Uncharted 2

27102009691

S.: Estoy sudando más que una puta en una iglesia.

N.: ¡¿Llevaste a una puta a una iglesia?!

S.: ¿Y por qué no?

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Publicado en on Octubre 28, 2009 at 4:25 am Dejar un comentario
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174, 175 y 176

Art. 176; p. e. E. F. C.

“Cervantía”.


Hugo de Lara López

He de comenzar siendo franco: estoy preocupado. De cuantas veces he hablado del alcalaíno Miguel de Cervantes y he mezclado, por destino o propósito, su nombre con el del Bardo de Avon, se han extraído pareceres en contra del español que no he querido concebir. Bien pueden estar mal expresados o interpretados equívocamente pero como fuere han sido varios los que, versados en distintas filologías, me han advertido del anti-cervantinismo que desprendía todo lo que he escrito y ha sido publicado en este medio sobre tan grandes figuras. Es esto lo que, en resumidas cuentas, me preocupa, puesto que no es cierto, ni lo ha sido ni lo será, aunque esto último me incline peligrosamente a la videncia que dicen es irónica vengadora para quienes osan retarla o emplearla con descaro y asiduidad.

Conozco de primera mano la pesadumbre de tener que leer insistentes críticas de poco valor constructivo –por no mentarlas como destructivas- hacia figuras de valor incorregible; no en vano la obsesión irascible de Manuel Herrera Bustamante con Schlegel y Shakespeare ha cavado su propio hoyo en mi olvido. Con él es imposible leer dos párrafos seguidos de cualquiera de sus textos sin que de su pluma surjan decenas de lacerados puñales de forja letal arrojados a una velocidad que debiera ser condenada –por nociva antes que por veloz, aun siendo más rauda que la luz- hacia el alemán o el inglés. Esto que he narrado, la sensación de que alguien está perpetrando valoraciones ofensivas e injustas, es lo que me obliga a comedirme cada vez que divago sobre los más perfectos escritores de la historia literaria universal. Inexorablemente Cervantes es uno de ellos, y por ende mi respeto hacia sí y su magnífica obra es inconmensurable, fuera de cualquier duda.

Empero mi respeto no es solo objetivo, en absoluto, sino que además, por gusto, es subjetivo o personal, como prefieran. El madrileño es el creador de la novela que más se acerca a la perfección de cuantas el hombre ha podido ser su progenitor; quien aprecia la literatura virgen, sin aditivos, no pueden sino rendirse ante ella y degustarla cual irrepetible ambrosía. Este es mi caso; de cuantas novelas –aunque la narración no la ostente por predilecta- he leído ninguna ha perforado mi psique con tanta profundidad y firmeza como la obra cervantina. Es de tanta intensidad mi vehemencia consigo que, muy por encima de las piezas del Bardo, custodio como el tesoro que verdaderamente es una de las ediciones más recientes que llegó a mis manos del extraordinario “Don Quijote de la Mancha”.

Al margen de las incongruencias sintácticas de la prosa de Cervantes –comprensibles y extrapolables a  los errores de otros grandes autores como Shakespeare y sus frecuentes inexactitudes temporales- “Don Quijote de la Mancha” es el compendio más lúcido, completo, profundo e impecable de maestría, arte, ironía y tradición, expuesto a través de personajes insólitos de apariencia simple contrapuesta con su complejísimo poso; como colofón, todo ello queda sublimemente enmarcado en un viaje cuasi infinito de dispares situaciones y excelsos significados. En síntesis, ha de ser reconocida por sus méritos como un trabajo incomparable a ninguna otra construcción literaria. Y en mí, aparte de estos méritos, ostenta el de haber logrado que haya releído su obra más que ninguna otra del género narrativo porque, aun siendo pequeño mi aprecio con el género, son numerosas las obras exultantes, pero ninguna como su Quijote.

