Una huella delata a Da Vinci
Una huella delata a Da Vinci
La prácticamente imperceptible huella de un dedo en una esquina. Este mínimo detalle, invisible hasta la fecha, ha permitido atribuir un cuadro que se creía era obra de un artista alemán del siglo XIX al genio del Renacimiento Leonardo Da Vinci.
‘La Bella Principessa’ es el título de este cuadro que, según ha publicado la revista italiana ‘Antiques Trade Gazette’ pertenece a Da Vinci. Una huella del dedo índice o corazón que es “muy similar” a la encontrada en un ‘San Jerónimo’ del pintor renacentista y que conserva el Vaticano es la clave para atribuir la obra a Da Vinci.
“Capturarla nos llevó al menos dos horas y después tuvimos que estudiar más de 20 gigabytes de datos”, señaló Jean Penicaut, responsable de la empresa Lumière Technology propietaria de la cámara multiespectral que captó la huella.
Pero no solo la huella dactilar sino también la prueba del carbono 14, que señala que el pergamino data de entre 1440 y 1650, y los análisis con rayos infrarrojos de la técnica del artista confirman la autoria de la obra.
El artífice de este hallazgo es Martin Kemp, profesor emérito de Historia del Arte de la Universidad de Oxford y experto en la obra de Da Vinci. Fue el quien tuvo un “pálpito” al ver la obra y comenzó sus estudios. Según confiesa él fue el primer sorprendido al ver como “todo encajaba” y relatará su historia en un libro de más de doscientas páginas que se publicará a finales de año. El propio Kemp fue quien decidió rebautizar la obra como ‘La Bella Principessa’.
Un pequeño tesoro de tan solo 33 centímetros de alto por 23 de ancho, ha multiplicado su valor. De hecho el cuadro fue adjudicado hace más de diez años en una subasta en Nueva York bajo el título de ‘Joven de Perfil con Vestido del Renacimiento’ por poco más de 12.000 euros cuando ahora podría superar con creces los cien millones de euros. No el vano se trata del único hallazgo sobre Da Vinci encontrado en los útlimos 100 años.
Fuente: Yahoo (EUROPA PRESS)
Lenin ante la insurrección; carta al Comité Central Bolchevique
Lenin ante la insurrección; carta al Comité Central Bolchevique.
“Camaradas: Escribo estas líneas el 24 por la tarde. La situación es crítica en extremo. Es claro como la luz del día que hoy todo lo que sea aplazar la insurrección significará verdaderamente la muerte.
Poniendo en ello todas mis fuerzas, quiero convencer a los camaradas de que hoy todo está pendiente de un hilo, de que en el orden del día figuran cuestiones que no pueden resolverse por medio de conferencias, ni de congresos (aunque sean incluso congresos de los Soviets), sino únicamente por los pueblos, por las masas, por medio de la lucha de las masas armadas.
La korniloviada inspirada por la burguesía, la destitución de Verjovski demuestran que no se puede esperar. Es necesario, a todo trance, detener al gobierno esta tarde, esta noche, desarmando previamente a los cadetes (después de vencerlos, si oponen resistencia), etc.
¡¡No se puede esperar!! ¡¡Nos exponemos a perderlo todo!!
¿Qué se conseguirá con la toma inmediata del poder? Proteger al pueblo (no al Congreso, sino al pueblo, al ejército y a los campesinos, en primer término) contra el gobierno kornilovista, que ha arrojado de su puesto a Verjovski ya ha urdido una segunda conspiración kornilovista.
¿Quién ha de hacerse cargo del Poder?
Esto, ahora, no tiene importancia: que se haga cargo el Comité Militar Revolucionario “u otra institución” que declare que sólo entregará el Poder a los verdaderos representantes de los intereses del pueblo, de los intereses del ejército (inmediata propuesta de paz), de los intereses de los campesinos (inmediata toma de posesión de la tierra, abolición de la propiedad privada), de los intereses de los hambrientos.
