Algunas palabras sobre el “Don Pedro”

Algunas palabras sobre el “Don Pedro”.

Hace poco más de un mes volví a regocijarme por enésima vez con el maravilloso “Rey Lear” del versátil Bardo de Avon; cuando lo terminé sabía –o presuponía- que tardaría en ver de nuevo algo del inglés en los siguientes meses, pero me he vuelto a equivocar. Hace unas semanas me vi en la obligación de retomar cada una de sus obras -leídas insistentemente mil y una vez- para acompañar la redacción del “Don Pedro”. Sí, es cierto que dije en la última entrevista que me centraría en la literatura española para confeccionar la obra dedicada a Zorrilla, y así va a ser.

Pese a que es el mayor genio de la historia de la literatura, William Shakespeare me enseña los caminos que no he de pisar o que he de pisar con cuidado con el “Don Pedro”. Aunque a algunos encuentren extraña esta actitud conociendo la infinita admiración que siento por Shakespeare su teatro impacta de frente con las pretensiones del “Don Juan Tenorio” del literato vallisoletano. No aspiro a retratar un mundo a través de una historia sino que, ante todo, prefiero extraer la historia de un mundo lo más real posible dentro de las capacidades literarias que se presuponen.

Tampoco quiere decir esto que pueda negar rotundamente la presencia de Shakespeare en la obra, estaría engañando a los que me han preguntado más de mil veces por el “Don Pedro” desde que se publicó, allá por el 2007, la primera escena. La obra de William Shakespeare me influye inevitablemente puesto que es la única en la que he persistido e indagado con la profundidad propia del inconmensurable respeto que le profeso. Dada la situación nadie puede esperar del “Don Pedro” un “Don Juan Tenorio”, pero tampoco un “Rey Lear” o un “Macbeth”. Don Pedro y compañía irán un poco más allá aunque sin olvidar que su razón de ser es la de continuar y completar la historia del truhán español.

Tres actos son los que dividen a la obra en mi mente en este momento; y dos -el inicial y el central- son los que han recibido un creciente número de escenas y tienen pensadas, pero no retratadas, las que han de coronar sus partes finales. ¿Cómo es posible que una obra de teatro únicamente tenga tres actos?, ¿son suficientes para el equilibrio de la representación? Ciertamente no lo son porque el “Don Pedro” no podrá ser representado encima de un escenario sin que antes cualquier director lo mancille y reviente su esencia. Diferente sería si la representación se diera bajo los dictados del “Nuevo Teatro” que intentaré exponer cuando mejor pueda. Representar al plantel de esta obra y adaptar las situaciones a un solo escenario, además de ser imposible en el teatro actual, es un dispendio inútil de fuerzas, puesto que resultaría una obra radicalmente diferente. Al menos no sería esta obra. No el “Don Pedro” que conocemos.

Sobre el primer acto está casi todo dicho, los dos artículos que se publicaron en el verano de 2007 dejaban claro el objetivo de la obra y el devenir del primer tramo por lo que no es necesario repetirlo; sí es cierto que pueden cambiar pequeños matices pero no es lo que más me preocupa. El primer acto está diseñado completamente, una parte en papel y la otra (la recta final) en mi mente, lista para ser inmortalizada cuando sea oportuno; aún no lo es.

Es el segundo acto el que está hirviendo ahora y por el que muchos os habéis interesado en marabunta. Si ya me impresionó la respuesta del público en general cuando publiqué la primera escena el retorno a la obra ha sido fantástico. Jamás me lo hubiera imaginado.

El hijo de Don Pedro ya ha alcanzado su mayoría de edad; su padre siempre estuvo muy preocupado por hacer de él un buen hombre que dignificara el nombre de la familia que tanto había ensuciado Don Juan Tenorio. Su pensamiento era sencillo; si él –Pedro- no había tenido un buen padre su misión inmediata sería la de redimir, en parte, los pecados del suyo. Dignificar a su hijo y que este posteriormente dignificara a la familia es su objetivo primero y último. Una vez alcanzada la mayoría de edad el príncipe no tiene que seguir dependiendo de su maestro, Filipino; un italiano agrio cuyos escuetos poderes en el palacio se exceden en su mente haciéndole creer alguien que efectivamente no es. Siempre ha estado, junto a su familiar y siervo Silvio, espiando a su alumno como ha mediado y lo seguirá haciendo. Sobre todo a partir de la última clase, donde el hijo de Pedro revela a su tutor las ansias de salir del palacio para alcanzar la libertad que, según él, jamás ha tenido. Filipino le increpa, pues piensa que es suficiente poseer parte de Italia y España como para estar reflexionando sobre conceptos caducos e inmateriales. Pero su alumno continúa relatando su necesidad vital de ser libre y Filipino acaba entendiendo algo que no es. Este interpreta esa “libertad” como el anhelo de concentrar todas y cada una de las tierras que les corresponde por herencia únicamente en sus manos para explotarlas y obtener las máximas riquezas posibles; así es como se lo cuenta a su primo Silvio. A partir de entonces, como se puede imaginar, el hijo de Pedro tendrá a un par de moscardones encima, persiguiéndole allá donde vaya para salvaguardar la integridad de los dominios de Don Pedro.

