Artículo nº 136; publicado en E. F.C.
Y por enésima vez…
Hugo de Lara López
A decir verdad, no son muchas ocasiones, pero a veces me agota la obsesiva insistencia que arrastra la filología española con el objetivo de comparar el nivel de Cervantes con el de Shakespeare cuando, posiblemente, no pertenezcan ni al mismo nivel. En primer lugar porque, como Unamuno, creo que Cervantes fue un “genio lego” ensalzado en exceso por una obra carente de contenido real, y digo real y no inventado a posteriori como parece a todas luces que ha pretendido hacer la filología con la principal obra del complutense. Esto no quiere decir que obvie, de ninguna de las maneras, la importancia de la labor cervantina en el nacimiento de la novela moderna, pero tampoco apoyo que el hecho de que muchos críticos crean a “El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha” como la primera novela moderna tenga que significar que es superior a otras tantas. Importante, por supuesto; la más destacable, improbable.
No escribo esto para atacar a Cervantes en absoluto, todo lo contrario, en todo momento comprendo y reseño su gran labor pero no comparto las imparciales ideas de algunos filólogos pro Cervantes que exceden sus análisis a dimensiones inexistentes. Estos son los primeros en introducir a Williams Shakespeare en sus escritos buscando dar más énfasis a la figura de Cervantes, sin compartir el alcalaíno ni una pizca del ácido ingenio que poseía el británico y mucho menos el uso reiterativo del mismo. Las diferencias, lejos de ser extrañas, son evidentes: mientras que Cervantes hoy, en el siglo XXI, tiene presencia por la costumbre española y como un importante introductor de la novela moderna, Shakespeare se muestra como uno de los principales representantes de un férreo simbolismo universal y atemporal que ha recorrido los siglos y se ha colado en nuestro tiempo con total sigilo pero con una vasta presencia. La genialidad de Shakespeare mostrada a lo largo de sus obras es absolutamente inalcanzable; el juego del humor y la fusión de situaciones grabados en un entramado argumental cruzado e incluso alborotado dan lugar a composiciones teatrales tremendamente originales donde las pocas dudas que puedan existir sobre la capacidad de Shakespeare se diluyen. El británico ha sido uno de los pocos dramaturgos capaz de crear, de deshacer y de rehacer el teatro en cualquier obra en la que se lo propusiera rociándola de una magia personal e inevitable. Sin embargo, no han faltado filólogos que criticaran las espléndidas cualidades y la emprendedora alma de Shakespeare. Desde ataques feroces a su “Romeo y Julieta” hasta ironías malintencionadas con las reflexiones de “Othello”; auténticos despropósitos para la filología que, por casualidades del destino, poco después acudían a la figura del “Bardo de Avon” en sus escritos sobre Cervantes para hacer hincapié en la gran importancia del británico a cuyo nivel pertenecía, según ellos, el complutense. Resulta, pues, confuso el rigor de ciertas “filologías” y más si arrancan desde la subjetividad por cuestiones natales, es decir, banales.
Mientras que Cervantes llevó la novela a un nivel al que jamás había llegado nadie, Shakespeare llevó el teatro a un nivel que jamás ha sido igualado y aún menos superado. Esto explica lo obvio: ni Cervantes fue mejor literato que Shakespeare ni Shakespeare mejor literato que Cervantes puesto que ambos destacaron en diferentes ámbitos de la literatura. La cuestión no es oponer a dos literatos del tamaño de Cervantes y de Shakespeare sino de no mezclarlos ni en concepto, ni en ejemplo, ni en nivel, puesto que lo único que genera la absurda confrontación y/o comparación de estos dos relevantes literatos es un debate huero en fundamentos y fútil en su objetivo. Tanto el uno como el otro son lo suficientemente importantes como para centrar en cada uno de ellos la atención y no en duelos de baja mención y de peor gusto.
No obstante y en definitiva, todo y nada es reprochable porque, al fin y al cabo, de impertinencias vive cualquier gran disciplina. Lo no menos sorprendente es la capacidad de desequilibrar la realidad sobre la que supuestamente han de basarse la mayoría de estas disciplinas por una cuestión ya no digo de respeto sino de coherencia, la cual debería ser la base de cualquier disciplina además de una guía prioritaria para discernir todo lo que obstruyera su buen desarrollo. Por fortuna, siempre estarán los que mantengan la reputación de determinadas disciplinas con su excelente labor mientras otros se dedican a hacer el mono con continuos balanceos, porrazos y chirríos en cualquiera de sus jaulas doradas.