Artículo número 118; publicado en El Faro de Ceuta.
La reunión de Marcelo y Pompeyo.
Hugo de Lara López.
- Sería preciso que comiences a preparar la defensa, no tardaremos en expulsar a los seguidores de César de la Curia y no estimo más de siete días para la réplica de sus tropas. – Ajá, veo con esto que el Senado ya se ha decantado por legitimar la cesión de poderes que me otorgaste, Marcelo. – ¿Acaso esperabas que esto no fuera así? Debías confiar poco en mí si no creías que acabarían aceptando tu tutela militar, no existe artimaña que no pueda llevar a cabo en Roma. – (Claudio Marcelo sonríe y Pompeyo, alentado por la certificación de su inmenso poder, agradece la labor a su acompañante con un ligero toque en el hombro.) – Espero que estés dispuesto a colaborar activamente en la dirección de las tropas romanas, necesito a alguien con tus capacidades para aplastar con contundencia a César. – Por supuesto Pompeyo, si tú lo dispones yo acataré todas las órdenes que me plantees. – Pobre Julio, desconoce lo que le esperaba y, aún más, dónde se está metiendo. – Ni siquiera se lo habrá imaginado. – Quizá sí lo haya hecho Marcelo, es muy perspicaz, pero dudo que realmente haya sopesado la posibilidad de que sus apoyos en Roma se diezmaran por un golpe del destino y que el Senado hallara el camino libre para hilvanar cualquier plan o reforma. – (Marcelo ríe, por su parte Pompeyo se comide.) – ¿Cómo pensáis expulsar a los seguidores de Julio de la Curia? – ¿No te lo imaginas? – Déjame que piense. – (Irónico, Pompeyo ladea la cabeza hacia la izquierda durante un instante.) – Ya sé, ¿quizá el último recurso? – Exacto, no podía ser de otra forma, Pompeyo, que con una consulta excepcional. – (Pompeyo, tras haber escuchado lo dicho por Marcelo, se gira y desde el pórtico mira hacia el horizonte, desdibujado por los primeros rayos del sol y la decrépita neblina.) ¿Cómo has logrado que los senadores llegaran a acatarlo? – Digamos que sus almas son extremadamente débiles ante el resplandor de nuevas riquezas, sin olvidar que tus ideas y tu presencia en Roma refuerzan el acercamiento de la mayoría de los senadores a la concepción de tu figura como máximo jefe del ejército romano. Aunque no fuera así, poseyendo el apoyo de Cicerón tenemos controlado el Senado. Como puedes ver, estimado Pompeyo, todo está siendo más sencillo de lo esperado, no dudo que los dioses estén influyendo en esto. – (Escuchadas, de nuevo, las palabras de Marcelo, Pompeyo se vuelve hacia él.) – ¿Los dioses? – Sí, Pompeyo, aunque bien es cierto que comprobando nuestra posición y la de César comienzo a replantearme si necesitamos la ayuda de los dioses para derrotar a César teniendo en cuenta todo el poder que posee Roma. – (En ese momento aparece un mensajero aparentemente fatigado y se dirige hacia Marcelo.) – Por fin le encuentro, le he estado buscando por media Roma, los senadores le reclaman, no han comenzado la sesión porque es necesaria su presencia. – (Marcelo mira a Pompeyo y sonríe.) – ¡Oh! Es cierto, olvidé que el Senado se reunía hoy. Siendo así, Pompeyo, me excuso, pues he de acudir lo antes posible a la reunión del Senado. – Acude, no sería honroso para mí retrasar la comparecencia del Senado por retener a una de sus más importantes piezas en este lugar todo el día. – Le acompaño. – Por supuesto. – (Marcelo, junto al mensajero, se aleja del lugar. Pompeyo, ahora solo, sale del pórtico donde se encontraba, acariciando antes una de las columnas en él dispuestas. Su rostro está sumergido en el desconcierto y en el caos, la inseguridad trota por sus ojos y la impotencia se derrama a través de ellos hasta sus mejillas, que ante Marcelo eran férreas y decididas. Sus labios, ahora remisos, contradicen la diligencia en ellos hallados un instante atrás. Ya fuera del pórtico eleva su cabeza y sus ojos buscan el cielo, abigarrado por los nacientes rayos del sol, no pareciendo, por su aturdida tez, el auténtico Pompeyo el que se mantiene erguido en una aparente lucha contra una inefable pesadez. ) – Dioses, espero que escuchéis mis palabras, pues no os pido con ellas lo más afortunado para mí, ni una fuerza extraordinaria para mis hombres. Os ruego que apoyéis a aquel que pueda asegurar un mejor futuro para Roma, olvidad los nombres de los protagonistas y actuad en honor a las personas, a aquellos que conforman todos los territorios romanos, pues son ellos, dioses, los que verdaderamente corresponderán vuestros benditos regalos rindiéndoos los justos tributos y los que con estos os satisfarán, como merecen vuestros dones y concesiones, por años que sucedan y por épocas que concurran en la efímera eternidad que deseéis para ellos.