Algunas palabras sobre el “Don Pedro”.
Hace poco más de un mes volví a regocijarme por enésima vez con el maravilloso “Rey Lear” del versátil Bardo de Avon; cuando lo terminé sabía –o presuponía- que tardaría en ver de nuevo algo del inglés en los siguientes meses, pero me he vuelto a equivocar. Hace unas semanas me vi en la obligación de retomar cada una de sus obras -leídas insistentemente mil y una vez- para acompañar la redacción del “Don Pedro”. Sí, es cierto que dije en la última entrevista que me centraría en la literatura española para confeccionar la obra dedicada a Zorrilla, y así va a ser.
Pese a que es el mayor genio de la historia de la literatura, William Shakespeare me enseña los caminos que no he de pisar o que he de pisar con cuidado con el “Don Pedro”. Aunque a algunos encuentren extraña esta actitud conociendo la infinita admiración que siento por Shakespeare su teatro impacta de frente con las pretensiones del “Don Juan Tenorio” del literato vallisoletano. No aspiro a retratar un mundo a través de una historia sino que, ante todo, prefiero extraer la historia de un mundo lo más real posible dentro de las capacidades literarias que se presuponen.
Tampoco quiere decir esto que pueda negar rotundamente la presencia de Shakespeare en la obra, estaría engañando a los que me han preguntado más de mil veces por el “Don Pedro” desde que se publicó, allá por el 2007, la primera escena. La obra de William Shakespeare me influye inevitablemente puesto que es la única en la que he persistido e indagado con la profundidad propia del inconmensurable respeto que le profeso. Dada la situación nadie puede esperar del “Don Pedro” un “Don Juan Tenorio”, pero tampoco un “Rey Lear” o un “Macbeth”. Don Pedro y compañía irán un poco más allá aunque sin olvidar que su razón de ser es la de continuar y completar la historia del truhán español.
Tres actos son los que dividen a la obra en mi mente en este momento; y dos -el inicial y el central- son los que han recibido un creciente número de escenas y tienen pensadas, pero no retratadas, las que han de coronar sus partes finales. ¿Cómo es posible que una obra de teatro únicamente tenga tres actos?, ¿son suficientes para el equilibrio de la representación? Ciertamente no lo son porque el “Don Pedro” no podrá ser representado encima de un escenario sin que antes cualquier director lo mancille y reviente su esencia. Diferente sería si la representación se diera bajo los dictados del “Nuevo Teatro” que intentaré exponer cuando mejor pueda. Representar al plantel de esta obra y adaptar las situaciones a un solo escenario, además de ser imposible en el teatro actual, es un dispendio inútil de fuerzas, puesto que resultaría una obra radicalmente diferente. Al menos no sería esta obra. No el “Don Pedro” que conocemos.
Sobre el primer acto está casi todo dicho, los dos artículos que se publicaron en el verano de 2007 dejaban claro el objetivo de la obra y el devenir del primer tramo por lo que no es necesario repetirlo; sí es cierto que pueden cambiar pequeños matices pero no es lo que más me preocupa. El primer acto está diseñado completamente, una parte en papel y la otra (la recta final) en mi mente, lista para ser inmortalizada cuando sea oportuno; aún no lo es.
Es el segundo acto el que está hirviendo ahora y por el que muchos os habéis interesado en marabunta. Si ya me impresionó la respuesta del público en general cuando publiqué la primera escena el retorno a la obra ha sido fantástico. Jamás me lo hubiera imaginado.