Es necesario que todos los distritos, todos los regimientos, todas las fuerzas sean inmediatamente movilizadas y que envíen sin demora delegaciones al Comité Militar Revolucionario, al CC del Partido Bolchevique, exigiendo insistentemente: no dejar en modo alguno el Poder en manos de Kerenski y Cía. Hasta el 25; en modo alguno. Es menester que la cosa se decida a todo trance esta tarde o esta noche.
La historia no perdonará ninguna dilación a los revolucionarios que hoy pueden triunfar (y que triunfarán hoy con toda seguridad) y que mañana correrán el riesgo de perder mucho, tal vez de perderlo todo.
Si hoy nos adueñamos del Poder, no nos adueñamos de él contra los Soviets, sino para ellos.
La toma del Poder debe ser obra de la insurrección; su meta política se verá después de que hayamos tomado el Poder.
Aguardar a la votación incierta del 25 de octubre sería echarlo todo a perder, sería un puro formalismo; el pueblo tiene el derecho y el deber de decidir estas cuestiones no mediante votación, sino por la fuerza; tiene, en momentos críticos de la revolución, el derecho y el deber de enseñar el camino a sus representantes, incluso a sus mejores representantes, sin detenerse a esperar por ellos.
Así lo ha demostrado la historia de todas las revoluciones, y los revolucionarios cometerían el mayor de los crímenes, si dejasen pasar el momento, sabiendo que de ellos depende la salvación de la revolución, la propuesta de paz, la salvación de Petrogrado, la salida del hambre, la entrega de la tierra a los campesinos.
El gobierno vacila. ¡Hay que acabar con él, cueste lo que cueste!
Demorar la acción equivaldría a la muerte.”
Publicado por primera vez en 1924.
-Los comentarios han sido deshabilitados en esta entrada-
El Advenimiento del Caballero Oscuro
Art. 172; p. e. E. F. C.
El Advenimiento del Caballero Oscuro.
Hugo de Lara López
Corría el año 1995 cuando Joel Schumacher estrenaba la producción cinematográfica “Batman Forever” y con ella hería gravemente al ínclito y sempiterno Caballero Oscuro, dejándolo postrado para rematarlo con su siguiente obra. Hasta entonces la imagen del superhéroe más enigmático de la historia se había mantenido en alza primero con las fabulosas creaciones del mundo del cómic que le vio nacer y después con la adaptaciones cinematográficas del director estadounidense Tim Burton. Sin olvidar, por supuesto, la producción animada que se trabajó con ahínco respaldada por la habilidad de un enorme Paul Dini.
En el mundo ficticio parecía imposible acabar con el murciélago; todos los villanos que lo intentaban por cerca que pudieran llegar a estar no lo lograban culminar su venganza. Batman, con su singular sentido del bien, imponía su ley en Gotham y evitaba que la villanía consiguiera relucir entre las tinieblas de la ciudad, sus tinieblas, las tenebrosas redes que conformaban su hogar preferido. En aquel mundo de delirios y corrupción el Caballero Oscuro era invencible inapelablemente; no importaba si Bane le rompía la espalda, si Killer Kroc le llevaba hasta la extenuación o Joker intentaba enloquecerle. Batman siempre superaba sus obstáculos y vencía. Siempre regresaba.
Pero no era invencible en nuestro mundo, en el real, donde las licencias de superhéroes como él cegaban y ciegan a los directores más ambiciosos hasta el punto de convertirlos en absolutos inútiles incapaces de hilar dos secuencias sin causar en el espectador un gesto amargo de estupor. Fue nuestro mundo en el que Batman recibió sus heridas más letales, las que le dejarían en coma durante años en el panorama cinematográfico para desazón de sus seguidores más acérrimos. En primer lugar la citada “Batman Forever” y posteriormente “Batman & Robin” (1997) hundieron la imagen del Caballero Oscuro por debajo de lo imaginable. Sus argumentos irregulares acompañados por guiones desequilibrados y conjugados con un planteamiento y un desarrollo inconexos convertían la puesta en escena en sorna a la par que anunciaban a los espectadores la débil respiración del entonces comatoso murciélago.