Sin embargo, pese a los halagos hacia el Quijote el resto de la producción de Cervantes no me convence; ni “La Galatea”, ni “Los trabajos de Persiles y Segismunda”, ni las novelas ejemplares, ni todas las demás, de talla ambiciosa en violento contraste con contenidos concisos, y aunque suficientes y tal vez reseñables, mejorables. Quizá no tan imperfectos si se tratan por separado, pero al hallar entre la obra cervantina una creación de la notoriedad del “Don Quijote”, cualquier resto caería en la depauperación. A su vez es tan amplio el salto de calidad entre estas obras y su eminente creación que prefiero tratar a Cervantes como “genio lego”, en ningún caso como duda de sus capacidades sino como reconocimiento de la grandeza de su pareja más célebre, el manchego Don Quijote y su escudero Sancho Zancas –o Panza–, siendo esta de tal magnificencia que no parece estar esculpida por quien ha labrado al Persiles antes citado. El solitario destello cervantino –en términos históricos y universales– me hace considerar a Shakespeare como mayor genio, pero no mejor escritor, puesto que dos géneros tan diferentes jamás han de ser comparados desde este prisma. Ni siquiera se deberían establecer paralelismos entre ambos como el que trazó Somoza o el tímidamente señalado por Antonio Alcalá Galiano, ya que una vez analizados sus planteamientos estos responden a todas luces a un intento desaforado por establecer una semejanza vagamente relacionada pero sin una conexión consistente.

Al fin –dirán algunos– termina esta pequeña “Cervantía”, no más que un diminuto retazo escrito como reconocimiento a la vasta obra de Cervantes; asimismo puntualización para reinterpretar malentendidos anteriores y acto de justicia en favor del alcalaíno contra los que claman al cielo –generalmente españoles con poca o nula consideración hacia la más brillante cultura de su país– por considerar de su obra magna una pieza de escaso valor, como tantos son en nuestros días. A estos antes de considerarles irresponsables y salvaguardar, con este eufemismo, mi imagen, prefiero llamarles ignorantes, y que me recuerden por ser temerario antes que por mi tibieza, hipocresía o cualesquier defecto, que me importa lo que a Don Quijote lo ajeno a los libros de caballería. No se preocupen, se lo explico: nada.  

Art. 175; p. e. E. F. C.

Nobel de… ¿qué?


Hugo de Lara López

Recuerdo cuando hace unos meses atrás relaté con premura y concisión mis expectativas –y deseos– sobre la edición venidera del Premio Nobel de Literatura, y criticaba que la Academia Sueca hubiera galardonado a Le Clézio el año anterior. En este caso, al margen de los gustos personales, no cabía duda de que existían argumentos tanto para esgrimir la conformidad con la decisión sueca como para rechazarla. Cualquier escritor que ha dedicado su vida a la literatura noblemente es merecedor de cuantos presentes quieran entregarle. Lo mismo se plantea este año con Herta Müller; habrá quienes estén airados por la decisión y quienes, por el contrario, crean que es justa y medida. Ambas comprensibles en sendas situaciones.

No obstante cuando ocurren farsas como la entrega del Nobel de la Paz a una persona que no ha hecho más que prometer sin cumplir ninguna de sus promesas –en parte porque no ha tenido aún el tiempo suficiente– no puede haber lógica que lo interprete ni argumento objetivo que lo defienda. Barack Obama llegó al poder hace unos meses y desde entonces no ha dejado de recrearse en sus sueños de infancia creyendo que con ese tipo de convicciones va a conseguir erradicar todo el mal del mundo. ¿Hasta dónde podrán llegar los Estados Unidos de América sin utilizar la fuerza? No muy lejos, desde luego; lo peor de esta pantomima es que los grandes poderes americanos lo saben perfectamente, y mientras Obama se dedica a iluminar al resto de mortales con sus sermones, el Pentágono se encarga de reforzar su arsenal con el “penetrador de construcciones sólidas”, una bomba diez veces más potente que aquella a la que sustituirá. De esta manera el señor Nobel de la Paz muestra ante la cara más hipócrita de su política, basada en el derroche de palabras eufónicas y cuentos idílicos para enaltecer al pueblo mientras que, cuando nadie le ve, persiste en respaldar las ideas que tanto le encolerizan ante el público.

