Me gustaría saber con exactitud hasta qué punto España está abarcando equivocadamente el controvertido dilema de Gibraltar. No me cabe en la cabeza –y no es de pequeña talla– que todavía una gran parte de los españoles, y en especial los conservadores, piensen que el Peñón y lo que le rodea pertenece exclusivamente a España por el mero hecho de encontrarse dentro del área peninsular. Más aún cuando Gibraltar ha sido dominada más años por los británicos que por los españoles y, al mismo tiempo, la población del lugar siente un irremediable odio hacia los españoles por el desprecio constante que estos han impuesto ante cualquier relación con los gibraltareños.
Todo este rechazo y el deseo de imposición y sometimiento sobre un pueblo que no quiere ser español y que de hecho no pertenece a su control desde hace más de trescientos años, me huele, ligeramente, al fascismo en su esencia más pura. Lo irónico es que cuando nos toca a nosotros sufrir estas veleidades somos los primeros que reprobamos a diferentes pueblos que se remonten cientos de años atrás para hacer valer sus derechos legítimos sobre tierras que pertenecieron a sus antepasados. ¿Qué hace si no España con el tema de Gibraltar? Es lo mismo, aunque con sus obvias diferencias contextuales.
En la práctica no tiene ni pies ni cabeza que España siga reclamando su derecho sobre la ciudad; Inglaterra demostró estar por encima del poderío español –y luego hispano-francés– y supo controlar y defender una de las columnas de Hércules. No hay más. El resto es divagación y reclamaciones tardías fuera de lugar. Gibraltar se ha ganado el derecho de ser Gibraltar porque durante trescientos años han mantenido su autonomía respecto a España, aferrándose políticamente a Inglaterra. Como ciudad ha conseguido alcanzar solidez notable y convertirse en uno de los territorios con mayor calidad de vida y seguridad, tal como reveló el estudio de Jane’s Information Group publicado el 4 de enero de 2008.
Los españoles no gozamos de ningún derecho ni de licencia moral alguna que nos permita denigrar a Gibraltar y sus ciudadanos rechazando su nacionalidad e intentando someterles continuamente. Esto, al fin y al cabo, se traduce en una demostración ostensible de nuestra intolerancia en su estado más puro, que acaba por convertirse en una ofensa hacia un pueblo que no tiene la culpa del devenir de la historia y menos aún de pertenecer al mundo británico. Y mucho menos aún de sentirse orgullosos por ser primero gibraltareños y segundo británicos. España parece estar tan acostumbrada a los nacionalismos desquiciados de algunos sectores catalanes y vascos que le resta importancia descabelladamente al sentimiento de las personas y obvia, cuando le da la gana, la realidad; si así no fuera acabaría por acatar la situación verdadera, los últimos trescientos años de la historia de Gibraltar y el deseo incorruptible de los gibraltareños de no caer en las garras de España. ¿Qué han hecho los españoles por ellos? Nada bueno, desde luego; sin embargo en el otro lado de la balanza pesan varios desplantes, obstrucciones y ataques velados contra la integridad de Gibraltar, todo para tender un velo e intentar eludir que Gibraltar en la actualidad pertenece a los dominios españoles tanto como nuestra vecina Portugal, ya se pueden imaginar cuánto. En la actualidad, el único parecido territorial entre España, Portugal y Gibraltar es su encuadre peninsular, lo demás, por terco que nos pongamos, sobra.
16 de agosto, 2009, Berlín. Fecha y localización en las que se confirmó la existencia extraterrestre. Un jamaicano apellidado Bolt que en Pekín ya había asombrado al mundo entero con sus 9,69 segundos en los 100 metros se preparaba para superar su inalcanzable gesta. Las condiciones eran idóneas, no había traba que impidiera machacar su anterior récord. Toda la historia de los 100 metros confluía en el estadio berlinés lista para ser pulverizada de nuevo. Usain Bolt calienta la carrera con su atrevido y típico preámbulo: haciendo aspavientos por aquí y por allá intentando conectar con el público congregado en el lugar. Nadie parecía estar tan confiado en sus posibilidades como él, ni siquiera el estadounidense Tyson Gay, llamado a ser su mayor estorbo. Bolt no es humano, no es de nuestro mundo, es un completo extraterrestre. Por eso, mientras unos se preocupan en concentrarse él no tiene reparos en animar la fiesta cuyo éxtasis arrancó con su salida y culminó con su paso por meta.
