Rebeldía obtusa

Art. 173; p. e. E. F. C.

Rebeldía obtusa.


Hugo de Lara López

Aprecio más de lo que debiera la rebeldía innata de la juventud y de quienes no se ofrecen a ser corrompidos por la presión social y con ella construyen críticas y réplicas de grata productividad para toda la estructura social. Pero al mismo tiempo no puedo obviar el profundo desagrado que me supone tener que asistir a actos de rebeldía motivados únicamente por una disconformidad que no atiende a argumentos sino a pasiones de diversa índole, la mayor de las veces con la odiosa motivación de arremeter contra lo establecido sin razón. Quienes defienden esta postura extrema y radical están defendiendo lo que, por los ideales con los que comulgan y exhiben orgullosamente, está condenado detrás de cada punto y delante de cada coma. A nadie favorece una defensa desmedida cuando esta se haya fuera de toda lógica, ni siquiera al más inocente del universo.

Por desgracia o por exceso de gracia la rebeldía sin base ni fondo se está convirtiendo progresivamente en una costumbre social cada vez más común de cariz insano e infructuoso que a largo plazo se puede convertir en un virus incontrolable de luenga –y casi infinita– duración y duras consecuencias. En primer lugar porque el tiempo que se pierde en reclamar nada y exigir lo inexistente no es recuperable; y en segundo lugar porque el continuo nacimiento de arranques rebeldes impulsados por el corazón y no por la razón, sin ideas claras ni objetivos precisos, crea un bucle de inexactitudes que se eterniza en las nuevas generaciones. Si ese lapso de tiempo se reciclara y en lugar de malgastarlo se utilizara para renovar los planteamientos vigentes partiendo desde una cabalidad mínima la sociedad ganaría decenas de año de evolución.

Desde la perspectiva actual a la rebeldía que se plasma en nuestra realidad le falta temple en la reflexión y sagacidad en la ejecución; si bien es avaricioso, fantástico y digno del mejor cuento de maravillas, es imposible remodelar los principales fundamentos de los máximos poderes de un país sin utilizar sus mismas técnicas y tácticas. Es decir, el poder merece el trato que de ellos brota hacia el pueblo puesto que es éste el que se deja liderar por el bien común bajo preceptos de cuya indubitable claridad nacen las oscuridades más tenebrosas de los gobernantes.

No es necesario reseñar que las manifestaciones violentas han de quedarse fuera del juego estratégico y psicológico, ya que a raíz de estos fallos se fortalecen las defensas de los que ostentan el poder. La violencia es un impulso irracional, dañino e injustificable impropio de una sociedad integrada en la democracia del siglo XXI y menos aún de personas que pretenden generar un sólido consenso social a través de sus reivindicaciones. Cualquier contacto con la violencia desacredita a sus protagonistas sin que quepa excepción posible. Es por esto que no entiendo cómo muchas manifestaciones convocadas con fines constructivos pueden acabar en un fuego cruzado de papeleras, piedras, trozos desprendidos de bancos y/o cualquier pieza contundente. Debe quedar claro, como es irremediable reseñar cuantas veces sean necesarias, que en el momento en el que un solo objeto impacta contra una persona de opinión divergente agrediendo su integridad física es obligatorio reprobar y tildar de infame a quien lo ha perpetrado. Sin tener en cuenta su edad o pensamiento.

Sin embargo para que la rebeldía siembre a su paso puñados de semillas que puedan germinar en un futuro cercano es de vital importancia que se destrone la imagen del rebelde como un prototipo de personaje acéfalo, desdeñoso, afanado en estropicios e incapaz de coordinarse con otras personas para actuar con sensatez. Preocupado, en primera y última instancia, por tatuarse los designios de Kurt Cobain o de algún otro desequilibrado y seguirlos al pie de la letra en lugar de crear los suyos propios; y en especial obcecado con arremeter contra todo lo que sea respaldado mayoritariamente. La sociedad necesita un frente rebelde digno, descarado y sobre todo responsable que aporte oxígeno pero al mismo tiempo controle las deflagraciones injustificables y fútiles que sus intenciones, por más buenas que sean, pueden provocar si no se plantean con la madurez suficiente.

Tictac, tictac…

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Publicado en on Septiembre 20, 2009 at 11:10 pm Comentarios (12)

Una más

Art. 171; p. e. E. F. C.

Una más.


Hugo de Lara López

Resulta completamente absurdo, sin paliativos, que los medios de comunicación que influyen a una amplia cantidad de personas tengan la –dudosa- cualidad de convertir subnoticias en trascendentes nuevas que recorren el país entero para incrustarse en el debate nacional. Da igual cuál sea la información y su calado auténtico, si los grandes dueños de la información piensan que pueden obtener una alta rentabilidad no dudan en convertir el detalle en estructura y extenderlo a placer. Y nosotros, ávidos de polémicas que nos evada de la desencantadora realidad, aceptamos ser los canalizadores de tan estúpidas disensiones de buena gana, sin oponer la más remota resistencia.

La memez en estado puro se ha personificado esta vez en la figura del Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid y una de las últimas de sus imperiosas acciones. Sin fondo ni forma, sin transcendencia; una decisión más en definitiva que no se hubiera aferrado de tal manera a los medios de comunicación si no hubiera concernido a un personaje mediático maquillado con miles de encajes polémicos y rematado por una debilidad notable. Pero, en todo caso, ¿quién es este personaje y qué ha hecho para que se considere tan importante como para reportar cualquiera de los acontecimientos de su vida a este nivel? No es nadie y ha hecho, en este sentido, menos aún. Es una sencilla pieza del pantano televisivo cuyo mayor mérito es el de airear, a ratos, retazos de su vida y soltar alaridos cuando tercia para enardecer al público. ¿Qué tipo de interés tiene, pues, la prensa denominada por sí misma “seria” en una Doña Nadie que no sea el de generar otra polémica más? Ninguna, en teoría, por lo que la subnoticia, en caso de tratarse, tendría que haberlo sido de una manera menos hiriente y más fiel a la realidad. Aunque de hacerlo y para equilibrar el riego informativo tendrían que revisar todos los casos similares que no han salido a la luz o que no lo han hecho con tanta virulencia y que pertenecían a familias mucho más poderosas. Quizá sea esa la razón por la que los periodistas se decantaron por no entrar en una refriega gratuitamente en esos casos y, en cambio, sí han decidido hacerlo ahora con una mujer de tenues defensas.

