Realismo

Artículo número 107; publicado en El Faro de Ceuta.  

Realismo.


Hugo de Lara López.

Mi tocayo, el señor alemán Hugo Ball, se revolvería en su tumba si supiera hasta dónde ha llegado la apreciación del antiestético dadaísmo por parte del arte universal posterior. No hubo dimensión artística peculiar que no experimentara la abigarrada ejecución de los dadaístas, pues tanto la literatura como las artes plásticas, sin excluir otras disciplinas menos rigurosas, observaron cómo todos sus principios comenzaban a ser dilapidados sin una razón aparente o, quizá, excesivamente aparente.

Lo cierto es que el dadaísmo infligió un daño mortal al arte y a su estética forzando una convulsión artística que Marcel Duchamp culminó con sus injustificadas aberraciones, contempladas hoy como el resultado de la original labor del prototipo del artista “genial” y de alma “rebelde”; precisamente estas “originalidades” se han traducido como una contribución importante a la consagración del dadaísmo como una de las vanguardias más transgresoras de la historia del arte. Para la literatura, el dadaísmo fue una fiebre pasajera, pero para la pintura esta fiebre se ha perpetuado hasta la actualidad mediante la combinación con diferentes vanguardias llegando a un punto crítico en el que no existe una corriente realmente definida, pero sí un sustrato dadaísta difícilmente de erradicar. El dadaísmo ha continuado extendiéndose, aunque a niveles bajos, por su alta capacidad de ofrecer un margen de acción bastante amplio que únicamente exige un mínimo nivel creativo y una paupérrima preocupación técnica y estética, lo cual estimula a una gran masa de artistas.

En este sentido, la pintura ha de ser reconducida. El feísmo y lo incongruente del dadaísmo, aunque actualmente sea casi imperceptible, continúa existiendo en las raíces de la pintura sobre todo nacional. La solución es sencilla desde un punto de vista teórico y no tan simple desde la concepción de la técnica, aunque tampoco se reclame una capacidad técnica excesivamente depurada. Se debe retomar, con urgencia, la exposición de la belleza de la realidad, de todo aquello que se contempla en la naturaleza y que, por tanto, es bello. Esto no significa que la belleza de la realidad sólo contemple lo placentero, lo hermoso, lo espléndido, lo elegante, lo atractivo, lo noble y lo primoroso del ser, pues entonces estaríamos rechazando el frenesí patético, y no es lo que pretende un arte puramente humano; el patetismo, como resultado de la naturaleza, también pertenece a la belleza de la realidad, como sentimiento puro y no artificial que convierte al humano en el ser, cediendo este último lo más sentimental del propio humano, lo cual es peligroso por su enorme propensión a evidenciar la insignificancia del humano respecto a la inmensidad del mundo, que a su vez es tan insignificante, como el humano, ante el universo, sin embargo, refuerza y reafirma la individualidad de la persona como sentimiento (ser) y como humano.

El artista debe comprender que la belleza de la realidad abarca todo lo que la naturaleza crea o estimula en este mundo, es decir, todo, incluyendo las diversas creaciones humanas, que no son más que una extensión de la secuencia evolutiva natural. Para ello debe analizar las superficiales y los perfiles más trascendentes del mundo con total objetividad, pues de otra forma, si se intentara conocer el mundo de forma subjetiva, se volvería a retroceder a lo abstracto; la subjetividad tiene que florecer en la composición, en su técnica y en la manera de tratar sus elementos, que ha de ser verdaderamente especial y distintiva pero respetuosa con la pintura figurativa. Partiendo, pues, de que la pintura figurativa ha de ser esencial, sólo faltaría que se determinara la verdadera validez de la belleza y que no quepa duda de que la belleza de la realidad es opima, siendo unas veces alegres y otras veces tristes, pero nunca menos o más bellas: la belleza ha de persistir. Tan bella ha de ser considerada la manzana solitaria apoyada en el mantel de una mesa que la manzana podrida abandonada en el campo, en la cual los gusanos han comenzado a florecer. Tan bella ha de ser, por su origen natural, la escena del nacimiento de un bebé como la muerte de este y el doloroso enterramiento por sus padres. No obstante, no se trata de un arte meramente preciosista sino de un arte bellamente realista que ha de criticar el acto humano considerado incorrecto por el propio artista, así como este ha de aprender a analizar la imperfección de la naturaleza que, en ocasiones, llega a ser tan perfecta que en ella abundan infinidades de imperfecciones para llegar a serlo, al igual que sus incontables perfecciones labran su propia imperfección. El artista ha de identificar las perfecciones e imperfecciones a través de la subjetividad, la pericia, la osadía y, sin excesivo pudor pero sin ofensas injustificadas, haciendo uso de la desvergüenza, sin olvidar la astucia y la sagacidad.

En síntesis, el nuevo pintor ha de entender que los sentimientos naturales son esenciales y bellísimos, y tan perfectamente imperfectos como imperfectamente perfectos. Tanto los dos principales motores de la existencia, la vida y la muerte, como los sentimientos enfrentados de alegría y de pena, de euforia y de angustia, de dicha y de desdicha entre millones más han de ser considerados como iguales, olvidando lo que la tradición occidental pueda decir de ellos, porque nuestro arte no puede pender de las opiniones o de las críticas de la gran masa o de los supuestamente especializados, ha de depender únicamente de nosotros, de nuestra naturaleza, de todo lo que nos rodea y de todo lo que nos hace ser seres humanos motivados por los dos dramas principales de nuestra existencia: la vida y la muerte, ambas tan bellas como tan difícilmente descriptibles. Esta, y no otra, será la labor del pintor español actual: la de recuperar la belleza de la realidad, mantenida, en el último siglo, por fauvistas, expresionistas y cubistas, pero gravemente herida por  futuristas, dadaístas, surrealistas y expresionistas abstractos, y asesinada, finalmente, por la incapacitada abstracción, sin desatender el análisis crítico puramente humano de sus perfecciones e imperfecciones.

