Una más, muchos menos

Artículo número 128; publicado en El Faro de Ceuta.

Una más, muchos menos.


Hugo de Lara López.

Cuando ocurren desgracias como la acaecida en Barajas días atrás no cabe más que, en un primer momento, replantearnos si el desarrollo humano es lo suficientemente importante y esencial como para mostrar resignación ante accidentes tan cruentos. El hombre ha decidido cruzar el cielo, todos los mares y cualquier camino a una velocidad enorme pero corriendo un riesgo aún más colosal, un riesgo que parece que nadie ve o que nadie quiere ver dado que se tratan de avances plenamente necesarios, cuyo fin no tiene más remedio que arrastrar víctimas de por medio. Los proyectos humanos pueden ser eficientes pero son imperfectos; aun así, el debate sobre la necesidad o no de ciertos avances humanos conciernen a un análisis más complejo que gira en torno a intereses principalmente económicos.

Al margen de esta discusión queda la reacción social y mediática, exposiciones humanas más prácticas y reales que las divagaciones sobre el desarrollo humano y, sobre todo, más loables o censurables. Ciertamente la respuesta de la masa social ante accidentes en los que se ven envueltos, por desgracia, víctimas mortales suele ser muy positivo, tanto si ocurre en nuestro país como si ocurre fuera, no con la misma intensidad, obviamente, pero sí con una preocupación digna de admirar aunque sin llegar a una verdadera empatía, pues el dolor de los afectados directa o indirectamente es mil veces más agudo que en aquel que llega a sentirlo tras ver unas simples pero terribles imágenes. Hasta aquí no hay más que destacar la actitud de la sociedad, y en este caso en especial, la de nuestra sociedad. No obstante y por desgracia en los medios de comunicación existen quienes por intentar ganar audiencia a base de un morbo desafortunado y punible ensucian la imagen del sector de la comunicación ante la opinión pública. En este caso me refiero directamente a la actitud, ya denunciada, que ha tomado uno de los programas de uno de los canales más sucios del panorama, que ha transformado una atroz desgracia en un deleznable circo, en el que las víctimas se han convertido en burdos maniquíes a los que se ha utilizado para obtener beneficios abusando de su momento de debilidad y de su manifiesto dolor, repitiendo excesivamente y de forma lamentable unas imágenes que hieren la sensibilidad de todas las familias implicadas y que están fuera de lugar una vez anunciada la noticia. Esto, lectores, ni me parece justo, ni me parece tolerable, ni siquiera creo que ninguno de los que ahora leen esto puedan considerarlo de tal manera, sin embargo ahí continúan los señores de siempre continuando con sus tropelías, ofendiendo a quienes les viene en repugnante gana sin miedo alguno al saber que están protegidos y respaldados por una marca poderosa cuyo único objetivo es el de generar millones y millones de euros que irán a parar a las malas costumbres o peores vicios de sus dueños.

No se exige ningún sacrificio ni ningún acto extraordinario, ni siquiera estamos hablando de que se coarte la libre información fundida en cualquier medio de comunicación, únicamente se ruega un mínimo de respeto hacia a todos aquellos que están sufriendo el desgraciado capricho del destino que ha querido arrancar a varios familiares o amigos de los brazos de muchas personas. Sólo se pide por el bien de ellos, para que puedan cumplir el luto y calmar sus castigadas y compungidas mentes; dudo que esta sea una petición desorbitada o fuera de lo común pues es lo que desea la mayoría, una sociedad cabal que en casos trágicos como este sí sabe actuar de manera solidaria y digna, aunque en otros tantos se desperdigue cual acuarela en el mar.

Por su parte, la anteriormente citada sociedad española con el constante compadecer ha mostrado, de nuevo, que en los momentos malos puede ser un conjunto muy unido y sobresalientemente respetuoso, así como las sociedades europeas e incluso americanas que han evidenciado su pesar, aun no siendo necesario, en un gesto que les honra más aún cuando es por todos sabido que es verdadero. A pesar de todo esto resulta muy triste que para poder asistir a una unión pura entre diversos países o incluso dentro de la propia sociedad española tengan que acaecer debacles que arrebaten la vida de una cantidad considerable de personas; es triste porque el ser humano demuestra con ello que sólo se cree lo que es cuando observa que su piel es de cristal y su vida es un suspiro, un leve amanecer, un inexistente anochecer, un segundo muerto, una estrella que desaparece, una pared que cae, un tenue deseo que se esfuma. ¿Por qué no puede ser así siempre?

Phelps

Artículo número 127; publicado en El Faro de Ceuta.

Phelps.


Hugo de Lara López.