Por otra parte, ¿cómo pueden tolerar los medios de comunicación cederle un soporte de tanta amplitud a un Defensor del Menor que parece estar más dispuesto a tener unos breves momentos de gloria que a defender su encomienda? La verdadera honradez permanece en la oscuridad, aun sin esconderse, desde donde con pulcritud actúa en base a sus objetivos; y no se filtran por arte de magia, aunque lo crean, las buenas intenciones, puesto que hay cerrojos cuyas llaves son propiedad de una sola persona.

En general la prensa se está volviendo oscura en sus intenciones y eso no favorece a nadie en absoluto, ya que si hoy se centran en hundir a los de arriba, mañana lo harán peor con los de abajo. Al final, el mundo de la comunicación se convertirá en un ring colosal donde unos y otros pondrán en práctica sus mejores golpes para noquear a quienes mejor les convenga sin atender a su principal objetivo: informar con la máxima veracidad posible. ¿Y esto es la prensa?, ¿la prensa que ha luchado con tesón durante siglos para nutrir al pueblo con todo tipo de informaciones libremente? Qué despropósito más descomunal.

En lugar de preocuparse en informar al pueblo de la manera más objetiva posible la prensa se obceca en rentabilizar las informaciones, en forma de noticias, a través de la controversia. No se trata del sensacionalismo tradicional, es una deformación más dañina. Hasta cierto punto el amarillismo, basado en la exageración para buscar la repercusión, no resulta tan nocivo como la híper divulgación, dedicada al sucio troceo de informaciones cuyo serrín se utiliza para sacar noticias de donde no las hay y exprimirlas con objetivos inicuos. Solo por el vil metal; en ningún caso como reclamo para mejorar o censurar una situación determinada. Un ruin intento de mercadear con la vida de personas mediáticas (pero debilitadas en ese momento o en condiciones poco favorables) con el fin de convertir la basura en una suculenta recaudación; triste pero cada vez más cierto. ¿De verdad es esta la laureada prensa “seria”?

Evocando a la autocrítica

Art. 170; p. e. E. F. C.

Evocando a la autocrítica.


Hugo de Lara López

Autocrítica; esa es la palabra clave que necesita poner en práctica más a menudo la política internacional si quiere resultar más fructuosa de lo que es hoy. Y esa autocrítica ha de comenzar por los militantes o meros simpatizantes de las distintas doctrinas políticas que se extienden en un abanico de tendencias confusas. No se les puede exigir a los peces más grandes de los partidos destacados que se postren ante la dictadura de la lógica y atiendan a la autocrítica como acento de esencial importancia en cualquier punto de inflexión si, los que le apoyan desde abajo, ni siquiera saben qué significa. Cansa en demasía ver a los lenguaraces –por no decir fanáticos impertérritos trajeados– defender a través de sus típicos y tópicos recursos las acciones de los partidos con los que comparten ideología –o economía– sin intentar alcanzar un mínimo de objetividad que permita un trato ecuánime.

¿De qué sirve plantear debates si conociendo de antemano la afiliación física o sentimental de los departidores se adivinan los argumentos que van a esgrimir y sus respectivos contraataques? ¿Acaso este teatro de execrable meditación y posterior ejecución se puede considerar más que un contraproducente ejercicio de ineptitud e irresponsabilidad? No, pese a que se intente justificar con exposiciones demagógicas y tentativas populistas, pues su objetivo, si bien disfrazado de preocupación, se limita a la búsqueda del bienestar de unos cuantos y no de todos como se presupone. Ni la izquierda aturdida, ni la derecha fútil, ni el desorientado centro –extensión más moderada de la derecha– son capaces de superar el litigio moral de sensatez, compromiso e igualdad que debiera acompañar lealmente al ímpetu del gobernante y de toda su oposición. Porque son ambos, y no solo uno de ellos, quienes lideran y son responsables de los triunfos y fracasos que brotan a largo de cada una de las legislaturas.

La izquierda es la que menos excusas tiene en este sentido o la que menos, en teoría, debería tener; lejos quedan los años de verdadera reivindicación, aunque fuera torpe, cimentada en principios de apoyo y solemnidad para/con los más pequeños. El fracaso en la actualidad de la izquierda en todo del planeta, y en especial en Europa, es manifiesto por más evasivas que medien; el pensamiento izquierdista se diluye a medida que los tiempos avanzan abrasando toda concepción utópica o pseudo-utópica. El pueblo no se adapta al metrónomo ralentizado de los liberales y estos, más preocupados en ordenar sus ideas, no se decantan por adecuarlo. No están hilando un trabajo original, recurren demasiado a medidas impropias de su legado y eso, para un planteamiento como el de la izquierda, es imperdonable. Han de retomar con prontitud las raíces que hicieron de la débil fuerza del proletariado un movimiento unido y arraigarlas a la realidad social actual con el fin de revitalizar los derechos y las libertades sin olvidar el desarrollo de la independencia económica de las clases menos favorecidas. La mentalidad liberal debe pisar con tiento el terreno que tiene por delante si no quiere acabar desvirtuando, como le está ocurriendo en estos momentos, el camino que recorre.

Es simple autocrítica lo que necesita la política. Unos y otros deben ceder y acatar sus errores con las consiguientes rectificaciones; mientras no lo hagan y se piensen con la verdad absoluta e infalible el conjunto perderá estabilidad gradualmente rebozándose en situaciones ignominiosas. Primero todas las tendencias políticas deberían evaluar la situación del mundo y, tras hacerlo, reflexionar acerca del resquebrajamiento de su estructura; ¿cómo es posible que ocurra esto si sus medidas son, como ellos mismos presumen, tan efectivas, acertadas y reveladoras? Sobran los egos que trabajan hasta el hartazgo para sí mismos, y faltan profesionales –a secas– que se afanen en lograr las mejores condiciones posibles por y para el pueblo. Haríamos mal en olvidar que es el ser humano el responsable de su propia situación en el planeta. Ténganlo en cuenta.

Publicado en on Septiembre 10, 2009 at 8:00 am Comentarios (12)

166, 167 y 168

Art. 168; p. e. E. F. C.

Gibraltar.

