hermes, todos los Dioses, menos Hades, se reúnen en la Magna Sala del Olimpo.) – Dioses, Diosas, os he reunido aquí, aun sabiendo que vuestros deberes os reclaman, para abordar la resolución de un problema acaecido en los dominios de Hades y que afecta a la totalidad del mundo de los mortales. Así pues, Hermes, te pido que detalles el infortunio. – Así haré. Hades no tardará en venir, mas mientras él llega os narraré lo sucedido. Tan mala fortuna ha impregnado las tierras del… - (Poseidón tose bruscamente para que Hermes abandone la narración completa.) – Bueno, el hecho es que el Tártaro no puede albergar más espíritus de difuntos, ha cubierto todo su espacio. – (Todos los Dioses y las Diosas allí presentes emiten un leve y ahogado grito de asombro.) – Imagino que esto será una broma de mal gusto, ¿no, hermano? – No, Poseidón, estuve en el Tártaro y te puedo asegurar que… - ¿Desde cuándo te consideras hermano mío, Hermes? – Perdón. – No, Poseidón, no es ningún tipo de broma; Hermes acudió por orden expresa de Hades, que aún resuelve problemas en el Tártaro. – (Ares sacude con violencia la luenga mesa de la Magna Sala y se levanta.) - ¿¡Esto significa que no voy a poder crear más guerras!? – A mí me parece bien que no hayan más muertes. - ¿¡Cómo te atreves a decir eso, Afrodita!? ¿¡Sabes lo que esto significa!? – Sí, que te has quedado sin trabajo, devuelve tus poderes y tómate unas vacaciones. - ¡Zeus! ¡Esta mujerzuela me está deshonrando! – Cierra la boca asesino. – ¡SILENCIO YA! – (Tras gritar Zeus, la puerta de la Magna Sala se abre, y las luces del Olimpo revelan una figura ataviada con un traje oscuro.) – Os ha contado Hermes lo acaecido, ¿no? – Sí, hermano, lo ha hecho; toma asiento y reposa. – El Dios Hades, que acababa de entrar, se sienta tal y como le ofreció su hermano Zeus.) – Relátanos la situación actual. – Es alarmante, Zeus; el Tártaro ha albergado a tantos muertos que no caben más. - ¿Tantos hay? – Más de los que puedas imaginar. Cree si te cuento que he tenido que dejar al Can Cerbero apoyado en la puerta para que los de dentro no puedan salir y para que los de fuera no puedan entrar. - ¿Los de fuera? – Sí, hay una larga fila de espíritus que están esperando para entrar, mas ahora mismo están vagando por las Llanuras de la Desolación. Y eso no es todo. – (El resto de los Dioses y las Diosas aguantan la respiración.) – Más allá de la laguna Estigia también aguardan más espíritus pues Caronte tiene serios contratiempos. Su barcaza está dañada y no puede continuar transportando personas hacia el otro lado. – (Algunos de los Dioses se echan las manos a la cabeza. Todos se muestran muy preocupados menos uno, este bebe de una enorme copa con un interminable líquido. Parte de los Dioses le miran con desprecio por su indolencia ante una situación tan peliaguda.) - ¿Qué pasa? ¿Queréis un poco? - ¿Quién ha sido capaz de invitar a este deleznable borracho para dar su opinión sobre un tema tan delicado? ¡Es más! ¿Cuándo ha sido capaz este idiota de poder dar una opinión? – Poseidón, Dioniso es un Dios del Olimpo más, su presencia aquí es tan segura y necesaria como la tuya propia. – (Dos leves golpes suenan en la puerta, ya abierta, de la Magna Sala.) – Madre, se me han agotado todas las flechas, ¿tienes algún botecillo de esencia seductora en tu habitación? – (Zeus, viendo que la reunión se descentraba, enfurece y de su mano derecha nace un rayo, que acaba destruyendo la puerta de acceso de la Magna Sala. Los restos de oro, platino y plata quedan por el suelo desperdigados. Los Dioses y las Diosas, incluso Eros, vuelven a enmudecer. Zeus se dispone a hablar.) – Escuchadme, pues sólo lo diré una vez, estas cosas quedan prohibidas desde hoy hasta que hallemos una solución: Ares, no crearás guerras, ni tensiones sociales, ni nada que se le parezca, será así que te negaré el conflicto por ahora; Afrodita y Eros, no difundiréis el amor, ni lo refrendaréis con vuestro espíritu, ni haréis nada que provoque el nacimiento de nuevos hijos, será así que os negaré el amor por ahora. - ¡Pero Zeus! – (Entre risas Ares intenta articular palabra alguna ante la indignación de Afrodita.) - ¿Qué te pensabas, Afrodita? ¿Que iban a censurar mis guerras y no tus amores? – Silencio a todos, no lo digo más. Continúo: Poseidón, de ti negaré que puedas organizar naufragios, así pues ya sabes que debes comedir tu furia cuando los barcos naveguen por tus aguas. Al resto os invito, igualmente, a no cometer ningún acto que provoque aumento o disminución de la población. Por lo tanto, quedan disueltos vuestros poderes hasta que el problema esté resuelto. Mañana celebraremos la segunda reunión, hasta entonces pensad en soluciones factibles con las que podamos enmendar este desafortunado devenir.