Por otro lado, el príncipe junto con Dante –un fiel amigo- traza los primeros planes para escapar del palacio; cuando todo está preparado y listo para llevarse a cabo el hijo de Pedro conoce la noticia que supone un fuerte revés para sus planes: el Rey, su padre, ha concertado su matrimonio con una princesa inglesa perteneciente a la estirpe más poderosa del momento. Don Pedro de esta manera cumple dos objetivos que él considera necesarios: en primer lugar se asegura la paz con el enemigo más potente de Europa y, en segundo lugar, consigue que su hijo se vea abocado a una boda que cree fructuosa para su hijo. El príncipe ha de casarse por dictamen de su padre, pero no conoce los planes de boda por su boca, sino por la de Dante; este se lo cuenta y, con ello, deshace la estratagema que habían urdido para huir del palacio. Si ellos huyen, en especial el príncipe, Don Pedro tendría problemas con el todopoderoso Rey Inglés y ello no traería más que desgracias, muertes y un horrendo sometimiento. Su hijo se traga sus expectativas por el momento –aunque no se lo perdonará a su padre- y decide romper sus planes; Dante le sugiere que es lo mejor para todos.

La princesa Lilian llega a las pocas horas acompañada de su protector Alan y de sus criadas, a cuyo mando se encuentra Irene, y entre las cuales, Katherine, destacará por su especial sensibilidad por encima del resto. Desde este momento los equívocos palaciegos empiezan a brotar a una velocidad desmesurada; la historia de Don Pedro y sus pretensiones sobre su hijo van a estar condicionadas por este caos persistente.

Muchos me han preguntado el porqué del nombre del protagonista absoluto de la obra, Pedro. Desde un principio ese nombre se incrustó en mi cabeza y supe que era el nombre adecuado para lo que quería transmitir a través de su evolución en esta obra. Pedro proviene del latín y significa “piedra”, “firme como la piedra”. Es un personaje pétreo en sus objetivos, en su principal convicción; pero el desarrollo de la historia expone cómo incluso las piedras tienen sus debilidades. También los más duros pueden sufrir, pueden desmoronarse y acabar por desaparecer si el destino se lo propone decididamente. No hay piedra que la contrariedad no pueda desgranar y en este caso, el desafortunado Don Pedro está destinado a tener uno de los finales más crueles y penosos de la historia del teatro mundial. Cada uno de los retazos de mala suerte del mundo de la literatura se alineará por una vez en la historia para darle la sepultura más cruda, dolorosa y, quizá, injusta. Hace un par de días recordaba, cuando terminé de nuevo “Romeo y Julieta”, cómo el Príncipe de Verona decía que la historia de esos dos jóvenes era la más penosa que jamás había acontecido; ahora lo pongo en duda.

Por “Romeo y Julieta” decidí situar en Verona la tragedia de Don Pedro. Si bien en la primera parte tanto Pedro como Jimena se encuentran en sus posesiones de España e Italia, la segunda parte se desarrolla en Verona. Al final del primer tramo Pedro y Jimena se casan y el poderoso padre de Jimena, como dote, entrega las tierras de Verona al mancebo español y su esposa. ¿Por qué Verona?, ¿sólo porque Shakespeare la utilizó para “Romeo y Julieta”? No exactamente. Con “Romeo y Julieta” Shakespeare convirtió a Verona en la ciudad del amor y del drama; dado que el “Don Pedro” se desarrolla en Italia, no hallé mejor ciudad que Verona para destrozarle la vida al castigado Don Pedro.