Ocho años después, un joven director y guionista británico apellidado Nolan se hizo con las riendas de la siguiente producción cinematográfica de Batman. Quizá una decisión arriesgada por parte de la productora, dado que antes de rodar la primera de sus películas bajo la licencia del superhéroe americano solo se había implicado en tres rodajes como pieza importante: “Following”, “Memento” e “Insomnia”; nada a la altura de una producción bajo el nombre del oscuro y egregio héroe del universo DC. Pero a Christopher Nolan no le importaba cargar con tan pesada responsabilidad, él sabía, como buen hombre ambicioso, que era indispensable tamaña obra para dar el primer gran paso hacia el reconocimiento universal. Y lo consiguió.
En 2005 llegó la redención de la mano de “Batman Begins”, un éxito en todos los sentidos respecto a las anteriores adaptaciones que insufló oxígeno en los magullados pulmones de Batman y le hizo despertar de su coma. Pero aún estaba débil, su recuperación no había hecho más que comenzar, la primera obra de Nolan con la licencia no era definitiva, necesitaba la confirmación de que todo iba a seguir “in crescendo”. Tres años después llegó la mejor adaptación cinematográfica del superhéroe. “The Dark Knight” fue la reafirmación de que el tenebroso murciélago había vuelto para quedarse. Para la ocasión Nolan recuperó el personaje del malvado Joker, interpretado con brillantez por el fallecido y oscarizado post-mortem Heath Ledger, e hizo coincidir con maestría la mejor obra del Caballero Oscuro vista en cines con el enfrentamiento entre dos archienemigos míticos. Fue la cita idónea, el escenario exacto, el contexto más épico para la resurrección total de Batman.
Pero no debería sobrar el realismo que a veces se obvia en las resoluciones más sobresalientes. El gran éxito reciente de Nolan ha venido acompañado de un personaje con tanta trascendencia que su sola presencia haría crecer enteros a cualquier producción; perfectamente engranado y ejecutado con brillantez por el finado Ledger. La verdadera prueba llega ahora, cuando Nolan se ve abocado a demostrar sobriamente que ha alcanzado un equilibrio cualitativo firme, sin tambaleos ni reflejos mediocres. Al mismo tiempo tiene la difícil misión de canalizar la pasión del público por el mundo de Batman, además de convencerles, sin tener, esta vez, un as en la manga tan llamativo como el personaje del Joker o la polémica que acompañó a la muerte de Ledger antes del estreno del filme. Si Nolan sale de esta, podremos -y deberemos- reclamar su trono estelar en el fulgente firmamento de los superhéroes. Y si no es así, al menos habremos asistido a uno de los momentos más importantes de la vida cinematográfica del murciélago más temido por todos los villanos. Pero al director británico habrá que bajarlo de su pedestal obligatoriamente.
El liderazgo de la composición
Art. 169; p. e. E. F. C.
El liderazgo de la composición.
Hugo de Lara López
Siempre he querido decir abiertamente que Mozart me parece una de las figuras más sobrevaloradas de la historia de la humanidad, pero sé que si lo digo de manera impulsiva, tal y como lo siento, los sabios o sus remedos, los resabiados, saltarían a descarnarme aunque no hubieran escuchado ni dos composiciones seguidas del salzburgués. Lo más cerca que he estado de declararlo es la escueta respuesta que di en una entrevista reciente, cuando me preguntaron “¿Mozart o Salieri?” y respondí convencido “Beethoven”. Así pues que esto quede entre nosotros, no lo diré por ahora.