Hugo de Lara López

Me gustaría saber con exactitud hasta qué punto España está abarcando equivocadamente el controvertido dilema de Gibraltar. No me cabe en la cabeza –y no es de pequeña talla– que todavía una gran parte de los españoles, y en especial los conservadores, piensen que el Peñón y lo que le rodea pertenece exclusivamente a España por el mero hecho de encontrarse dentro del área peninsular. Más aún cuando Gibraltar ha sido dominada más años por los británicos que por los españoles y, al mismo tiempo, la población del lugar siente un irremediable odio hacia los españoles por el desprecio constante que estos han impuesto ante cualquier relación con los gibraltareños.

Todo este rechazo y el deseo de imposición y sometimiento sobre un pueblo que no quiere ser español y que de hecho no pertenece a su control desde hace más de trescientos años, me huele, ligeramente, al fascismo en su esencia más pura. Lo irónico es que cuando nos toca a nosotros sufrir estas veleidades somos los primeros que reprobamos a diferentes pueblos que se remonten cientos de años atrás para hacer valer sus derechos legítimos sobre tierras que pertenecieron a sus antepasados. ¿Qué hace si no España con el tema de Gibraltar? Es lo mismo, aunque con sus obvias diferencias contextuales.

 En la práctica no tiene ni pies ni cabeza que España siga reclamando su derecho sobre la ciudad; Inglaterra demostró estar por encima del poderío español –y luego hispano-francés– y supo controlar y defender una de las columnas de Hércules. No hay más. El resto es divagación y reclamaciones tardías fuera de lugar. Gibraltar se ha ganado el derecho de ser Gibraltar porque durante trescientos años han mantenido su autonomía respecto a España, aferrándose políticamente a Inglaterra. Como ciudad ha conseguido alcanzar solidez notable y convertirse en uno de los territorios con mayor calidad de vida y seguridad, tal como reveló el estudio de Jane’s Information Group publicado el 4 de enero de 2008.

Los españoles no gozamos de ningún derecho ni de licencia moral alguna que nos permita denigrar a Gibraltar y sus ciudadanos rechazando su nacionalidad e intentando someterles continuamente. Esto, al fin y al cabo, se traduce en una demostración ostensible de nuestra intolerancia en su estado más puro, que acaba por convertirse en una ofensa hacia un pueblo que no tiene la culpa del devenir de la historia y menos aún de pertenecer al mundo británico. Y mucho menos aún de sentirse orgullosos por ser primero gibraltareños y segundo británicos. España parece estar tan acostumbrada a los nacionalismos desquiciados de algunos sectores catalanes y vascos que le resta importancia descabelladamente al sentimiento de las personas y obvia, cuando le da la gana, la realidad; si así no fuera acabaría por acatar la situación verdadera, los últimos trescientos años de la historia de Gibraltar y el deseo incorruptible de los gibraltareños de no caer en las garras de España. ¿Qué han hecho los españoles por ellos? Nada bueno, desde luego; sin embargo en el otro lado de la balanza pesan varios desplantes, obstrucciones y ataques velados contra la integridad de Gibraltar, todo para tender un velo e intentar eludir que Gibraltar en la actualidad pertenece a los dominios españoles tanto como nuestra vecina Portugal, ya se pueden imaginar cuánto. En la actualidad, el único parecido territorial entre España, Portugal y Gibraltar es su encuadre peninsular, lo demás, por terco que nos pongamos, sobra.

 

Art. 167; p. e. E. F. C.

Los extraterrestres sí existen.

 Hugo de Lara López

16 de agosto, 2009, Berlín. Fecha y localización en las que se confirmó la existencia extraterrestre. Un jamaicano apellidado Bolt que en Pekín ya había asombrado al mundo entero con sus 9,69 segundos en los 100 metros se preparaba para superar su inalcanzable gesta. Las condiciones eran idóneas, no había traba que impidiera machacar su anterior récord. Toda la historia de los 100 metros confluía en el estadio berlinés lista para ser pulverizada de nuevo. Usain Bolt calienta la carrera con su atrevido y típico preámbulo: haciendo aspavientos por aquí y por allá intentando conectar con el público congregado en el lugar. Nadie parecía estar tan confiado en sus posibilidades como él, ni siquiera el estadounidense Tyson Gay, llamado a ser su mayor estorbo. Bolt no es humano, no es de nuestro mundo, es un completo extraterrestre. Por eso, mientras unos se preocupan en concentrarse él no tiene reparos en animar la fiesta cuyo éxtasis arrancó con su salida y culminó con su paso por meta.

Una vez que el extraterrestre negro comienza a correr no hay nadie que le pueda hacer sombra; Tyson Gay, que completó una carrera brillante rebajando el récord de Estados Unidos a 9,71 segundos, se hizo con la medalla de plata pero, por la evidente distancia, parecía estar a un mundo de Bolt en la llegada a la meta. Asafa Powell, jamaicano como Bolt, se agarró con fuerza a la tercera plaza y consiguió hacerse con ella; sin embargo tardó 9,84 segundos, demasiado para alcanzar a Gay, imposible para rozar a Usain Bolt. La única prueba para demostrar que Bolt no es humano tiene tres dígitos, los mismos que tienen sus rivales más importantes, pero la diferencia es abismal, pues ha rebajado sus tres números como nunca había hecho un ser humano en la historia del atletismo. Muy por debajo de lo esperado o incluso soñado.

La marca de 9,69 segundos que obtuvo en Pekín fue considerada en su momento como una hazaña más milagrosa que real; el propio Bolt podía haberla mejorado si no hubiera aminorado en el último tramo para celebrar su triunfo. Pero a él le daba igual conseguir uno u otro récord. Sabía que había logrado ganar la carrera y eso le valió aquel entonces. No obstante desde el principio ha tenido claro que ahora no se iba a contentar solamente con la victoria, ha querido revelarse como lo que es, un extraterrestre, y así lo certificó ante todo el planeta en 9,58 segundos batiendo todo pronóstico conocido en los prolegómenos del Campeonato Mundial de Atletismo de Berlín.

Sus pocos detractores utilizan múltiples argumentos para desvalorizar su epopeya; su físico o su altura están siempre dentro del debate. Lo cierto e innegable es que existen velocistas con más y menos físico que Usain Bolt, más y menos altos, y ninguno de ellos ha conseguido aguantar el ritmo del jamaicano. Solo Tyson Gay aunque de lejos, muy lejos, demasiado. No hay excusa ni explicación para su desmesurado potencial, inusitado entre los humanos; sencillamente está por encima del resto, por encima de la evolución humana hasta el momento pese a quien pese.