Publicado en Cultura | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , | 1 Comentario »

El Gran Incendio

Publicado por hugodelara en Mayo 21, 2008

Artículo número 114; publicado en El Faro de Ceuta.

El Gran Incendio.


Hugo de Lara López.

- Emperador, ha ocurrido una desgracia en Roma. - (Desconcertado, el Emperador mira a su guardia personal, que ha acompañado al mensajero hasta su aposento. Tras esto, fija sus ojos en el mensajero.) - ¿Qué ha ocurrido para que hayas venido tan agitadamente a Antium? - Algo grave. - Termina con los ambages y cuéntame lo que ha acaecido. - Sí señor, siento comunicarle una noticia como esta, mas ha de saber que Roma está ardiendo. - ¿Ardiendo? ¿Cómo que Roma está ardiendo? - Sí Emperador, se desconoce aún la causa, mas la situación es crítica, por esto mismo he acudido a informarle lo antes posible. - (El Emperador se dirige a su guardia personal.) - Preparad todo, volvemos a Roma. - ¿Ahora? Emperador, ¿está seguro que desea volver ahora? ¿Por qué no esperar hasta mañana? Las instituciones sabrán qué hacer hasta su regreso. - (El rostro del Emperador cambia en breves segundos, antes lleno de preocupación ahora se colma de rabia.) - ¿Cómo dices? - Perdone Emperador, sólo era una sugerencia. - (El Emperador avanza y agarra, impío, al guardia por el cuello.) - Maldita sea tu sugerencia; si vuelvo a escuchar de tu boca cualquier lucidez que suponga una agresión para Roma y para sus habitantes ordenaré que te corten este insignificante cuello. - (Se acerca al oído del guardia y susurra lentamente.) - ¿Me has entendido? - (Apenas pudiendo articular palabras el guardia exhala un asentimiento entrecortado. El Emperador lo suelta y, tras recoger algunas de sus pertenencias, abandona la habitación. Su guardia personal, junto al mensajero, le siguen. Mientras tanto, la Capital del Mundo arde; el hogar de los humildes está siendo devorado por las llamas, mientras que sus desgraciados habitantes los desalojan con celeridad. Sin éxito alguno, varios de sus vecinos intentan apaciguar la iracunda fuerza del fuego, mas su fiereza continúa rugiendo por las calles de Roma. En una de las casas romanas aún no alcanzada por la divina condena teñida de rojo descansa una familia. Son cuatro. Sexto, el padre, descendiente de un liberto, acaba de tumbarse y ya navega por la mar del inconstante mundo onírico. Su mujer, igualmente descendiente de un liberto, yace junto a él con la más honrada de las actitudes. Sus hijos son muy jóvenes; duermen en un mismo cuarto, no muy lejos del de sus padres. Los dioses, para bien o para mal, ya han determinado cuál sería el sino de esta familia. Fuera de aquella casa los romanos ven llegar el fuego, que avanza sin compasión, como si no fuera consciente de lo que está provocando aun siéndolo, pues la viveza y el goce de la destrucción le incitan a resplandecer, le dan vida y consciencia, entereza y malvada pulcritud, deseo y sed, una interminable ansia de desgracia y muerte. ) - ¡Avisad a todos que salgan de sus casas, el fuego llega! - ¡Eh! ¡Ayudadme! ¡Esta puerta no se abre! - ¡Tira más fuerte! ¡Tira más fuerte! - ¡El fuego ya está aquí! ¡Ya está aquí! ¡Apresuraos! - ¡Es imposible no se abre! - (Aquella puerta no es otra que la de la casa de Sexto y su familia.) - ¡Está abierta! ¡Está abierta! - ¡Vamos a las habitaciones! ¡Rápido! - ¡No entréis, no entréis! - ¡El fuego está aquí, salid! - (El ruido ha terminado por levantar a Sexto, que se ha dirigido hacia la entrada, donde se ha encontrado a los romanos que pretendían salvarles. Su mujer, despertada por la misma causa, se sorprende cuando ve que unos cuantos romanos están dentro de su casa.) - ¡Tenéis que salir el fuego está aquí! - (El fuego, que ha llegado a la casa de Sexto, comienza a absorber buena parte de la misma.) - ¡Los niños, Sexto! ¡Ve a por los niños! - ¡No podéis ir a por nadie, la casa está comenzando a arder! - (El cuarto de los padres ha caído bajo el yugo de las llamas, y el techo comienza a incendiarse con una violenta impertinencia.) - ¡No puede ser! ¡Sexto, nuestros hijos! - ¡Nadie va a ir a por nadie, quien entre en esas habitaciones no podrá salir! Chicos, agarrad a estos dos y sacadlos de aquí ya. - (Varios romanos se acercan a Sexto y a su mujer y les agarran con fuerza.) - ¡Soltadnos! - ¡Rápido, rápido se incendia la casa! - (Los romanos sacan velozmente, en contra de su voluntad, a Sexto y su mujer de su malogrado hogar. Estos intentan deshacerse de las insistentes manos del resto, mas es imposible, son demasiados. Las llamas continúan consumiendo su hogar; no queda dependencia alguna que no esté invadida por la furia carmesí.) - ¡Fuera de aquí todos! - ¡El fuego avanza el fuego avanza fuera todos! - (La casa de Sexto acaba por derrumbarse. Este y su mujer están petrificados; han observado cómo ha caído su casa, cómo esta ha sepultado trágica y violentamente a sus jóvenes hijos, de apenas diez años. Aquellos que, inocentes como la hierba del prado, fueron moldeados por los divinos dioses, como si de arcilla se trataran, comenzando por su tez blanquecina que rimaba con sus pequeñas manos, de las que brotaban finos dedos y brillantes uñas. Aquellos enclenques cuerpos campearían el resto de la eternidad perdidos bajo la atenta mirada de los dioses, sus vetustos creadores, como otros tantos romanos que dan su último adiós a la ciudad tras su desgraciada incineración, no teniendo más que, desde tal despedida, un incierto futuro. El horror cabalga; la debacle no cesa; los gritos parten la noche, las centellantes luces del incendio dividen en miles de partes la oscuridad y los romanos imploran a sus dioses que sean clementes con lo poco que ellos mismos les habían otorgado años atrás. Mas no quieren los dioses que el fuego amaine su vehemente vesania, no quieren que el infortunio termine su malévolo provecho, y siendo así el decreto divino durante días se prolongó el trote por Roma de las furibundas llamas.)