Estaré sumamente interesado, cuando lleguen los momentos críticos, en asistir al circo americano y observar con atención cuáles serán los discursos de libertad y esperanza que harán que Irán caiga en el razonamiento yanqui y dé por terminado el desarrollo nuclear que tienen entre manos. Se haga realidad esta ficción o no, Estados Unidos tampoco lo dejará atrás porque sabe que significaría un debilitamiento excesivo frente a un enemigo potencialmente peligroso. Entonces, ¿de qué nos está hablando el señor Obama? ¿Acaso espera que la paz surja de un día para otro solo con discursos edulcorados de contenidos vacuos? Sin olvidar la mención especial a su atrevimiento de afirmar contundentemente que solventará uno de los caballos de batalla de los Estados Unidos: el sistema sanitario. Todo ello, hasta hoy, solo sustentados por flácidos armazones de palabras ilusorias.

Desde la cabalidad no se puede aceptar la entrega de un premio tan ilustre a una persona que solo ha hablado, prometido e inspirado a una población mundial harta de realismo; mucho menos aún arguyendo que su palabrería idealista pueda fructificar y en un futuro se transforme en hechos reales de relevancia histórica, porque desde luego es algo no probado. De todas formas el presidente del Comité Nobel Noruego, ThorbjornJagland hizo añicos mi planteamiento al aclarar que se le había entregado el premio por lo que había hecho hasta ahora y no por lo que aconteciera el día de mañana. Llegados hasta este punto no me ha quedado más que pensar que, posiblemente, se haya utilizado el Nobel de la Paz para comprometer a Barack Obama con sus propias promesas. En condiciones normales es sencillo olvidar lo que alguien, sobre todo un político, dijo meses atrás; no obstante un Nobel de la Paz está atado ética y moralmente a los esperanzadores juramentos que un día le dieron el reconocimiento mundial.

Irremediablemente esta disparatada elección me ha recordado a todos aquellos, vivos y muertos, que no han recibido aun mereciéndolo esta distinción. De inmediato, tras saber que el presidente americano había logrado su mención, se me vinieron a la cabeza figuras como la de Mahatma Gandhi, sin duda el paradigma mundial de la paz, que no fueron distinguidas por sus acciones, a pesar de que éstas han cambiado el mundo a través de movimientos pacíficos rebosantes de reivindicaciones y anhelos en busca de un mundo menos opresor. Tampoco tuvo su merecido premio el magnánimo y magnífico Vicente Ferrer, fallecido hace pocos meses, ni personajes que aún nos acompañan y que han representado el que debiera ser el espíritu del Nobel de la Paz, comoRebiyaKadeer o el matrimonio compuesto por HuJia y ZengJinya entre tantos otros valientes valedores de la armonía universal y la reclamación de los derechos plenos que ello supone. El Comité Nobel Noruego que no ha creído apto a todos los merecedores del premio que jamás lo han recibido debería comenzar a desprenderse de algunos de sus expertos e ir incluyendo en su lista electores menos influenciables por lo superfluo si quiere seguir conservando su reputación.

Si no se decanta por salvaguardar el prestigio del Nobel de la Paz por encima de todos los intereses, al menos quedará como provechoso el suculento millón y pico de euros que el elegido recibe en compensación por su aportación inconmensurable; si bien la mayoría de los ganadores tienen el sustento necesario para vivir gracias –o no– a sus labores. En el caso de Barack Obama es de suponer por sus grandes convicciones morales que dará un buen uso al dispendio del Nobel y lo utilizará para nutrir a los más desfallecidos, porque, además, él no necesita ese dinero, “sólo” precisa un milagro, y uno de los buenos.

 

Art. 174; p. e. E. F. C.

El arranque europeo.


Hugo de Lara López

La Liga continúa un año más como, en mi opinión, debía hacerlo por justicia. El Barça, por méritos propios, se mantiene arriba mientras que el Real Madrid, también por merecido hacer, tiene que comenzar a reconsiderar sus expectativas. De escarnio no bajaba que los merengues, una vez ataron a todas sus figuras, se dedicaran a hacer cálculos sobre cuándo iban a poder celebrar el triplete; este fue el segundo error de los madridistas. El primero de los errores se materializó con el fichaje de Cristiano Ronaldo por cerca de cien millones, superando la millonada pagada por Kaká, mejor jugador en casi todos los sentidos (menos en el goleador) que su compañero de equipo. Todo el mundo sabe que el luso se quería marchar y los “red devils” le hubieran dejado irremediablemente fuera por setenta millones u ochenta; ya se sabe y la historia lo demuestra: si un jugador quiere abandonar un club lo acaba haciendo, es inevitable. Pese a la inversión inconcebible de los blancos los fichajes del “mejor equipo del siglo XX” no cuajan un partido decente, aunque dan visos de poder conquistar varios puntos si les acompaña la presumida pegada.