A pesar de que los Juegos Olímpicos son considerados como la “Fiesta más grande del deporte mundial” jamás he experimentado los mínimos indicios de interés por unos JJOO aun siendo la promoción sobre cada una de las ediciones de este importante evento colosal acorde a su importancia o a lo que, quizá, debería importar. Ni siquiera los deportes en los que poseo opciones preferenciales como pueden ser el Tenis, donde sigo a Roger Federer, o el Baloncesto, donde espero la mejor forma de los chicos de los Lakers, consiguen que los JJOO me interesen aunque sea lo más mínimo.

Sin embargo, en estos juegos de Pekín se ha confirmado el nacimiento de una figura excepcional del deporte mundial que ha levantado mi aletargada expectación. Además de haber logrado anteriormente otras medallas de oro (seis y dos de bronce en Atenas), el nadador de Baltimore, Michael Phelps junto a su constancia y obvias y geniales aptitudes, ha conseguido batir records históricos al alcanzar las ocho medallas que se propuso para estos Juegos Olímpicos, dejando atrás el récord de su compatriota Spitz. No sólo queda aquí la proeza del joven de Maryland sino que, aun siendo estas ocho medallas espléndidas, la consecución de la mayoría de estas ha estado acompañada de diversos y nuevos records mundiales. Phelps es la imagen de aquel que quiere conseguir un sueño y se esfuerza para alcanzarlo como sea; esfuerzo, lucha, empeño, fuerza de voluntad, ansias de superación personal, competitividad y fuerza, todo reunido en una persona, en un deseo, en un imposible sueño que aun sabiéndose inalcanzable se ha intentado lograr y se ha logrado. Es justamente esto lo que más me sorprendió de Michael Phelps y lo que, en definitiva, ha hecho que estos JJOO me hayan atrapado un poco más que los anteriores.

La primera vez que vi a Michael Phelps fue en una de sus primeras pruebas en estos Juegos Olímpicos cuando, por equivocación, mi televisión tenía puesto el canal idóneo a la hora precisa. Un joven de veintitrés años con su cabeza enfundada en un gorro tatuado con la bandera de los Estados Unidos y su nombre esperaba expectante el comienzo de una de las ochos pruebas en las que participó. Su rostro más parecido al de un niño que al de un plusmarquista mundial parecía no inculcar temor algunos en sus rivales que, para equivocación mía, conocían de sobra el potencial del yanqui. Aquel muchacho con rostro de niño no tardó demasiado en arrebatar otro récord mundial e inmediatamente pensar en la siguiente prueba que, inevitablemente, volvería a ganar en una carrera ascendente imparable hasta sus ocho grandes triunfos. El “Tiburón de Baltimore” había devorado a sus primeras víctimas y el resto estaba por venir.

Posiblemente si, como Phelps ha hecho, la gente se esforzara en alcanzar sus sueños en lugar de estar insistentemente lamentándose de su vida, quizá tuviéramos una sociedad menos pesimista, menos deprimente y mucho más centrada; el problema es que una sociedad más cabal sería menos brutal y caótica y en cierta manera dudo que el ser humano estuviera preparado para una madurez social y personal tan amplia y profunda. Esto último lo digo teniendo en cuenta que una gran cantidad de sociólogos, “filósofos” y psicólogos arguyen que la sociedad actual es una sociedad plena; esto no se lo cree, si me lo permiten, ni el propio Narciso.

Desde luego Phelps ha mostrado un nuevo camino que se ha difundido, por fortuna, hasta los rincones más remotos, pues además de haber llevado a cabo una gesta sin par, cuenta con el respaldo del inmenso marketing que han generado sus éxitos mundiales. Un nuevo camino que sirve para todo aquel que se proponga superarse a sí mismo y plantearse nuevas metas que, aunque parezcan imposibles, siempre dejan, como mínimo, una pequeña puerta abierta, que sólo el valiente y el que está dispuesto a esforzarse puede cruzar; una pequeña puerta, una vía que eternamente se encuentra abierta cuya senda lleva hasta la culminación de los deseos personales de cada uno. Porque Phelps ha sabido creer en sus sueños, en sus capacidades y en sí mismo y porque ha dado una inestimable lección al mundo, thank you and congratulations Michael.

Excusas y delirios: pura esencia humana

Artículo número 126; publicado en El Faro de Ceuta.

Excusas y delirios: pura esencia humana.


Hugo de Lara López.