Publicado en Cultura | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , | 7 Comentarios »

La Batalla de los Vosgos

Publicado por hugodelara en Mayo 13, 2008

Artículo número 113; publicado en El Faro de Ceuta.

La Batalla de los Vosgos.


Hugo de Lara López.

- Ahí están los suevos. – Ya veo, ¿qué son esos carruajes que están cubriendo? – Sus familias. - ¿Cuántos son? – Alrededor de sesenta mil guerreros. - ¿Y sus familias? – El doble. – (César, pensativo, frunce el ceño mientras el centurión espera órdenes.) – En marcha, comencemos. – Sí señor. – Ariovisto, Ariovisto. - ¿Qué acontece? – Los romanos están preparados. – Bien, dispón las líneas según lo acordado. – Así será Ariovisto. – (Los suevos, viendo la posición de los romanos, refuerzan sus flancos y se preparan para el primer choque.) – A mi orden, Lucio. – Sí César. – (Julio levanta su brazo; los centuriones aseguran sus centurias y los soldados aguardan impacientes el comienzo de la batalla. El brazo de César cae y las tropas corren hacia sus enemigos. Estos permanecen atrás con el objetivo de contrarrestar el primer placaje romano. Con una terrible furia, los romanos embisten las primeras líneas suevas y revientan el silencio del lugar.) – ¡Vercégalo! - ¿Qué ocurre Ariovisto? – Observa eso. – (Ariovisto señala uno de los flancos romanos, descompuesto debido a la acometida.) – Toma tus unidades y aprovecha la descoordinación de esos soldados. – Sí Ariovisto. – (Vercégalo levanta su brazo y alguno de las unidades suevas que están luchando se retiran de la batalla y le siguen.) – ¡Marco! Los suevos mueven unidades hacia el flanco izquierdo. – ¡Voy! – (Los suevos consiguen resistir los ataques de los romanos e, incluso, están logrando hacer retroceder a los legionarios. Marco, habiendo visto que algunos suevos se dirigen al flanco débil, se apresura para llegar antes que sus adversarios al mismo lugar con sus soldados. Inesperadamente, algunos suevos superan las primeras líneas romanas y logran entrar en el entramado estratégico.) - ¡Cuidado Marco! – (Marco, que no ha visto la entrada de los suevos, recibe una estocada en el cuello.) – Un romano menos, ¿ves, incrédulo, que los romanos no son tan feroces? – Ariovisto, esto aún no ha terminado. – Sé que no ha terminado, mas con esto te demuestro que Roma y sus lacayos no son tan temibles como algunos dicen. – (A pesar de las palabras de Ariovisto, la faz de su acompañante continúa en plena tensión.) - ¡Suevos dentro de la formación! ¡Suevos dentro de la formación! - ¡Cayo detrás de ti! – (Cayo, tras ser advertido por otro soldado, se gira hábilmente y esquiva el golpe de uno de los suevos, clavando su gladius en la espalda de su enemigo. Las tropas suevas resisten a los romanos y las tropas legionarias comienzan a preocuparse. Viendo que la batalla se alargaba demasiado, César, que permanecía dirigiendo la estrategia, decide llamar a sus tropas de reserva.) - Mesio, comunica a Publio Craso que es ahora cuando deben atacar. – Así haré César. – (Mesio se aleja unos metros y levanta su mano, rápidamente cierra el puño, lo gira y lo baja.) – Vamos soldados, la señal ha llegado, es