El Barça, sin embargo, prosigue la andanza brillantísima que comenzó el año pasado dejando tras de sí una estela fantástica con solo un fichaje de relumbrón, el de Zlatan Ibrahimovic, que pocos avalaban pero que, dadas las condiciones del contrato y del parecer de Samuel Eto’o, era la opción más inteligente por parte del Barcelona. Cualquier grande de Europa hubiera hecho lo mismo que el equipo de Pep Guardiola, sin excepción, incluyendo al Real Madrid, cuyos seguidores han criticado con vehemencia el cambio de cromos y, en su justa medida, de euros.

El Calcio por su parte sigue dando disgustos a los seguidores italianos mostrando un nivel paupérrimo que, personalmente, no lo esperaba tan agudo. El Milán no acaba de encontrar el equilibrio para mantenerse erguido y acaba hincando la rodilla más de lo que cabría esperar en un equipo de su talla. Quitando a Ronaldinho, que es un alma errante, el único que parece ser digno de la escuadra milanesa es el joven Alexandre Pato, que ante la tempestad de los “rossoneros” comenzó a arrimarse al Chelsea de Ancelotti, su ex técnico, este verano pasado. Si Leonardo no revoluciona el sistema y motiva a sus jugadores me temo que el Milán está condenado a la mediocridad otro año más y él acabará engrosando la cola del paro. Esto sin tener en cuenta el flaco favor que hacen a la fama actual del club los malos resultados cosechados los últimos años para la llegada de jugadores importantes que renueven la sangre ya caduca, y el peligro de que se convierta en la causa de la rebeldía de los únicos aprovechables.

 La “Vecchia Signora” y la Roma están concentradas en exhibir su irregularidad y obcecadas en no pulir su competitividad en la Liga Italiana mientras que el Inter, aprovechándose de los altibajos de sus rivales, se mantiene arriba junto a la Sampdoria del díscolo Cassano sin brillo y con un preocupante desequilibrio en el centro del campo que le impide ser tan superior como el técnico interista esperaba. Como era previsible a Wesley Sneijder se le queda grande el centro del campo del Inter. Sin la presencia de un creador de clase mundial el equipo de Milán lo tiene casi imposible para asaltar el feudo barcelonista impuesto en la Liga de Campeones aunque, habiendo visto las condiciones del resto de clubes en el Calcio, la Liga Italiana no tendría por qué resultar complicada si todo continúa igual.

La Premier League se tiñe de azul. Si bien es cierto que solo ha comenzado la temporada y que es pronto para determinar lo que pueda ocurrir avanzada la temporada, el Chelsea está mostrando un nivel de competición arrollador. No hay quien, por ahora, pueda medirse con él pese al tropezón con el Wigan Athletic de Roberto Martínez, más ficticio que real. Tras alejar a uno de los equipos que siempre es favorito, el Liverpool de Gerrard, con un contundente 2-0 en Stamford Bridge ignora al Tottenham Hotspur que empieza a renquear y fija su mirada en el Manchester United, el conjunto que más quebraderos de cabeza le ha dado estos últimos años.

Pero el equipo comandado por Sir Alex Ferguson, por desgracia para un red devil como el que escribe estas líneas, no se ha adaptado al juego sin Cristiano Ronaldo, cuya marcha no ha sido cubierta con garantías. Pese a haber ayudado al equipo a conseguir grandes cosas la baja de Carlos Tévez no ha supuesto una pérdida de peso en el problema actual del club: el gol. Wayne Rooney ha suplido excelentemente la figura del goleador del equipo aunque, como era lógico, evidencia las carencias de un jugador que no tiene en el gol su principal virtud. Ni siquiera sumando la ayuda de Berbatov y de los nuevos fichajes, Owen y Valencia, es suficiente para revertir la dinámica.

