Art. 162; p. e. E. F. C.
Don Deflagración Pérez.
Hugo de Lara López
“El mundo del fútbol se está volviendo loco” es la frase que últimamente más se prodiga entre todos los medios no madridistas que han permanecido atentos al enorme desembolso realizado por el club blanco en búsqueda de la excelencia. Cristiano Ronaldo cerca de cien millones de euros, Kaká próximo a los setenta, Karim Benzema rozando los cuarenta… Cifras poco cuerdas con respecto a la situación económica que contextualiza nuestra realidad pero en cierta medida coherentes con el rendimiento, sobre todo extra-deportivo, que ofrecen jugadores como el luso Ronaldo. Es tal este rendimiento que llegamos a un punto en el que nos parece evidente que hablamos de una marca de intenso calado internacional que desborda los campos de fútbol por los cuatro costados.
Desde el punto económico la labor que están llevando a cabo los merengues puede resultar rentable, por lo que no han de preocuparse por estos los madridistas. Ni siquiera tendrán que centrar sus preocupaciones en aburrirse cada vez que acudan al Bernabéu ya que cuaje o no el plantel que se está preparando con más corazón que cabeza disfrutarán si no con el buen juego con el resplandor de sus estrellas. Sin embargo no estoy tan seguro de que los espectadores del fútbol en general y no de equipos concretos estén demasiado felices puesto que el resucitado presidente del Real Madrid vuelve a desvirtuar, un poco más, el deporte del fútbol en Europa.
Las diferencias ya obscenas entre los clubes ricos y los humildes se distancian un poco más, incluso se degenera la competición entre los clubes más potentes, cediendo la balanza más a favor de la previsibilidad que de la apuesta y la formación paciente. Precisamente era esto lo que marcaba una parte importante de la emoción en el fútbol, la capacidad de los equipos de encontrarse con un buen equipo de ojeadores que pudieran asegurar el nacimiento de futuras estrellas a las que prepararlas día a día imprimiéndole gradualmente el sello imborrable del club. Poco a poco esta especial esencia que le queda al fútbol se está desvaneciendo en pro del talonario convencional; inevitablemente esto provoca que fuertes dosis de soberbia, innecesaria en cualquier estadio del mundo, dimensione el odio dentro de un deporte que debiera ser, en todo caso, lo contrario. Todo este espectáculo mediático con presentaciones que copan graderíos enteros y el resto de fantochadas poco propias de clubes de fútbol resta credibilidad al deporte rey y, por lo tanto, sobra. El espectáculo hay que ofrecerlo cuando el balón comience a rodar y olvidarlo tanto antes como después.
La estrategia del Real Madrid es indecente en todos los niveles en los que se desarrolla, más cuando se antepone el beneficio económico al futbolístico que, no olviden, es lo que se supone que es el club merengue: parte histórica del fútbol. Es poco menos que patético asistir a la complacencia del presidente de los merengues cada vez que abre la boca para hablar sobre la autoría de unos cuantos de los fichajes más caros de la historia cuando esto debería ser, en todo caso, anecdótico y un borrón irrepetible en su propia historia. No entiendo el mérito que se quiere auto-asignar cuando lo más fácil a la hora de hacerse con cualquier jugador es poner la billetera sobre la mesa y esperar a que el vendedor deje de sacar fajos; fajos, por otra parte, prestados por uno u otro banco. Incluso un indigente analfabeto podría hacer lo mismo si tuviera el dinero necesario. El problema para el indigente es que a él, por no poseer un poder adquisitivo lo suficientemente holgado con el que devolver el dinero, no le darán ni medio euro. Pensemos por un momento qué ocurriría si Manchester United, Liverpool, Milán, Inter de Milán, F. C. Barcelona, Bayern de Munich y el resto de grandes clubes de Europa hicieran lo mismo. Sería la estocada final a los clubes humildes que se verían relegados a un enésimo plano, impotentes y hastiados ante un potencial tan desmesurado como irrespetuoso.
Los clubes no pueden olvidar que se trata de hacer el equipo más fuerte posible no de mostrar la ostensión de poder económico más asombrosa, y que deben llevarlo a cabo mediante la moderación basando su principal baza en el esfuerzo y no en el dinero. Hay que ser conscientes de dónde nos encontramos y acatar la responsabilidad que ello supone; estamos ante un deporte que, en ningún caso, se puede asemejar a una burda subasta en la que los títulos sean el resultado de operaciones bancarias y no del esfuerzo. No le veo la más remota gracia, ni grandeza, a la idea de concentrar a las estrellas más grandes del mundo en un mismo equipo, porque aunque bien es cierto que no asegura ningún resultado espectacular, se torna en artificial un proceso deportivo puramente natural: la creación de un equipo a través de la complementariedad entre el talento, el esfuerzo y la fortuna. Eso es el fútbol.
Pero al Real Madrid todo esto le da igual. Opta por lo mismo que le condenó hace unos años y quiere renovar, como sea, la eterna gloria que las buenas lenguas aseguran que acompaña al club desde que nació hace más de cien años. No sabemos si este afán egoísta y universalista que ha vuelto a imponer el presidente del equipo merengue le devolverá a la senda de las victorias continentales que tanto ansía, lo que sí sabemos es que una parte irreparable del fútbol ha vuelto a ser dañada. Muchas gracias, Don Deflagración Pérez.