A pesar de que sé que Don Pedro no es más que un personaje siento ciertos reparos cuando reflexiono sobre el fatal final de la obra; él no se merece tanto sufrimiento en tan poco tiempo. Ni siquiera la muerte le dará la posibilidad de descansar eternamente; tras ella su nombre se mancillará aún más y su recuerdo se pudrirá y será ridiculizado por las truculentas circunstancias que le rodearán. No soy feliz pensando sobre el final de la obra y menos aún lo seré cuando lo escriba, es demasiado retorcido incluso para alguien que no existe. Espero que el personaje no se me rebele como le ocurrió a Unamuno en Niebla; si lo hace tendrá toda la razón del mundo.

Cuando he pensado y posteriormente he empezado a perfilar a los personajes no me ha surgido la necesidad de inspirarme en otras personas o personajes que me han rodeado alguna vez; casi en todas las ocasiones he acudido a los conceptos imperfectos que conforman nuestra realidad. Tal vez por esto, cuando imagino su representación sobre uno de los escenarios del “Nuevo Teatro” no veo más que vestimentas flotando, sin rostro, sin manos y sin piernas. Sólo el protector de la princesa Lilian, Alan, está inspirado en dos figuras ficticias creadas por Shakespeare. Ambas pertenecen al “Rey Lear”; son, por opuestos que parezcan, el fiel Kent y el cobarde y traidor Edgar. No puedo exponer más detalles sobre él ya que su evolución se corresponde con una parte esencial de la obra que, por el momento, me reservo.

Lilian, Katherine, Irene, Dante, Filipino, Silvio y el príncipe serán las piezas fundamentales del desajuste argumental de la segunda parte de la obra; ninguno de ellos es más importante que el otro puesto que si uno de ellos faltara este segundo tramo habría de ser reescrito. No considero que sean personajes especiales pese a que alguno sí aspire a serlo. Personalmente no confío en la inocencia de Lilian y Katherine, en la diligencia de Irene, en la actitud fiel de Dante o en la buena voluntad del príncipe pues al final no son más que mejores o peores virtudes que buscan el bien individual ante todo. Sin embargo Filipino y Silvio, dentro de la cómica situación en la que se ven sumergidos por sus ansias de salvaguardar el palacio, buscan el bien de Don Pedro y de su corte ante todo. Asumen el deber divino de defender a su señor, y no intentan aprovecharlo para ganarse el respeto de su Rey, pues si así fuera, Filipino no hubiera encargado a Silvio que vigilara al príncipe sino que hubiera recaído en Don Pedro y su personal; Pedro no llega a saber lo que ocurre con su hijo, Filipino decide arreglarlo sin decirle ni una palabra a su señor para no darle un disgusto más. A él no le corresponde este servicio, al fin y al cabo, no es más que un vigilante del palacio, y a Silvio, el siervo del vigilante, aún menos. No es su misión arreglar los problemas que surgen sino informar de ellos para que los hombres de Don Pedro se ocupen de ellos. Pero para algunas personas la devoción está por encima de todo.

Liupi es el personaje perfecto. Representa la fidelidad incorruptible y la inocencia del niño que jamás ha tenido infancia; ambas inexistentes en nuestro mundo. Don Pedro será para él su primer padre, su único amigo y su último dios. Su vida es la más dura de cuantos puedan aparecer en escena pero paradójicamente es el personaje que más vitalidad y alegría desprende. Nunca dudará de Don Pedro y a él le favorecerá siempre, aunque de ello dependa su propio mal. Al mismo tiempo intentará agradar al príncipe, que le rechaza continuamente por recordarle su presencia a la de su padre, y a Dante. Es el único personaje que intentará entender al resto aunque el resto dé pocos visos de querer entenderle a él. Todos, menos Don Pedro, le tratan como el bufón que quizá hubiera tenido que ser. Él no necesita lo que los demás anhelan para ser feliz; solo con la compañía de Don Pedro él se encuentra ahíto. Pedro es el único que ha podido ver más allá de los defectos físicos de Liupi y ha hallado el corazón más puro que encontrará en su funesta vida. Estamos hablando, seguramente, del acierto más afortunado de toda la obra.

Publicado en  on Julio 30, 2009 at 4:34 am Comentarios (25)
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Brave hero

HN

Brave hero.

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Publicado en  on Julio 27, 2009 at 5:32 pm Dejar un comentario

Responsabilidades inequívocas

Art. 163; p. e. E. F. C.

Responsabilidades inequívocas.