La Batalla de Platea (IV)

Artículo número 106; publicado en El Faro de Ceuta. 

La Batalla de Platea (IV).


Hugo de Lara López.

- He aquí donde todo acaba, incluso en contra de las predicciones de vuestro propio oráculo, griego; al fin vencisteis a mi nación y podréis vengar aquello que durante años os ha arrebatado el sueño, la sacra destrucción de Atenas por parte del Gran Rey Jerjes, de la que ni siquiera un gusano logró salir con vida para contar la deshonrosa hecatombe de la ciudad más preciada de toda Grecia. – (Los pasos de Pausanias cesan misteriosamente, su rostro, antes lleno de ira, ahora muestra una plenitud y un gozo inimaginables.) – ¿Cómo dices? – (Pausanias desliza una leve mueca de complacencia.) – ¿Qué he dicho que no entiendas, griego? – El que no entiende eres tú, maldito persa, ahora comprendo que con tal ignorancia es imposible vencer una guerra tan ardua como esta; ¿crees, sinceramente, rancio demonio, que Atenas y sus atenienses me importan? ¿Crees que el espléndido arrasamiento de sus calles, edificios y personas ha evocado en mí un odio aún mayor por vuestra raza? – (Mardonio, impresionado por las palabras de Pausanias, atiende atónito. Por su parte el General Espartano, enérgico, rompe el vuelo de unas aves con la estruendosa hilaridad de su risa.) – ¿Eso crees? ¿Crees que los atenienses me importan? ¿Que me importan que sufran? ¿Que sientan miedo? ¿Que vean como sus cuerpos comienzan a quedar inmovilizados? ¿Que vean como todo su esfuerzo se desvanece? ¿Que sientan cómo la sangre en sus cuerpos se diluye por momentos y su razón cada vez se encuentra más perdida? ¿Crees, Mardonio, que me importa que mueran? – (El General Persa, incrédulo, articula sus primeras palabras con dificultad.) – ¿Cómo alguien puede desear tales males a sus hermanos y sentirlos como bienes propios? ¿Acaso no son griegos como tú, que han defendido en esta guerra las mismas creencias y los mismos territorios? – No te confundas persa, yo no soy griego, yo soy espartano, hijo del Peloponeso, no oses relacionarme con la basura griega y aún menos con Atenas, cuna de los más estúpidos locos que la historia ha podido contemplar. – Pero… ¿cómo eres capaz de decir tales cosas? – ¿Tales cosas? ¿Crees que los atenienses de buena tradición pensarán en nosotros más como hermanos que como fortuitos aliados que, por el azar, han acabado por ser mercenarios bajo el liderazgo de la consecución de un mismo fin? No seas idiota, pues esa idiotez es la que os ha llevado a la derrota. Vosotros, los persas, os amáis entre vosotros y respetáis a cada pueblo que domináis, mas esa será vuestra perdición más adelante como lo ha sido hoy en estas llanuras plateas. En la guerra se necesitan guerreros no buenos ciudadanos ni personas conciliadoras ni sentimentales; para atravesar el cuerpo humano se necesita un filo no rosas, para arrancar el cuello del enemigo se necesita odio no clemencia, para ganar es necesario erradicar del humano todo sentimiento que empañe su capacidad guerrera, y eso es lo que vosotros no habéis hecho aún. Vosotros, los maltrechos persas, habéis pensado que podéis luchar de la misma manera que gobernáis, y por ello estás, ahora, a los bordes del abismo, con tus tropas refugiadas en las copas de los árboles más cercanos y con el jefe espartano delante de ti. – Oh, Pausanias, eres horripilante. Morirás con tu victoria mas tu mente, en la próxima vida, no cesará de castigarte, pues has pecado y no has sabido contemplar que el hombre grande no es aquel que está, o cree estar, por encima de los demás, sino el que no ve más pequeño al resto, aun siendo superior por el devenir de este mundo; tú te has creído superior, has creído que tu casta es más robusta, poderosa e importante, mas has olvidado que, como humanos, no podemos ser más de lo que, por naturaleza, somos. – Me aburres Mardonio, ciertamente lo haces. También sabrán tus queridos hermanos persas que quien sueña con grandes convicciones acaba despertándose con enormes decepciones. Pensasteis, en un alarde de imaginación, el mundo como vuestro y, al parecer, no vais a tener más que vuestro aislado reducto. ¿Qué haréis ahora que Babilonia ha caído en desgracia y que los fenicios también lo han hecho? ¿Pensáis vivir de vuestras relaciones con los africanos ahora que sabéis que retirarán sus rutas comerciales de oriente? Me alegrará saber que, además de haber perdido esta guerra, seréis desgraciados durante siglos. – (Pausanias continúa con sus pasos hacia Mardonio; su rostro muestra su viva excitación, la rabia recorre cada uno de los poros de su tez enrojecida con frenesí.) – Como regalo por tus palabras, te daré una muerte especial: te dejaré herido para que, durante unas horas, entre tus últimos dolores y estertores, puedas disfrutar con tus conmovedores pensamientos de unión y hermandad, de respeto y de tolerancia. – ¡Más vale morir de esta forma que vivir renunciando a mis hermanos! – Que comience entonces. -(El General Espartano corre hacia el senil Mardonio al que golpea con celeridad en el estómago y en la espalda con dos golpes ásperos. El persa cae al suelo. Pausanias se acerca a él y rompe sus frágiles brazos con su pesado calzado.) – Antes de marcharme quiero que recuerdes algo, piensa en ello en las horas que te quedan por vivir: tu país está perdido. – (Pausanias, sin volver la mirada, monta en su caballo con un ligero salto, y atraviesa la llanura de Platea para volver con las tropas espartanas.)