Los “gunners” vuelven a repetir el patrón, practican un juego alegre y fluido pero caen en los momentos más importantes; se repite la desesperante historia de las últimas temporadas para desesperación de su técnico, el alsaciano Wenger. Aun así si el Arsenal trabaja duro y forja una regularidad mediana, con el talento que posee en sus filas, puede dar una guerra inconmensurable a los de arriba. Sería lo idóneo para la Premier y, siendo honestos, para todo el fútbol.

Una huella delata a Da Vinci

Una huella delata a Da Vinci

La prácticamente imperceptible huella de un dedo en una esquina. Este mínimo detalle, invisible hasta la fecha, ha permitido atribuir un cuadro que se creía era obra de un artista alemán del siglo XIX al genio del Renacimiento Leonardo Da Vinci. 

Una huella delata a Da Vinci 

‘La Bella Principessa’ es el título de este cuadro que, según ha publicado la revista italiana ‘Antiques Trade Gazette’ pertenece a Da Vinci. Una huella del dedo índice o corazón que es “muy similar” a la encontrada en un ‘San Jerónimo’ del pintor renacentista y que conserva el Vaticano es la clave para atribuir la obra a Da Vinci.

“Capturarla nos llevó al menos dos horas y después tuvimos que estudiar más de 20 gigabytes de datos”, señaló Jean Penicaut, responsable de la empresa Lumière Technology propietaria de la cámara multiespectral que captó la huella.

Pero no solo la huella dactilar sino también la prueba del carbono 14, que señala que el pergamino data de entre 1440 y 1650, y los análisis con rayos infrarrojos de la técnica del artista confirman la autoria de la obra.

El artífice de este hallazgo es Martin Kemp, profesor emérito de Historia del Arte de la Universidad de Oxford y experto en la obra de Da Vinci. Fue el quien tuvo un “pálpito” al ver la obra y comenzó sus estudios. Según confiesa él fue el primer sorprendido al ver como “todo encajaba” y relatará su historia en un libro de más de doscientas páginas que se publicará a finales de año. El propio Kemp fue quien decidió rebautizar la obra como ‘La Bella Principessa’.

Un pequeño tesoro de tan solo 33 centímetros de alto por 23 de ancho, ha multiplicado su valor. De hecho el cuadro fue adjudicado hace más de diez años en una subasta en Nueva York bajo el título de ‘Joven de Perfil con Vestido del Renacimiento’ por poco más de 12.000 euros cuando ahora podría superar con creces los cien millones de euros. No el vano se trata del único hallazgo sobre Da Vinci encontrado en los útlimos 100 años.

Fuente: Yahoo (EUROPA PRESS)

Lenin ante la insurrección; carta al Comité Central Bolchevique

Lenin ante la insurrección; carta al Comité Central Bolchevique.

