Artículo número 121; publicado en El Faro de Ceuta.
Arena, plebe y sangre.
Hugo de Lara López.
¡Que comience el espectáculo! – (La muchedumbre ruge excitada mientras una de las verjas del terreno se levanta lentamente. Abierto el camino una bestia salvaje abandona su pequeña jaula con una velocidad endiablada. En el otro lado un joven tembloroso es empujado a la arena con tal violencia que cae de rodillas, brotando de éstas pequeños ríos de sangre a causa de la fuerza del choque.) – ¡Acaba con su vida! – ¡Destripa al bárbaro! – (La bestia clava sus ojos en el joven, cuyas piernas tiemblan y cuyo torso convulsiona de forma anormal.) – ¿Está dormida la bestia? – ¡MÁTALO! – (Entre los alaridos del ávido público la bestia continúa amenazando al joven bárbaro con su mirada. El joven, petrificado, intenta recomponerse y prepara sus piernas para correr. Debido a la pasividad de la lucha en la arena el emperador ordena a uno de los soldados de su guardia que, entre todos, encolericen al animal. La guardia pretoriana obedece al emperador; inmediatamente toman algunas lanzas y atacan a la bestia desde la distancia. La bestia responde a sus ataques y se enfurece atrapando algunas lanzas con sus dientes y rompiéndolas con sus feroces zarpas. El bárbaro aprovecha el instante de confusión y recoge uno de los trozos de lanza esparcidos por la arena; la bestia aprovecha la oportunidad y se lanza contra el joven de rubia cabellera, que logra esquivar la bestial embestida por poco.) – ¿Qué diablos ocurre con este maldito animal? ¿No va a despellejarlo? – Emperador, sé que no soy el más conveniente para decirle esto mas creo que hemos de esperar un poco más, el bárbaro Marceu está comenzando a cansarse. – (La tez del emperador cambia radicalmente, y el odio que antes albergaba se convierte en una sonrisa macabra.) – ¿Cómo has dicho? – Perdóneme empe… – Dime, ¿quién piensas que soy, desgraciado? – (La sonrisa del emperador comienza a abrir una brecha en su cara y de esta brota una ira mayor que la anterior.) – No pretendía ofen… – ¡INEPTO! ¡NO SOY CUALQUIER PLEBEYO AL QUE PUEDAS NINGUNEAR NI ORDENAR! ¡SOY EL EMPERADOR MÁS GRANDE QUE JAMÁS HA CONTEMPLADO ROMA Y SI ORDENO QUE QUIERO QUE AQUEL JOVEN MUERA AHORA HA DE HACERLO AHORA! ¡SACAD OTRA BESTIA O HACED LO QUE SEA MAS LO QUIERO VER MUERTO AHORA! – (El pretoriano, temeroso de la respuesta que pudiera acarrear la repulsa del emperador, levanta su brazo con celeridad. Dos soldados cercanos a la arena elevan una distinta verja y de ella sale otra bestia.) – ¡Bravo! – ¡Genial! – ¡Viva el emperador! – (La excitación recorre el rostro del emperador que se ve aclamado por las masas. El joven bárbaro, agotado por la continua persecución de la bestia, agarra con fuerza el pequeño trozo de lanza y se mantiene quieto. La bestia que acaba de salir sorprende al público, pues no se dirige al escuálido bárbaro sino que, por el contrario, se lanza al cuello de la otra bestia.) – ¿Qué…? – (El emperador mira incrédulo al pretoriano.) – Esto era lo que intentaba decirle, era un gran ries… – ¿QUIÉN ES EL RESPONSABLE DE ESTO? ¡No me olvides que he de matar a los dos inútiles que han soltado a la segunda bestia! – ¿Emperador? – ¡ARREGLA ESTO COMO SEA! – (Las dos bestias, heridas gravemente, comienzan a dar signos de debilidad. Sus fuertes patas ahora tiemblan y sus zarpas no se agitan ni tan ágiles ni tan fuertes como antes. El bárbaro Marceu se dirige a toda prisa hacia el león menos debilitado y clava su lanza con fuerza en uno de sus costados. Ambas fieras desfallecen mientras el bárbaro blondo recupera fuerzas. La indignación del emperador es opima.) – ¿Y estas son las fieras que nos prometieron? – ¡Estas no son fieras son senadores disfrazados! – ¡Fuera! – ¿Y esto es un espectáculo? ¡Mayores se arman en los senados! – (El emperador mira furioso al pretoriano.) – No volverá a pasar, emperador; deléitese con la bestia que teníamos guardada para una ocasión como esta. – (El pretoriano levanta su mano derecha y una verja tres veces más ancha y alta que las anteriores se abre. Marceu, temeroso, dirige su mirada al hueco dejado por la apertura de la verja.) – Es púnico. – ¿Como Aníbal? – Eso es emperador. – Si tiene la misma sangre que Aníbal podemos estar tranquilos: sólo podrá ser vencido por un romano y ese joven es un simple bárbaro. – (El emperador vuelve a sonreír. La bestia sale e impresiona a los espectadores, mucho de los cuales emiten un grito de asombro entrecortado. Con apariencia de león, mas un metro más alto y más ancho que los anteriores, entra en la arena una feroz bestia con un pelaje rucio y espeso que rodea su cuello e irradiaba plenitud y fuerza; por otro lado, sus férreos colmillos se asemejan más al duro y lujoso marfil del elefante que al débil hueso animal.) – Se acabó emperador. – (La gigantesca fiera eleva su cuello, prepara sus fortísimas patas y fija su objetivo en el pobre bárbaro; sin tardar ni un segundo más corre hacia el joven y, antes de llegar a este, salta implacable extendiendo sus zarpas. Estas se clavan en el inocente cuerpo del joven y la sangre comienza a chorrear por su torso; con otro zarpazo raja las abdominales de su presa y sus vísceras salen al exterior vertiginosamente; con el último golpe rompe brutalmente el cuello del famélico bárbaro. Sin más que hacer, el titánico animal comienza a comer las tripas de su víctima con una quietud inquietante.) – ¡Bravo! – ¡Espectacular! – ¡Viva el emperador! – ¡Bestias así sólo se hallan en Roma! – (El emperador, saciado, se levanta y saluda a la plebe; inmediatamente esta responde a su emperador con desmesurados gritos de halago. La fiesta romana había triunfado un día más.)