El despropósito de la literatura romántica

Artículo número 105; publicado en El Faro de Ceuta.

El despropósito de la literatura

 romántica.

Hugo de Lara López.

Si el despreciado Ovidio o el bienaventurado Williams Shakespeare siguieran en pie posiblemente me darían la razón en muchas de las cosas que, a veces, escribo. Pero no lo están, ni ellos ni otros aplicados protectores de la depuración técnica imbuida en la explosión emocional tratada dulce pero comedidamente. No obstante, que ellos ya no estén y que yo mismo no posea un respaldo literario actual no es ningún problema, al menos no lo es para mí, ya que continuaré defendiendo, hasta que el sino decida, que la literatura efectista y simple no es más que el resultado ambicioso de almas partidas e inconsecuentes sin capacidad para crear una obra mejor o, como poco, aceptable. Cuente o no cuente con el apoyo de los principales índices literarios actuales salta a la vista que en nuestra época la literatura no aporta a la literatura, y eso nos costará muy caro en un futuro próximo.

Citaba a Ovidio y a Shakespeare puesto que para mí y para parte de la universalidad son los dos literatos que lograron con mayor maestría equilibrar la técnica y el desborde controlado de los sentimientos, en especial la sexualidad y el amor en Ovidio y este mismo amor, algo más edulcorado, en el Bardo de Avon. La literatura romántica con todo lo que ella abarca, desde simples poemillas hasta novelas de relativa profundidad sentimental, ha llegado a su máxima degradación en el siglo XXI con un estilo plenamente informal, sucio y estúpido. Este tipo de  composiciones se han convertido en auténticas caricaturas que evocan, en cuanto a la técnica, a la primitiva escritura de los excesivamente imberbes y, en cuanto a su construcción, a las ansias de los jóvenes itifálicos que pretenden flanquear las puertas del amor a través de simples rimas y excesivos tópicos vacíos de cualquier tipo de sentimentalismo real.

No es sencillo hilvanar dentro de este género literario una obra compleja y delicada pero tampoco es imposible, sí que lo es para aquellos que no han aprendido a sentir más que las emociones banales, comunes, insustanciales, engañosas que, con el tiempo, quedan en un nada, en un olvido y en un baño de arcilla, del que sólo quedan sus restos cuando acaba por secarse, para unos tres días y para otros tres meses pero para nadie tres años. Entre otras cosas por esto las obras románticas de este siglo han fracasado al caer el escritor en la debilidad de la falta de temple, siendo dominados por el frenesí de los sentimientos, por la agitación y el desborde sin control, sumados a la inevitable desconsideración de la ternura, de la belleza, del sentido del enamorado, de la modelación de la obra, dejando vía libre a todos los sentimientos y a las emociones que, algunas veces, acaban por traicionar al ser humano. Se recrean, además, temas típicos donde no faltan las fórmulas de las últimas décadas, siempre basadas en expresar lo superfluo, mediante adulaciones vulgares e idealizando los sentimientos, muy lejos de la expresión romántica elaborada y profundamente sentimental, en la que se descompone con delicadeza y mesura el amor, describiendo cada una de sus sensaciones y virtudes, convirtiendo lo malo en pequeñas perlas, y lo bueno en grandes rubíes; la literatura romántica actual lo diviniza todo, lo idealiza de tal forma que no parece ser real, se desprecia el amor y abunda el dudoso halago al prójimo, adorando todo por igual, cayendo en el error de no expresar sino de aglutinar palabras vacuas, insignificantes, pero resplandecientes para los ojos de los humanos. Estas a veces ligeras composiciones y pesadas otras tantas pretenden ser eternas promesas, pérfidos engaños para enloquecer a su receptor, para enajenarle y para desnudarle tanto mental como físicamente; cuando esta se comercializa nada cambia, pues busca esperanzar al que lo lee con historias predecibles y sin más sentido que el comercial, desvaneciéndose la idea del amor puro dibujado excelentemente por Zorrilla, que incluso redime la vida delincuente y libertina de su Don Juan, erradicando el amor eterno de los imberbes Romeo y Julieta grabados por el Bardo y mancillando el casto lecho de Calisto y Melibea.

En este sentido el retroceso que ha experimentado la literatura romántica en el último siglo ha sido realmente sorprendente siendo lo más impactante e incluso increíble que el sustrato de Quevedo o del propio Gustavo Adolfo Domínguez Bastida haya desaparecido totalmente en la literatura que hoy se puede contemplar, posiblemente debido al desconocimiento de las más importantes piezas románticas, lo que se debe a una clara incultura, sin duda creciente, cuyo techo es invisible. No obstante esta flaqueza no es, necesariamente, la clave del declive literario español, sí puede serlo esa incesante huida de la técnica literaria correcta, dándose una literatura fauvista, basada en hallar el efectismo mediante el choque inusual de situaciones inéditas o tremendamente repetidas, rehuyendo a la técnica. Con esto no quiero decir que el fauvismo fuera un movimiento pobre, puesto que estaría insultando a Henri Matisse y a Georges Rouault entre otros, pero bien es cierto que despreciaban la técnica, cuya pérdida salvaban con su amplia capacidad creativa. El problema es que España no tiene ningún genio con la capacidad creativa suficiente como para poder eludir la técnica y brillar en la desagradecida literatura actual, por lo cual, o nace un genio, o recuperamos la técnica para volver a dominar el ámbito literario, o podemos despedirnos, definitivamente, de la aparición de una buena literatura en la actualidad y, por lo tanto, olvidarnos de una literatura sobresaliente futura hasta que aparezca, si aparece, el primer gran literato español del siglo XXI.

