La rudeza del ser humano

Artículo número 125; publicado en El Faro de Ceuta.

La rudeza del ser humano.


Hugo de Lara López.

Miles de civilizaciones navegan por el universo maquillando la imponente sobriedad de la cuasi infinita oscuridad, labrada con todos los colores concebidos y por concebir. De entre todas estas civilizaciones corruptible, finitas y efímeras se encuentra La Tierra, dibujada por sus aguas y manchada por las tierras que irrumpen su afluencia. Casualmente este es nuestro planeta, uno más que a excepción de otros tantos y a su vez a semejanza del resto ha conocido la evolución de evidencias vitales en principio arcaicas, escasas y desconcertantes pero hoy abundantes aunque, por su controversión e introversión, aún más desconcertantes. Somos nosotros, los creídos dueños de nuestro sistema, los que pensamos ser los seres más especiales de todo el universo, incluyendo lo desconocido, por considerarnos tocados por la mano de un ser superior, con el que todo pueblo ha estado obsesionado al menos millones de veces a lo largo de su existencia. Con nuestras flaquezas hemos contruido murallas impenetrables, fortalezas espléndidas, héroes invencibles y villanos terroríficos; más, somos los mismos que con nuestro inmenso poder hemos inventado la miseria, lo horripilante, el miedo y la insignificancia.

Nuestras potentes mentes nos han hecho creer que somos los dioses de un destino eterno, eludiendo nuestras pieles, nuestros huesos, nuestros músculos y nuestro corazón indolente, convertido en un improvisado cofre emocional bordado de oro, invirtiendo nuestra mortalidad y nuestro fugaz paso por una tierra que jamás existió en un camino hacia lo eterno, hacia una vida verdadera que, excusada como salvación, da sentido a vidas universalmente inexistentes. Es nuestra debilidad aquella que intenta justificar nuestras aberraciones, pero es nuestra arrogancia la que exige aplausos a nuestros medios triunfos; ¿qué más puede hacer un ser que sólo excede los límites animales en su potencia cerebral? Sus inventos, otrora levantados como grandes soluciones, se acuestan como terribles opciones al poco tiempo; su desajustada fuerza se muestra insuficiente para un mundo peligroso pero excesiva para una delicada esfera de cristal, por ello no se escatima oportunidad de enfrentamiento alguno con otros seres de igual condición, en la eterna busca por la superioridad, la invisible ganadora que, en ocasiones, se hace visible al vencer el derrotado; el amor, justificación plenamente humana, da sentido a la unión del ser rompiendo artificialmente la relación animal de la que el humano, años atrás, intentó alejarse menos por devoción que por obligación ética; su ética, síndrome del interés, apenas se sustenta en unas centenas de pensares pulcros, desbaratados por la exigua mayoría.

No es más el ser humano en el universo que un supuesto dios creado por sus fuertes convicciones y su no tan inteligente mente puesto que acepta lo infinito como realidad al desconocer su resolución en una finitud lógica y racional. Un dios que incluso desafía al que durante mucho tiempo ha sido su Gran Dios mediante sus impresionantes armas, fabricadas para desmenuzar al enemigo de un solo disparo, y sus desafiantes expediciones a un mundo que no le pertenece,que no le es propio ni por naturaleza ni por evolución. Estos seres que dicen ser humanos, se proclaman reyes del planeta, del sistema al que pertenecen, de las galaxias que desconocen, del universo que les ha permitido vivir en él por tiempo siempre limitado. Cree ser el humano el orden, la justicia y la verdad, y los aplica con una subjetiva objetividad basada en los datos racionales que se dan en el mundo, un mundo enfermado por la actividad de este ser, que se piensa la panacea de todo lo que pisa y todo lo que ve, siendo la enfermedad más terrible que ha podido conocer la principal madre del propio planeta, la naturaleza, la misma madre que vio crecer a sus hijos, los humanos, y que ha contemplado la grave traición parricida con la que ha contestado el ser de La Tierra. Quizá sea por esto por lo que la propia naturaleza supo inventar uno de los finales más tristes para los seres humanos que a su vez funcionaría como un duro castigo que haría recordar al ser que es ser y no dios; este atroz castigo no es más que aquello a lo que todo ser teme, ante lo que toda enfermedad se postra, aquel final en el que parte de nuestros cuerpos nos traiciona y parte de sus células deciden unirse en contra de nuestra integridad física; una aglomeración maligna que supone un espantoso drama para el ser, pero que no deja de ser una traición como la que el humano ha asestado, asesta y continuará asestando a la madre que le ha dado todo lo que puede percibir en este mundo.

¿Ha merecido la pena?