nuestro turno. – (Publio Craso y sus tropas acuden al campo de batalla y atacan con ímpetu a los suevos, los cuales comienzan a flaquear debido al potente empuje de los romanos.) – Ariovisto, esto no va bien. – (El comandante suevo, sin contestar, se dirige velozmente a las primeras líneas y comienza a luchar arduamente. Los legionarios romanos, junto a las unidades reservas de Craso, comienzan a hacer retroceder a los suevos.) - ¡Valerio a los flancos, ya caen! - ¡A ello me dispongo Adriano! ¡Proseguid vosotros con la presión, ya son nuestros! – (Los romanos avanzan implacables sobre el enemigo, que intenta contener a las legiones sin éxito alguno. Viendo la situación, Ariovisto, líder de los suevos, decide huir de la contienda. Este, tan cobarde como hábil en sus argucias, se retira del combate sin avisar a sus soldados, que continúan luchando aguerridamente.) - ¡Cornelio, Linicio, no dejéis que los soldados aminoren su empuje! ¡Valerio, reorganiza la caballería gala y rompe la formación sueva! – Sí señor. – (Los suevos, que reciben una presión enorme, no pueden retroceder más. Detrás de sí están los carruajes de sus familiares, los cuales, como era tradición entre los suevos, están apoyando a sus guerreros. Sin embargo, esto hace que los suevos queden bloqueados y no puedan huir de la batalla. Los romanos, astutos, se valen de ello para acorralar a los suevos.) - ¿Dónde está Ariovisto? ¡No desfallezcáis! ¡Un poco más! ¡Aguantad! – No podemos más, Vercégalo, los romanos son demasiados. - ¡Karrico! ¿Dónde está Ariovisto? - ¡No lo sé Vercégalo! - ¡Ha huido! ¡Ha huido! – (La desesperación comienza a hacer mella entre los suevos que, sin su líder, comienzan a ser masacrados por los romanos. Lejos de la batalla Ariovisto sigue corriendo para huir del lugar, tapando sus heridas con sus manos. Por un lado, los legionarios están matando despiadadamente a los suevos. Por otro lado, la caballería gala, aliada de los romanos, aprovecha la confusión y ataca a los familiares de los guerreros, desamparados en medio de la terrible lid que el sino les había preparado. Los romanos, arrinconan más aún a los soldados suevos. Muchos han caído ya, y ahora lo hacen sus familiares que, rendidos a los pies de los enemigos de sus soldados, están siendo asesinados cruelmente por los galos y por algunos de los soldados de Julio César.) - ¿Ordeno el final de la contienda? – (César, absorto en la visión de la batalla, calla por unos segundos.) - ¿Señor? – (Julio está viendo cómo los suevos están siendo aniquilados por sus tropas; él está viendo cómo sus familiares caen juntos a sus soldados; él está viendo cómo, a pesar de que sus familias no son guerreras, están sufriendo las iras del odio; él está viendo lo que la devastadora guerra que inició años atrás está provocando, pues esta, llena de aversión, está sometiendo a la mayoría de la población, exterminando al resto, a los insumisos, a los que defienden sus tierras. Él está en silencio, en mitad del caos, hasta que la insistente presencia de Mesino hace que emita las primeras palabras de la victoria.) – Ordénales que cesen; esta lucha ha terminado.

