Archivos para Abril, 2008
Publicado por hugodelara en Abril 30, 2008
Artículo número 111; publicado en El Faro de Ceuta.
Protestas y juventud, inocentes aliadas.
Hugo de Lara López.
Siempre he sentido una cierta predilección por la “schola montana”, por su forma de hacer las cosas, por sus alumnos y por su innegable historia, aunque muchos, aun habiéndoselo explicado, no han entendido o no han querido entender el porqué. Sólo el instituto dirigido por mi compañero de página y día me transmite la misma sensación de seguridad, de sosiego y, sobre todo, de orden.
Desde luego, la capacidad de respuesta que han ofrecido tanto los alumnos como la directora ante la carta al director que se publicó hace unos días es digna de elogio, pues no todos los centros de Ceuta saben responder de la misma forma, con la misma educación y con el mismo esmero y cuidado; esto último lo sabe cualquiera de los lectores de la diatriba que hace año y poco me dedicó el “português sujo”, como hubiera dicho exaltado Camões si hubiera leído lo que se suscribió con su propio nombre. Por esto mismo, de la misma forma que hay que castigar las acciones negligentes hay que saber premiar las conductas diligentes, y más aún regalar un aplauso a los propios estudiantes de la “schola montana”, que han demostrado saber responder a las expectativas con madurez e integridad.
No obstante, como Vicente Álvarez dejó entrever hace unos días en una de sus tantas y fantásticamente satíricas tiras, se podría llegar a pensar que la respuesta que han tenido los alumnos no fuera totalmente organizada por ellos sino que estuviera condicionada e impulsada por el cuerpo docente del instituto, de ahí la insistencia en sobreproteger al profesorado aún no teniendo lugar su presencia en las reclamaciones, de índole más administrativas que docentes, llevadas a cabo por los jóvenes de la “schola”. Aún así, no dejaría de ser brillante la actuación, espontánea o no, de los alumnos, sin embargo, sí que sería un engaño que no se informara a toda la ciudad sobre quiénes eran los verdaderos maestres de la protesta de la misma forma que se han dado a conocer las aclaraciones, las denuncias y las futuras actuaciones. En cualquiera de los casos, lo que acaban de leer es más un esfuerzo de objetividad que de convicción propia.
El problema de la seguridad en los alrededores de los institutos, sobre todo en horas de amplia confluencia, que ha sido el detonante del descontento de una madre y la posterior contestación de la directora, que fue secundada por los representantes de los alumnos, es sencillo pero a su vez complicado. No es difícil convencer a los órganos competentes de que se mejore la seguridad, lo realmente complicado es que el agente que sea destinado al lugar haga su trabajo y esté atento a los acontecimientos durante las seis horas lectivas de los alumnos. Por experiencia propia sé que, a pesar de que existen diversos guardias en gran parte de los distintos centros de la ciudad, cuando estalla una trifulca la mayoría de las veces el señor al que le corresponde estar en el lugar no está y, por lo tanto y obviamente, no puede hacer su trabajo, sucediéndose una serie de reacciones posteriores que no se hubieran dado si la persona cualificada llega a reaccionar en el momento y en el lugar preciso. Dudo que esto sea una petición desmesurada ni fuera de lugar, pues lo menos que se puede pedir para evitar situaciones peliagudas es que cada uno haga lo más correctamente posible el trabajo por el que percibe, a fin de mes, la soldada, que engrosa sin desidia sus peculios.
No puedo evitar, por otro lado, mostrar mi asombro por el alarmismo que se ha generado a raíz de una disputa, el cual me parece desproporcionado. Hubiera sido mucho más comprensible si se hubiera hablado del problema en busca de una solución y no como un acto delictivo que coarta la libertad del prójimo y que pone en peligro a todos los estudiantes. ¿Quién no se ha peleado con un compañero de instituto, ya sea con palabras o con algo más, alguna vez en su vida? Cuanta más mesura consigan concentrar las personas de nuestra sociedad mejor podrán pensar y actuar, y con esto, abrir las puertas a la cordura y a la medición, más o menos exacta, de la gravedad de los problemas. Por esto mismo considero que la importancia que se le da a sucesos meramente polémicos es excesiva y a su vez ridícula, no por el hecho de estar descontento con una situación o con un acontecimiento sino por llevar al extremo simplezas tan triviales que mueven a la risa. Y ya saben, lectores, que aunque no estoy en contra de que el hombre y la mujer colaboren asiduamente en y con la sociedad, sí que estoy en desacuerdo con las posteriores quejas cuando estos mismos ven que nuestros principios sociales están deteriorados por estar experimentando una rauda evolución cuyo desenlace únicamente nos lo comentará, si tiene ocasión, el tiempo.