El nuevo triunfo de la democracia

Artículo número 104; publicado en El Faro de Ceuta.  

El nuevo triunfo de la democracia.


Hugo de Lara López.

Me prometí a mí mismo no votar en mi vida y así lo hice saber en uno de mis artículos y, efectivamente, he votado.

Ojeaba el libro de Prehistoria dos días antes de los comicios sin más ambición en mí que dormir lo que más pudiera el domingo, empero, fue en ese momento, justo cuando leía la neolitización en Galicia entre desvaríos soporíferos, cuando me di cuenta de lo que realmente suponían las elecciones y lo que su libre elección habían supuesto: siglos y siglos de evolución, de lucha de la plebe, del proletariado, de las clases desprovistas del poder de los grandes, de los poderosos y de los opresores que se pensaron los amos de todos aquellos territorios que sus ojos pudieron escudriñar. No podía, como ciudadano de un estado democrático, echar por tierra moralmente un derecho que tanto ha costado lograr y que tantas lágrimas y sufrimientos ha provocado, exterminando, el poderoso y el tirano, a sus dueños, cuyas propiedades no abarcaban, ni siquiera, su propio pensamiento. Es por eso por lo que no podía quedarme de brazos cruzados o continuar en mi liturgia con Morfeo dejando que la apatía me invadiera de tal forma que no me hiciera ver más allá de mi nariz.

Al frente de estos comicios se ha situado un largo registro de partidos del cual sobresalían, como viene siendo común en los últimos años, dos partidos: uno que apuesta por el pueblo y por la paz, y otro que apuesta por una parte del pueblo y por las alianzas internacionales embadurnadas con una peligrosa esencia de política agresiva. Personalmente no tardé ni medio segundo en pensar que el PSOE era la opción acertada para esta nueva legislatura teniendo en frente un partido tan rancio y dañino para la salud de España como lo es el Partido Popular, un reducto de derecha pura, que no ha hecho más que sembrar el odio en estos últimos meses y alarmar desmedidamente la situación española. Ya anunció el Partido Popular con su desafortunada lista qué es lo que pretendía; se ostracitó a Gallardón por ser más moderado y se alentó a la pseudo-radicalidad con la llegada de Manuel Pizarro a las filas de los populares. Más tarde Mariano Rajoy en uno de los debates en los que se enfrentó a  José Luis Rodríguez Zapatero confirmó, ante buena parte de España, que pertenecía a una derecha más cercana a lo radical que al centro, al no negar la incursión española en la Guerra de Irak que tantas vidas ha costado. Todo parecía indicar que el Partido Popular no quería ningún tipo de moderación ni en la campaña ni en la posterior legislatura que, gracias a la democracia, no ha llegado. El Partido Socialista Obrero Español, por su parte, ha sabido mantener el tipo ante la inquina y las asechanzas de los populares y de sus seguidores, que cuando supieron que su partido no había vencido gritaron espontáneamente “¡a por ellos!” en tono plenamente ofensivo a la par que deleznable.

Cierto es que he criticado infinitamente al PSOE por su política de alianzas y por su manera de actuar varias veces, y lo seguiré haciendo una, dos, tres y las veces que sean necesarias, porque pienso que lo más importante en este mundo no es halagar gratuitamente, para eso ya están las brujas adivinadoras y los lacayos incompetentes, sino que, en mi opinión, no existe mejor halago y más efectivo que una buena crítica. Hay muchas cosas que han propugnado los socialistas y con las que, obviamente, no estoy de acuerdo como, por ejemplo, la implantación de la asignatura de Educación para la Ciudadanía, pero también es cierto que, por contra, apoyé al Partido Popular en cuanto a Economía y a Educación y no les he votado porque creo que es lógico comprender que un país no se puede sustentar sólo con esto.

La victoria del PSOE por lo tanto me es grata, no así como la respuesta que han dado los seguidores del PP ante la derrota, llegando incluso a insultar a los socialistas o, simplemente, a los que han votado al PSOE, atacando a la democracia e incluso atisbándose, de nuevo, la intolerancia de la derecha española actual cerca del radicalismo que caracteriza a la intolerancia en cuestiones democráticas. El problema de España es que la política se continúa tomando como si se tratara de un deporte, del propio fútbol, cuyos seguidores defienden por encima de todo lo que haga a su equipo y, desde luego, esa no es la forma más apropiada de tratar los temas políticos porque sólo nos hace daño a nosotros mismos y nos hace quedar en evidencia ante otros países tanto europeos como americanos donde la política adquiere una dimensión más seria y firme; las cuestiones políticas han de ser reflexionadas mediante la máxima imparcialidad posible. Hace poco más de una semana le pregunté a una joven yanqui, un año menor que yo, sobre las elecciones americanas y si le gustaría que venciera el candidato demócrata Barack Hussein Obama en Estados Unidos y su respuesta fue un tanto sorprendente a la vez que contundente: “Lo que quiero es que salga un presidente que retire las tropas de Irak, me da igual quien sea, porque Irak va camino de convertirse en nuestra nueva Vietnam”. Esto es, en parte, lo que reclamo, que nuestras decisiones sean consecuentes con el futuro y el desarrollo de nuestro país y no con nuestras radicalidades internas; el país está por encima de todos porque el país somos nosotros y es nuestro devenir, es nuestro mundo y nuestra vida, y si no buscamos su bien nos estaremos condenando, y todo por defender a capa y espada unos pensamientos que, en nuestro interior, rechazamos, pero que exteriormente los apoyamos por provenir del sector político con el que simpatizamos. De cualquier forma todos hemos de estar felices. Ha hablado el pueblo y se le ha escuchado; la democracia, pues, ha triunfado de nuevo.

