El despropósito de la literatura romántica
Publicado por hugodelara en Abril 3, 2008
Artículo número 105; publicado en El Faro de Ceuta.
El despropósito de la literatura
romántica.
Hugo de Lara López.
Si el despreciado Ovidio o el bienaventurado Williams Shakespeare siguieran en pie posiblemente me darían la razón en muchas de las cosas que, a veces, escribo. Pero no lo están, ni ellos ni otros aplicados protectores de la depuración técnica imbuida en la explosión emocional tratada dulce pero comedidamente. No obstante, que ellos ya no estén y que yo mismo no posea un respaldo literario actual no es ningún problema, al menos no lo es para mí, ya que continuaré defendiendo, hasta que el sino decida, que la literatura efectista y simple no es más que el resultado ambicioso de almas partidas e inconsecuentes sin capacidad para crear una obra mejor o, como poco, aceptable. Cuente o no cuente con el apoyo de los principales índices literarios actuales salta a la vista que en nuestra época la literatura no aporta a la literatura, y eso nos costará muy caro en un futuro próximo.
Citaba a Ovidio y a Shakespeare puesto que para mí y para parte de la universalidad son los dos literatos que lograron con mayor maestría equilibrar la técnica y el desborde controlado de los sentimientos, en especial la sexualidad y el amor en Ovidio y este mismo amor, algo más edulcorado, en el Bardo de Avon. La literatura romántica con todo lo que ella abarca, desde simples poemillas hasta novelas de relativa profundidad sentimental, ha llegado a su máxima degradación en el siglo XXI con un estilo plenamente informal, sucio y estúpido. Este tipo de composiciones se han convertido en auténticas caricaturas que evocan, en cuanto a la técnica, a la primitiva escritura de los excesivamente imberbes y, en cuanto a su construcción, a las ansias de los jóvenes itifálicos que pretenden flanquear las puertas del amor a través de simples rimas y excesivos tópicos vacíos de cualquier tipo de sentimentalismo real.
No es sencillo hilvanar dentro de este género literario una obra compleja y delicada pero tampoco es imposible, sí que lo es para aquellos que no han aprendido a sentir más que las emociones banales, comunes, insustanciales, engañosas que, con el tiempo, quedan en un nada, en un olvido y en un baño de arcilla, del que sólo quedan sus restos cuando acaba por secarse, para unos tres días y para otros tres meses pero para nadie tres años. Entre otras cosas por esto las obras románticas de este siglo han fracasado al caer el escritor en la debilidad de la falta de temple, siendo dominados por el frenesí de los sentimientos, por la agitación y el desborde sin control, sumados a la inevitable desconsideración de la ternura, de la belleza, del sentido del enamorado, de la modelación de la obra, dejando vía libre a todos los sentimientos y a las emociones que, algunas veces, acaban por traicionar al ser humano. Se recrean, además, temas típicos donde no faltan las fórmulas de las últimas décadas, siempre basadas en expresar lo superfluo, mediante adulaciones vulgares e idealizando los sentimientos, muy lejos de la expresión romántica elaborada y profundamente sentimental, en la que se descompone con delicadeza y mesura el amor, describiendo cada una de sus sensaciones y virtudes, convirtiendo lo malo en pequeñas perlas, y lo bueno en grandes rubíes; la literatura romántica actual lo diviniza todo, lo idealiza de tal forma que no parece ser real, se desprecia el amor y abunda el dudoso halago al prójimo, adorando todo por igual, cayendo en el error de no expresar sino de aglutinar palabras vacuas, insignificantes, pero resplandecientes para los ojos de los humanos. Estas a veces ligeras composiciones y pesadas otras tantas pretenden ser eternas promesas, pérfidos engaños para enloquecer a su receptor, para enajenarle y para desnudarle tanto mental como físicamente; cuando esta se comercializa nada cambia, pues busca esperanzar al que lo lee con historias predecibles y sin más sentido que el comercial, desvaneciéndose la idea del amor puro dibujado excelentemente por Zorrilla, que incluso redime la vida delincuente y libertina de su Don Juan, erradicando el amor eterno de los imberbes Romeo y Julieta grabados por el Bardo y mancillando el casto lecho de Calisto y Melibea.
En este sentido el retroceso que ha experimentado la literatura romántica en el último siglo ha sido realmente sorprendente siendo lo más impactante e incluso increíble que el sustrato de Quevedo o del propio Gustavo Adolfo Domínguez Bastida haya desaparecido totalmente en la literatura que hoy se puede contemplar, posiblemente debido al desconocimiento de las más importantes piezas románticas, lo que se debe a una clara incultura, sin duda creciente, cuyo techo es invisible. No obstante esta flaqueza no es, necesariamente, la clave del declive literario español, sí puede serlo esa incesante huida de la técnica literaria correcta, dándose una literatura fauvista, basada en hallar el efectismo mediante el choque inusual de situaciones inéditas o tremendamente repetidas, rehuyendo a la técnica. Con esto no quiero decir que el fauvismo fuera un movimiento pobre, puesto que estaría insultando a Henri Matisse y a Georges Rouault entre otros, pero bien es cierto que despreciaban la técnica, cuya pérdida salvaban con su amplia capacidad creativa. El problema es que España no tiene ningún genio con la capacidad creativa suficiente como para poder eludir la técnica y brillar en la desagradecida literatura actual, por lo cual, o nace un genio, o recuperamos la técnica para volver a dominar el ámbito literario, o podemos despedirnos, definitivamente, de la aparición de una buena literatura en la actualidad y, por lo tanto, olvidarnos de una literatura sobresaliente futura hasta que aparezca, si aparece, el primer gran literato español del siglo XXI.