Hugo de Lara López

No existe profesión humana que no cargue con su dosis pertinente de responsabilidad, cuya importancia es directamente proporcional a su función social. Son precisamente las profesiones que tienen que lidiar con una responsabilidad de dimensión abismal las más vitales para la sociedad y, por supuesto, las más delicadas y difíciles de ejecutar. La medicina es una de ellas; sus médicos y enfermeros se baten en un duelo continuo por eludir las máximas muertes posibles y deshacer las incongruencias que la naturaleza, o los propios humanos, se encarga de complicar. A pesar de su labor (de valor inestimable) las exigencias son increíblemente altas, tan altas que ni todo el mundo del oro podría pagarlas, y sin embargo, las ejercen con la mayor profesionalidad que su talento y esfuerzo les permite.

Se trata de una de las profesiones más injustas del planeta ya que un mínimo fallo les condena y rebaja al rango de villano y un trabajo extremadamente diligente únicamente les da el visto bueno para continuar con sus intervenciones. Salvar vidas jamás tendrá parangón con el objetivo de ningún otro de los profesionales que pueblan nuestro mundo. Mucho más que a una actividad humana se asemeja a una virtud o cualidad cuasi divina;  ninguna otra persona además de ellos puede hacer que moribundos remonten el vuelo y retornen a su vida cotidiana.

Lógicamente existen negligencias en este ejercicio, como en el de cualquier otra profesión; también se confunde el ingeniero, el filólogo o el psicólogo pero obviamente la incidencia mediática y humana no es la misma en ningún caso. Los médicos sostienen finos hilos de vidas con sus dedos y saben de antemano que si erran en lo más mínimo se quebrarán definitivamente; en una sociedad como la nuestra que hace de la vida la principal y casi única esencia de la existencia, es indiscutiblemente primordial la labor de la medicina. En este sentido el principal dilema se centra en hallar la vía adecuada para hacer frente a estas negligencias. Partiendo de la gravedad de los distintos errores cometidos, ¿hasta dónde es ejemplar y justo que una persona sea dilapidada socialmente por un único fallo cuyo castigo ya está predeterminado? ¿Quién, en todo caso, tiene el derecho de humillar a una persona que anteriormente ha contribuido a salvar otras tantas vidas? En el reciente caso de negligencia dentro del mundo de la medicina que tantas vueltas está dando a nuestro país es más que evidente que el pisoteo al que está siendo sometida la culpable es más un movimiento político que un reclamo público. Más cuando no es la primera vez que ocurre un caso similar, y en dicho caso no se formó un revuelo ni de lejos parecido.

Particularmente el tratamiento que se le está dando a la persona que provocó la negligencia me parece cruel y desaforado teniendo en cuenta las dificultades en las que se encontraba la unidad a la que pertenecía que, sin ser una excusa, retrata perfectamente las dificultades entre las que se encontraba. Estas incidencias se podrían haber evitado con un número de personal ajustado a las necesidades imperantes; pero ello, desgraciadamente por norma general, no se lleva a cabo hasta que acaece un problema de este tamaño. Los trabajadores son humanos al fin y al cabo y no pueden atender una cantidad de trabajo que rebasa sus posibilidades físicas. Esto es indiscutible.

Por supuesto estas negligencias han de ser castigadas, pero de ello se encarga la justicia, no es necesario emularla y ajusticiar con una falsa moral este tipo de acontecimientos, ni herir con crueldad a una persona que tras este tremendo error vive en tan profundo desasosiego, hallándose más fuera de nuestro mundo que dentro. Hay que ser fundamentalmente comprensivos y empáticos con casos de esta relevancia y circunstancias puesto que las cosas ni son tan evidentes, ni tan sencillas como muchos las quieren exponer. Si así de simple fueran no necesitaríamos en este mundo a más de la mitad de las personas y sobrarían la mayor parte de las divagaciones que se plantean por diversas necesidades.