Recientemente el mundo de los videojuegos ha regresado al candor de la polémica gracias a un conjunto de factores que han vuelto a repetirse en una interminable pugna por erradicar parte del ocio digital. No podría ser otro sino el producto estrella de la familia Rockstar, el aclamado Grand Theft Auto IV, lanzado pocas semanas atrás y que ha cosechado un éxito sólo repetido en anteriores entregas alcanzando cifras tan apabullantes como retratan las más de once millones de copias distribuidas en todo el mundo, el que se viera acompañado de uno de los tantos conflictos socio-culturales. Pocos días atrás en Tailandia un joven robó un taxi asesinando al taxista que lo ocupaba arguyendo cuando fue detenido que tras haber jugado al anteriormente citado juego deseaba conocer la sensación al robar dicho vehículo. Este país, tremendamente reacio a este tipo de juegos, obtuvo la excusa perfecta para prohibir su venta. No mucho después el presidente de la Federación Catalana de Taxistas, a raíz del incidente, reclamó no sólo que el juego se retirara sino que todos los juegos de acción también fueran apartados del mercado. Posteriormente, tres jóvenes estadounidenses quemaron seis coches con cócteles molotov argumentando igualmente que aquello lo habían aprendido a través de la experiencia con el producto más controvertido de Rockstar. Todo esto tiene una consecuencia inmediata basada en una excesiva e injusta demonización de una parte del ocio digital aludiendo a hechos puntuales como si fueran comunes a sabiendas de que no lo son, pues se generalizan actos que no representan, desde la singularidad, ni a un cinco por ciento de las personas introducidas en el galaxia del ocio digital, en este caso en el mundo de los videojuegos.

El principal problema que habita en estos temas es que se diagnostica una escasez severa de conocimientos acerca del ocio digital que conduce a una inmadurez llena de prejuicios fundamentados por la ausencia de experimentación alguna; es decir, las consolas continúan siendo una caja de pandora para buena parte de la población mundial, a pesar de que meses atrás se anunciara un estudio que, curiosamente, exponía que en Estados Unidos un cincuenta por ciento de la población (que en su totalidad alcanza alrededor de trescientos millones) solía hacer uso de la porción del ocio digital que nos ocupa. Estos prejuicios dan lugar a que el ocio audiovisual, es decir, el cine, obtenga cualquier tipo de licencia y pueda exhibir cualquier tipo de género en sus películas sin necesidad alguna de defender los contenidos de sus respectivas obras, aun teniendo mínimas diferencias con el ocio digital basadas en la interacción indirecta (la del cine) o directa (la de los videojuegos). Tan pocas diferencias existen entre el cine y los videojuegos que, incluso, se ha establecido en los últimos años un estrecho vínculo que ha permitido que sagas tan emblemáticas de los videojuegos como “Resident Evil” dieran el salto a la gran pantalla, gozando los espectadores, que antes criticaron a los juegos como “diabólicos”, “poseedores de mentes jóvenes” y “hacedores de asesinos”, con la sangre, los disparos y los no menos conocidos zombis. Mientras que el cine puede emitir, para cualquier edad, eventraciones, disparos, sangre y muchas muertes, los videojuegos tienen que conformarse con un paseo por un campo de amapolas en el que ni siquiera se pueda matar a una mariposa porque ello significaría una grave agresión al medio ambiente. El cine, por su parte, conserva un mayor número de ventajas puesto que al haber sido un proyecto “para todos” ha obtenido una aceptación “de todos” a lo largo de las décadas, por lo que no es noticia que una persona tras haber visto una película haya matado a una persona pero sí lo es que lo haya hecho tras jugar a un juego, aun teniendo en cuenta que las medidas de protección y de supervisión de los juegos es mucho más dura que las que han de superar las películas.

Por otro lado al contrario que en el cine, que estima edades recomendadas pero no obliga a respetar las recomendaciones, todo juego que sale al mercado es calificado y ajustado dentro de un abanico de edades cuyo cumplimiento en algunos países es obligatorio, como debería ser en cualquier país con dos dedos de frente, pero la actuación de los padres como compradores intermediarios rompe la protección establecida sin contemplación alguna. Esto provoca que encontremos a niños de diez años con un mando en la mano desmembrando cabezas y brazos a pesar de que la edad ajustada para aquel producto, y bien colocada en uno de los márgenes, marca sin confusión un “+18”. Ese problema, precisamente, no es de los juegos. La agresividad que puede desarrollar un simple niño a partir de sugestiones no aptas para su edad puede llegar a una desestabilización cuya culpa no reside más que en sus padres, por más que se intente culpar al ocio digital por su gran capacidad de influencia.

No obstante, y aunque todo esto sea una obviedad que muchos no quieren ver quizás por la oscura leyenda que tienen los videojuegos y que poco a poco va esfumándose ante el poderío mediático de compañías familiares como Nintendo, hay una realidad y es que la sociedad no necesita ir a los videojuegos para encontrar indicios de agresividad ya que el propio mundo ofrece un amplio elenco de belicosidades, las cuales podemos conocer desde nuestras propias casas. Prueba de ello son las noticias diarias donde lo más frecuente es encontrar el anuncio del asesinato de una mujer a manos de su marido, de los bombardeos de tal nación en tal lugar causando cientos de muertos o de los atentados de los radicales de turno. Y pensar que aún se continúa culpando a los videojuegos de tener responsabilidades en las acciones y las decisiones violentas del ser humano… ¡Qué mundo este!

