El nepotismo y sus “virtudes”

Art. 147; p. e. E. F. C.

El nepotismo y sus “virtudes”.


Hugo de Lara López

Los que controlan el vasto timón de la sociedad, los grandes administradores del poder de los países, tropiezan en los mismos baches con idéntica frecuencia y similares consecuencias. Fueran cuales y cuantos fueran los vicios de antaño y las injusticias que se cometían ahora acaecen de igual manera pero ocultos tras una rígida cortina maquillada “democráticamente”. Ninguno lo reconoce, como es obvio, hasta que la prensa mediante las filtraciones de turno da a conocer estas desafortunadas estrategias que contrastan virulentamente con las leyes vigentes que supuestamente imponen la equidad.

Tampoco lo reconoce nadie oficialmente pero la mayoría está al tanto de los movimientos nepotistas de los que hace gala cualquier bastión de poder en toda sociedad que se precie “humana”, y en especial la nuestra. Vivimos en una constante extensión del nepotismo que lejos de cesar amenaza con continuar extendiéndose “clandestinamente” y proseguir con las infracciones de leyes más morales que humanas. Lo más absurdo de la situación es que esta trasnochada evolución del nepotismo no siempre parte de las unidades de poder que tienen como único objetivo la dirección de un órgano gubernamental definido sino que, increíblemente, instituciones cuyo fin es la protección indiscriminada del pueblo también llevan a cabo estas prácticas.  De hecho, sendos contendientes están continuamente enzarzados para poder acaparar las máximas ocupaciones posibles que poder repartir, posteriormente, bajo dudosas y selectivas condiciones. Al fin y al cabo aunque con intenciones divergentes poseen un rumbo común que rebasa el tradicional nepotismo y va un paso más allá. No hablamos de un último empujón para personas con una preparación adecuada sino un salto desmedido en la mayoría de los casos.

Todo este circo afecta, inevitablemente, a la credibilidad de los principales pilares de la sociedad y apunta la primacía de las relaciones personales y no las profesionales como una de las principales vergüenzas que se debe paliar en una medida bastante considerable. ¿Por qué? Porque es una de las grandes vías para dar entrada a personas con diversas preparaciones, mucho más adecuadas, y para aumentar la calidad del ejercicio laboral. ¿De qué nos sirve, realmente, este tipo de “acceso selectivo” para determinadas plazas públicas? Puede ser una solución momentánea para devolver algún favor o como una muestra de aprecio que, a los demás, nos trae sin cuidado. Sin embargo, a la larga se termina convirtiendo en una desidia importante pues, por una parte, supone una contradicción plena contra la tan prodigada “equidad”, y por otra, repercute en lo que pudieran ser importantes puestos de desarrollo profesional para quien lo mereciera por sus méritos conmutables.

Es de una obviedad aplastante que lo que hoy suscribo en esta página no va a cambiar nada y que todo continuará como hasta el momento, rodando como si fuera uno de los cantos desgatados de un río. Seguirá imperando la ley del dedo, las instituciones sociales continuarán degradándose, ciertas plazas selectivas siendo ocupadas por amigos o amigos de amigos, y los muchachos y las muchachas con estudios endosando la cola del paro en pro de los indeseables de siempre. Pero hay que tener fe -mucha- y esperar que un día de estos, cuando el viento amaine con relativa justicia y los cerdos vuelen, toda esta abominable política nepotista acabe convirtiéndose en casos aislados y se dé por terminada a la repugnante “selección laboral”; con la benigna fortuna posterior para que, entonces, se les abra de par en par las posibilidades de optar por estas plazas a las personas que han puesto esfuerzo y empeño en la consecución de sus estudios y en la superación de las pruebas exigidas, sean cuales sean. Sería la manera más efectiva -y utópica- de posicionar a los que verdaderamente se han ceñido a las características de los puestos por encima de los maulas de turno que, reforzados por la condición de sus conocidos, sólo piensan en acceder a un puesto decente sin sudar la camiseta. Y que después algunos digan que son de izquierda… ¡qué poca vergüenza!

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