Artículo número 115; publicado en El Faro de Ceuta.
Problemas en el Tártaro.
Hugo de Lara López.
- ¿Zeus? ¡Eh, Eros! – (Eros, enfadado, toca una y otra vez su carcaj dorado.) – ¿Qué quieres? – Busco a Zeus, tengo para él una noticia muy urgente. – ¡Y yo qué sé Hermes! Yo estoy buscando a mi madre. – (Refunfuñando Eros se marcha dejando a Hermes solo. Este, no viendo otra solución, se atreve a golpear levemente la Gran Puerta que corona la entrada de la Magna Habitación del Dios de Dioses. Golpeada dos veces, la puerta se abre suavemente, sin emitir apenas ruido, y Hermes entra. Allí, en un enorme trono cuyos laterales estaban decorados con placas grabadas de oro, platino y plata, permanecía Zeus, sentado.) – ¿Qué ocurre, Hermes? – Zeus, tienes que reunir a todos los Dioses, Hades me ha dado una noticia funesta para la estabilidad del mundo mortal. – (Horas más tarde, habiendo aceptado Zeus la petición de Hermes, todos los Dioses, menos Hades, se reúnen en la Magna Sala del Olimpo.) – Dioses, Diosas, os he reunido aquí, aun sabiendo que vuestros deberes os reclaman, para abordar la resolución de un problema acaecido en los dominios de Hades y que afecta a la totalidad del mundo de los mortales. Así pues, Hermes, te pido que detalles el infortunio. – Así haré. Hades no tardará en venir, mas mientras él llega os narraré lo sucedido. Tan mala fortuna ha impregnado las tierras del… – (Poseidón tose bruscamente para que Hermes abandone la narración completa.) – Bueno, el hecho es que el Tártaro no puede albergar más espíritus de difuntos, ha cubierto todo su espacio. – (Todos los Dioses y las Diosas allí presentes emiten un leve y ahogado grito de asombro.) – Imagino que esto será una broma de mal gusto, ¿no, hermano? – No, Poseidón, estuve en el Tártaro y te puedo asegurar que… – ¿Desde cuándo te consideras hermano mío, Hermes? – Perdón. – No, Poseidón, no es ningún tipo de broma; Hermes acudió por orden expresa de Hades, que aún resuelve problemas en el Tártaro. – (Ares sacude con violencia la luenga mesa de la Magna Sala y se levanta.) – ¿¡Esto significa que no voy a poder crear más guerras!? – A mí me parece bien que no hayan más muertes. – ¿¡Cómo te atreves a decir eso, Afrodita!? ¿¡Sabes lo que esto significa!? – Sí, que te has quedado sin trabajo, devuelve tus poderes y tómate unas vacaciones. – ¡Zeus! ¡Esta mujerzuela me está deshonrando! – Cierra la boca asesino. – ¡SILENCIO YA! – (Tras gritar Zeus, la puerta de la Magna Sala se abre, y las luces del Olimpo revelan una figura ataviada con un traje oscuro.) – Os ha contado Hermes lo acaecido, ¿no? – Sí, hermano, lo ha hecho; toma asiento y reposa. – El Dios Hades, que acababa de entrar, se sienta tal y como le ofreció su hermano Zeus.) – Relátanos la situación actual. – Es alarmante, Zeus; el Tártaro ha albergado a tantos muertos que no caben más. – ¿Tantos hay? – Más de los que puedas imaginar. Cree si te cuento que he tenido que dejar al Can Cerbero apoyado en la puerta para que los de dentro no puedan salir y para que los de fuera no puedan entrar. – ¿Los de fuera? – Sí, hay una larga fila de espíritus que están esperando para entrar, mas ahora mismo están vagando por las Llanuras de la Desolación. Y eso no es todo. – (El resto de los Dioses y las Diosas aguantan la respiración.) – Más allá de la laguna Estigia también aguardan más espíritus pues Caronte tiene serios contratiempos. Su barcaza está dañada y no puede continuar transportando personas hacia el otro lado. – (Algunos de los Dioses se echan las manos a la cabeza. Todos se muestran muy preocupados menos uno, este bebe de una enorme copa con un interminable líquido. Parte de los Dioses le miran con desprecio por su indolencia ante una situación tan peliaguda.) – ¿Qué pasa? ¿Queréis un poco? – ¿Quién ha sido capaz de invitar a este deleznable borracho para dar su opinión sobre un tema tan delicado? ¡Es más! ¿Cuándo ha sido capaz este idiota de poder dar una opinión? – Poseidón, Dioniso es un Dios del Olimpo más, su presencia aquí es tan segura y necesaria como la tuya propia. – (Dos leves golpes suenan en la puerta, ya abierta, de la Magna Sala.) – Madre, se me han agotado todas las flechas, ¿tienes algún botecillo de esencia seductora en tu habitación? – (Zeus, viendo que la reunión se descentraba, enfurece y de su mano derecha nace un rayo, que acaba destruyendo la puerta de acceso de la Magna Sala. Los restos de oro, platino y plata quedan por el suelo desperdigados. Los Dioses y las Diosas, incluso Eros, vuelven a enmudecer. Zeus se dispone a hablar.) – Escuchadme, pues sólo lo diré una vez, estas cosas quedan prohibidas desde hoy hasta que hallemos una solución: Ares, no crearás guerras, ni tensiones sociales, ni nada que se le parezca, será así que te negaré el conflicto por ahora; Afrodita y Eros, no difundiréis el amor, ni lo refrendaréis con vuestro espíritu, ni haréis nada que provoque el nacimiento de nuevos hijos, será así que os negaré el amor por ahora. – ¡Pero Zeus! – (Entre risas Ares intenta articular palabra alguna ante la indignación de Afrodita.) – ¿Qué te pensabas, Afrodita? ¿Que iban a censurar mis guerras y no tus amores? – Silencio a todos, no lo digo más. Continúo: Poseidón, de ti negaré que puedas organizar naufragios, así pues ya sabes que debes comedir tu furia cuando los barcos naveguen por tus aguas. Al resto os invito, igualmente, a no cometer ningún acto que provoque aumento o disminución de la población. Por lo tanto, quedan disueltos vuestros poderes hasta que el problema esté resuelto. Mañana celebraremos la segunda reunión, hasta entonces pensad en soluciones factibles con las que podamos enmendar este desafortunado devenir.