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Publicado por hugodelara en Abril 22, 2008
Artículo número 110; publicado en El Faro de Ceuta.
Las vergüenzas de España: otra más.
Hugo de Lara López.
Me avergüenzo de España cuando observo espectáculos tan bochornosos como los protagonizado, los últimos días, por un sector totalmente radical que en lugar de palabras escupe alaridos envilecidos hacia las mujeres y sus derechos.
Y digo bien, me avergüenzo, y mucho, porque no concibo que en este siglo que comenzamos aún se conserven una serie de prejuicios hacia la persona que va a ocupar un cargo de importancia por su sexo, discriminándola y atacando su integridad con continuados insultos personales muy lejos de las críticas acerca del buen o mal cumplimiento de su labor. Contemplando las aberraciones que se han cometido con las ministras de nuestro gobierno central, y que ha sido un ataque total a cualquier mujer española, empiezo a comprender que hay cosas que en España no van a cambiar, como por ejemplo lo es el machismo, uno de los tantos residuos que la derecha ultra-radical ha arrastrado, desgraciadamente, a nuestro tiempo. Esta añeja y horripilante España deshumanizada, que denigra y que comete abusos atroces sin pensar realmente lo que dice o escribe, simplemente haciendo alarde de su machismo al saberse impune ante cualquier tipo de sanción de una justicia que transcurre desafortunada con dificultad y confusión.
Sería sencillo seguir el juego a los maleducados, y en gran parte desagradecidos, que mancillan el honor de las mujeres e insultarlos igualmente, sin embargo, y aunque no sean de mi agrado los refranes, apoyo el célebre refrán que reza “en la mesa y en el juego se conoce al caballero”, y desde luego las pretensiones de deflagrar el panorama nacional para que brote la discordia en la propia sociedad partiendo de la polémica no va a contar, al menos, ni con mi ayuda ni con mi firma ni con mis malos modales.
Sin querer politizar la cuestión bien es cierto que estas críticas tan aceradas e infundadas por su escaso contenido en opinión meramente laboral proviene de un sector radical perteneciente a la derecha, y esto es algo difícilmente debatible, ni Cicerón podría aducir que no proceden de este grupo aquellas “personas” que atacan a uno de los más prístinos tesoros que posee, con total rotundidad, el mundo y, en especial, la humanidad. Es tal un ataque tan repugnante e inhumano que, posiblemente, ni siquiera los Neandertales trataran tan mal a sus mujeres como lo hacen los Sapiens ‘Non Sapiens’ del siglo XXI; es un ataque exacerbado, desmesurado y visceral, basado en la impotencia de aquellos que se creen superiores y que quieren imponerse a pesar de lo que diga, piense o desee la mayoría que, por fortuna, defiende la integridad de los derechos para todo ser humano del mundo, ya sean estos de Gainsville (Florida), de San Francisco (California), de Manchester (Ing.), de Novosibirsk (Rus.), del Tíbet o de cualquier lugar, por muy recóndito o por muy conocido que este sea.
La mujer ha tenido que recorrer un camino increíblemente arduo y escabroso, pues ha tenido que remontar el poder del hombre, que se ha creído amo único del mundo durante siglos, además, para recibir sus mismos honores y poder tener presencia en estos puestos dominados por ellos ha tenido que combatir el triple. No entiendo cómo se puede poner en duda a seres mucho más luchadores, en obvio sentido figurado, que los hombres, cuando sus puestos no son de sencillo acceso ni mucho menos regalados como a lo largo de la historia sí ha ocurrido con los hombres, no una ni dos ni tres sino millones de veces; ¿ahora vamos a quejarnos de que la mujer esté tomando la mayoría de los ministerios antes incluso de que comiencen a hacer su trabajo? ¿A qué estamos jugando? ¿A probar quién es capaz de hacer el mayor ridículo? ¿O quizá a intentar imponer “la casta” y a retomar la fuerza dictatorial y condenatoria hacia aquellas personas que son apartadas por un sector marginal y decrépito? Esto que está ocurriendo en España es esperpéntico pues es algo que debería pertenecer al pasado, a las oscuras costumbres de una sociedad pobre tanto en lo material como en lo mental, y es, asimismo, enormemente vergonzoso y deshonroso para nuestra imagen en el resto del mundo e incluso nociva para nosotros mismos ya que en la juventud puede suscitarse una idea equivocada de lo que realmente piensa y quiere España, dando pie a que este pensamiento desbordantemente bochornoso pueda tener continuidad en todos estos jóvenes que crecen en nuestro tiempo. Por ello mismo la mayoría de la sociedad española debe responder a esta asechanza, pero no con inquina ni con crispación sino con palabras justas, templadas y comedidas, que aparten a este sector pérfido trasnochado que por bien de la igualdad nunca tuvo que existir, y como desafortunadamente lo ha hecho, se debería recordar como un vetusto y triste sueño.