La Batalla de Platea (III)

Artículo número 103; publicado en El Faro de Ceuta.  

La Batalla de Platea (III).


Hugo de Lara López.

(Los persas, como poseídos por el diablo, avanzan furiosos por la llanura hasta impactar con las primeras líneas de los espartanos; las primeras líneas, como les ocurrió a los griegos del ala izquierda, quedan gravemente dañadas y se rompen tras el choque de la carrera persa.) – ¡Ya son nuestros! ¡Continuad hasta el grueso! – ¡Fortaleced vuestras posiciones y romped los flancos enemigos, pretenden entrar por el centro hasta el grueso!– (Las tropas persas intentan llegar hasta el epicentro del ejército griego a través del pasillo creado por la ruptura de las primeras líneas griegas por los persas, sin embargo, los espartanos, a orden del General Pausanias, aprovechan los flancos, descuidados por Mardonio, para atacar a toda la caballería que intentaba atravesar las primeras líneas. Los caballos persas caen, y con ellos sus jinetes, noqueados tanto por la perspicacia de Pausanias como por la versatilidad de los soldados espartanos, cuya fe en la victoria sólo puede ser equiparada a la magnífica e inquebrantable fuerza que la tradición griega les otorga.) – ¡Frenad el avance! ¡Enfocad las ofensivas hacia los laterales! – ¡Mardonio, estamos perdidos! – (Mardonio agarra con fuerza, del cuello, al soldado persa que le habla.) – ¡Muévete de una vez y lucha! – (En cuanto Mardonio suelta al soldado, este, decidido, comienza a imponer orden en las primeras líneas y los persas se concentran en la lucha contra los griegos que formaban el letal pasillo.) – Precioso; ¡que el grueso avance! – (El pasillo que aún existía creado por los dos férreos flancos griegos fue utilizado por el grueso que, a orden de Pausanias, avanzó velozmente para sorprender a los persas.) – Es imposible, Mardonio, no se pueden reagrupar las unidades, hemos perdido. – ¿Cómo ha podido ocurrir esto? ¡Malditos griegos! Intentemos una última ofensiva.  – No podemos, estamos agotados y las posiciones han sido tomadas por los espartanos. – … De acuerdo, retrocedamos. ¡Persas, retirada! – (Las unidades persas comienzan a retroceder.) – ¿Se cree que les voy a dejar huir? Inocente persa. ¡Espartanos, rodead a los agotados persas y evitad su huida! Vosotros, las líneas más retrasadas, cargad vuestras lanzas. – (Los espartanos cargan sus lanzas horizontalmente apoyándolas en sus hombros. Los persas, por su parte, intentan huir aun  siendo atacados por las tropas espartanas más cercanas a ellos.) – ¡Lanzad! – (Cientos de lanzas cubrieron el cielo de los persas y cayeron, implacables, en algunas de las unidades de Mardonio. Los persas frenan su huida y, a orden de su general, vuelven a la lucha y atacan a los griegos a la desesperada, puesto que estos no les dejan huir y los ataques por la retaguardia están siendo letales.) – ¡General Pausanias, el general persa y sus tropas han vuelto a la lucha! – Estos persas me están empezando a cansar; ¡dejadme al general! ¡Mantened las líneas y el ataque sobre las tropas persas! Volveré en unos segundos. – (Pausanias avista a Mardonio que, aunque había vuelto a la lucha, estaba alejado de las últimas líneas persas, y únicamente atacaba cuando pasaba fugazmente con su caballo, temiendo ser herido. El espartano monta en su caballo y se dirige hacia Mardonio. Este le observa y se aleja aún más para evitar la batalla con el griego. Mas Pausanias, en su persecución a Mardonio, acorrala al persa en un acantilado cercano. El general espartano baja de un salto de su caballo y se ajusta su pesado peto. Mardonio, que no podía ir más lejos, hace lo propio, a sabiendas de que descender de su caballo iba a suponer el último y  decisivo duelo en las tierras de Platea.) – Amalgamas la fortuna celestial y el frenesí en las ofensivas de tus soldados, y, sorprendentemente, acentúas la beodez de mis hermanos persas sólo con tu presencia; ¿con quién has pactado, griego, para alcanzar un poder y un control tan espectacular tanto sobre tus tropas como sobre las mías? ¿Acaso, griego, te has debido a las malas artes de tus dioses para que te cedieran esta victoria sobre nosotros? ¿O acaso has urdido oscuros planes con las viejas brujas de las plazas griegas? – Cállate persa, tu palabrería me aburre y me agota, no pudieras matarme con tus tropas mas sí con tus pesadas y hueras palabras; no tardemos más y arrodíllate ante mí para que pueda derribarte y comience la longuísima e inevitable agonía, antes de que la muerte acuda a recoger tu decrépito cadáver desfallecido , que mi acero tiene preparado para ti. Desiste en tu huida, pues no tardaría en volver a alcanzarte, ahora sin necesidad de un caballo. – (El rostro de Mardonio, con un aspecto bastante deteriorado, revelaba la inexorable vejez del general persa, que respiraba profundamente. No parece que Mardonio pueda aguantar ni una sola acometida del espartano, y su fin parece acercarse con cada paso al frente que da Pausanias.)