No creo que seamos conscientes de la suerte que tenemos de que Usain Bolt y Michael Phelps sean coetáneos nuestros y podamos deleitarnos viéndoles durante buena parte de nuestras vidas en todo su esplendor. El mejor velocista y el mejor nadador de la historia juntos en la misma época imperando en sus respectivas superficies; demoledor el jamaicano en las pistas y el yanqui en las piscinas. Imbatibles ante cualquier rival que respete la equidad de las condiciones y no la profane con un sospechoso exceso de nueva tecnología como está ocurriendo desafortunadamente en la natación. Pese a todo son deportistas tan especiales que, incluso contra la adversidad, son capaces de marcar las diferencias. No importa dónde, cuándo o cómo pues su talento es mágico, irrepetible e inalcanzable en nuestros tiempos. No les corresponde vivir en la actualidad sino en un futuro más lejano de lo que pensamos, pero el destino nos ha dejado ver lo que la evolución puede hacer con el ser humano. Y los descendientes de las actuales generaciones lo verán si la ambición del hombre no consume antes el mundo.

Desde luego a nosotros no nos podrán arrebatar la imagen de Bolt batiendo su antiguo récord para imponer su singular dictadura en los 100 metros, los 19,30 segundos que le bastaron, en los 200 metros, para superar la carrera espectacular del mítico Johnson en Atalanta o los 14,35 segundos con los que concluyó los 150 metros en Manchester. Estamos de enhorabuena, ya podemos decir que hemos visto a los hombres del futuro o, de no ser así, a los primeros extraterrestres de la historia.

 

Art. 166; p. e. E. F. C.

La síntesis de las disciplinas.

 Hugo de Lara López

Alcanzar el grado de “obra maestra” es el magno objetivo de toda creación que se precie como proyecto ambicioso o que, al menos, finja serlo. Pero el camino para lograr tal mención no está ni predeterminado ni erguido en la bandeja del conocimiento universal; si unas veces la humildad lo consigue, otras tantas es el turno de la soberbia. Nadie conoce con exactitud qué busca el ser humano y cuándo pasa a ser considerada como sublime una obra expuesta a una exorbitante cantidad de público. Se dice que la referencia la tienen los críticos, pero la mayoría de de las veces los especializados difieren de la opinión social en su intento por recrear la tan ansiada objetividad y el deseo constante de escudriñar cada una de las dimensiones de la obra a tratar. Sin embargo ellos también fallan; prueba de ello lo representa, por ejemplo, el devaluado trato con el que se recibió la presentación del fauvismo, meras “fauves” para su primer crítico.

La literatura, el arte, la música y el cine juegan en campos diferentes pero con una interrelación que les hace influenciarse recíprocamente, donde ahondan en la diversidad y peculiaridad del ser humano siempre enmarcado en un contexto que por muy real que parezca es ficticio. Por diferente que sean cada uno de ellos buscan, por encima del entretenimiento, transmitir un mensaje con la profundidad suficiente para acariciar la psique. La literatura hace de la palabra su principal recurso; la pintura recurre a sus tintas; y la música a sus melodías y letras poéticas. El cine precisa de la escena y la interpretación; la escultura –cada vez menos– y la arquitectura se encomiendan a la imaginación y la versatilidad de su labrador. Sus parámetros son inequívocos; el creador conoce a la perfección sus puntos bajos y altos y los explota como mejor sabe para obtener el mayor rendimiento posible.

Nunca se empieza de cero en nuestro mundo pues cuando la piedra no es la pieza clave, lo es el papel, el lienzo o los escenarios de cualquier ciudad, todos ya existentes, que esperan a ser iluminados por los destellos de cualquier avezado autor. Pero, ¿qué ocurre cuando no existe nada y ha de comenzarse desde cero? Cuando son necesarios más de dos trazos para crear una montaña, y más de cinco párrafos para describir la cabellera de un personaje. Este es el principal escollo de toda creación digital.

Las obras digitales más ambiciosas necesitan numerosos grupos de trabajo dedicados cada uno de ellos a una actividad específica que van a crear, partiendo de la nada, contextos asombrosos. El conjunto sonoro, el entramado gráfico, los editores de la historia, los guionistas, los encargados de las capturas de movimientos, los dobladores, los eternos programadores… Un equipo vagamente similar al necesario para una elaboración cinematográfica pero más numeroso y profundo. El cine recurre a actores y actrices para grabar, tras mil intentos, una película cuya duración circunda las dos horas; el ocio digital crea a sus protagonistas desde cero, en algunas ocasiones influenciados por determinados personajes, pero sin mayor ayuda o recurso en su tramo determinante que la programación directa; comúnmente aspirando a una longevidad ocho veces superior a la de una película convencional. A esto se unen los problemas evidentes que supone el trabajo en grupos multitudinarios ya que para culminar en una obra maestra, además de poseer una organización fuera de duda, hay que reclutar a los mejores en cada campo. Búsqueda delicada que no sólo se resuelve con grandes incentivos.

No se olvidan las creaciones digitales lanzar un par de guantes a la literatura y la pintura; los diseños gráficos se convierten en verdaderas obras de arte de mano de grafistas excepcionales. Las arquitecturas imposibles recreadas ficticiamente rematan los conceptos imposibles de Giorgio de Chirico en pintura y como es previsible eclipsan a las reales. Por otra parte, la manera de narrar los acontecimientos y los puntos de vistas que influyen en ellos comienzan a consumir rápidamente los recursos literarios. Las formas de expresión de la literatura, a pesar de insuflar oxígeno en el horizonte argumental del mundo digital, están mostrando, gradualmente, su insuficiencia.

Aunque pese a los más puristas, estamos ante las elaboraciones más completas de toda la historia de la humanidad hasta este momento. Las obras digitales recogen en su seno cada una de las disciplinas más importantes que se han desarrollado durante siglos en nuestro mundo; una obra maestra en este ámbito supone la excepcionalidad en sus dimensiones literaria, artística, musical y cinematográfica, sin olvidar las que se adhieren por su propia naturaleza: la interacción fundamentalmente. Se trata de la vía de expresión del siglo XXI, si bien su nacimiento se produjo a finales del siglo XX; tristemente lejos de gozar de un apoyo mayoritario está gravemente perjudicada en la actualidad por el elevadísimo número de prejuiciosos detractores que por suerte con el tiempo se verán arrastrados por el salto generacional. Con los años nos daremos cuenta de que hemos sido excesivamente injustos con la expresión cultural más compleja jamás surgida. Hasta entonces, como es frecuente, tendremos que continuar viviendo en la ignorancia de la pedantería ancestral, aquella que identifica todo lo novedoso con la destrucción de lo antiguo cuando, en realidad, no es más que su evolución. Inevitable evolución sin la cual nada de lo que vemos existiría en nuestro planeta.

