Vaya educación

Art. 132; pub. en E. F. C.

Vaya educación.


Hugo de Lara López.

Comienzo a pensar que hasta que el actual partido que gobierna este país no abandone su trono sus malísimas gestiones en educación no se corregirán. No hay decisión alguna del Gobierno que satisfaga y reactive la competitividad estudiantil para introducir la Educación Española en la senda de los grandes países europeos y, de esta manera, proporcionar un futuro saludable y prometedor. De entre todas las flácidas aportaciones educativas expuestas y aplicadas la cuestión de la asignatura de Ciudadanía es otra de las absurdas maniobras con la que se ha castigado recientemente a la Educación de este país, alguna vez llamado España. Dada su naturaleza, la enseñanza de cualquier tipo de contenido relacionado con la ciudadanía topa con un problema básico y simple que reside en la elección de aquel que va a llevar a cabo la docencia de estos contenidos; la ciudadanía es una ley natural imposible de sistematizar en conocimientos llanos dispuesto a ser estudiados, aprobados y olvidados con su correspondiente carencia de significado. No existe persona cuyo sentido de la ciudadanía esté, en casos normales, por encima del de los demás, por lo que la enseñanza partiría de la subjetividad de un individuo cuyas acciones personales pueden resultar grotescas sin que nadie sea consciente de ello. Seamos serios, nadie se puede licenciar en moralidad ni tampoco lo puede hacer en ciudadanía, sería estúpido pensar que la docencia te fuera a instruir en la correcta moralidad entendida por el docente cuando ello corresponde a la interacción del ser con el medio y su entorno más cercano; en cualquier sentido, la implantación de esta asignatura no deja de ser una medida política de un líder y un partido que cada vez se alejan más de la izquierda para ir recalando en la radicalidad de un mundo vano e irreal. En este sentido, la Educación se entiende como un campo de batalla más de los múltiples que posee cualquier partido político imperante en el que poder jugar sus fichas, muchas veces atendiendo más a sus propios intereses que a los intereses generales; precisamente esto es algo que debería reivindicarse desde el propio sector educativo pero que, sin embargo, no se reivindica, muy probablemente, porque a la propia Educación le da exactamente igual el camino que tomen los estudiantes y, con ellos, el futuro del país.

En este sentido me parece desacertado que el Gobierno se dedique a crear nuevas asignaturas en lugar de recomponer el trazo escolar que se ha ido descomponiendo año tras año debido a las decisiones de unos y de otros. No sólo se ha perdido seriedad sino que, además, se produjo hace unos años el comienzo de una desorientación educativa severa reflejada en la imposición de una asignatura anteriormente optativa, Filosofía, cuya obligatoriedad supone uno de los crímenes más grandes que han tenido lugar en la Educación Española, puesto que su esencia puramente delirante e impracticable circunda fútilmente los conocimientos necesarios y básicos entre los que debería encontrarse la esencial asignatura de Latín, perdida entre los entresijos de los agradecidos estudiantes de letras. Si a esto le sumamos que en un país laico un estudiante no puede elegir no cursar ninguna asignatura religiosa y tampoco su sustituta el resultado es tan irrisorio como explicable el despropósito educativo español en comparación con el resto europeo. Las excusas no deberían valer aunque, para algunos, sean su único escudo.

Este dilema educativo es tan sencillo de resolver como difícil de deshacer, y teniendo en cuenta que la política española no tiende a rectificar ni a mejorar lo que se empeora arguyendo que es infinitamente mejor lo implantado por ellos, nos esperan unos años más de declive educativo, unos años más para mostrar nuestras vergüenzas a Europa pero sin llegar a asumirlas realmente, puesto que un país que asume sus errores acaba por corregirlos. Sin educación no hay futuro y sin futuro no hay país; ellos deciden: reconocer sus errores o esperar de buena gana a un desesperanzador sino.