Nunca he comprendido a Mozart en su plenitud y por esa razón tal vez jamás consiga desentrañar la grandeza de su obra; entiendo y admito que sus composiciones no están a la alcance de otros tantos músicos que han vagado por el mundo pero no comparto en absoluto su consideración como el más grande de todos los compositores. Acepto, por otra parte, que su precocidad es asombrosa, y que la enormidad de su obra es sobrecogedora. Negarlo sería un claro síntoma de la necedad que solo practico en los problemas banales de la vida. Pero Mozart es solo eso, un gran compositor, uno de los mejores pero no el definitivo, le sobraron obras –pocas– y le faltaron detalles –algunos más– para erigirse como el más destacado. En pocas ocasiones fue capaz de atravesar el mundo humano con la suficiente fuerza como para evocar las sensaciones y los sentimientos más recónditos del ser humano; fue más profesional que persona, más partidario de la obligación que de la devoción, y eso es impropio del mejor de todos. El virtuosismo formal ha de equilibrarse con la delicadeza espiritual; Mozart fue imbatible en lo primero pero irregular en lo segundo.
Según Robbins Landon en su obra “1791: El último año de Mozart”, Joseph Haydn estaba convencido de que en los cien años venideros no vería la luz un compositor con un talento similar al del austriaco. Una creencia medianamente afortunada si en sus manos no hubiera recaído parte de la docencia de Beethoven, cuya obra logró igualar la sombra que había inaugurado la de Mozart en su término estrictamente cualitativo. Quizá el impacto de este último pueda considerarse mayor puesto que fue el primer compositor que irradió genialidad como nunca nadie antes lo había hecho en la historia de la música, pero menospreciar la creación de Beethoven respecto a la de Mozart cuando se les somete a una comparación que pretende ser pulcra es una decisión torticera. Si Mozart fue un genio, Beethoven lo fue tanto como él, sin que ninguno, en una valoración general, pueda auparse por encima del otro. La pequeña diferencia de virtuosismo que existe entre Mozart y Beethoven, siendo superior en el talentosísimo austriaco, la cubre el de Bonn con su presencia espiritual perenne en casi todas las composiciones que brotaron de sus dedos.
No obstante este huero debate ha de ser más abierto, no solo existen Beethoven y Mozart en la cumbre de la historia de la música; en ocasiones, por inercia y sin merecerlo, se olvida a músicos excelentes como Bach o Chopin entre otros. Ambos tan geniales como los dos anteriores aunque desde fuera se les obvie injustamente. Y digo efectivamente desde fuera, porque los estudiosos de la música no suelen actuar de manera tan simplista aunque puedan existir remotas excepciones.
Debo reconocer que en especial ha sido la figura de Chopin la que más me ha atraído hasta el día de hoy junto a las de Beethoven, Bach y Debussy, aunque en menor medida. Por tal, desde un punto de vista muy subjetivo, me cuesta entender que su espléndida figura se solape con otros virtuosos más sonados y, al mismo tiempo, más vacíos. Chopin fue un hombre diferente en el más amplio sentido de la palabra, musicalmente su sensibilidad no tiene parangón. Ella fue la responsable de que sus composiciones se convirtieran en poesía no escrita, en un alado y sublime deleite producido por su alma y no por su mente, principal arma del genio. Él logró la difícil tarea de abrir la puerta hacia un nuevo mundo de sensaciones y sentimientos distinto al que conocían las personas que le escuchaban. Los mostró tal y como él los percibía, de una manera tan especial que cualquier humano que profundiza en la obra de Chopin cae en sus redes y es transportado a su dimensión. Dentro de ella somos incapaces de comprender nada, solo podemos dejar que sus notas jugueteen con nuestro interior como el viento hace, grácilmente, con las hojas que caen de las copas de los árboles en otoño. Fue Chopin –y por ello merece mi sincera estima– quien demostró a gran escala tanto al mundo como a la historia de la música que el tacto del alma siempre superará a las creaciones de la mente; por geniales que estas resulten el acto de conmover al prójimo es insuperable, pues es el más honesto diálogo entre ánimas.