Diario de un extraterrestre (IV)

Art. 165; p e. E. F. C.

Diario de un extraterrestre. (IV)


Hugo de Lara López

Día 199. Aún no he encontrado las zapatillas que me tomé prestadas de los cubos verdes donde los humanos echan bolsas de color (y olor) sospechoso.  Creo que tengo que replantearme esta manía de guardar todo lo que encuentro por los alrededores. No porque los humanos puedan sospechar que un alienígena que ha recorrido ciento cincuenta y cuatro mil millones de kilómetros está rapiñando sus antiguos enseres sino por mi propia salud. Huelen mal, tienen un color feo y no sirven para nada. Si no fuera porque es teóricamente imposible, empezaría a pensar que la costumbre humana de amasar con todo lo que te encuentres delante aunque no sepas para qué sirve me está empezando a afectar.

Tengo que confesar que he intentado colocármelo en todas las partes del cuerpo y aún no atino dónde pueden ir exactamente. Por su olor bien podría pensar que sirven para lo que los humanos llaman “defecar”, pero no sé más que su nombre “zapatillas”, y desconozco qué significa esa palabra con exactitud. Los diccionarios humanos no atinan lo suficiente; siempre que recurro a ellos salgo con más dudas de las que tenía pendiente cuando entré.

En estos últimos días he profundizado un poco más en uno de los puntos que me encomendó el Gran Consejo de mi mundo: la vida espiritual. Soy afortunado porque creo que nada más empezar ya he encontrado la primera “secta humana”, y la más importante al parecer, porque es una de las mayoritarias. Los edificios que la acogen son conocidos como templos o iglesias, algo rudos en el exterior e inesperadamente poco acogedores en el interior. Son tan enormes que ni siquiera diez humanos subidos uno encima del otro podrían alcanzar la cúpula. ¿Es necesario hacerlos tan grandes cuando su objetivo es el del temple y la oración? La primera vez que entré en uno de ellos me dio la impresión contraria a lo que supuestamente han de representar estos monumentos humanos.

No es menos que una grandiosidad dedicada a un ser excelso (parecido al que nosotros le confesamos nuestra fe) que, si existiera, primero por cordialidad y segundo por razonamiento no desearía explotar al ser humano de esta manera tratándose de un ser todopoderoso. Al margen de estas consideraciones, si cualquier “arquitecto” de mi planeta lo analizara objetivamente, no tengo duda de que hablaría de esta tipología como una de las más bonitas que ha podido ver en este mundo a pesar de su rudeza. Y creedme si os digo que ha sido difícil alcanzar un hallazgo parecido, pues no son muchas las rosas que florecen en las ciénagas más oscuras.

En sus interiores el ambiente es extraño, no me dio la seguridad que debiera un centro de culto. Concentrados y casi poseídos por entes externas, los feligreses, según ordenaba el oficiante de la misa vestido de blanco, se levantaban, hablaban y se arrodillaban al mismo tiempo. Las paráfrasis que el sacerdote (así es como llaman aquí al conductor de la misa) vertía sobre sus fieles, con más de mil significados, abatían sus corazones como si se tratara de la rima menos sutil o la verdad más reveladora. La decoración sobria (no siempre) con cruces, vírgenes, ángeles y personajes sagrados en general acompañaban con solemnidad a la celebración en su plenitud. No puedo extenderme y detallar en estos pequeños apuntes qué son las vírgenes, los ángeles o los personajes sagrados, sin embargo es cuasi obligatorio mentar a la cruz como el símbolo esencial de este culto. Allá donde estos seguidores espirituales acuden para conmemorar o rendir tributo a su guía religioso deben portar al menos una cruz con ellos. ¿Por qué? Aún no lo sé, existen demasiadas generaciones entre la lógica humana y la mía propia; intentar averiguarlo a través de mis procedimientos lógicos sería una locura de millones de años. Tiempo del que no dispongo a pesar de la longevidad de los míos.

No obstante de poco sirven estos conmovedores momentos espirituales para los humanos, pues si dentro de estos templos se comportan como verdaderos seres empáticos, cuando salen de ellos mutan en antipáticos y, peor aún, apáticos. Rápidamente olvidan, en cuanto tocan la calle y dejan atrás la iglesia, todo las palabras que han secundado con gestos complacidos dentro de ella. Donde se dijo fraternidad universal, triunfa el prejuicio interracial; quienes se postraron ante la humildad ahora rinden pleitesía a la opulencia; donde permanecía la sobriedad reinará, poco después, el caos consentido. ¡Triste fingimiento el que los humanos, conscientemente, llevan a cabo por la salvación eterna! El único regalo que anhelan egoístamente para continuar existiendo. Estas actitudes caprichosas me hacen replantearme qué ocurriría si los humanos no creyeran de la existencia de un poder tan excelso que incluso pudiera darle la inmortalidad etérea detrás de toda la parafernalia espiritual; ¿seguirían asintiendo en el templo u obrarían como hacen cotidianamente abandonando a sus predicadores?

Es un grave problema humano, y uno de sus grandes retrasos, pensar que en un edificio o en cualquier único elemento se puede alcanzar la salvación; su condición de seres inteligentes les debería conceder un pensamiento unos escalones más arriba que les hiciera saber que el verdadero sentimiento, espiritual o no, se halla en sus corazones. Jamás ninguna construcción, por magnífica que sea, podrá igualarles; la pasión que está ahí albergada y los sentimientos que juguetean con los deseos, los extremos y los sueños humanos son propiedad exclusiva de ellos. Pese a ello, no creo que los humanos estén dispuestos a reflexionar sobre sí mismos, son demasiado obstinados; increíblemente tercos. Mi civilización, afortunadamente, puede estar tranquila; estos hombrecillos nunca podrán suponer una amenaza dado el fuerte bloqueo al que someten con tozudez a sus mentes, impidiendo que sus errores se puedan llegar a corregir. Definitivamente odian equivocarse y aún más rectificar; prefieren saberse perfectos o cercanos a este concepto delirante y pasar por alto el resto. Pobre de ellos que olvidan con excesiva premura qué significa vivir…

Algunas palabras sobre el “Don Pedro”

Algunas palabras sobre el “Don Pedro”.