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Publicado por hugodelara en Abril 19, 2008
Publicado en El Faro de Ceuta dos veces: una vez en el especial de Navidad
(2.007) y posteriormente de nuevo en mi sección (enero 2.008).
A ti, Horacio.
Hugo de Lara López.
Condecorado, él, por dictadores
clamó al cielo ancestral con sus dones,
siervo del tirano y de sus leones,
ensalzándole con miles de honores;
nacido humilde en fértiles redores,
do nunca pensó de sí admiraciones
por cultivar divinas reflexiones
ajeno a la ciudad y sus horrores.
Mas llegado fue el nefasto día
cuando tú fuiste enriquecido hipócrita
entonaste tu vil egolatría:
pues pulcro grabaste “aurea mediocritas”,
mientras el lino tu cuerpo cubría
y su áurea talla clamaba: “hipócrita”.
¡Cuán simple fue clamar mediocridad
de entre hojas de marfil y riquezas
de mano de la fortuna y tu alteza
que redimió toda tu saciedad!
En tanto que tu pueblo, sin verdad,
hubo de aguantar siglos de vilezas
martilleados por tus realezas
en pos de tu infame mediocridad.
Como mal hijo tu aldea abandonaste
para servir a los grandes tiranos
y tu arte con ello asesinaste,
rebanando tus inocentes manos
a las cuales, por ellos, traicionaste
para la eternidad de los humanos.
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Publicado por hugodelara en Abril 16, 2008
Artículo número 109; publicado en El Faro de Ceuta.
Apatía e indolencia, “menudas” armas.
Hugo de Lara López.
El ser humano ha demostrado que puede cumplir, a una velocidad extraordinaria, cualquier objetivo que se proponga. No en vano en menos de cuatro mil años ha pasado de estar conociendo los primeros grandes metales a transitar por una enorme red mundial que le permite saber qué ocurre en la otra punta del mundo en tan sólo segundos. Por esto mismo, no me creo que el ser humano no esté en disposición de hacer o deshacer lo que el ánimo le imponga y le exija. La cuestión es que, en el mundo actual, el ánimo se confunde con la gula y las exigencias quedan trastornadas por la antipática apatía.
Increíblemente, y al borde de lo absurdo, el ser humano de hoy tiene menos capacidad de resolución e implicación en los problemas que van surgiendo en la sociedad incluso teniendo más medios y respaldos tras sí que hace cincuenta, cien, trescientos, quinientos, ochocientos o un millón de años, no obstante, el ser humano ha demostrado, y demuestra, que cuanto más tiene menos hace por evolucionar el trato con el entorno, quizá una medida triste, pero también, en cierta medida, lógica y comprensible dentro del prisma del egoísmo.
En particular la sociedad española, dejando al margen las reivindicaciones de la fabulosa sociedad estadounidense, con todo el amplio marco cultural que la compone, está mostrando su cara más áspera, exasperante y fútil, pues es incapaz de resolver los problemas en los que se ve envuelta, puesto que su nivel de implicación es inexistente, o al menos mínimo, lo cual hace un daño grave a la estructura social actual. Realmente no existe un bloque sólido dentro de la sociedad que decida hacer frente a un problema social, pues cuando este se comporta mínimamente peligroso o fuera de lo común sólo una persona de entre miles continúa haciendo frente al obstáculo para, posteriormente, fracasar. Un acento cobarde que choca con la furia española de 1.808, pero que coincide con el incesante fantasma que nos acompaña en nuestra eterna fama mundial de fiesteros y poco más, que al fin y al cabo es como se nos recordará hasta que el mundo se canse de seguir aguantando nuestras incesantes infecciones, y aún así habrá algún que otro español al que esto le parezca bien, ¿acaso lo dudan?
