Aires de conflicto

Artículo número 122; publicado en El Faro de Ceuta.

Aires de conflicto.


Hugo de Lara López.

- Ya están listas las tropas, César. – De acuerdo. – (César, habiéndose ajustado su armadura, camina hacia el exterior de la tienda de campaña. Fuera de esta, los legionarios romanos, eufóricos por la victoria sobre los galos, esperan las órdenes de su líder. Julio con paso ligero y firme se sitúa delante de ellos mientras sus tropas esperan con enorme expectación sus palabras.) – Romanos, hoy es un día triste para todos nosotros. – (César camina sin perder de vista a sus legionarios.) – Un mensajero me ha transmitido los nuevos aconteceres de nuestra ciudad y, en esta ocasión, son funestos para nosotros. Nosotros, que hemos logrado dominar las Galias como tributo al Senado y a los ciudadanos romanos, hemos sido oficialmente repudiados por los senadores. El propio Senado lo ha decidido así, tanto como para vosotros como para mí, hasta que yo decida abandonaros y en vosotros recaiga el control de los senadores más poderosos. – (Los legionarios permanecen firmes, mas en este momento sería difícil borrar de sus rostros el creciente odio que las palabras de César han ido fundiendo en sus carnes. César, por su parte, deja de caminar y mira de frente a sus tropas.) – ¡Conoced, romanos, quién es el sumo traidor de Roma! ¡Quién es aquel que nos está traicionando desde la ciudad! – (Los hombres de César comienzan a impacientarse.) – ¡No es otro que Pompeyo aquel que comanda a los senadores que han corrompido el sacro Senado! Sabed, romanos, que él y sus seguidores han sido los que han expulsado a nuestros seguidores de la Curia para hacerse con el poder supremo, para evitar que ninguno pudiera vetar las execrables peticiones de los senadores; de esta misma manera, sabed, que Marco Antonio ha sido apartado de la réplica como poder máximo de la plebe y se le ha ignorado cuando ha tomado las medidas oportunas contra los ataques que han realizado los senadores contra nosotros. – (Las tropas romanas, excesivamente irritadas, comienzan a murmurar. César levanta su brazo y les muestra la palma de su mano.) – ¡Por ello, escuchadme romanos, debemos liberar el Senado de la plaga que le ha invadido y que está destruyendo todos aquellos principios por los que, por ley divina, debería regirse! ¡Escuchad, romanos, Roma necesita que luchemos por ella en nombre de nuestros hijos y de sus hijos, y de los hijos de éstos y de toda la estirpe romana! – (Los legionarios romanos levantan sus armas y gritan al unísono cuando César termina de hablar; poco después continúa.) – ¡Que el choque de nuestras armas con el hueso enemigo sea tan potente que incluso se escuchen en Oriente! ¡Que sepan que aquel implacable sonido es el rugir de Roma revolviéndose contra sus impostores! ¡Contra sus enemigos! ¡Contra su lacra! – (Los gritos de las tropas rompen la tibieza del aire y sólo la voz de César puede destacar sobre ellos.) – ¡Alcancemos las tierras romanas que pertenecen al pueblo romano! ¡Luchemos contra Pompeyo y sus seguidores! ¡Venguemos el honor de los humildes ciudadanos romanos y del deshonrado Marco Antonio así como de todos aquellos que fueron expulsados de la Curia por capricho de los lacayos de Pompeyo! ¡Mostremos nuestro imponente poder ante los enemigos de Roma! ¡Enseñemos a aquellos que quieren hacerse con el poder utilizando la mentira y la cobardía lo que los hijos de Roma les tienen preparado! – (El nombre del líder de las tropas romanas es coreado con frenesí mientras este afina su tez y eleva su brazo al aire.) – ¡Alcemos nuestras fuerzas! ¡Irgamos nuestras armas! ¡Liberemos a Roma! – (Exultantes, los legionarios de César se preparan para marchar hacia Roma entre la algarada provocada por sus armamentos y sus magnas voces.) – ¡Elevad vuestra armas y dirigid sus afiladas puntas al cielo para ser bendecidos por los dioses! ¡Sentíos rociados por su apoyo, por su certeza, y por su responsable guía y sea entonces cuando comencemos nuestro camino para embestir a los detractores de la libertad y de la paz romana! ¡Marchemos por el pueblo! ¡Hagámoslo por Roma! – (Los legionarios romanos refrendan la orden de su líder con sus frenéticos alaridos. Uno de los centuriones junto a César aprovecha el vocerío para hablar con Julio.) – César, ¿cuándo deseas que partamos? – Partiré al anochecer junto a la decimotercera legión para avanzar hasta el borde del Rubicón. Hemos de estar listo para entonces mas esto no significa que descuidemos el control de la zona, por ello os encomiendo mantener el orden en las Galias. – Sí César mas… ¿cree que no necesita más que la legión decimotercera? – No sólo lo creo sino que, además, Lucio, estoy totalmente convencido de que incluso la legión decimotercera será demasiado para Pompeyo y sus secuaces. – Si es lo que deseas, César, obedeceré tus órdenes y mantendré el férreo control sobre los territorios galos. – (Lucio se despide de César con una inclinación y se dirige a los legionarios para organizar la defensa tras comunicar a la legión decimotercera la decisión de César. Estos, colmados de júbilo al saberse elegidos por César, comienzan a prepararse para el ataque.)

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