La cuestión militar

Artículo número 116; publicado en El Faro de Ceuta.

La cuestión militar.


Hugo de Lara López.

(De entre cientos de senadores, uno de los presentes se eleva y se dispone a hablar.) – Senadores aquí reunidos que, con vuestra sabia decisión, dirigiréis el patrón del destino romano con acierto, escuchad mis palabras y mi opinión sobre el hecho. Es conocido por todos y distinguido como maldito problema la reciente cuestión de los militares romanos. Desde antaño, los más avariciosos han formado las legiones de los procónsules sin más pensamiento que el de vencer, vencer y volver a vencer, mientras que los que han quedado en estas tierras apenas han pensado más que en defender, defender y, por supuesto, defender. Y así debería ser, pues no es negativo para Roma que sus legiones aspiren a formidables logros que consoliden su camino en esta corta vida, sin embargo, su control no ha exceder ni rebasar la República Romana. Nosotros, durante mucho tiempo, hemos formado a estas tropas y les hemos alimentado; en ellos inventamos el complejo artificio del pundonor y la fiereza, mas sin olvidar la inevitable fidelidad a Roma y a todas y cada una de sus instituciones. Sus cuerpos se cubren con materiales que les costeamos, para su mayor seguridad, y sus manos soportan escudos y armas labrados para la consecución de la victoria. En su mente hemos sembrado la valentía y, en su frente, hemos tallado el respeto por el enemigo. Las legiones, por ende, deben acatar las inexorables órdenes de Roma, pues a esta deben todo lo que poseen. No debería ser César el máximo jefe de estas, aun siendo procónsul, pues sus legiones corresponden, como él bien conoce, al estado, así como el territorio galo conquistado es propiedad romana; por ello, si César intenta extender e imponer su mandato aun no siendo respaldado por el Senado, será condenado como Enemigo Público, y ello significará que sus legiones, entonces sólo soldados de César, se desvincularán, para la eternidad, de Roma. Si esto ocurre, los soldados mostrarían su desafortunada deslealtad, pues ellos tienen que dirigirse incluso a los confines de las últimas tierras a buscar la muerte si así se lo reclama Roma, la Gran Madre de todos ellos; ¿qué pensarían los senadores de esta cámara si ellos mismos decretaran el envío de tropas a Hispania y estas se negaran? Sería, para desgracia de todo el estado, un imborrable ultraje. Mas, aunque se diera esta atroz situación, siempre contaremos con la defensa de aquellas legiones que, desde su reclutamiento, se han mostrado leales; por esto mismo no debemos temer amenaza alguna. No obstante, el castigo a las tropas desobedientes debe ser una obligación, como lo es condenar a las comandadas por César si este persiste en su campaña gala y sus tropas no les abandonan, pues como piezas de Roma, como lo son todos aquellos que habitan esta ciudad, han de obedecer lo que esta exponga sin construir ninguna traba en el cristalino y despejado camino sobre el que toda la ciudad ha de caminar unida en pro de los intereses del estado. En favor de todo esto os pido, senadores, que obliguéis a César a renunciar a su poder para evitar que, en tiempos venideros, pueda traicionarnos. – (En ese mismo momento otro senador se levanta de su asiento e interfiere en el discurso imperante.) – Si me lo permitís, quiero agregar una petición más a la realizada por Marco. – (El que antes hablaba ahora se sienta para escuchar al senador.) – Yo os pido que no sólo sea César a quien se le aparte del enorme poder que posee, pues no podemos olvidar que Pompeyo tiene un vasto poder en sus manos, quizá tanto como el que puede acaparar César en este mismo momento, con la diferencia de que aquel está en Roma. Mi deber es pedir que sus poderes sean pulverizados y se retiren a la vida privada, pues su actuación ya ha excedido los marcos necesarios y su mera presencia es un peligro para la integridad y el orden de nuestra república. Pido esto puesto que creo que hemos de ser justos y aplicar medidas idénticas a situaciones parejas. De cualquiera de las maneras, consideradme como un fiel servidor de lo que decidáis, pues confío en que la amplia capacidad del Senado y sus senadores tome la decisión acertada. – (El senador se sienta y envía una retorcida mirada a Marco, el cual no tiene más que resignarse ante la extensión de la propuesta hecha por aquel, pues ha de mostrarse objetivo y no evidenciar su apoyo y cercanía a Pompeyo, aun siendo conocida esta conexión por la mayoría de los senadores de la cámara, donde habían muchos más seguidores de Pompeyo, sin embargo, su defensa se había hecho imposible por la propuesta del propio Marco.)