La principal arma de la sociedad actual para hacer frente a los problemas es, de cierta forma, evitarlos sin dejar evidencia de ello. Es decir, conseguir que el problema se diluya de los ojos del resto de la sociedad pero no del camino, pues este no desaparece, únicamente queda atrás, un simple obstáculo inservible, un mero residuo sin importancia, sin la suficiente fuerza como para dar verdaderos quebraderos de cabeza; sin embargo, en ese momento se olvida que, de por sí, un problema no es una traba lo suficientemente sólida como para hacer mella en el panorama social de un país, el verdadero conflicto surge cuando deja de ser un problema y los amontonados se cuentan por miles. Es entonces cuando todos vuelven la vista hacia atrás y descubren que los problemas no habían desaparecidos sino que, simplemente, se habían apartado. Nuestra sociedad es sabia en esta manera de operar, summa cum laude, pues lo único que sabe hacer con mediana solvencia es recoger firmas para arreglar o desarreglar lo que a ellos se les oponga. Para todo, para lo que sea, se lanzan a la calle dos o tres personas a recoger firmas y, algunas veces, a duplicar otras tantas con la convicción de que todas esas firmas, que no representan ni a un 30% de la población del lugar la mayoría de las veces, puedan solventar problemas de una magnitud considerable.
No me imagino, por más que lo intento, a los cartagineses recogiendo firmas para no ser arrasados por los romanos. Tampoco me imagino a la plebe romana haciendo lo propio para reclamar la integridad de sus derechos. Y menos aún a Darío III Codomano para que Alejandro Magno no le hiciera frente. Esto es, lectores, una manera de ayudar a la sociedad sin ayudarla, pero dando de qué hablar. Porque, seamos sinceros, ¿alguien piensa que con cien firmitas o incluso mil se podría tomar en serio reclamaciones que no representan ni a una cuarta parte de la población total? Aún estas firmas no han conseguido resolver ningún problema verdaderamente importante, sólo la presión mediática posterior ha logrado que la alta cúpula responda y atienda, a medias, lo que reclaman los medios, que no son más que transmisores, casi siempre, de las preocupaciones e inquietudes del pueblo. La recogida de firmas únicamente queda inmortalizada por su futilidad, no siendo más que una manera de no hacer frente a la realidad ya que, desgraciadamente, la sociedad española se niega a actuar de cualquier manera que implique su tiempo y su esfuerzo en una tarea ardua pero totalmente necesaria para el país y, por lo tanto, para mejorar el futuro de los suyos.
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Publicado por hugodelara en Abril 9, 2008
Artículo número 108; publicado en El Faro de Ceuta.
La última disputa.
Hugo de Lara López.
- A Oriente. - ¿Qué diablos dices, Craso, acaso te has vuelto loco? ¿Vas a abandonar ahora Roma? ¿Precisamente ahora? - ¿Qué ocurre ahora para no poder irme a Oriente? - ¿Qué ocurre me dices? ¿Qué crees que ocurre? ¿Crees que voy a poder controlar Roma por mí mismo sabiendo que César está en las Galias logrando extraordinarios éxitos? ¿Cuánto piensas que va a tardar en volver a Roma y hacerse con el poder absoluto? Ahora, por insolencia, deseas partir de Roma y abandonarme aquí, junto a los équites. – (Craso, despreocupado, se apoya en una de las columnas del pórtico del edificio en el que se encuentran.) – Volveré, Pompeyo, sólo voy a ocuparme de los partos. – Definitivamente estás loco; ¿por qué has de ir hasta Oriente para hacer frente a los partos en este preciso momento? ¿No ves que nuestro poder en Roma peligra? – No tardaré demasiado, humillaré a los partos y volveré sin que apenas tengas que acusar mi ausencia, no porque no me necesites sino porque mi regreso será fugaz. – Todo esto me parece bien, mas, dime Marco, ¿qué ocurrirá con tu fortuna y tus bienes, que nos dan el soporte necesario para hacer lo que consideramos correcto, si caes en Oriente? – Ya veo, era eso lo que te preocupaba, ¿no, Pompeyo? - ¿A estas alturas te vas a ofender porque intente velar por el futuro de tu fortuna? ¿Acaso debería ofenderme yo también por serviros de estandarte militar?