Responsabilidades inequívocas

Art. 163; p. e. E. F. C.

Responsabilidades inequívocas.


Hugo de Lara López

No existe profesión humana que no cargue con su dosis pertinente de responsabilidad, cuya importancia es directamente proporcional a su función social. Son precisamente las profesiones que tienen que lidiar con una responsabilidad de dimensión abismal las más vitales para la sociedad y, por supuesto, las más delicadas y difíciles de ejecutar. La medicina es una de ellas; sus médicos y enfermeros se baten en un duelo continuo por eludir las máximas muertes posibles y deshacer las incongruencias que la naturaleza, o los propios humanos, se encarga de complicar. A pesar de su labor (de valor inestimable) las exigencias son increíblemente altas, tan altas que ni todo el mundo del oro podría pagarlas, y sin embargo, las ejercen con la mayor profesionalidad que su talento y esfuerzo les permite.

Se trata de una de las profesiones más injustas del planeta ya que un mínimo fallo les condena y rebaja al rango de villano y un trabajo extremadamente diligente únicamente les da el visto bueno para continuar con sus intervenciones. Salvar vidas jamás tendrá parangón con el objetivo de ningún otro de los profesionales que pueblan nuestro mundo. Mucho más que a una actividad humana se asemeja a una virtud o cualidad cuasi divina;  ninguna otra persona además de ellos puede hacer que moribundos remonten el vuelo y retornen a su vida cotidiana.

Lógicamente existen negligencias en este ejercicio, como en el de cualquier otra profesión; también se confunde el ingeniero, el filólogo o el psicólogo pero obviamente la incidencia mediática y humana no es la misma en ningún caso. Los médicos sostienen finos hilos de vidas con sus dedos y saben de antemano que si erran en lo más mínimo se quebrarán definitivamente; en una sociedad como la nuestra que hace de la vida la principal y casi única esencia de la existencia, es indiscutiblemente primordial la labor de la medicina. En este sentido el principal dilema se centra en hallar la vía adecuada para hacer frente a estas negligencias. Partiendo de la gravedad de los distintos errores cometidos, ¿hasta dónde es ejemplar y justo que una persona sea dilapidada socialmente por un único fallo cuyo castigo ya está predeterminado? ¿Quién, en todo caso, tiene el derecho de humillar a una persona que anteriormente ha contribuido a salvar otras tantas vidas? En el reciente caso de negligencia dentro del mundo de la medicina que tantas vueltas está dando a nuestro país es más que evidente que el pisoteo al que está siendo sometida la culpable es más un movimiento político que un reclamo público. Más cuando no es la primera vez que ocurre un caso similar, y en dicho caso no se formó un revuelo ni de lejos parecido.

Particularmente el tratamiento que se le está dando a la persona que provocó la negligencia me parece cruel y desaforado teniendo en cuenta las dificultades en las que se encontraba la unidad a la que pertenecía que, sin ser una excusa, retrata perfectamente las dificultades entre las que se encontraba. Estas incidencias se podrían haber evitado con un número de personal ajustado a las necesidades imperantes; pero ello, desgraciadamente por norma general, no se lleva a cabo hasta que acaece un problema de este tamaño. Los trabajadores son humanos al fin y al cabo y no pueden atender una cantidad de trabajo que rebasa sus posibilidades físicas. Esto es indiscutible.

Por supuesto estas negligencias han de ser castigadas, pero de ello se encarga la justicia, no es necesario emularla y ajusticiar con una falsa moral este tipo de acontecimientos, ni herir con crueldad a una persona que tras este tremendo error vive en tan profundo desasosiego, hallándose más fuera de nuestro mundo que dentro. Hay que ser fundamentalmente comprensivos y empáticos con casos de esta relevancia y circunstancias puesto que las cosas ni son tan evidentes, ni tan sencillas como muchos las quieren exponer. Si así de simple fueran no necesitaríamos en este mundo a más de la mitad de las personas y sobrarían la mayor parte de las divagaciones que se plantean por diversas necesidades.

No podemos curar heridas usando simplemente parches sin antes haberlas tratado consecuentemente. De la misma manera este país no irá mucho más allá si sigue ocultando sus carencias mediante duelos políticos o provocando linchamientos públicos malintencionados que desvíen los focos que dirigen la atención; únicamente la cohesión y la prosperidad aseguran un futuro esperanzador y hemos de ser conscientes de que, por desgracia para España, no existe ni cohesión ni prosperidad en estos momentos. ¿De verdad pretende alguien llegar lejos sin afrontar los problemas esenciales de cara? Si es así, además de tener mucha fe, debe escasear en él el sentido común y abundar el de la cobardía y la irresponsabilidad. Al igual que los médicos han de responder ante de sus errores, cada uno de nosotros ha de hacerlo con los suyos, no basta ni es lícito cargar las culpas al más débil y orquestar un baile de cadáveres a su alrededor, porque la verdad, tarde o temprano, acaba brotando. La pregunta que deberíamos hacernos es: ¿a cuántos no les conviene, por sus propios intereses, que salgan a luz estas lagunas y pretenden evitarlo a toda costa? Deben ser ellos, los sibilinos que ahora intentan colocar el parche con celeridad, los que acaten una sustancial parte de la responsabilidad; y en ellos debe recaer, por otro lado, la mayor parte de todo lo que quieren atribuir a una sola persona. Será entonces, y solo entonces, cuando se empiece a hacer justicia.