El oro de Bardem

Artículo número 102; publicado en El Faro de Ceuta.  

El oro de Bardem.


Hugo de Lara López.

 

“And the Oscar goes to… ¡Javier Bardem!” Resonó en el Kodak Theatre de Los Ángeles en la madrugada española del día 25 de febrero, aproximadamente a las tres y cuarto. Con este merecido galardón Javier Bardem marca un hito en la historia cinematográfica española, además de sellar, para la eternidad, un magnífico pase a la concurrida y deslumbrante historia de las estrellas de Hollywood.

La reacción en España fue la de esperar, por un lado una buena parte de los diarios españoles que le habían dado la espalda al actor canario por su más que justificado carácter le dedicaron algunas felicitaciones y halagos tibios mientras otros dejaban entrever la injusticia de su elección y el resto se ha encargado de poner entredicho, siempre con una alevosía suave y pérfida, la calidad de los premios con más calado en el mundo. Sin embargo, desde el primer momento en el que conocí que Javier Bardem había sido nominado a los premios de la Academia estimé que esto sería así, pues nadie es profeta en su tierra, y mucho menos un español puede ser respetado y alabado en su país natal, España, puesto que la envidia en esta nación roza la ridiculez menos pulcra existente.

A pesar de lo que algunos medios cuentan, realmente Bardem no lo tuvo fácil. Su papel en “No es país para viejos”, a pesar de que cosechara triunfos en cada lugar al que se dirigía, estuvo en serias dificultades cuando tuvo que encararse con las actuaciones de los demás nominados, algunos versados en interpretaciones espectaculares. No obstante, esto no ha valido para muchos, que han intentado ensuciar el triunfo del español argumentando la fácil situación en la que se encontraba el actor. En contra de lo que se pueda contar o decir con mala intención hacia Javier Bardem existe la posibilidad de observar que los premios otorgados por la Academia estuvieron más reñidos de lo que se puede pensar a priori, y esto se ha podido observar precisamente este año, en el cual la lucha por el Oscar al Mejor Actor Principal ha sido encarnizada. Se las deseaba felices el señor Clooney, que tuvo que volver a su casa sin estatuilla y desilusionado, mientras que Johnny Deep, extravagante para variar, cruzaba los dedos para que el premio no fuera para su colega de nominación. El sino obedeció a Deep y el premio no fue para George Clooney, pero tampoco para él, sino que Daniel Day Lewis, desde la sombra, se despojó del manto que le cubría y logró el Oscar a Mejor Actor Principal, ante la falsa sonrisa de Clooney y el tétrico rictus de Deep. Por ende, la sucia pretensión que tiene parte de la prensa que quiere infravalorar el premio recibido por Bardem alegando la “facilidad” con la que lo logró queda totalmente en evidencia. No sólo fue una victoria de Bardem, sino que también lo fue de los directores de su película, Ethan y Joel Coen, que vieron cómo caían en su poder diversos Oscars como el dedicado a la “Mejor Dirección”, al “Mejor Guion Adaptado” y, con la inestimable colaboración del español Javier Bardem, el Oscar a la “Mejor Película”. La excelente actuación del actor canario no solo le ha valido para ganar un Oscar sino que ha servido, inevitablemente, para ayudar a los hermanos Coen a elaborar y a llevar a cabo un trabajo que ha terminado por convencer a la Academia y a una gran parte del mundo.

Bardem ha llevado a nuestro país a lo más alto, aunque sólo haya sido por una noche,  pero esa noche, con el tiempo, se traducirá por años y años en los que el recuerdo del español quedará grabado en la mente de los cineastas mundiales más brillantes y clavado en las pupilas más exigentes del planeta. Una noche excitante en la que Bardem no faltó el respeto a su país, y al que dedicó unas palabras, en su propio idioma, para que después, España, le pagara, aun más exacerbadamente de lo que venía siendo común, con una moneda que no merecería ni el más traidor de los traidores.

Gracias Bardem.

La Batalla de Platea (II)

Artículo número 101; publicado en El Faro de Ceuta. 

La Batalla de Platea (II).


Hugo de Lara López.