– No me ofendo, Pompeyo, bien sabes que no lo hago; si sólo querías tener un buen seguro de que mi fortuna será para ti si muero en Oriente sólo tenías que pedírmelo. - ¡Oh, Craso! Tus altísimas cualidades como cónsul me importan mucho más que un puñado de monedas, bien lo sabes. – (Craso, aún apoyado, esboza una pequeña sonrisa.) – Mas… aún así, mi fortuna será para el estado de Roma, no para ti. – (El rostro de Pompeyo cambia radicalmente al escuchar las palabras de Craso.) - ¿¡Qué dices ahora, Marco!? – Lo que escuchas. ¿Acaso no somos, oh Pompeyo, simples guías del pueblo romano? - Hoy, Marco, somos sus dioses, en nosotros reside su esperanza, su futuro; ¡si caes necesitaría el dinero para continuar la obra que iniciamos años atrás! - ¿Qué obra? - ¿No la recuerdas ya? – Recuerdo que César no está aquí y que me importa bien poco que esté o no esté en peligro tu control sobre Roma; has de entender, Pompeyo, que somos tres, tres somos los cónsules de Roma aunque Julio sea considerado un procónsul de otras provincias. No estaríamos ahora donde estamos, Cneo, si no fuera porque César nos dio el empuje que necesitábamos. – (Pompeyo enfurece.) - ¡Él no fue el único! ¡Nosotros hemos aportado fortuna, reputación y un enorme apoyo! – Cierto, ambos hemos interpuesto nuestras fortunas y nuestras reputaciones para controlar Roma, e incluso nuestro apoyo favorable a Julio fue importante para su ascenso. Mas, dime Cneo, ¿a dónde se va hoy en Roma sólo con eso? ¿Olvidas que sin César no hubiéramos tenido posibilidad alguna para optar al actual consulado de Roma? ¿No fue él el mismo que dio tierras a tus soldados y aceptó tu política en Oriente? ¿Qué tienes que reprochar a Julio? – (La furia de Pompeyo desaparece y su tez se relaja.) – Viejo amigo, querido Marco, temo que Roma esté en peligro. - ¿Y por qué temes eso? – Porque Julio está consiguiendo unos logros espectaculares y su poder crece imparable, ¿qué hará cuando termine en las Galias? Posiblemente vuelva a Roma y opte por matarnos y hacerse con el consulado para controlar todas las tierras de Roma; ¿qué harían entonces, bajo un régimen dictatorial, los pequeños campesinos que, para beber agua dulce, antes de nuestra llegada tenían que, al alba, machacar finas plantas para obtener su rocío? – Julio nunca abandonará al pueblo. Puede ser un hombre demagogo, frío y calculador para hallar el objetivo que se propone, mas no se excede de ello; aparte de esto, siento decirte, Pompeyo, que él tiene algo muy importante que a nosotros nos lo arrebató el tiempo. – (Tras unos segundos, extrañado, Pompeyo hace un gesto de incomprensión.) – Vitalidad, Pompeyo, y el inmenso amor a la patria que esta otorga. Nosotros somos viejos, nuestras vidas, decrépitas, no pueden ofrecer a Roma mucho más; Julio sí puede, su rostro no está desgastado, su mente es brillante y está en su punto más álgido, ¿cómo si no está pudiendo dominar a los bárbaros del oeste? Siento decírtelo, Pompeyo, mas creo que nuestro tiempo ya ha pasado, por eso, en parte, me marcho a Oriente. Quiero ayudarte a ti y ayudar a César ocupándome de los partos, quiero intentar colaborar en la lucha, como antaño, para que mi ciudad, Roma, y todos sus territorios puedan vivir en paz. – (Craso separa su cuerpo de la columna y sacude suavemente su túnica.) – Me marcho, Cneo. – (Pompeyo, excesivamente irritado, mira con odio y desprecio a Craso. Este se da media vuelta, abandona el pórtico y comienza a alejarse de aquel edificio.) - ¡Te auguro una muerte cruel, Marco! – (Craso detiene sus pasos, se vuelve lentamente y habla en voz baja.) – Yo también te la auguro a ti, viejo amigo, yo también. – (Dicho esto Craso se gira y, mientras Pompeyo lo mira con repulsa, retoma su camino y avanza hasta desaparecer en la lejanía.)
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Publicado por hugodelara en Abril 3, 2008
Artículo número 107; publicado en El Faro de Ceuta.
Realismo.
Hugo de Lara López.
Mi tocayo, el señor alemán Hugo Ball, se revolvería en su tumba si supiera hasta dónde ha llegado la apreciación del antiestético dadaísmo por parte del arte universal posterior. No hubo dimensión artística peculiar que no experimentara la abigarrada ejecución de los dadaístas, pues tanto la literatura como las artes plásticas, sin excluir otras disciplinas menos rigurosas, observaron cómo todos sus principios comenzaban a ser dilapidados sin una razón aparente o, quizá, excesivamente aparente.