No podemos curar heridas usando simplemente parches sin antes haberlas tratado consecuentemente. De la misma manera este país no irá mucho más allá si sigue ocultando sus carencias mediante duelos políticos o provocando linchamientos públicos malintencionados que desvíen los focos que dirigen la atención; únicamente la cohesión y la prosperidad aseguran un futuro esperanzador y hemos de ser conscientes de que, por desgracia para España, no existe ni cohesión ni prosperidad en estos momentos. ¿De verdad pretende alguien llegar lejos sin afrontar los problemas esenciales de cara? Si es así, además de tener mucha fe, debe escasear en él el sentido común y abundar el de la cobardía y la irresponsabilidad. Al igual que los médicos han de responder ante de sus errores, cada uno de nosotros ha de hacerlo con los suyos, no basta ni es lícito cargar las culpas al más débil y orquestar un baile de cadáveres a su alrededor, porque la verdad, tarde o temprano, acaba brotando. La pregunta que deberíamos hacernos es: ¿a cuántos no les conviene, por sus propios intereses, que salgan a luz estas lagunas y pretenden evitarlo a toda costa? Deben ser ellos, los sibilinos que ahora intentan colocar el parche con celeridad, los que acaten una sustancial parte de la responsabilidad; y en ellos debe recaer, por otro lado, la mayor parte de todo lo que quieren atribuir a una sola persona. Será entonces, y solo entonces, cuando se empiece a hacer justicia.

Long live, dood!

Long live, dood!

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Publicado en  on Julio 21, 2009 at 12:21 am Dejar un comentario

Don Deflagración Pérez

Art. 162; p. e. E. F. C.

Don Deflagración Pérez.


Hugo de Lara López

“El mundo del fútbol se está volviendo loco” es la frase que últimamente más se prodiga entre todos los medios no madridistas que han permanecido atentos al enorme desembolso realizado por el club blanco en búsqueda de la excelencia. Cristiano Ronaldo cerca de cien millones de euros, Kaká próximo a los setenta, Karim Benzema rozando los cuarenta… Cifras poco cuerdas con respecto a la situación económica que contextualiza nuestra realidad pero en cierta medida coherentes con el rendimiento, sobre todo extra-deportivo, que ofrecen jugadores como el luso Ronaldo. Es tal este rendimiento que llegamos a un punto en el que nos parece evidente que hablamos de una marca de intenso calado internacional que desborda los campos de fútbol por los cuatro costados.

Desde el punto económico la labor que están llevando a cabo los merengues puede resultar rentable, por lo que no han de preocuparse por estos los madridistas. Ni siquiera tendrán que centrar sus preocupaciones en aburrirse cada vez que acudan al Bernabéu ya que cuaje o no el plantel que se está preparando con más corazón que cabeza disfrutarán si no con el buen juego con el resplandor de sus estrellas. Sin embargo no estoy tan seguro de que los espectadores del fútbol en general y no de equipos concretos estén demasiado felices puesto que el resucitado presidente del Real Madrid vuelve a desvirtuar, un poco más, el deporte del fútbol en Europa.

Las diferencias ya obscenas entre los clubes ricos y los humildes se distancian un poco más, incluso se degenera la competición entre los clubes más potentes, cediendo la balanza más a favor de la previsibilidad que de la apuesta y la formación paciente. Precisamente era esto lo que marcaba una parte importante de la emoción en el fútbol, la capacidad de los equipos de encontrarse con un buen equipo de ojeadores que pudieran asegurar el nacimiento de futuras estrellas a las que prepararlas día a día imprimiéndole gradualmente el sello imborrable del club. Poco a poco esta especial esencia que le queda al fútbol se está desvaneciendo en pro del talonario convencional; inevitablemente esto provoca que fuertes dosis de soberbia, innecesaria en cualquier estadio del mundo, dimensione el odio dentro de un deporte que debiera ser, en todo caso, lo contrario. Todo este espectáculo mediático con presentaciones que copan graderíos enteros y el resto de fantochadas poco propias de clubes de fútbol resta credibilidad al deporte rey y, por lo tanto, sobra. El espectáculo hay que ofrecerlo cuando el balón comience a rodar y olvidarlo tanto antes como después.

La estrategia del Real Madrid es indecente en todos los niveles en los que se desarrolla, más cuando se antepone el beneficio económico al futbolístico que, no olviden, es lo que se supone que es el club merengue: parte histórica del fútbol. Es poco menos que patético asistir a la complacencia del presidente de los merengues cada vez que abre la boca para hablar sobre la autoría de unos cuantos de los fichajes más caros de la historia cuando esto debería ser, en todo caso, anecdótico y un borrón irrepetible en su propia historia. No entiendo el mérito que se quiere auto-asignar cuando lo más fácil a la hora de hacerse con cualquier jugador es poner la billetera sobre la mesa y esperar a que el vendedor deje de sacar fajos; fajos, por otra parte, prestados por uno u otro banco. Incluso un indigente analfabeto podría hacer lo mismo si tuviera el dinero necesario. El problema para el indigente es que a él, por no poseer un poder adquisitivo lo suficientemente holgado con el que devolver el dinero, no le darán ni medio euro. Pensemos por un momento qué ocurriría si Manchester United, Liverpool, Milán, Inter de Milán, F. C. Barcelona, Bayern de Munich y el resto de grandes clubes de Europa hicieran lo mismo. Sería la estocada final a los clubes humildes que se verían relegados a un enésimo plano, impotentes y hastiados ante un potencial tan desmesurado como irrespetuoso.

