Artículo número 117; publicado en El Faro de Ceuta.
El fin del asedio de Alesia.
Hugo de Lara López.
- (Vercasivellauno, habiendo hallado las fortificaciones romanas ocultadas por César, lanza un feroz ataque contra ellas. Tan tortuosa es la zona donde estas se encuentran que es imposible construir férreas murallas que puedan alejar al enemigo. Vercingétorix aprovecha la ofensiva de su primo Vercasivellauno y apoya su ataque.) – ¡César vienen todos! – ¡No rompáis la formación! ¡Mantened las líneas! – (Los soldados, obedientes, permanecen en sus posiciones. Por su parte, César recorre la zona y alienta, con énfasis, a sus hombres. No obstante, la ofensiva del enemigo es demasiado potente; para proteger una de las brechas más importantes de las fortificaciones romanas es enviada la caballería de Labieno, uno de los lugartenientes de César.) – ¡César las líneas no soportan más, la ofensiva interior es imparable! – (César, viendo que los romanos están siendo vapuleados, decide atacar.) – ¡Romped la formación! ¡Adelantad las líneas y atacad a los galos con vehemencia! ¡Moveos! – (Los soldados de César levantan sus armas y empujan con sus insistentes ataques a los galos, que no pueden resistir las embestidas romanas y han de retroceder. Sin embargo, la zona que está siendo defendida por la caballería de Labieno se encuentra en una situación difícil pues los galos están a punto de dominar el terreno. César, observando el problema, piensa con celeridad un nuevo plan. Sorprendentemente, Julio César toma a unos seis mil hombres de la caballería y se dirige hacia las tropas de reservas enemigas; llegados a la posición de estos, los enemigos quedan sorprendidos y los atacantes aprovechan la ocasión para luchar contra más de sesenta mil galos. Los hombres de Labieno ven la arriesgada acción de César y sus esfuerzos se multiplican ante la heroicidad de su jefe militar para contrarrestar el empuje galo de la zona.) – ¡Que no osen estos condenados galos pisar nuestras tierras! ¡Mostradle el ímpetu que Roma inculca a sus hijos! – (Dicho esto, Labieno arriesga un ataque con el resto de la caballería consiguiendo hacer retroceder al enemigo. Los galos, asombrados, no pueden creer lo que están presenciando, muchos de ellos, temerosos, abandonan el campo de batalla.) – ¡No dejéis que huyan! ¡Que no quede un solo galo en pie! – ¡Así será Labieno! – (César y los suyos, que han atacado a los soldados reservas enemigos, observan también la huida de los galos que, antes, se les oponían.) – ¡Perseguidlos! – ¡Sí César! – (El cansancio evita que los galos puedan escapar rápidamente y los romanos, igualmente fatigados mas embargados por la emoción de lo que parece ser una victoria segura, logran masacrar a los galos. La fiereza de los romanos, transformada en hierro, atraviesa sin impedimento que pudiera existir la piel de sus enemigos; sus sudorosos rostros brillan con intensa malicia mientras unos eliminan a los galos que alcanzan y otros galopan con intensidad para atrapar a sus enemigos. Mas los romanos, aun en plena excitación, están exhaustos, por ello muchos de los galos logran escapar y la matanza total no puede consumarse. Vercingétorix, dentro de su fuerte en Alesia, observa cómo su ejército exterior ha sido derrotado y comienza a replantearse, con seriedad, la estrategia practicada hasta entonces. Sus hombres están impacientes, su moral se desgrana con el paso de los segundos y el hambre les hace enloquecer. Fuera de las murallas de su fortificación no puede ver más que los restos de los galos caídos en la batalla y los rojizos riegos de los que huían heridos; no hay más que desasosiego tras estas murallas, no hay apenas alma que vele por su protección, no hay viento que calme el picor de la derrota ante los romanos, ante el antiguo mentor del líder galo, Julio César. ) – ¡Vercingétorix! Los informadores acaban de revelarnos que casi ningún hombre de los enviados a la batalla contra el enemigo ha logrado volver. Estamos indefensos ante una posible acometida romana. Esperamos tus órdenes. – ¿Cuántos hombres quedan dentro? – (El hombre que acompaña a Vercingétorix mira al suelo. Su rostro está desalmado y sus manos parecen muertas, pues no se mueven y permanecen rígidamente tendidas junto a su cuerpo.) – Siento decírtelo, Vercingétorix, mas ni siquiera con ellos podríamos construir un granero en menos de veinte noches. – Sabes lo que esto significa, ¿no, Veleumno? – Que hemos fracasado. – (Vercingétorix asiente con pesadez.) – Yo me ocuparé de la rendición, dile al resto de los hombres que pueden descansar: la guerra ha terminado. – (Tras hablar con Veleumno, este último corre hacia los hombres que permanecían en la pequeña plaza de la fortificación y les informa de que la guerra ha llegado a su desgraciado final. Cuando la noticia es conocida por los hombres de Vercingétorix se niegan a aceptar una derrota, y elevan sus armas al cielo con ímpetu, mas Veleumno les detalla la crítica situación. Una vez conocida la circunstancia, los galos, desolados, caen al suelo impactados; sus rostros no sólo están desalmados como el de Veleumno, sin vida alguna que pudiera hallarse a pesar de insistir durante años, sino que estaban rotos, repletos de furia y desconsolación. Ellos, que habían sido conjurados por Vercingétorix para conseguir salvar a las Galias de la dominación de los romanos, habían fracasado, no habían logrado salvar sus familias, sus tierras, sus pertenencias, sus animales, sus llanuras, sus cuevas, sus poblados. Esta derrota no supone, para los galos, una inferioridad directa respecto a sus enemigos sino la caída de la resistencia gala ante la amplísima dominación de Roma. El lloro de los galos no es más que el símbolo de aquellas gotas de fuego ardiente que acabarían por arrasar las tierras labrada por los galos, con paciencia y empeño, a lo largo de muchos años. Por su parte Vercingétorix, tras haber recapacitado qué medidas llevar a cabo a pesar de no existir otra salida más que la plena rendición, decide mostrar un gesto de sumisión ante César al día siguiente, colocando sus armas ante los pies de este. Los romanos habían vencido, y el sueño galo de Vercingétorix hecho trizas por la invencible e implacable Roma. )