Lo cierto es que el dadaísmo infligió un daño mortal al arte y a su estética forzando una convulsión artística que Marcel Duchamp culminó con sus injustificadas aberraciones, contempladas hoy como el resultado de la original labor del prototipo del artista “genial” y de alma “rebelde”; precisamente estas “originalidades” se han traducido como una contribución importante a la consagración del dadaísmo como una de las vanguardias más transgresoras de la historia del arte. Para la literatura, el dadaísmo fue una fiebre pasajera, pero para la pintura esta fiebre se ha perpetuado hasta la actualidad mediante la combinación con diferentes vanguardias llegando a un punto crítico en el que no existe una corriente realmente definida, pero sí un sustrato dadaísta difícilmente de erradicar. El dadaísmo ha continuado extendiéndose, aunque a niveles bajos, por su alta capacidad de ofrecer un margen de acción bastante amplio que únicamente exige un mínimo nivel creativo y una paupérrima preocupación técnica y estética, lo cual estimula a una gran masa de artistas.
En este sentido, la pintura ha de ser reconducida. El feísmo y lo incongruente del dadaísmo, aunque actualmente sea casi imperceptible, continúa existiendo en las raíces de la pintura sobre todo nacional. La solución es sencilla desde un punto de vista teórico y no tan simple desde la concepción de la técnica, aunque tampoco se reclame una capacidad técnica excesivamente depurada. Se debe retomar, con urgencia, la exposición de la belleza de la realidad, de todo aquello que se contempla en la naturaleza y que, por tanto, es bello. Esto no significa que la belleza de la realidad sólo contemple lo placentero, lo hermoso, lo espléndido, lo elegante, lo atractivo, lo noble y lo primoroso del ser, pues entonces estaríamos rechazando el frenesí patético, y no es lo que pretende un arte puramente humano; el patetismo, como resultado de la naturaleza, también pertenece a la belleza de la realidad, como sentimiento puro y no artificial que convierte al humano en el ser, cediendo este último lo más sentimental del propio humano, lo cual es peligroso por su enorme propensión a evidenciar la insignificancia del humano respecto a la inmensidad del mundo, que a su vez es tan insignificante, como el humano, ante el universo, sin embargo, refuerza y reafirma la individualidad de la persona como sentimiento (ser) y como humano.
El artista debe comprender que la belleza de la realidad abarca todo lo que la naturaleza crea o estimula en este mundo, es decir, todo, incluyendo las diversas creaciones humanas, que no son más que una extensión de la secuencia evolutiva natural. Para ello debe analizar las superficiales y los perfiles más trascendentes del mundo con total objetividad, pues de otra forma, si se intentara conocer el mundo de forma subjetiva, se volvería a retroceder a lo abstracto; la subjetividad tiene que florecer en la composición, en su técnica y en la manera de tratar sus elementos, que ha de ser verdaderamente especial y distintiva pero respetuosa con la pintura figurativa. Partiendo, pues, de que la pintura figurativa ha de ser esencial, sólo faltaría que se determinara la verdadera validez de la belleza y que no quepa duda de que la belleza de la realidad es opima, siendo unas veces alegres y otras veces tristes, pero nunca menos o más bellas: la belleza ha de persistir. Tan bella ha de ser considerada la manzana solitaria apoyada en el mantel de una mesa que la manzana podrida abandonada en el campo, en la cual los gusanos han comenzado a florecer. Tan bella ha de ser, por su origen natural, la escena del nacimiento de un bebé como la muerte de este y el doloroso enterramiento por sus padres. No obstante, no se trata de un arte meramente preciosista sino de un arte bellamente realista que ha de criticar el acto humano considerado incorrecto por el propio artista, así como este ha de aprender a analizar la imperfección de la naturaleza que, en ocasiones, llega a ser tan perfecta que en ella abundan infinidades de imperfecciones para llegar a serlo, al igual que sus incontables perfecciones labran su propia imperfección. El artista ha de identificar las perfecciones e imperfecciones a través de la subjetividad, la pericia, la osadía y, sin excesivo pudor pero sin ofensas injustificadas, haciendo uso de la desvergüenza, sin olvidar la astucia y la sagacidad.