Publicado en Cultura | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | 4 Comentarios »

A ti, Horacio

Publicado por hugodelara en Abril 19, 2008

Publicado en El Faro de Ceuta dos veces: una vez en el especial de Navidad
(2.007) y posteriormente de nuevo en mi sección (enero 2.008).

A ti, Horacio. 


Hugo de Lara López.

Condecorado, él, por dictadores
clamó al cielo ancestral con sus dones,
siervo del tirano y de sus leones,
ensalzándole con miles de honores;

nacido humilde en fértiles redores,
do nunca pensó de sí admiraciones
por cultivar divinas reflexiones
ajeno a la ciudad y sus horrores.

Mas llegado fue el nefasto día
cuando tú fuiste enriquecido hipócrita
entonaste tu vil egolatría:

pues pulcro grabaste “aurea mediocritas”,
mientras el lino tu cuerpo cubría
y su áurea talla clamaba: “hipócrita”.

¡Cuán simple fue clamar mediocridad
de entre hojas de marfil y riquezas
de mano de la fortuna y tu alteza
que redimió toda tu saciedad!

En tanto que tu pueblo, sin verdad,
hubo de aguantar siglos de vilezas
martilleados por tus realezas
en pos de tu infame mediocridad.

Como mal hijo tu aldea abandonaste
para servir a los grandes tiranos
y tu arte con ello asesinaste,

rebanando tus inocentes manos
a las cuales, por ellos, traicionaste
para la eternidad de los humanos.

Publicado en Cultura | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | 10 Comentarios »

La última disputa

Publicado por hugodelara en Abril 9, 2008

Artículo número 108; publicado en El Faro de Ceuta.

La última disputa.


Hugo de Lara López.