Una vez que el extraterrestre negro comienza a correr no hay nadie que le pueda hacer sombra; Tyson Gay, que completó una carrera brillante rebajando el récord de Estados Unidos a 9,71 segundos, se hizo con la medalla de plata pero, por la evidente distancia, parecía estar a un mundo de Bolt en la llegada a la meta. Asafa Powell, jamaicano como Bolt, se agarró con fuerza a la tercera plaza y consiguió hacerse con ella; sin embargo tardó 9,84 segundos, demasiado para alcanzar a Gay, imposible para rozar a Usain Bolt. La única prueba para demostrar que Bolt no es humano tiene tres dígitos, los mismos que tienen sus rivales más importantes, pero la diferencia es abismal, pues ha rebajado sus tres números como nunca había hecho un ser humano en la historia del atletismo. Muy por debajo de lo esperado o incluso soñado.
La marca de 9,69 segundos que obtuvo en Pekín fue considerada en su momento como una hazaña más milagrosa que real; el propio Bolt podía haberla mejorado si no hubiera aminorado en el último tramo para celebrar su triunfo. Pero a él le daba igual conseguir uno u otro récord. Sabía que había logrado ganar la carrera y eso le valió aquel entonces. No obstante desde el principio ha tenido claro que ahora no se iba a contentar solamente con la victoria, ha querido revelarse como lo que es, un extraterrestre, y así lo certificó ante todo el planeta en 9,58 segundos batiendo todo pronóstico conocido en los prolegómenos del Campeonato Mundial de Atletismo de Berlín.
Sus pocos detractores utilizan múltiples argumentos para desvalorizar su epopeya; su físico o su altura están siempre dentro del debate. Lo cierto e innegable es que existen velocistas con más y menos físico que Usain Bolt, más y menos altos, y ninguno de ellos ha conseguido aguantar el ritmo del jamaicano. Solo Tyson Gay aunque de lejos, muy lejos, demasiado. No hay excusa ni explicación para su desmesurado potencial, inusitado entre los humanos; sencillamente está por encima del resto, por encima de la evolución humana hasta el momento pese a quien pese.
No creo que seamos conscientes de la suerte que tenemos de que Usain Bolt y Michael Phelps sean coetáneos nuestros y podamos deleitarnos viéndoles durante buena parte de nuestras vidas en todo su esplendor. El mejor velocista y el mejor nadador de la historia juntos en la misma época imperando en sus respectivas superficies; demoledor el jamaicano en las pistas y el yanqui en las piscinas. Imbatibles ante cualquier rival que respete la equidad de las condiciones y no la profane con un sospechoso exceso de nueva tecnología como está ocurriendo desafortunadamente en la natación. Pese a todo son deportistas tan especiales que, incluso contra la adversidad, son capaces de marcar las diferencias. No importa dónde, cuándo o cómo pues su talento es mágico, irrepetible e inalcanzable en nuestros tiempos. No les corresponde vivir en la actualidad sino en un futuro más lejano de lo que pensamos, pero el destino nos ha dejado ver lo que la evolución puede hacer con el ser humano. Y los descendientes de las actuales generaciones lo verán si la ambición del hombre no consume antes el mundo.
Desde luego a nosotros no nos podrán arrebatar la imagen de Bolt batiendo su antiguo récord para imponer su singular dictadura en los 100 metros, los 19,30 segundos que le bastaron, en los 200 metros, para superar la carrera espectacular del mítico Johnson en Atalanta o los 14,35 segundos con los que concluyó los 150 metros en Manchester. Estamos de enhorabuena, ya podemos decir que hemos visto a los hombres del futuro o, de no ser así, a los primeros extraterrestres de la historia.
Art. 166; p. e. E. F. C.
La síntesis de las disciplinas.
Hugo de Lara López
Alcanzar el grado de “obra maestra” es el magno objetivo de toda creación que se precie como proyecto ambicioso o que, al menos, finja serlo. Pero el camino para lograr tal mención no está ni predeterminado ni erguido en la bandeja del conocimiento universal; si unas veces la humildad lo consigue, otras tantas es el turno de la soberbia. Nadie conoce con exactitud qué busca el ser humano y cuándo pasa a ser considerada como sublime una obra expuesta a una exorbitante cantidad de público. Se dice que la referencia la tienen los críticos, pero la mayoría de de las veces los especializados difieren de la opinión social en su intento por recrear la tan ansiada objetividad y el deseo constante de escudriñar cada una de las dimensiones de la obra a tratar. Sin embargo ellos también fallan; prueba de ello lo representa, por ejemplo, el devaluado trato con el que se recibió la presentación del fauvismo, meras “fauves” para su primer crítico.
