Del fin
Publicado por hugodelara en Abril 3, 2008
Artículo número 98; publicado en El Faro de Ceuta.
Del fin.
Hugo de Lara López.
En seis partes tendría que partir Júpiter con sus benditos rayos a los malditos agoreros que circundan por esta ciudad, pues no hacen más que intentar amedrentar a los débiles de la ciudad y causar el pánico con sus predicciones infundadas. ¿Quién, Beduino, creería que nuestro eterno mundo algún día, aunque lejano, pudiera hallar fin sin que lo pudiera prevenir, en primer lugar, Júpiter, y en segundo lugar Atenea, guardiana y custodia de estas tierras de digna democracia? ¿Quién creería tal absurdez? – Pues, Itárico, quizá aquel que pensara podría concebir tal idea. - ¡Bah! ¡Sucio y mal hallado pensar! Bien prefiero pasar por ser un simple ave que, obligado a pensar de tal manera, ser un humano de bajas perspectivas y de loca cordura. – ¿Tan inconcebible es para ti, Itárico, que tu mente pueda imaginar que este mundo y estas tierras que ves queden deshabitadas para siempre y para nunca? – No es inconcebible para mí, Beduino, es imposible para cualquiera. - ¿Incluso para ellos? – No, Beduino, para ellos no, ya ves, si me escuchas, que no hacen más que pensar en el más final de los fines. – Entonces, como dices, no es imposible para cualquiera, al menos no para ellos. - Fuere como fuere, esto no tiene relevancia cuando estamos ante la mayor ofensa que hasta hoy, en la historia, se ha dado contra nuestra nación. Ni siquiera Esparta, y sus continuas afrentas, pueden igualar esta desvergonzada ofensa. ¿Cómo se atreven a divagar e insultar a los humanos inventando su fin? – Simplemente piensan libremente y exponen algo que, si me lo permites, amigo, antes de que me martirices con tu lacerante lengua, dentro de muchos años quedará confirmado cuando, precisamente, nadie quede en la faz del mundo conocido y por conocer. – Te han logrado engañar con sus sucias técnicas, ¿cómo has podido caer en sus pensamientos pretenciosos, Beduino? ¿Acaso los dioses no te dieron la vida para que tú a ellos les acuses de la total desprotección de este mundo creado por las más grandes deidades? – Itárico, me confundes. En primer lugar me hablaste de los malditos agoreros; luego me dijiste que el pensar como ellos te sería peor que pasar por una simple y, a la vez, adorable ave; a la postre me dijiste que ese pensamiento, que ellos toman como probable, era imposible de concebir pero ellos lo conciben. ¿Hasta dónde no les crees? ¿O quizá sea el miedo a dejar de existir y a pensar que este mundo y la trascendencia de sus seres serán borrados por el tiempo? - ¿Miedo yo, que me enfrenté a los espartanos con el ejército más pequeño que pudo conocer Atenas y salí vencendor? No pienses tal aberración de mí, Beduino. – Y yo que pensé, cuando escuché tu relato por primera vez, que eran tebanos. – Cualquiera puede confundirse, Beduino. – Por eso mismo te pido que te plantees el pensamiento de aquellos a los que llamaste agoreros, y cuando termines de hacerlo, me digas qué te parece tal postura, Itárico. - ¿Me pides que conciba el fin de todo? ¡En mala locura has caído! No podría concebir yo planteamiento parejo, mas si podrías tú, Beduino, guiarme e intentar convencerme. – No pretendo convencerte, mas, como sé que te agrada, te contaré lo que yo de esto creo y opino. ¿Qué importancia tiene el ser en el mundo? La que nosotros mismos queremos dar, mas, de ninguna de las maneras, esto quiere decir que sea el verdadero valor del ser. ¿Y si, atreviéndonos, no pensáramos en nuestro valor inmediato y nos planteáramos que no somos más que seres, como pudieran existir en miles de planetas en nuestro redor? Nacemos y morimos; venimos de la inexistencia para volvernos existentes y para destinarnos a nuestro fin que es el tornar a la inexistencia. Solos llegamos y somos respetados bajo el arropo de una familia que, en realidad, no tiene más valor que el que las propias personas le otorgan, mas, pensándolo sin dilaciones, no es más que un concepto y un pretexto humano para unir a personas bajo un mismo yugo y una misma descendencia. - ¿Y qué importa esto, Beduino, con el fin de los fines? – Entiende Itárico que lo es todo; la trascendencia que el ser humano ha conseguido enfocar en cada una de sus hazañas y de su historia no es más que una ilusión alimentada por el miedo a terminar desapareciendo, asegurándose una continuación, mas el mundo, querido amigo, alcanzará su fin algún día. Así como el ser dejará de serlo consumido por su ira, su odio y su reproche, rompiendo su trascendencia, el mundo terminará su andanza, pues no es más que el huero contenido de un continente sin importancia. Llegará el día en que el otrora llamado Helios se agote, y termine de iluminar nuestras vidas. Entonces será cuando el declive del ser comience si, para entonces, no se hubiese consumido por su codicia. El ser caerá y sus alrededores, también parte de la naturaleza que impera y que rige todo en este mundo, le secundarán. El mundo navegará incesante en el infinito campo de estrellas blancas sin más que ofrecer que unos mares oscuros, unos árboles tristes y unos frutos sin sabor. La hierba dejará de crecer y los lagos y ríos morirán. Las montañas serán absorbidas por las nieblas más profundas y los rayos reinarán en todas las tierras de este planeta hasta que, llegado el día, el mundo se agote y su fuerza interior no pueda dar más de sí, cual humano que ya ha cumplido su ciclo, y decida cesar en su ardua acción, matando, definitivamente, a todo aquello que en sí tenía vida, que en sí tenía sentido, enterrando las lágrimas, los saludos, las manos, los ojos, los cuerpos, el amor, la tristeza, la pereza, los mares, los árboles, los cultos, los dioses, la democracia y todo aquello a lo que los seres de este mundo han dado un valor especial, mas, caído el mundo, caída todas sus concepciones y, con ellas, aprenderemos, aun no existiendo, que la relevancia que hipócritamente nos damos no es más que una bella ilusión que no evitará el definitivo final, del que todos quieren huir escudándose en la cobardía de la falsa esperanza, pues dentro de nosotros sabemos que el final coronará nuestras vidas, aun habiéndolas coronado ya, pues amigo, el tiempo de este mundo es tan abrasador que nada de lo que ves y escuchas existe ya, ni nuestra conversación, ni nosotros, ni aquellos que nos escuchan.

