Hugo de Lara López

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La Batalla de Platea (I)

Publicado por hugodelara en Abril 3, 2008

Artículo número 99; publicado en El Faro de Ceuta.  

La Batalla de Platea (I).


Hugo de Lara López.

-Confío en ti, Masistio, para que machaques a los malditos griegos de una condenada vez; no podemos dejar que tomen estas posiciones y que terminen por vencernos. –No seré yo, señor, quien le niegue tal acción, mas me temo que la posición griega no es idónea para que enviemos a nuestra caballería, así como que confían más en ellos mismos que lo que nosotros confiamos en nosotros, atacarlos ahora no sería más que una debacle y un duro golpe  para nuestras tropas. –Masistio no recuerdo haber cuestionado ante ti mi estrategia: ve ahora y espero que si vuelves lo hagas con la cabeza del mal nacido espartano que dirige sus tropas. –Así lo haremos, señor. – (Masistio sale de la cabaña donde estaba reunido con Mardonio y se dirige a sus tropas) –Bien, escuchadme, formaremos en menos de lo que tarda un griego en cometer una de sus tantas herejías. Atacaremos a los griegos lo antes posible.  – Mas, jefe, ¿dónde están? – En las montañas. - ¿Y hasta allí llevaremos nuestra caballería? – (Un murmullo recorre el tumulto) – Silencio, así ha sido ordenado por Mardonio, que otrora machacó a los griegos y dominó tanto a los estúpidos tracios como a los demoniacos macedonios; estos griegos a los que debemos enfrentarnos, comparado con aquellos, sólo son un grupo de inútiles que no podrán con nuestra inquebrantable fe y con el sacro apoyo del Ahura-Mazda; así pues, como nos comanda nuestro general, lucharemos con valentía y ansias de victoria. Esto es la guerra, los enemigos son los odiosos griegos y, aunque nuestra victoria pueda correr peligro y fallemos en nuestra misión, no quedará en nosotros otra intención que no sea la de perforar sus pechos y arrancar sus sucios corazones, y demostrar que los Aqueménidas han sido, son y serán superiores en comparación a la maldita casta micénica. Así pues, hermanos persas, ¡en camino hacia la montaña profanada por la presencia griega! ¡POR LOS AQUEMÉNIDAS! – ¡POR ELLOS! – (Eufórico pero a la vez agotado, el ejército persa organiza su caballería y se pone en marcha hacia las montañas donde se encuentran los griegos) – Espartano, ya están aquí. – ¿Traen la caballería, Ateniense? – Sí; ya he mandado a formar a las tropas. – De acuerdo, quiero cordura, nuestros ejércitos no están compenetrados, así pues dividiremos la acción en dos; tú, Arístides, ocúpate de la integridad de los tuyos, y yo haré lo propio mas manteniendo el radio de acción con los tuyos. Este es el fin de los Aqueménidas. – Vamos fuera, Pausanias, nos esperan. – (Las tropas forman y los arqueros que Arístides había traído consigo se colocan en distintas posiciones; a lo lejos, la caballería persa revoluciona el suelo y el polvo de la tierra flota levemente por el airado aire del momento) – A mi voz dispararéis las primeras flechas. – (La caballería persa se acerca a la montaña y comienza a ascenderla) - ¡AHORA! – De acuerdo, ¡lanzas abajo! A la señal carrera y apertura de los flancos; los ilotas que rompan las filas de la caballería enemiga en mitad de la confusión. – (La caballería continua con frenesí hacia su objetivo) - ¡A LA CARRERA! - ¡CARGAD LOS ARCOS! – (Los hoplitas se dirigen hacia la caballería persa abriendo sus flancos para evitar que la caballería pueda rodearlos; los persas chocan contra las líneas griegas y caen de sus caballos con graves heridas en sus cuerpos. Aun así, desde atrás, llegan más persas en sus caballos, no obstante, la subida es difícil y tortuosa y los caballos no son tan efectivos teniendo delante de sí a las tropas que luchan contra la primera línea hoplita, así pues pierden bastante tiempo intentando buscar manera alguna para poder atacar) - ¡AHORA! – (Cientos de flechas cruzan implacables la pendiente de la montaña para atravesar los cuerpos de los persas de las líneas traseras, que no pueden continuar por la desesperante caída de los caballeros persas de las primeras líneas) – Espartano, el líder de la expedición. – Déjamelo a mí, ateniense, siempre será mejor un espartano en la lucha que un ateniense; tú mantén la agresividad y adelanta las líneas. – Si no fuera porque estamos en medio de una batalla luchando juntos por una misma causa contra los infernales persas ahora mismo no podrías respirar, Pausanias. - ¿No me digas? – (Pausanias rodea las líneas hoplitas y se dirige hacia el líder de los persas, Masistio, que desde detrás de sus tropas mueve las líneas con magna voz). - ¡Están abriendo los flancos, abrid los vuestros para poder contrarrestar la oclusión de los griegos! - ¡Esto es imposible Masistio, no tenemos huecos y los caballos y los cadáveres de los nuestros nos entorpecen el camino! – Hazlo como puedas, pero hazlo. – (Pausanias se deshace de uno y otro persa en su incesante avanzar hasta Masistio) - ¡CARGAD LOS ARCOS! Fijad la línea más trasera de los persas, evitad los tiros cercanos para no herir a los nuestros. – (Pausanias levanta con un rápido golpe su lanza y la arma) - ¡AHORA! – (Una de las flechas lanzadas por los arqueros de Arístides impactó en el cuello del persa Masistio, derribándolo, dejando a Pausanias con la lanza en posición hostil, con su objetivo más que perdido. Este mira a Arístides, otrora llamado “El Justo”, y este le sonrió con cierta alevosía. Pausania carga en cólera y comienza a derribar al resto de la caballería persa atravesando con su lanza a todo aquel que interrumpía el paso de su flamante caballo. Caídos todos los persas, los griegos, exultantes y pletóricos, gritan juntos y elevan sus armas, pues habían vencido a los persas en una importante batalla, mas el general persa, Mardonio, continuaba vivo.)

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