Hace poco más de un mes volví a regocijarme por enésima vez con el maravilloso “Rey Lear” del versátil Bardo de Avon; cuando lo terminé sabía –o presuponía- que tardaría en ver de nuevo algo del inglés en los siguientes meses, pero me he vuelto a equivocar. Hace unas semanas me vi en la obligación de retomar cada una de sus obras -leídas insistentemente mil y una vez- para acompañar la redacción del “Don Pedro”. Sí, es cierto que dije en la última entrevista que me centraría en la literatura española para confeccionar la obra dedicada a Zorrilla, y así va a ser.

Pese a que es el mayor genio de la historia de la literatura, William Shakespeare me enseña los caminos que no he de pisar o que he de pisar con cuidado con el “Don Pedro”. Aunque a algunos encuentren extraña esta actitud conociendo la infinita admiración que siento por Shakespeare su teatro impacta de frente con las pretensiones del “Don Juan Tenorio” del literato vallisoletano. No aspiro a retratar un mundo a través de una historia sino que, ante todo, prefiero extraer la historia de un mundo lo más real posible dentro de las capacidades literarias que se presuponen.

Tampoco quiere decir esto que pueda negar rotundamente la presencia de Shakespeare en la obra, estaría engañando a los que me han preguntado más de mil veces por el “Don Pedro” desde que se publicó, allá por el 2007, la primera escena. La obra de William Shakespeare me influye inevitablemente puesto que es la única en la que he persistido e indagado con la profundidad propia del inconmensurable respeto que le profeso. Dada la situación nadie puede esperar del “Don Pedro” un “Don Juan Tenorio”, pero tampoco un “Rey Lear” o un “Macbeth”. Don Pedro y compañía irán un poco más allá aunque sin olvidar que su razón de ser es la de continuar y completar la historia del truhán español.

Tres actos son los que dividen a la obra en mi mente en este momento; y dos -el inicial y el central- son los que han recibido un creciente número de escenas y tienen pensadas, pero no retratadas, las que han de coronar sus partes finales. ¿Cómo es posible que una obra de teatro únicamente tenga tres actos?, ¿son suficientes para el equilibrio de la representación? Ciertamente no lo son porque el “Don Pedro” no podrá ser representado encima de un escenario sin que antes cualquier director lo mancille y reviente su esencia. Diferente sería si la representación se diera bajo los dictados del “Nuevo Teatro” que intentaré exponer cuando mejor pueda. Representar al plantel de esta obra y adaptar las situaciones a un solo escenario, además de ser imposible en el teatro actual, es un dispendio inútil de fuerzas, puesto que resultaría una obra radicalmente diferente. Al menos no sería esta obra. No el “Don Pedro” que conocemos.

Sobre el primer acto está casi todo dicho, los dos artículos que se publicaron en el verano de 2007 dejaban claro el objetivo de la obra y el devenir del primer tramo por lo que no es necesario repetirlo; sí es cierto que pueden cambiar pequeños matices pero no es lo que más me preocupa. El primer acto está diseñado completamente, una parte en papel y la otra (la recta final) en mi mente, lista para ser inmortalizada cuando sea oportuno; aún no lo es.

Es el segundo acto el que está hirviendo ahora y por el que muchos os habéis interesado en marabunta. Si ya me impresionó la respuesta del público en general cuando publiqué la primera escena el retorno a la obra ha sido fantástico. Jamás me lo hubiera imaginado.

El hijo de Don Pedro ya ha alcanzado su mayoría de edad; su padre siempre estuvo muy preocupado por hacer de él un buen hombre que dignificara el nombre de la familia que tanto había ensuciado Don Juan Tenorio. Su pensamiento era sencillo; si él –Pedro- no había tenido un buen padre su misión inmediata sería la de redimir, en parte, los pecados del suyo. Dignificar a su hijo y que este posteriormente dignificara a la familia es su objetivo primero y último. Una vez alcanzada la mayoría de edad el príncipe no tiene que seguir dependiendo de su maestro, Filipino; un italiano agrio cuyos escuetos poderes en el palacio se exceden en su mente haciéndole creer alguien que efectivamente no es. Siempre ha estado, junto a su familiar y siervo Silvio, espiando a su alumno como ha mediado y lo seguirá haciendo. Sobre todo a partir de la última clase, donde el hijo de Pedro revela a su tutor las ansias de salir del palacio para alcanzar la libertad que, según él, jamás ha tenido. Filipino le increpa, pues piensa que es suficiente poseer parte de Italia y España como para estar reflexionando sobre conceptos caducos e inmateriales. Pero su alumno continúa relatando su necesidad vital de ser libre y Filipino acaba entendiendo algo que no es. Este interpreta esa “libertad” como el anhelo de concentrar todas y cada una de las tierras que les corresponde por herencia únicamente en sus manos para explotarlas y obtener las máximas riquezas posibles; así es como se lo cuenta a su primo Silvio. A partir de entonces, como se puede imaginar, el hijo de Pedro tendrá a un par de moscardones encima, persiguiéndole allá donde vaya para salvaguardar la integridad de los dominios de Don Pedro.

Por otro lado, el príncipe junto con Dante –un fiel amigo- traza los primeros planes para escapar del palacio; cuando todo está preparado y listo para llevarse a cabo el hijo de Pedro conoce la noticia que supone un fuerte revés para sus planes: el Rey, su padre, ha concertado su matrimonio con una princesa inglesa perteneciente a la estirpe más poderosa del momento. Don Pedro de esta manera cumple dos objetivos que él considera necesarios: en primer lugar se asegura la paz con el enemigo más potente de Europa y, en segundo lugar, consigue que su hijo se vea abocado a una boda que cree fructuosa para su hijo. El príncipe ha de casarse por dictamen de su padre, pero no conoce los planes de boda por su boca, sino por la de Dante; este se lo cuenta y, con ello, deshace la estratagema que habían urdido para huir del palacio. Si ellos huyen, en especial el príncipe, Don Pedro tendría problemas con el todopoderoso Rey Inglés y ello no traería más que desgracias, muertes y un horrendo sometimiento. Su hijo se traga sus expectativas por el momento –aunque no se lo perdonará a su padre- y decide romper sus planes; Dante le sugiere que es lo mejor para todos.