Los clubes no pueden olvidar que se trata de hacer el equipo más fuerte posible no de mostrar la ostensión de poder económico más asombrosa, y que deben llevarlo a cabo mediante la moderación basando su principal baza en el esfuerzo y no en el dinero. Hay que ser conscientes de dónde nos encontramos y acatar la responsabilidad que ello supone; estamos ante un deporte que, en ningún caso, se puede asemejar a una burda subasta en la que los títulos sean el resultado de operaciones bancarias y no del esfuerzo. No le veo la más remota gracia, ni grandeza, a la idea de concentrar a las estrellas más grandes del mundo en un mismo equipo, porque aunque bien es cierto que no asegura ningún resultado espectacular, se torna en artificial un proceso deportivo puramente natural: la creación de un equipo a través de la complementariedad entre el talento, el esfuerzo y la fortuna. Eso es el fútbol.

Pero al Real Madrid todo esto le da igual. Opta por lo mismo que le condenó hace unos años y quiere renovar, como sea, la eterna gloria que las buenas lenguas aseguran que acompaña al club desde que nació hace más de cien años. No sabemos si este afán egoísta y universalista que ha vuelto a imponer el presidente del equipo merengue le devolverá a la senda de las victorias continentales que tanto ansía, lo que sí sabemos es que una parte irreparable del fútbol ha vuelto a ser dañada. Muchas gracias, Don Deflagración Pérez.

Publicado en  on Julio 18, 2009 at 4:05 pm Comentarios (10)
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Phrases

“La amistad es un contrato por el cual nos obligamos a hacer pequeños favores a los demás para que los demás nos los hagan grandes”.

-Charles Luis de Secondat, Montesquieu-

“Jamás hallé compañero más sociable que la soledad”.

-Henry David Thoreau-

“La conversación enriquece la comprensión, pero la soledad es la escuela del genio”.

-Edward Gibbon-

“La más feliz de todas las vidas es una soledad atareada”.

-François-Marie Arouet Voltaire-

“La soledad es la mejor nodriza de la sabiduría”.

-Lawrence Sterne-

“La soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes”.

-Arthur Schopenhauer-

Publicado en  on at 4:05 pm Comentarios (8)

That’s my horizon

RETSDC

Publicado en  on Julio 17, 2009 at 1:51 am Comentarios (11)

Hay un cierto tipo de desesperación que se manifiesta en la envidia y que merece piedad

“Hay un cierto tipo de desesperación que se manifiesta en la envidia y que merece piedad”.

- Maurice Magré -

Publicado en  on Julio 16, 2009 at 1:23 am Comentarios (9)

The end of Man United’s business 09/10

13/07/2009 13:38, Report by Adam Bostock (ManUtd.com)

Boss: We’ve done good business

Sir Alex Ferguson insists United have operated well on two levels this summer – in terms of the new faces acquired and the funds used to sign them.

Speaking at a triple unveiling, the boss declared the Reds had got “good value” in an inflated transfer market while importing a classic United blend of youth and experience in Gabriel Obertan and Antonio Valencia (aged 20, 23) and “old codger” Michael Owen (29). “Everywhere in England and in Europe the players’ values have shot sky high,” said Sir Alex, commenting on market conditions. “I don’t think any of the (big money) transfers that you see happening are realistic but for some reason the market seems to have caught fire this summer. It is a very unusual summer and difficult to get value because of that. “It’s always been the case that Manchester United have to pay a bit extra. But this summer we were not prepared to do that because we have got some very good young players. “There didn’t need to be a kneejerk reaction to losing Cristiano Ronaldo. We did very well to keep him for six years. He wanted to go, and we allowed him to do that. “We shouldn’t panic because one or two players are leaving. I think we have a very, very good squad with good young players in all positions.” Sir Alex added that no further arrivals are imminent at United, declaring, “It’s the end of our business, so forget all these stories about who we’re supposed to be getting.”

Publicado en  on Julio 13, 2009 at 5:55 pm Comentarios (10)

The Rolling Stones

Publicado en  on at 5:51 pm Comentarios (9)