- Espartanos, hoy es el día; los persas han acabado con nuestras vías de abastecimiento y no nos queda más que enfrentarnos, al fin, con Mardonio y sus tropas. En estas llanuras hemos de impedir que el secuaz persa pueda continuar respirando si realmente queremos consolidar nuestra victoria sobre los aqueménidas. Por ello, a todas vuestras fuerzas invoco para poder romper las líneas del ejército persa y lograr llegar hasta el corazón de sus órdenes y de sus fuerzas, que no es más que su líder, el infiel Mardonio. Por esto y por nuestra nación, espartanos, ¡acabemos con los persas! – (Los soldados espartanos, situados en el ala derecha de la formación del ejército griego, gritan ferozmente y agitan sus armas violentamente.) – Atenienses, aliados de otros lugares, escuchadme, escuchad a vuestro país; es, en esta llanura, entre la ciudad de Platea y el río de Asopo donde todo quedará dicho, así pues, levantemos nuestras armas, dirijámonos diligentes hacia el enemigo y persistamos en la lucha hasta que, con ayuda de Atenea, alcancemos la victoria sin piedad alguna, aplastando sus cabezas y despojando de sus cuerpos la insignificante vida que un persa merece vivir. ¡Venguemos la terrible acción de Jerjes! ¡Mostremos al mundo lo que los griegos, unidos, pueden llegar a realizar! ¡Venzamos! – (Los soldados vociferan eufóricos.) – No quiero excusas; no me sirve la derrota y menos la victoria si no es rotunda. Llevamos días aquí, hemos cortado sus vías de abastecimiento y están a nuestra merced. Quiero la victoria, y si no me la entregáis, vuestras vidas se pudrirán en la eterna desdicha que será la muerte, cuando Ahrimán corone sobre vosotros las espinadas coronas que merecen los peores seres del mundo. ¡A POR LA VICTORIA! – (Los soldados, callados, hacen tambalear el suelo con el choque continuo de sus armas.) – El ala derecha que se dirija al flanco griego débil, el resto del ejército y yo nos encargaremos del grueso espartano. ¡A por ellos! – (Rápidamente los primeros persas se dirigen a por los atenienses sedientos de sangre y de victoria.) – Señor, ahí vienen los persas. – Especificación. – Difícilmente distinguible, se habla de una cantidad sustancial de caballería persa. – ¿Caballería? Sorprendente… Griegos, abrid las líneas y preparad la dispersión. – (Los persas se acercan furiosos.) – Desplegaos más aún; a mi señal dispersión. – (Los persas están cerca de los atenienses.) – ¡YA! – (Los atenienses se dispersan y la caballería persa, debido a la velocidad de sus caballos y a la inesperada táctica de Arístides, entra en el grueso ateniense y queda rodeada de soldados griegos. Al instante los griegos comienzan a golpear a las tropas persas.)  – ¡AHORA CERRAD LAS LÍNEAS! – (Los griegos comienzan a cerrarse y la caballería queda totalmente oprimida por los soldados de Arístides, que continúan atacando a los persas.) – Señor, una nueva oleada se acerca. – (A menos de doscientos metros se encuentra, volando, el resto de la caballería persa.) – Posicionamiento de las primeras líneas, armas en posición. – (Las tropas persas chocan contra la primera línea, que se desplaza unos metros y queda rota.) – Señor, los persas están entrando en la formación, no podemos mover ninguna línea porque la caballería que hemos atrapado en el interior estorba; ¿qué ordena? – Maldición… – Hoy es el día, persas, mirad a aquellos espartanos; observad el temor que sus ojos, en sus nerviosos movimientos, desprenden torpemente. ¡Hoy enterraremos a todas las tropas griegas junto a la cabeza de su general! ¡VAMOS! – (El grueso del ejército persa y su caballería, que abarcaba la zona central e izquierda de la formación, se dirigen, velozmente, hacia los espartanos.) – General, se acercan. – Por fin empieza esto, me empezaba a aburrir. Posiciones, YA. – (El ejército espartano se posiciona en varias líneas alargadas.) – ¿Eso es lo máximo que podéis alargar las líneas? ¡Quiero las primeras líneas tan grandes como cada brazo de Zeus! – (El ejército espartano remonta las posiciones más retrasadas y consigue consolidar líneas delanteras más largas.) – Esto será suficiente. – General, ahí están, se dirigen hacia nosotros a una gran velocidad. – Perfecto; armas preparadas.

La pequeña oda a la nada

Artículo número 100; publicado en El Faro de Ceuta.  

La pequeña oda a la nada.


Hugo de Lara López.


Nadie te conoce, mas todos te nombran;
quizá por lo que él dijo, quizá por lo que ella calló,
¿o quizá por lo que nadie creyó?
Mas es así, amiga impávida, como existes.

Unos dicen que de oro estás hecha,
otros hablan de ti como una infame maltrecha,
mas te adoran, al menos dos veces en su vida,
o dos veces cada segundo,
demasiado en este mundo.

El resto en los silencios te piensa,
cuando nadie puede ver,
cuando nadie puede respirar,
cuando nadie puede sentir,
cuando nadie puede llorar:
a cada instante.

Todo lo escuchas, todo lo observas,
mas nadie te ve, y por ellos les enervas.

Tú, amiga, todo lo habitas,
pues te hallas tanto en la tormenta
como en la más calmada nada
como si de ti no fuera propiedad
estar dulcemente apostada.

Cuánto hubieran perdido
aquellos que, por desgracia,
no te hubieran conocido;
o cuánto hubieran ganado
aquellos que, por fortuna,
contigo hubieran tratado.

Cualquier conversación abordas,
y de ella huyes despavorida
cuando te lo permite tu condición de favorita,
o de eterna desdichada;
sabes, Nada, que estás condenada a la nada,
mas nadie te lo ha revelado,
y por ello a todos, alguna vez, has increpado
con tu sosegada presencia
y tan pesada insistencia
de la nada más violenta,
atormentando a lo más excitados
y matando a los más sosegados,
mas buena compañera pareces,
pues acompañas a los que te apetece
siempre cuando estos perecen,
insaciable, pues, eres,
y tanto en joven como en viejo
tomas parte del sacrilegio
ahondando en sus muertos corazones
cual fiel panda de roedores
hambrientos y, a su vez, ahítos,
pues no eres más que un mito, un nada,
y por eso, amiga, eres agraciada.

La Batalla de Platea (I)

Artículo número 99; publicado en El Faro de Ceuta.  

La Batalla de Platea (I).


Hugo de Lara López.