El hijo de Don Pedro ya ha alcanzado su mayoría de edad; su padre siempre estuvo muy preocupado por hacer de él un buen hombre que dignificara el nombre de la familia que tanto había ensuciado Don Juan Tenorio. Su pensamiento era sencillo; si él –Pedro- no había tenido un buen padre su misión inmediata sería la de redimir, en parte, los pecados del suyo. Dignificar a su hijo y que este posteriormente dignificara a la familia es su objetivo primero y último. Una vez alcanzada la mayoría de edad el príncipe no tiene que seguir dependiendo de su maestro, Filipino; un italiano agrio cuyos escuetos poderes en el palacio se exceden en su mente haciéndole creer alguien que efectivamente no es. Siempre ha estado, junto a su familiar y siervo Silvio, espiando a su alumno como ha mediado y lo seguirá haciendo. Sobre todo a partir de la última clase, donde el hijo de Pedro revela a su tutor las ansias de salir del palacio para alcanzar la libertad que, según él, jamás ha tenido. Filipino le increpa, pues piensa que es suficiente poseer parte de Italia y España como para estar reflexionando sobre conceptos caducos e inmateriales. Pero su alumno continúa relatando su necesidad vital de ser libre y Filipino acaba entendiendo algo que no es. Este interpreta esa “libertad” como el anhelo de concentrar todas y cada una de las tierras que les corresponde por herencia únicamente en sus manos para explotarlas y obtener las máximas riquezas posibles; así es como se lo cuenta a su primo Silvio. A partir de entonces, como se puede imaginar, el hijo de Pedro tendrá a un par de moscardones encima, persiguiéndole allá donde vaya para salvaguardar la integridad de los dominios de Don Pedro.
Por otro lado, el príncipe junto con Dante –un fiel amigo- traza los primeros planes para escapar del palacio; cuando todo está preparado y listo para llevarse a cabo el hijo de Pedro conoce la noticia que supone un fuerte revés para sus planes: el Rey, su padre, ha concertado su matrimonio con una princesa inglesa perteneciente a la estirpe más poderosa del momento. Don Pedro de esta manera cumple dos objetivos que él considera necesarios: en primer lugar se asegura la paz con el enemigo más potente de Europa y, en segundo lugar, consigue que su hijo se vea abocado a una boda que cree fructuosa para su hijo. El príncipe ha de casarse por dictamen de su padre, pero no conoce los planes de boda por su boca, sino por la de Dante; este se lo cuenta y, con ello, deshace la estratagema que habían urdido para huir del palacio. Si ellos huyen, en especial el príncipe, Don Pedro tendría problemas con el todopoderoso Rey Inglés y ello no traería más que desgracias, muertes y un horrendo sometimiento. Su hijo se traga sus expectativas por el momento –aunque no se lo perdonará a su padre- y decide romper sus planes; Dante le sugiere que es lo mejor para todos.
La princesa Lilian llega a las pocas horas acompañada de su protector Alan y de sus criadas, a cuyo mando se encuentra Irene, y entre las cuales, Katherine, destacará por su especial sensibilidad por encima del resto. Desde este momento los equívocos palaciegos empiezan a brotar a una velocidad desmesurada; la historia de Don Pedro y sus pretensiones sobre su hijo van a estar condicionadas por este caos persistente.
Muchos me han preguntado el porqué del nombre del protagonista absoluto de la obra, Pedro. Desde un principio ese nombre se incrustó en mi cabeza y supe que era el nombre adecuado para lo que quería transmitir a través de su evolución en esta obra. Pedro proviene del latín y significa “piedra”, “firme como la piedra”. Es un personaje pétreo en sus objetivos, en su principal convicción; pero el desarrollo de la historia expone cómo incluso las piedras tienen sus debilidades. También los más duros pueden sufrir, pueden desmoronarse y acabar por desaparecer si el destino se lo propone decididamente. No hay piedra que la contrariedad no pueda desgranar y en este caso, el desafortunado Don Pedro está destinado a tener uno de los finales más crueles y penosos de la historia del teatro mundial. Cada uno de los retazos de mala suerte del mundo de la literatura se alineará por una vez en la historia para darle la sepultura más cruda, dolorosa y, quizá, injusta. Hace un par de días recordaba, cuando terminé de nuevo “Romeo y Julieta”, cómo el Príncipe de Verona decía que la historia de esos dos jóvenes era la más penosa que jamás había acontecido; ahora lo pongo en duda.
Por “Romeo y Julieta” decidí situar en Verona la tragedia de Don Pedro. Si bien en la primera parte tanto Pedro como Jimena se encuentran en sus posesiones de España e Italia, la segunda parte se desarrolla en Verona. Al final del primer tramo Pedro y Jimena se casan y el poderoso padre de Jimena, como dote, entrega las tierras de Verona al mancebo español y su esposa. ¿Por qué Verona?, ¿sólo porque Shakespeare la utilizó para “Romeo y Julieta”? No exactamente. Con “Romeo y Julieta” Shakespeare convirtió a Verona en la ciudad del amor y del drama; dado que el “Don Pedro” se desarrolla en Italia, no hallé mejor ciudad que Verona para destrozarle la vida al castigado Don Pedro.