   “Camaradas: Escribo estas líneas el 24 por la tarde. La situación es crítica en extremo. Es claro como la luz del día que hoy todo lo que sea aplazar la insurrección significará verdaderamente la muerte.
   Poniendo en ello todas mis fuerzas, quiero convencer a los camaradas de que hoy todo está pendiente de un hilo, de que en el orden del día figuran cuestiones que no pueden resolverse por medio de conferencias, ni de congresos (aunque sean incluso congresos de los Soviets), sino únicamente por los pueblos, por las masas, por medio de la lucha de las masas armadas.
   La korniloviada inspirada por la burguesía, la destitución de Verjovski demuestran que no se puede esperar. Es necesario, a todo trance, detener al gobierno esta tarde, esta noche, desarmando previamente a los cadetes (después de vencerlos, si oponen resistencia), etc.
   ¡¡No se puede esperar!! ¡¡Nos exponemos a perderlo todo!!
   ¿Qué se conseguirá con la toma inmediata del poder? Proteger al pueblo (no al Congreso, sino al pueblo, al ejército y a los campesinos, en primer término) contra el gobierno kornilovista, que ha arrojado de su puesto a Verjovski ya ha urdido una segunda conspiración kornilovista.
   ¿Quién ha de hacerse cargo del Poder?
   Esto, ahora, no tiene importancia: que se haga cargo el Comité Militar Revolucionario “u otra institución” que declare que sólo entregará el Poder a los verdaderos representantes de los intereses del pueblo, de los intereses del ejército (inmediata propuesta de paz), de los intereses de los campesinos (inmediata toma de posesión de la tierra, abolición de la propiedad privada), de los intereses de los hambrientos.
   Es necesario que todos los distritos, todos los regimientos, todas las fuerzas sean inmediatamente movilizadas y que envíen sin demora delegaciones al Comité Militar Revolucionario, al CC del Partido Bolchevique, exigiendo insistentemente: no dejar en modo alguno el Poder en manos de Kerenski y Cía. Hasta el 25; en modo alguno. Es menester que la cosa se decida a todo trance esta tarde o esta noche.
   La historia no perdonará ninguna dilación a los revolucionarios que hoy pueden triunfar (y que triunfarán hoy con toda seguridad) y que mañana correrán el riesgo de perder mucho, tal vez de perderlo todo.
   Si hoy nos adueñamos del Poder, no nos adueñamos de él contra los Soviets, sino para ellos.
   La toma del Poder debe ser obra de la insurrección; su meta política se verá después de que hayamos tomado el Poder.
   Aguardar a la votación incierta del 25 de octubre sería echarlo todo a perder, sería un puro formalismo; el pueblo tiene el derecho y el deber de decidir estas cuestiones no mediante votación, sino por la fuerza; tiene, en momentos críticos de la revolución, el derecho y el deber de enseñar el camino a sus representantes, incluso a sus mejores representantes, sin detenerse a esperar por ellos.
   Así lo ha demostrado la historia de todas las revoluciones, y los revolucionarios cometerían el mayor de los crímenes, si dejasen pasar el momento, sabiendo que de ellos depende la salvación de la revolución, la propuesta de paz, la salvación de Petrogrado, la salida del hambre, la entrega de la tierra a los campesinos.
   El gobierno vacila. ¡Hay que acabar con él, cueste lo que cueste!
   Demorar la acción equivaldría a la muerte.”

Escrito el 24 de octubre (6 de noviembre) de 1917.
Publicado por primera vez en 1924.

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Paints…

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Florida 60’s [2008]
Óleo sobre lienzo

 

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Sueño de W. K. (1) [2008]
Óleo sobre lienzo

 

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Sin nombre [2008-2009]
Óleo sobre lienzo

Publicado en on Octubre 6, 2009 at 3:39 am Comentarios (14)

El Advenimiento del Caballero Oscuro

Art. 172; p. e. E. F. C.

El Advenimiento del Caballero Oscuro.


Hugo de Lara López

Corría el año 1995 cuando Joel Schumacher estrenaba la producción cinematográfica “Batman Forever” y con ella hería gravemente al ínclito y sempiterno Caballero Oscuro, dejándolo postrado para rematarlo con su siguiente obra. Hasta entonces la imagen del superhéroe más enigmático de la historia se había mantenido en alza primero con las fabulosas creaciones del mundo del cómic que le vio nacer y después con la adaptaciones cinematográficas del director estadounidense Tim Burton. Sin olvidar, por supuesto, la producción animada que se trabajó con ahínco respaldada por la habilidad de un enorme Paul Dini.

En el mundo ficticio parecía imposible acabar con el murciélago; todos los villanos que lo intentaban por cerca que pudieran llegar a estar no lo lograban culminar su venganza. Batman, con su singular sentido del bien, imponía su ley en Gotham y evitaba que la villanía consiguiera relucir entre las tinieblas de la ciudad, sus tinieblas, las tenebrosas redes que conformaban su hogar preferido. En aquel mundo de delirios y corrupción el Caballero Oscuro era invencible inapelablemente; no importaba si Bane le rompía la espalda, si Killer Kroc le llevaba hasta la extenuación o Joker intentaba enloquecerle. Batman siempre superaba sus obstáculos y vencía. Siempre regresaba.

