La Batalla de Platea (IV)
Publicado por hugodelara on Abril 3, 2008
Artículo número 106; publicado en El Faro de Ceuta.
La Batalla de Platea (IV).
Hugo de Lara López.
- He aquí donde todo acaba, incluso en contra de las predicciones de vuestro propio oráculo, griego; al fin vencisteis a mi nación y podréis vengar aquello que durante años os ha arrebatado el sueño, la sacra destrucción de Atenas por parte del Gran Rey Jerjes, de la que ni siquiera un gusano logró salir con vida para contar la deshonrosa hecatombe de la ciudad más preciada de toda Grecia. – (Los pasos de Pausanias cesan misteriosamente, su rostro, antes lleno de ira, ahora muestra una plenitud y un gozo inimaginables.) - ¿Cómo dices? – (Pausanias desliza una leve mueca de complacencia.) - ¿Qué he dicho que no entiendas, griego? – El que no entiende eres tú, maldito persa, ahora comprendo que con tal ignorancia es imposible vencer una guerra tan ardua como esta; ¿crees, sinceramente, rancio demonio, que Atenas y sus atenienses me importan? ¿Crees que el espléndido arrasamiento de sus calles, edificios y personas ha evocado en mí un odio aún mayor por vuestra raza? – (Mardonio, impresionado por las palabras de Pausanias, atiende atónito. Por su parte el General Espartano, enérgico, rompe el vuelo de unas aves con la estruendosa hilaridad de su risa.) - ¿Eso crees? ¿Crees que los atenienses me importan? ¿Que me importan que sufran? ¿Que sientan miedo? ¿Que vean como sus cuerpos comienzan a quedar inmovilizados? ¿Que vean como todo su esfuerzo se desvanece? ¿Que sientan cómo la sangre en sus cuerpos se diluye por momentos y su razón cada vez se encuentra más perdida? ¿Crees, Mardonio, que me importa que mueran? – (El General Persa, incrédulo, articula sus primeras palabras con dificultad.) - ¿Cómo alguien puede desear tales males a sus hermanos y sentirlos como bienes propios? ¿Acaso no son griegos como tú, que han defendido en esta guerra las mismas creencias y los mismos territorios? – No te confundas persa, yo no soy griego, yo soy espartano, hijo del Peloponeso, no oses relacionarme con la basura griega y aún menos con Atenas, cuna de los más estúpidos locos que la historia ha podido contemplar. – Pero… ¿cómo eres capaz de decir tales cosas? - ¿Tales cosas? ¿Crees que los atenienses de buena tradición pensarán en nosotros más como hermanos que como fortuitos aliados que, por el azar, han acabado por ser mercenarios bajo el liderazgo de la consecución de un mismo fin? No seas idiota, pues esa idiotez es la que os ha llevado a la derrota. Vosotros, los persas, os amáis entre vosotros y respetáis a cada pueblo que domináis, mas esa será vuestra perdición más adelante como lo ha sido hoy en estas llanuras plateas. En la guerra se necesitan guerreros no buenos ciudadanos ni personas conciliadoras ni sentimentales; para atravesar el cuerpo humano se necesita un filo no rosas, para arrancar el cuello del enemigo se necesita odio no clemencia, para ganar es necesario erradicar del humano todo sentimiento que empañe su capacidad guerrera, y eso es lo que vosotros no habéis hecho aún. Vosotros, los maltrechos persas, habéis pensado que podéis luchar de la misma manera que gobernáis, y por ello estás, ahora, a los bordes del abismo, con tus tropas refugiadas en las copas de los árboles más cercanos y con el jefe espartano delante de ti. – Oh, Pausanias, eres horripilante. Morirás con tu victoria mas tu mente, en la próxima vida, no cesará de castigarte, pues has pecado y no has sabido contemplar que el hombre grande no es aquel que está, o cree estar, por encima de los demás, sino el que no ve más pequeño al resto, aun siendo superior por el devenir de este mundo; tú te has creído superior, has creído que tu casta es más robusta, poderosa e importante, mas has olvidado que, como humanos, no podemos ser más de lo que, por naturaleza, somos. – Me aburres Mardonio, ciertamente lo haces. También sabrán tus queridos hermanos persas que quien sueña con grandes convicciones acaba despertándose con enormes decepciones. Pensasteis, en un alarde de imaginación, el mundo como vuestro y, al parecer, no vais a tener más que vuestro aislado reducto. ¿Qué haréis ahora que Babilonia ha caído en desgracia y que los fenicios también lo han hecho? ¿Pensáis vivir de vuestras relaciones con los africanos ahora que sabéis que retirarán sus rutas comerciales de oriente? Me alegrará saber que, además de haber perdido esta guerra, seréis desgraciados durante siglos. – (Pausanias continúa con sus pasos hacia Mardonio; su rostro muestra su viva excitación, la rabia recorre cada uno de los poros de su tez enrojecida con frenesí.) – Como regalo por tus palabras, te daré una muerte especial: te dejaré herido para que, durante unas horas, entre tus últimos dolores y estertores, puedas disfrutar con tus conmovedores pensamientos de unión y hermandad, de respeto y de tolerancia. - ¡Más vale morir de esta forma que vivir renunciando a mis hermanos! – Que comience entonces. -(El General Espartano corre hacia el senil Mardonio al que golpea con celeridad en el estómago y en la espalda con dos golpes ásperos. El persa cae al suelo. Pausanias se acerca a él y rompe sus frágiles brazos con su pesado calzado.) – Antes de marcharme quiero que recuerdes algo, piensa en ello en las horas que te quedan por vivir: tu país está perdido. - (Pausanias, sin volver la mirada, monta en su caballo con un ligero salto, y atraviesa la llanura de Platea para volver con las tropas espartanas.)

Abril 5, 2008 en 5:52 pm
¡Genial! La batalla que has relatado en cuatro parte es genial. Al contrario de lo que he leido en otros comentarios yo no te habia leido en el periodico en el que escribes pero te encontre por internet y la verdad es que tus escritos son muy interesante, a ver si subes anteriores a estos. Enhorabuena por la batalla de platea porque es muy interesante y es de una calidad bastante alta. ¡No estaria de mas que escribieras sobre Roma o sobre Alejandro!
Salu2