- A Oriente. - ¿Qué diablos dices, Craso, acaso te has vuelto loco? ¿Vas a abandonar ahora Roma? ¿Precisamente ahora? - ¿Qué ocurre ahora para no poder irme a Oriente? - ¿Qué ocurre me dices? ¿Qué crees que ocurre? ¿Crees que voy a poder controlar Roma por mí mismo sabiendo que César está en las Galias logrando extraordinarios éxitos? ¿Cuánto piensas que va a tardar en volver a Roma y hacerse con el poder absoluto? Ahora, por insolencia, deseas partir de Roma y abandonarme aquí, junto a los équites. – (Craso, despreocupado, se apoya en una de las columnas del pórtico del edificio en el que se encuentran.) – Volveré, Pompeyo, sólo voy a ocuparme de los partos. – Definitivamente estás loco; ¿por qué has de ir hasta Oriente para hacer frente a los partos en este preciso momento? ¿No ves que nuestro poder en Roma peligra? – No tardaré demasiado, humillaré a los partos y volveré sin que apenas tengas que acusar mi ausencia, no porque no me necesites sino porque mi regreso será fugaz. – Todo esto me parece bien, mas, dime Marco, ¿qué ocurrirá con tu fortuna y tus bienes, que nos dan el soporte necesario para hacer lo que consideramos correcto, si caes en Oriente? – Ya veo, era eso lo que te preocupaba, ¿no, Pompeyo? - ¿A estas alturas te vas a ofender porque intente velar por el futuro de tu fortuna? ¿Acaso debería ofenderme yo también por serviros de estandarte militar?– No me ofendo, Pompeyo, bien sabes que no lo hago; si sólo querías tener un buen seguro de que mi fortuna será para ti si muero en Oriente sólo tenías que pedírmelo. - ¡Oh, Craso! Tus altísimas cualidades como cónsul me importan mucho más que un puñado de monedas, bien lo sabes. – (Craso, aún apoyado, esboza una pequeña sonrisa.) – Mas… aún así, mi fortuna será para el estado de Roma, no para ti. – (El rostro de Pompeyo cambia radicalmente al escuchar las palabras de Craso.) - ¿¡Qué dices ahora, Marco!? – Lo que escuchas. ¿Acaso no somos, oh Pompeyo, simples guías del pueblo romano? - Hoy, Marco, somos sus dioses, en nosotros reside su esperanza, su futuro; ¡si caes necesitaría el dinero para continuar la obra que iniciamos años atrás! - ¿Qué obra? - ¿No la recuerdas ya? – Recuerdo que César no está aquí y que me importa bien poco que esté o no esté en peligro tu control sobre Roma; has de entender, Pompeyo, que somos tres, tres somos los cónsules de Roma aunque Julio sea considerado un procónsul de otras provincias. No estaríamos ahora donde estamos, Cneo, si no fuera porque César nos dio el empuje que necesitábamos. – (Pompeyo enfurece.) - ¡Él no fue el único! ¡Nosotros hemos aportado fortuna, reputación y un enorme apoyo! – Cierto, ambos hemos interpuesto nuestras fortunas y nuestras reputaciones para controlar Roma, e incluso nuestro apoyo favorable a Julio fue importante para su ascenso. Mas, dime Cneo, ¿a dónde se va hoy en Roma sólo con eso? ¿Olvidas que sin César no hubiéramos tenido posibilidad alguna para optar al actual consulado de Roma? ¿No fue él el mismo que dio tierras a tus soldados y aceptó tu política en Oriente? ¿Qué tienes que reprochar a Julio? – (La furia de Pompeyo desaparece y su tez se relaja.) – Viejo amigo, querido Marco, temo que Roma esté en peligro. - ¿Y por qué temes eso? – Porque Julio está consiguiendo unos logros espectaculares y su poder crece imparable, ¿qué hará cuando termine en las Galias? Posiblemente vuelva a Roma y opte por matarnos y hacerse con el consulado para controlar todas las tierras de Roma; ¿qué harían entonces, bajo un régimen dictatorial, los pequeños campesinos que, para beber agua dulce, antes de nuestra llegada tenían que, al alba, machacar finas plantas para obtener su rocío? – Julio nunca abandonará al pueblo. Puede ser un hombre demagogo, frío y calculador para hallar el objetivo que se propone, mas no se excede de ello; aparte de esto, siento decirte, Pompeyo, que él tiene algo muy importante que a nosotros nos lo arrebató el tiempo. – (Tras unos segundos, extrañado, Pompeyo hace un gesto de incomprensión.) – Vitalidad, Pompeyo, y el inmenso amor a la patria que esta otorga. Nosotros somos viejos, nuestras vidas, decrépitas, no pueden ofrecer a Roma mucho más; Julio sí puede, su rostro no está desgastado, su mente es brillante y está en su punto más álgido, ¿cómo si no está pudiendo dominar a los bárbaros del oeste? Siento decírtelo, Pompeyo, mas creo que nuestro tiempo ya ha pasado, por eso, en parte, me marcho a Oriente. Quiero ayudarte a ti y ayudar a César ocupándome de los partos, quiero intentar colaborar en la lucha, como antaño, para que mi ciudad, Roma, y todos sus territorios puedan vivir en paz. – (Craso separa su cuerpo de la columna y sacude suavemente su túnica.) – Me marcho, Cneo. – (Pompeyo, excesivamente irritado, mira con odio y desprecio a Craso. Este se da media vuelta, abandona el pórtico y comienza a alejarse de aquel edificio.) - ¡Te auguro una muerte cruel, Marco! – (Craso detiene sus pasos, se vuelve lentamente y habla en voz baja.) – Yo también te la auguro a ti, viejo amigo, yo también. – (Dicho esto Craso se gira y, mientras Pompeyo lo mira con repulsa, retoma su camino y avanza hasta desaparecer en la lejanía.)

Publicado en Cultura | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , | 16 Comentarios »