La princesa Lilian llega a las pocas horas acompañada de su protector Alan y de sus criadas, a cuyo mando se encuentra Irene, y entre las cuales, Katherine, destacará por su especial sensibilidad por encima del resto. Desde este momento los equívocos palaciegos empiezan a brotar a una velocidad desmesurada; la historia de Don Pedro y sus pretensiones sobre su hijo van a estar condicionadas por este caos persistente.

Muchos me han preguntado el porqué del nombre del protagonista absoluto de la obra, Pedro. Desde un principio ese nombre se incrustó en mi cabeza y supe que era el nombre adecuado para lo que quería transmitir a través de su evolución en esta obra. Pedro proviene del latín y significa “piedra”, “firme como la piedra”. Es un personaje pétreo en sus objetivos, en su principal convicción; pero el desarrollo de la historia expone cómo incluso las piedras tienen sus debilidades. También los más duros pueden sufrir, pueden desmoronarse y acabar por desaparecer si el destino se lo propone decididamente. No hay piedra que la contrariedad no pueda desgranar y en este caso, el desafortunado Don Pedro está destinado a tener uno de los finales más crueles y penosos de la historia del teatro mundial. Cada uno de los retazos de mala suerte del mundo de la literatura se alineará por una vez en la historia para darle la sepultura más cruda, dolorosa y, quizá, injusta. Hace un par de días recordaba, cuando terminé de nuevo “Romeo y Julieta”, cómo el Príncipe de Verona decía que la historia de esos dos jóvenes era la más penosa que jamás había acontecido; ahora lo pongo en duda.

Por “Romeo y Julieta” decidí situar en Verona la tragedia de Don Pedro. Si bien en la primera parte tanto Pedro como Jimena se encuentran en sus posesiones de España e Italia, la segunda parte se desarrolla en Verona. Al final del primer tramo Pedro y Jimena se casan y el poderoso padre de Jimena, como dote, entrega las tierras de Verona al mancebo español y su esposa. ¿Por qué Verona?, ¿sólo porque Shakespeare la utilizó para “Romeo y Julieta”? No exactamente. Con “Romeo y Julieta” Shakespeare convirtió a Verona en la ciudad del amor y del drama; dado que el “Don Pedro” se desarrolla en Italia, no hallé mejor ciudad que Verona para destrozarle la vida al castigado Don Pedro.

A pesar de que sé que Don Pedro no es más que un personaje siento ciertos reparos cuando reflexiono sobre el fatal final de la obra; él no se merece tanto sufrimiento en tan poco tiempo. Ni siquiera la muerte le dará la posibilidad de descansar eternamente; tras ella su nombre se mancillará aún más y su recuerdo se pudrirá y será ridiculizado por las truculentas circunstancias que le rodearán. No soy feliz pensando sobre el final de la obra y menos aún lo seré cuando lo escriba, es demasiado retorcido incluso para alguien que no existe. Espero que el personaje no se me rebele como le ocurrió a Unamuno en Niebla; si lo hace tendrá toda la razón del mundo.

Cuando he pensado y posteriormente he empezado a perfilar a los personajes no me ha surgido la necesidad de inspirarme en otras personas o personajes que me han rodeado alguna vez; casi en todas las ocasiones he acudido a los conceptos imperfectos que conforman nuestra realidad. Tal vez por esto, cuando imagino su representación sobre uno de los escenarios del “Nuevo Teatro” no veo más que vestimentas flotando, sin rostro, sin manos y sin piernas. Sólo el protector de la princesa Lilian, Alan, está inspirado en dos figuras ficticias creadas por Shakespeare. Ambas pertenecen al “Rey Lear”; son, por opuestos que parezcan, el fiel Kent y el cobarde y traidor Edgar. No puedo exponer más detalles sobre él ya que su evolución se corresponde con una parte esencial de la obra que, por el momento, me reservo.

Lilian, Katherine, Irene, Dante, Filipino, Silvio y el príncipe serán las piezas fundamentales del desajuste argumental de la segunda parte de la obra; ninguno de ellos es más importante que el otro puesto que si uno de ellos faltara este segundo tramo habría de ser reescrito. No considero que sean personajes especiales pese a que alguno sí aspire a serlo. Personalmente no confío en la inocencia de Lilian y Katherine, en la diligencia de Irene, en la actitud fiel de Dante o en la buena voluntad del príncipe pues al final no son más que mejores o peores virtudes que buscan el bien individual ante todo. Sin embargo Filipino y Silvio, dentro de la cómica situación en la que se ven sumergidos por sus ansias de salvaguardar el palacio, buscan el bien de Don Pedro y de su corte ante todo. Asumen el deber divino de defender a su señor, y no intentan aprovecharlo para ganarse el respeto de su Rey, pues si así fuera, Filipino no hubiera encargado a Silvio que vigilara al príncipe sino que hubiera recaído en Don Pedro y su personal; Pedro no llega a saber lo que ocurre con su hijo, Filipino decide arreglarlo sin decirle ni una palabra a su señor para no darle un disgusto más. A él no le corresponde este servicio, al fin y al cabo, no es más que un vigilante del palacio, y a Silvio, el siervo del vigilante, aún menos. No es su misión arreglar los problemas que surgen sino informar de ellos para que los hombres de Don Pedro se ocupen de ellos. Pero para algunas personas la devoción está por encima de todo.

Liupi es el personaje perfecto. Representa la fidelidad incorruptible y la inocencia del niño que jamás ha tenido infancia; ambas inexistentes en nuestro mundo. Don Pedro será para él su primer padre, su único amigo y su último dios. Su vida es la más dura de cuantos puedan aparecer en escena pero paradójicamente es el personaje que más vitalidad y alegría desprende. Nunca dudará de Don Pedro y a él le favorecerá siempre, aunque de ello dependa su propio mal. Al mismo tiempo intentará agradar al príncipe, que le rechaza continuamente por recordarle su presencia a la de su padre, y a Dante. Es el único personaje que intentará entender al resto aunque el resto dé pocos visos de querer entenderle a él. Todos, menos Don Pedro, le tratan como el bufón que quizá hubiera tenido que ser. Él no necesita lo que los demás anhelan para ser feliz; solo con la compañía de Don Pedro él se encuentra ahíto. Pedro es el único que ha podido ver más allá de los defectos físicos de Liupi y ha hallado el corazón más puro que encontrará en su funesta vida. Estamos hablando, seguramente, del acierto más afortunado de toda la obra.