-Confío en ti, Masistio, para que machaques a los malditos griegos de una condenada vez; no podemos dejar que tomen estas posiciones y que terminen por vencernos. –No seré yo, señor, quien le niegue tal acción, mas me temo que la posición griega no es idónea para que enviemos a nuestra caballería, así como que confían más en ellos mismos que lo que nosotros confiamos en nosotros, atacarlos ahora no sería más que una debacle y un duro golpe  para nuestras tropas. –Masistio no recuerdo haber cuestionado ante ti mi estrategia: ve ahora y espero que si vuelves lo hagas con la cabeza del mal nacido espartano que dirige sus tropas. –Así lo haremos, señor. – (Masistio sale de la cabaña donde estaba reunido con Mardonio y se dirige a sus tropas) –Bien, escuchadme, formaremos en menos de lo que tarda un griego en cometer una de sus tantas herejías. Atacaremos a los griegos lo antes posible.  – Mas, jefe, ¿dónde están? – En las montañas. – ¿Y hasta allí llevaremos nuestra caballería? – (Un murmullo recorre el tumulto) – Silencio, así ha sido ordenado por Mardonio, que otrora machacó a los griegos y dominó tanto a los estúpidos tracios como a los demoniacos macedonios; estos griegos a los que debemos enfrentarnos, comparado con aquellos, sólo son un grupo de inútiles que no podrán con nuestra inquebrantable fe y con el sacro apoyo del Ahura-Mazda; así pues, como nos comanda nuestro general, lucharemos con valentía y ansias de victoria. Esto es la guerra, los enemigos son los odiosos griegos y, aunque nuestra victoria pueda correr peligro y fallemos en nuestra misión, no quedará en nosotros otra intención que no sea la de perforar sus pechos y arrancar sus sucios corazones, y demostrar que los Aqueménidas han sido, son y serán superiores en comparación a la maldita casta micénica. Así pues, hermanos persas, ¡en camino hacia la montaña profanada por la presencia griega! ¡POR LOS AQUEMÉNIDAS! – ¡POR ELLOS! – (Eufórico pero a la vez agotado, el ejército persa organiza su caballería y se pone en marcha hacia las montañas donde se encuentran los griegos) – Espartano, ya están aquí. – ¿Traen la caballería, Ateniense? – Sí; ya he mandado a formar a las tropas. – De acuerdo, quiero cordura, nuestros ejércitos no están compenetrados, así pues dividiremos la acción en dos; tú, Arístides, ocúpate de la integridad de los tuyos, y yo haré lo propio mas manteniendo el radio de acción con los tuyos. Este es el fin de los Aqueménidas. – Vamos fuera, Pausanias, nos esperan. – (Las tropas forman y los arqueros que Arístides había traído consigo se colocan en distintas posiciones; a lo lejos, la caballería persa revoluciona el suelo y el polvo de la tierra flota levemente por el airado aire del momento) – A mi voz dispararéis las primeras flechas. – (La caballería persa se acerca a la montaña y comienza a ascenderla) – ¡AHORA! – De acuerdo, ¡lanzas abajo! A la señal carrera y apertura de los flancos; los ilotas que rompan las filas de la caballería enemiga en mitad de la confusión. – (La caballería continua con frenesí hacia su objetivo) – ¡A LA CARRERA! – ¡CARGAD LOS ARCOS! – (Los hoplitas se dirigen hacia la caballería persa abriendo sus flancos para evitar que la caballería pueda rodearlos; los persas chocan contra las líneas griegas y caen de sus caballos con graves heridas en sus cuerpos. Aun así, desde atrás, llegan más persas en sus caballos, no obstante, la subida es difícil y tortuosa y los caballos no son tan efectivos teniendo delante de sí a las tropas que luchan contra la primera línea hoplita, así pues pierden bastante tiempo intentando buscar manera alguna para poder atacar) – ¡AHORA! – (Cientos de flechas cruzan implacables la pendiente de la montaña para atravesar los cuerpos de los persas de las líneas traseras, que no pueden continuar por la desesperante caída de los caballeros persas de las primeras líneas) – Espartano, el líder de la expedición. – Déjamelo a mí, ateniense, siempre será mejor un espartano en la lucha que un ateniense; tú mantén la agresividad y adelanta las líneas. – Si no fuera porque estamos en medio de una batalla luchando juntos por una misma causa contra los infernales persas ahora mismo no podrías respirar, Pausanias. – ¿No me digas? – (Pausanias rodea las líneas hoplitas y se dirige hacia el líder de los persas, Masistio, que desde detrás de sus tropas mueve las líneas con magna voz). – ¡Están abriendo los flancos, abrid los vuestros para poder contrarrestar la oclusión de los griegos! – ¡Esto es imposible Masistio, no tenemos huecos y los caballos y los cadáveres de los nuestros nos entorpecen el camino! – Hazlo como puedas, pero hazlo. – (Pausanias se deshace de uno y otro persa en su incesante avanzar hasta Masistio) – ¡CARGAD LOS ARCOS! Fijad la línea más trasera de los persas, evitad los tiros cercanos para no herir a los nuestros. – (Pausanias levanta con un rápido golpe su lanza y la arma) – ¡AHORA! – (Una de las flechas lanzadas por los arqueros de Arístides impactó en el cuello del persa Masistio, derribándolo, dejando a Pausanias con la lanza en posición hostil, con su objetivo más que perdido. Este mira a Arístides, otrora llamado “El Justo”, y este le sonrió con cierta alevosía. Pausania carga en cólera y comienza a derribar al resto de la caballería persa atravesando con su lanza a todo aquel que interrumpía el paso de su flamante caballo. Caídos todos los persas, los griegos, exultantes y pletóricos, gritan juntos y elevan sus armas, pues habían vencido a los persas en una importante batalla, mas el general persa, Mardonio, continuaba vivo.)