A pesar de que sé que Don Pedro no es más que un personaje siento ciertos reparos cuando reflexiono sobre el fatal final de la obra; él no se merece tanto sufrimiento en tan poco tiempo. Ni siquiera la muerte le dará la posibilidad de descansar eternamente; tras ella su nombre se mancillará aún más y su recuerdo se pudrirá y será ridiculizado por las truculentas circunstancias que le rodearán. No soy feliz pensando sobre el final de la obra y menos aún lo seré cuando lo escriba, es demasiado retorcido incluso para alguien que no existe. Espero que el personaje no se me rebele como le ocurrió a Unamuno en Niebla; si lo hace tendrá toda la razón del mundo.
Cuando he pensado y posteriormente he empezado a perfilar a los personajes no me ha surgido la necesidad de inspirarme en otras personas o personajes que me han rodeado alguna vez; casi en todas las ocasiones he acudido a los conceptos imperfectos que conforman nuestra realidad. Tal vez por esto, cuando imagino su representación sobre uno de los escenarios del “Nuevo Teatro” no veo más que vestimentas flotando, sin rostro, sin manos y sin piernas. Sólo el protector de la princesa Lilian, Alan, está inspirado en dos figuras ficticias creadas por Shakespeare. Ambas pertenecen al “Rey Lear”; son, por opuestos que parezcan, el fiel Kent y el cobarde y traidor Edgar. No puedo exponer más detalles sobre él ya que su evolución se corresponde con una parte esencial de la obra que, por el momento, me reservo.
Lilian, Katherine, Irene, Dante, Filipino, Silvio y el príncipe serán las piezas fundamentales del desajuste argumental de la segunda parte de la obra; ninguno de ellos es más importante que el otro puesto que si uno de ellos faltara este segundo tramo habría de ser reescrito. No considero que sean personajes especiales pese a que alguno sí aspire a serlo. Personalmente no confío en la inocencia de Lilian y Katherine, en la diligencia de Irene, en la actitud fiel de Dante o en la buena voluntad del príncipe pues al final no son más que mejores o peores virtudes que buscan el bien individual ante todo. Sin embargo Filipino y Silvio, dentro de la cómica situación en la que se ven sumergidos por sus ansias de salvaguardar el palacio, buscan el bien de Don Pedro y de su corte ante todo. Asumen el deber divino de defender a su señor, y no intentan aprovecharlo para ganarse el respeto de su Rey, pues si así fuera, Filipino no hubiera encargado a Silvio que vigilara al príncipe sino que hubiera recaído en Don Pedro y su personal; Pedro no llega a saber lo que ocurre con su hijo, Filipino decide arreglarlo sin decirle ni una palabra a su señor para no darle un disgusto más. A él no le corresponde este servicio, al fin y al cabo, no es más que un vigilante del palacio, y a Silvio, el siervo del vigilante, aún menos. No es su misión arreglar los problemas que surgen sino informar de ellos para que los hombres de Don Pedro se ocupen de ellos. Pero para algunas personas la devoción está por encima de todo.
Liupi es el personaje perfecto. Representa la fidelidad incorruptible y la inocencia del niño que jamás ha tenido infancia; ambas inexistentes en nuestro mundo. Don Pedro será para él su primer padre, su único amigo y su último dios. Su vida es la más dura de cuantos puedan aparecer en escena pero paradójicamente es el personaje que más vitalidad y alegría desprende. Nunca dudará de Don Pedro y a él le favorecerá siempre, aunque de ello dependa su propio mal. Al mismo tiempo intentará agradar al príncipe, que le rechaza continuamente por recordarle su presencia a la de su padre, y a Dante. Es el único personaje que intentará entender al resto aunque el resto dé pocos visos de querer entenderle a él. Todos, menos Don Pedro, le tratan como el bufón que quizá hubiera tenido que ser. Él no necesita lo que los demás anhelan para ser feliz; solo con la compañía de Don Pedro él se encuentra ahíto. Pedro es el único que ha podido ver más allá de los defectos físicos de Liupi y ha hallado el corazón más puro que encontrará en su funesta vida. Estamos hablando, seguramente, del acierto más afortunado de toda la obra.