En síntesis, el nuevo pintor ha de entender que los sentimientos naturales son esenciales y bellísimos, y tan perfectamente imperfectos como imperfectamente perfectos. Tanto los dos principales motores de la existencia, la vida y la muerte, como los sentimientos enfrentados de alegría y de pena, de euforia y de angustia, de dicha y de desdicha entre millones más han de ser considerados como iguales, olvidando lo que la tradición occidental pueda decir de ellos, porque nuestro arte no puede pender de las opiniones o de las críticas de la gran masa o de los supuestamente especializados, ha de depender únicamente de nosotros, de nuestra naturaleza, de todo lo que nos rodea y de todo lo que nos hace ser seres humanos motivados por los dos dramas principales de nuestra existencia: la vida y la muerte, ambas tan bellas como tan difícilmente descriptibles. Esta, y no otra, será la labor del pintor español actual: la de recuperar la belleza de la realidad, mantenida, en el último siglo, por fauvistas, expresionistas y cubistas, pero gravemente herida por futuristas, dadaístas, surrealistas y expresionistas abstractos, y asesinada, finalmente, por la incapacitada abstracción, sin desatender el análisis crítico puramente humano de sus perfecciones e imperfecciones.
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Publicado por hugodelara en Abril 3, 2008
Artículo número 106; publicado en El Faro de Ceuta.
La Batalla de Platea (IV).
Hugo de Lara López.
- He aquí donde todo acaba, incluso en contra de las predicciones de vuestro propio oráculo, griego; al fin vencisteis a mi nación y podréis vengar aquello que durante años os ha arrebatado el sueño, la sacra destrucción de Atenas por parte del Gran Rey Jerjes, de la que ni siquiera un gusano logró salir con vida para contar la deshonrosa hecatombe de la ciudad más preciada de toda Grecia. – (Los pasos de Pausanias cesan misteriosamente, su rostro, antes lleno de ira, ahora muestra una plenitud y un gozo inimaginables.) - ¿Cómo dices? – (Pausanias desliza una leve mueca de complacencia.) - ¿Qué he dicho que no entiendas, griego? – El que no entiende eres tú, maldito persa, ahora comprendo que con tal ignorancia es imposible vencer una guerra tan ardua como esta; ¿crees, sinceramente, rancio demonio, que Atenas y sus atenienses me importan? ¿Crees que el espléndido arrasamiento de sus calles, edificios y personas ha evocado en mí un odio aún mayor por vuestra raza? – (Mardonio, impresionado por las palabras de Pausanias, atiende atónito. Por su parte el General Espartano, enérgico, rompe el vuelo de unas aves con la estruendosa hilaridad de su risa.) - ¿Eso crees? ¿Crees que los atenienses me importan? ¿Que me importan que sufran? ¿Que sientan miedo? ¿Que vean como sus cuerpos comienzan a quedar inmovilizados? ¿Que vean como todo su esfuerzo se desvanece? ¿Que sientan cómo la sangre en sus cuerpos se diluye por momentos y su razón cada vez se encuentra más perdida? ¿Crees, Mardonio, que me importa que mueran? – (El General Persa, incrédulo, articula sus primeras palabras con dificultad.) - ¿Cómo alguien puede desear tales males a sus hermanos y sentirlos como bienes propios? ¿Acaso no son griegos como tú, que han defendido en esta guerra las mismas creencias y los mismos territorios? – No te confundas persa, yo no soy griego, yo soy espartano, hijo del Peloponeso, no oses relacionarme con la basura griega y aún menos con Atenas, cuna de los más estúpidos locos que la historia ha podido contemplar. – Pero… ¿cómo eres capaz de decir tales cosas? - ¿Tales cosas? ¿Crees que los atenienses de buena tradición pensarán en nosotros más como hermanos que como fortuitos aliados que, por el azar, han acabado por ser mercenarios bajo el liderazgo de la consecución de un mismo fin? No seas idiota, pues esa idiotez es la que os ha llevado a la derrota. Vosotros, los persas, os amáis entre vosotros y respetáis a cada pueblo que domináis, mas esa será vuestra perdición más adelante como lo ha sido hoy en estas llanuras plateas. En la guerra se necesitan guerreros no buenos ciudadanos ni personas conciliadoras ni sentimentales; para atravesar el cuerpo humano se necesita un filo no rosas, para arrancar el cuello del enemigo se necesita odio no clemencia, para ganar es necesario erradicar del humano todo sentimiento que empañe su capacidad guerrera, y eso es lo que vosotros no habéis hecho aún. Vosotros, los maltrechos persas, habéis pensado que podéis luchar de la misma manera que gobernáis, y por ello estás, ahora, a los bordes del abismo, con tus tropas refugiadas en las copas de los árboles más cercanos y con el jefe espartano delante de ti. – Oh, Pausanias, eres horripilante. Morirás con tu victoria mas tu mente, en la próxima vida, no cesará de castigarte, pues has pecado y no has sabido contemplar que el hombre grande no