Pero no era invencible en nuestro mundo, en el real, donde las licencias de superhéroes como él cegaban y ciegan a los directores más ambiciosos hasta el punto de convertirlos en absolutos inútiles incapaces de hilar dos secuencias sin causar en el espectador un gesto amargo de estupor. Fue nuestro mundo en el que Batman recibió sus heridas más letales, las que le dejarían en coma durante años en el panorama cinematográfico para desazón de sus seguidores más acérrimos. En primer lugar la citada “Batman Forever” y posteriormente “Batman & Robin” (1997) hundieron la imagen del Caballero Oscuro por debajo de lo imaginable. Sus argumentos irregulares acompañados por guiones desequilibrados y conjugados con un planteamiento y un desarrollo inconexos convertían la puesta en escena en sorna a la par que anunciaban a los espectadores la débil respiración del entonces comatoso murciélago.

Ocho años después, un joven director y guionista británico apellidado Nolan se hizo con las riendas de la siguiente producción cinematográfica de Batman. Quizá una decisión arriesgada por parte de la productora, dado que antes de rodar la primera de sus películas bajo la licencia del superhéroe americano solo se había implicado en tres rodajes como pieza importante: “Following”, “Memento” e “Insomnia”; nada a la altura de una producción bajo el nombre del oscuro y egregio héroe del universo DC. Pero a Christopher Nolan no le importaba cargar con tan pesada responsabilidad, él sabía, como buen hombre ambicioso, que era indispensable tamaña obra para dar el primer gran paso hacia el reconocimiento universal. Y lo consiguió.

En 2005 llegó la redención de la mano de “Batman Begins”, un éxito en todos los sentidos respecto a las anteriores adaptaciones que insufló oxígeno en los magullados pulmones de Batman y le hizo despertar de su coma. Pero aún estaba débil, su recuperación no había hecho más que comenzar, la primera obra de Nolan con la licencia no era definitiva, necesitaba la confirmación de que todo iba a seguir “in crescendo”. Tres años después llegó la mejor adaptación cinematográfica del superhéroe. “The Dark Knight” fue la reafirmación de que el tenebroso murciélago había vuelto para quedarse. Para la ocasión Nolan recuperó el personaje del malvado Joker, interpretado con brillantez por el fallecido y oscarizado post-mortem Heath Ledger, e hizo coincidir con maestría la mejor obra del Caballero Oscuro vista en cines con el enfrentamiento entre dos archienemigos míticos. Fue la cita idónea, el escenario exacto, el contexto más épico para la resurrección total de Batman.

Pero no debería sobrar el realismo que a veces se obvia en las resoluciones más sobresalientes. El gran éxito reciente de Nolan ha venido acompañado de un personaje con tanta trascendencia que su sola presencia haría crecer enteros a cualquier producción; perfectamente engranado y ejecutado con brillantez por el finado Ledger. La verdadera prueba llega ahora, cuando Nolan se ve abocado a demostrar sobriamente que ha alcanzado un equilibrio cualitativo firme, sin tambaleos ni reflejos mediocres. Al mismo tiempo tiene la difícil misión de canalizar la pasión del público por el mundo de Batman, además de convencerles, sin tener, esta vez, un as en la manga tan llamativo como el personaje del Joker o la polémica que acompañó a la muerte de Ledger antes del estreno del filme. Si Nolan sale de esta, podremos -y deberemos- reclamar su trono estelar en el fulgente firmamento de los superhéroes. Y si no es así, al menos habremos asistido a uno de los momentos más importantes de la vida cinematográfica del murciélago más temido por todos los villanos. Pero al director británico habrá que bajarlo de su pedestal obligatoriamente.

Tictac, tictac…

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Publicado en on Septiembre 20, 2009 at 11:10 pm Comentarios (12)

Ty!

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Ty!

Publicado en on at 11:08 pm Comentarios (5)

Bodies

Here we go… again.

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Publicado en on Septiembre 16, 2009 at 10:00 am Dejar un comentario

El liderazgo de la composición

Art. 169; p. e. E. F. C.

El liderazgo de la composición.


Hugo de Lara López

Siempre he querido decir abiertamente que Mozart me parece una de las figuras más sobrevaloradas de la historia de la humanidad, pero sé que si lo digo de manera impulsiva, tal y como lo siento, los sabios o sus remedos, los resabiados, saltarían a descarnarme aunque no hubieran escuchado ni dos composiciones seguidas del salzburgués. Lo más cerca que he estado de declararlo es la escueta respuesta que di en una entrevista reciente, cuando me preguntaron “¿Mozart o Salieri?” y respondí convencido “Beethoven”. Así pues que esto quede entre nosotros, no lo diré por ahora.