La rudeza del ser humano

Artículo número 125; publicado en El Faro de Ceuta.

La rudeza del ser humano.


Hugo de Lara López.

Miles de civilizaciones navegan por el universo maquillando la imponente sobriedad de la cuasi infinita oscuridad, labrada con todos los colores concebidos y por concebir. De entre todas estas civilizaciones corruptible, finitas y efímeras se encuentra La Tierra, dibujada por sus aguas y manchada por las tierras que irrumpen su afluencia. Casualmente este es nuestro planeta, uno más que a excepción de otros tantos y a su vez a semejanza del resto ha conocido la evolución de evidencias vitales en principio arcaicas, escasas y desconcertantes pero hoy abundantes aunque, por su controversión e introversión, aún más desconcertantes. Somos nosotros, los creídos dueños de nuestro sistema, los que pensamos ser los seres más especiales de todo el universo, incluyendo lo desconocido, por considerarnos tocados por la mano de un ser superior, con el que todo pueblo ha estado obsesionado al menos millones de veces a lo largo de su existencia. Con nuestras flaquezas hemos contruido murallas impenetrables, fortalezas espléndidas, héroes invencibles y villanos terroríficos; más, somos los mismos que con nuestro inmenso poder hemos inventado la miseria, lo horripilante, el miedo y la insignificancia.

Nuestras potentes mentes nos han hecho creer que somos los dioses de un destino eterno, eludiendo nuestras pieles, nuestros huesos, nuestros músculos y nuestro corazón indolente, convertido en un improvisado cofre emocional bordado de oro, invirtiendo nuestra mortalidad y nuestro fugaz paso por una tierra que jamás existió en un camino hacia lo eterno, hacia una vida verdadera que, excusada como salvación, da sentido a vidas universalmente inexistentes. Es nuestra debilidad aquella que intenta justificar nuestras aberraciones, pero es nuestra arrogancia la que exige aplausos a nuestros medios triunfos; ¿qué más puede hacer un ser que sólo excede los límites animales en su potencia cerebral? Sus inventos, otrora levantados como grandes soluciones, se acuestan como terribles opciones al poco tiempo; su desajustada fuerza se muestra insuficiente para un mundo peligroso pero excesiva para una delicada esfera de cristal, por ello no se escatima oportunidad de enfrentamiento alguno con otros seres de igual condición, en la eterna busca por la superioridad, la invisible ganadora que, en ocasiones, se hace visible al vencer el derrotado; el amor, justificación plenamente humana, da sentido a la unión del ser rompiendo artificialmente la relación animal de la que el humano, años atrás, intentó alejarse menos por devoción que por obligación ética; su ética, síndrome del interés, apenas se sustenta en unas centenas de pensares pulcros, desbaratados por la exigua mayoría.

No es más el ser humano en el universo que un supuesto dios creado por sus fuertes convicciones y su no tan inteligente mente puesto que acepta lo infinito como realidad al desconocer su resolución en una finitud lógica y racional. Un dios que incluso desafía al que durante mucho tiempo ha sido su Gran Dios mediante sus impresionantes armas, fabricadas para desmenuzar al enemigo de un solo disparo, y sus desafiantes expediciones a un mundo que no le pertenece,que no le es propio ni por naturaleza ni por evolución. Estos seres que dicen ser humanos, se proclaman reyes del planeta, del sistema al que pertenecen, de las galaxias que desconocen, del universo que les ha permitido vivir en él por tiempo siempre limitado. Cree ser el humano el orden, la justicia y la verdad, y los aplica con una subjetiva objetividad basada en los datos racionales que se dan en el mundo, un mundo enfermado por la actividad de este ser, que se piensa la panacea de todo lo que pisa y todo lo que ve, siendo la enfermedad más terrible que ha podido conocer la principal madre del propio planeta, la naturaleza, la misma madre que vio crecer a sus hijos, los humanos, y que ha contemplado la grave traición parricida con la que ha contestado el ser de La Tierra. Quizá sea por esto por lo que la propia naturaleza supo inventar uno de los finales más tristes para los seres humanos que a su vez funcionaría como un duro castigo que haría recordar al ser que es ser y no dios; este atroz castigo no es más que aquello a lo que todo ser teme, ante lo que toda enfermedad se postra, aquel final en el que parte de nuestros cuerpos nos traiciona y parte de sus células deciden unirse en contra de nuestra integridad física; una aglomeración maligna que supone un espantoso drama para el ser, pero que no deja de ser una traición como la que el humano ha asestado, asesta y continuará asestando a la madre que le ha dado todo lo que puede percibir en este mundo.

¿Ha merecido la pena?