Publicado en on Julio 30, 2009 at 4:34 am Comentarios (25)
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Responsabilidades inequívocas

Art. 163; p. e. E. F. C.

Responsabilidades inequívocas.


Hugo de Lara López

No existe profesión humana que no cargue con su dosis pertinente de responsabilidad, cuya importancia es directamente proporcional a su función social. Son precisamente las profesiones que tienen que lidiar con una responsabilidad de dimensión abismal las más vitales para la sociedad y, por supuesto, las más delicadas y difíciles de ejecutar. La medicina es una de ellas; sus médicos y enfermeros se baten en un duelo continuo por eludir las máximas muertes posibles y deshacer las incongruencias que la naturaleza, o los propios humanos, se encarga de complicar. A pesar de su labor (de valor inestimable) las exigencias son increíblemente altas, tan altas que ni todo el mundo del oro podría pagarlas, y sin embargo, las ejercen con la mayor profesionalidad que su talento y esfuerzo les permite.

Se trata de una de las profesiones más injustas del planeta ya que un mínimo fallo les condena y rebaja al rango de villano y un trabajo extremadamente diligente únicamente les da el visto bueno para continuar con sus intervenciones. Salvar vidas jamás tendrá parangón con el objetivo de ningún otro de los profesionales que pueblan nuestro mundo. Mucho más que a una actividad humana se asemeja a una virtud o cualidad cuasi divina;  ninguna otra persona además de ellos puede hacer que moribundos remonten el vuelo y retornen a su vida cotidiana.

Lógicamente existen negligencias en este ejercicio, como en el de cualquier otra profesión; también se confunde el ingeniero, el filólogo o el psicólogo pero obviamente la incidencia mediática y humana no es la misma en ningún caso. Los médicos sostienen finos hilos de vidas con sus dedos y saben de antemano que si erran en lo más mínimo se quebrarán definitivamente; en una sociedad como la nuestra que hace de la vida la principal y casi única esencia de la existencia, es indiscutiblemente primordial la labor de la medicina. En este sentido el principal dilema se centra en hallar la vía adecuada para hacer frente a estas negligencias. Partiendo de la gravedad de los distintos errores cometidos, ¿hasta dónde es ejemplar y justo que una persona sea dilapidada socialmente por un único fallo cuyo castigo ya está predeterminado? ¿Quién, en todo caso, tiene el derecho de humillar a una persona que anteriormente ha contribuido a salvar otras tantas vidas? En el reciente caso de negligencia dentro del mundo de la medicina que tantas vueltas está dando a nuestro país es más que evidente que el pisoteo al que está siendo sometida la culpable es más un movimiento político que un reclamo público. Más cuando no es la primera vez que ocurre un caso similar, y en dicho caso no se formó un revuelo ni de lejos parecido.

Particularmente el tratamiento que se le está dando a la persona que provocó la negligencia me parece cruel y desaforado teniendo en cuenta las dificultades en las que se encontraba la unidad a la que pertenecía que, sin ser una excusa, retrata perfectamente las dificultades entre las que se encontraba. Estas incidencias se podrían haber evitado con un número de personal ajustado a las necesidades imperantes; pero ello, desgraciadamente por norma general, no se lleva a cabo hasta que acaece un problema de este tamaño. Los trabajadores son humanos al fin y al cabo y no pueden atender una cantidad de trabajo que rebasa sus posibilidades físicas. Esto es indiscutible.

Por supuesto estas negligencias han de ser castigadas, pero de ello se encarga la justicia, no es necesario emularla y ajusticiar con una falsa moral este tipo de acontecimientos, ni herir con crueldad a una persona que tras este tremendo error vive en tan profundo desasosiego, hallándose más fuera de nuestro mundo que dentro. Hay que ser fundamentalmente comprensivos y empáticos con casos de esta relevancia y circunstancias puesto que las cosas ni son tan evidentes, ni tan sencillas como muchos las quieren exponer. Si así de simple fueran no necesitaríamos en este mundo a más de la mitad de las personas y sobrarían la mayor parte de las divagaciones que se plantean por diversas necesidades.

No podemos curar heridas usando simplemente parches sin antes haberlas tratado consecuentemente. De la misma manera este país no irá mucho más allá si sigue ocultando sus carencias mediante duelos políticos o provocando linchamientos públicos malintencionados que desvíen los focos que dirigen la atención; únicamente la cohesión y la prosperidad aseguran un futuro esperanzador y hemos de ser conscientes de que, por desgracia para España, no existe ni cohesión ni prosperidad en estos momentos. ¿De verdad pretende alguien llegar lejos sin afrontar los problemas esenciales de cara? Si es así, además de tener mucha fe, debe escasear en él el sentido común y abundar el de la cobardía y la irresponsabilidad. Al igual que los médicos han de responder ante de sus errores, cada uno de nosotros ha de hacerlo con los suyos, no basta ni es lícito cargar las culpas al más débil y orquestar un baile de cadáveres a su alrededor, porque la verdad, tarde o temprano, acaba brotando. La pregunta que deberíamos hacernos es: ¿a cuántos no les conviene, por sus propios intereses, que salgan a luz estas lagunas y pretenden evitarlo a toda costa? Deben ser ellos, los sibilinos que ahora intentan colocar el parche con celeridad, los que acaten una sustancial parte de la responsabilidad; y en ellos debe recaer, por otro lado, la mayor parte de todo lo que quieren atribuir a una sola persona. Será entonces, y solo entonces, cuando se empiece a hacer justicia.

Phrases

“La amistad es un contrato por el cual nos obligamos a hacer pequeños favores a los demás para que los demás nos los hagan grandes”.

-Charles Luis de Secondat, Montesquieu-

“Jamás hallé compañero más sociable que la soledad”.

-Henry David Thoreau-

“La conversación enriquece la comprensión, pero la soledad es la escuela del genio”.

-Edward Gibbon-

“La más feliz de todas las vidas es una soledad atareada”.

-François-Marie Arouet Voltaire-

“La soledad es la mejor nodriza de la sabiduría”.

-Lawrence Sterne-

“La soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes”.

-Arthur Schopenhauer-

Publicado en on Julio 18, 2009 at 4:05 pm Comentarios (8)

Hay un cierto tipo de desesperación que se manifiesta en la envidia y que merece piedad

“Hay un cierto tipo de desesperación que se manifiesta en la envidia y que merece piedad”.

- Maurice Magré -

Publicado en on Julio 16, 2009 at 1:23 am Comentarios (9)