Nunca he comprendido a Mozart en su plenitud y por esa razón tal vez jamás consiga desentrañar la grandeza de su obra; entiendo y admito que sus composiciones no están a la alcance de otros tantos músicos que han vagado por el mundo pero no comparto en absoluto su consideración como el más grande de todos los compositores. Acepto, por otra parte, que su precocidad es asombrosa, y que la enormidad de su obra es sobrecogedora. Negarlo sería un claro síntoma de la necedad que solo practico en los problemas banales de la vida. Pero Mozart es solo eso, un gran compositor, uno de los mejores pero no el definitivo, le sobraron obras –pocas– y le faltaron detalles –algunos más– para erigirse como el más destacado. En pocas ocasiones fue capaz de atravesar el mundo humano con la suficiente fuerza como para evocar las sensaciones y los sentimientos más recónditos del ser humano; fue más profesional que persona, más partidario de la obligación que de la devoción, y eso es impropio del mejor de todos. El virtuosismo formal ha de equilibrarse con la delicadeza espiritual; Mozart fue imbatible en lo primero pero irregular en lo segundo.

Según Robbins Landon en su obra “1791: El último año de Mozart”, Joseph Haydn estaba convencido de que en los cien años venideros no vería la luz un compositor con un talento similar al del austriaco. Una creencia medianamente afortunada si en sus manos no hubiera recaído parte de la docencia de Beethoven, cuya obra logró igualar la sombra que había inaugurado la de Mozart en su término estrictamente cualitativo. Quizá el impacto de este último pueda considerarse mayor puesto que fue el primer compositor que irradió genialidad como nunca nadie antes lo había hecho en la historia de la música, pero menospreciar la creación de Beethoven respecto a la de Mozart cuando se les somete a una comparación que pretende ser pulcra es una decisión torticera. Si Mozart fue un genio, Beethoven lo fue tanto como él, sin que ninguno, en una valoración general, pueda auparse por encima del otro. La pequeña diferencia de virtuosismo que existe entre Mozart y Beethoven, siendo superior en el talentosísimo austriaco, la cubre el de Bonn con su presencia espiritual perenne en casi todas las composiciones que brotaron de sus dedos.

No obstante este huero debate ha de ser más abierto, no solo existen Beethoven y Mozart en la cumbre de la historia de la música; en ocasiones, por inercia y sin merecerlo, se olvida a músicos excelentes como Bach o Chopin entre otros. Ambos tan geniales como los dos anteriores aunque desde fuera se les obvie injustamente. Y digo efectivamente desde fuera, porque los estudiosos de la música no suelen actuar de manera tan simplista aunque puedan existir remotas excepciones.

Debo reconocer que en especial ha sido la figura de Chopin la que más me ha atraído hasta el día de hoy junto a las de Beethoven, Bach y Debussy, aunque en menor medida. Por tal, desde un punto de vista muy subjetivo, me cuesta entender que su espléndida figura se solape con otros virtuosos más sonados y, al mismo tiempo, más vacíos. Chopin fue un hombre diferente en el más amplio sentido de la palabra, musicalmente su sensibilidad no tiene parangón. Ella fue la responsable de que sus composiciones se convirtieran en poesía no escrita, en un alado y sublime deleite producido por su alma y no por su mente, principal arma del genio. Él logró la difícil tarea de abrir la puerta hacia un nuevo mundo de sensaciones y sentimientos distinto al que conocían las personas que le escuchaban. Los mostró tal y como él los percibía, de una manera tan especial que cualquier humano que profundiza en la obra de Chopin cae en sus redes y es transportado a su dimensión. Dentro de ella somos incapaces de comprender nada, solo podemos dejar que sus notas jugueteen con nuestro interior como el viento hace, grácilmente, con las hojas que caen de las copas de los árboles en otoño. Fue Chopin –y por ello merece mi sincera estima– quien demostró a gran escala tanto al mundo como a la historia de la música que el tacto del alma siempre superará a las creaciones de la mente; por geniales que estas resulten el acto de conmover al prójimo es insuperable, pues es el más honesto diálogo entre ánimas.