La literatura, el arte, la música y el cine juegan en campos diferentes pero con una interrelación que les hace influenciarse recíprocamente, donde ahondan en la diversidad y peculiaridad del ser humano siempre enmarcado en un contexto que por muy real que parezca es ficticio. Por diferente que sean cada uno de ellos buscan, por encima del entretenimiento, transmitir un mensaje con la profundidad suficiente para acariciar la psique. La literatura hace de la palabra su principal recurso; la pintura recurre a sus tintas; y la música a sus melodías y letras poéticas. El cine precisa de la escena y la interpretación; la escultura –cada vez menos– y la arquitectura se encomiendan a la imaginación y la versatilidad de su labrador. Sus parámetros son inequívocos; el creador conoce a la perfección sus puntos bajos y altos y los explota como mejor sabe para obtener el mayor rendimiento posible.
Nunca se empieza de cero en nuestro mundo pues cuando la piedra no es la pieza clave, lo es el papel, el lienzo o los escenarios de cualquier ciudad, todos ya existentes, que esperan a ser iluminados por los destellos de cualquier avezado autor. Pero, ¿qué ocurre cuando no existe nada y ha de comenzarse desde cero? Cuando son necesarios más de dos trazos para crear una montaña, y más de cinco párrafos para describir la cabellera de un personaje. Este es el principal escollo de toda creación digital.
Las obras digitales más ambiciosas necesitan numerosos grupos de trabajo dedicados cada uno de ellos a una actividad específica que van a crear, partiendo de la nada, contextos asombrosos. El conjunto sonoro, el entramado gráfico, los editores de la historia, los guionistas, los encargados de las capturas de movimientos, los dobladores, los eternos programadores… Un equipo vagamente similar al necesario para una elaboración cinematográfica pero más numeroso y profundo. El cine recurre a actores y actrices para grabar, tras mil intentos, una película cuya duración circunda las dos horas; el ocio digital crea a sus protagonistas desde cero, en algunas ocasiones influenciados por determinados personajes, pero sin mayor ayuda o recurso en su tramo determinante que la programación directa; comúnmente aspirando a una longevidad ocho veces superior a la de una película convencional. A esto se unen los problemas evidentes que supone el trabajo en grupos multitudinarios ya que para culminar en una obra maestra, además de poseer una organización fuera de duda, hay que reclutar a los mejores en cada campo. Búsqueda delicada que no sólo se resuelve con grandes incentivos.
No se olvidan las creaciones digitales lanzar un par de guantes a la literatura y la pintura; los diseños gráficos se convierten en verdaderas obras de arte de mano de grafistas excepcionales. Las arquitecturas imposibles recreadas ficticiamente rematan los conceptos imposibles de Giorgio de Chirico en pintura y como es previsible eclipsan a las reales. Por otra parte, la manera de narrar los acontecimientos y los puntos de vistas que influyen en ellos comienzan a consumir rápidamente los recursos literarios. Las formas de expresión de la literatura, a pesar de insuflar oxígeno en el horizonte argumental del mundo digital, están mostrando, gradualmente, su insuficiencia.
Aunque pese a los más puristas, estamos ante las elaboraciones más completas de toda la historia de la humanidad hasta este momento. Las obras digitales recogen en su seno cada una de las disciplinas más importantes que se han desarrollado durante siglos en nuestro mundo; una obra maestra en este ámbito supone la excepcionalidad en sus dimensiones literaria, artística, musical y cinematográfica, sin olvidar las que se adhieren por su propia naturaleza: la interacción fundamentalmente. Se trata de la vía de expresión del siglo XXI, si bien su nacimiento se produjo a finales del siglo XX; tristemente lejos de gozar de un apoyo mayoritario está gravemente perjudicada en la actualidad por el elevadísimo número de prejuiciosos detractores que por suerte con el tiempo se verán arrastrados por el salto generacional. Con los años nos daremos cuenta de que hemos sido excesivamente injustos con la expresión cultural más compleja jamás surgida. Hasta entonces, como es frecuente, tendremos que continuar viviendo en la ignorancia de la pedantería ancestral, aquella que identifica todo lo novedoso con la destrucción de lo antiguo cuando, en realidad, no es más que su evolución. Inevitable evolución sin la cual nada de lo que vemos existiría en nuestro planeta.