es aquel que está, o cree estar, por encima de los demás, sino el que no ve más pequeño al resto, aun siendo superior por el devenir de este mundo; tú te has creído superior, has creído que tu casta es más robusta, poderosa e importante, mas has olvidado que, como humanos, no podemos ser más de lo que, por naturaleza, somos. – Me aburres Mardonio, ciertamente lo haces. También sabrán tus queridos hermanos persas que quien sueña con grandes convicciones acaba despertándose con enormes decepciones. Pensasteis, en un alarde de imaginación, el mundo como vuestro y, al parecer, no vais a tener más que vuestro aislado reducto. ¿Qué haréis ahora que Babilonia ha caído en desgracia y que los fenicios también lo han hecho? ¿Pensáis vivir de vuestras relaciones con los africanos ahora que sabéis que retirarán sus rutas comerciales de oriente? Me alegrará saber que, además de haber perdido esta guerra, seréis desgraciados durante siglos. – (Pausanias continúa con sus pasos hacia Mardonio; su rostro muestra su viva excitación, la rabia recorre cada uno de los poros de su tez enrojecida con frenesí.) – Como regalo por tus palabras, te daré una muerte especial: te dejaré herido para que, durante unas horas, entre tus últimos dolores y estertores, puedas disfrutar con tus conmovedores pensamientos de unión y hermandad, de respeto y de tolerancia. - ¡Más vale morir de esta forma que vivir renunciando a mis hermanos! – Que comience entonces. -(El General Espartano corre hacia el senil Mardonio al que golpea con celeridad en el estómago y en la espalda con dos golpes ásperos. El persa cae al suelo. Pausanias se acerca a él y rompe sus frágiles brazos con su pesado calzado.) – Antes de marcharme quiero que recuerdes algo, piensa en ello en las horas que te quedan por vivir: tu país está perdido. - (Pausanias, sin volver la mirada, monta en su caballo con un ligero salto, y atraviesa la llanura de Platea para volver con las tropas espartanas.)
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Publicado por hugodelara en Abril 3, 2008
Artículo número 105; publicado en El Faro de Ceuta.
El despropósito de la literatura
romántica.
Hugo de Lara López.
Si el despreciado Ovidio o el bienaventurado Williams Shakespeare siguieran en pie posiblemente me darían la razón en muchas de las cosas que, a veces, escribo. Pero no lo están, ni ellos ni otros aplicados protectores de la depuración técnica imbuida en la explosión emocional tratada dulce pero comedidamente. No obstante, que ellos ya no estén y que yo mismo no posea un respaldo literario actual no es ningún problema, al menos no lo es para mí, ya que continuaré defendiendo, hasta que el sino decida, que la literatura efectista y simple no es más que el resultado ambicioso de almas partidas e inconsecuentes sin capacidad para crear una obra mejor o, como poco, aceptable. Cuente o no cuente con el apoyo de los principales índices literarios actuales salta a la vista que en nuestra época la literatura no aporta a la literatura, y eso nos costará muy caro en un futuro próximo.
Citaba a Ovidio y a Shakespeare puesto que para mí y para parte de la universalidad son los dos literatos que lograron con mayor maestría equilibrar la técnica y el desborde controlado de los sentimientos, en especial la sexualidad y el amor en Ovidio y este mismo amor, algo más edulcorado, en el Bardo de Avon. La literatura romántica con todo lo que ella abarca, desde simples poemillas hasta novelas de relativa profundidad sentimental, ha llegado a su máxima degradación en el siglo XXI con un estilo plenamente informal, sucio y estúpido. Este tipo de composiciones se han convertido en auténticas caricaturas que evocan, en cuanto a la técnica, a la primitiva escritura de los excesivamente imberbes y, en cuanto a su construcción, a las ansias de los jóvenes itifálicos que pretenden flanquear las puertas del amor a través de simples rimas y excesivos tópicos vacíos de cualquier tipo de sentimentalismo real.
No es sencillo hilvanar dentro de este género literario una obra compleja y delicada pero tampoco es imposible, sí que lo es para aquellos que no han aprendido a sentir más que las emociones banales, comunes, insustanciales, engañosas que, con el tiempo, quedan en un nada, en un olvido y en un baño de arcilla, del que sólo quedan sus restos cuando acaba por secarse, para unos tres días y para otros tres meses pero para nadie tres años. Entre otras cosas por esto las obras románticas de este siglo han fracasado al caer el escritor en la debilidad de la falta de temple, siendo dominados por el frenesí de los sentimientos, por la agitación y el desborde sin control, sumados a la inevitable desconsideración de la ternura, de la belleza, del sentido del enamorado, de la modelación de la obra, dejando vía libre a todos los sentimientos y a las emociones que, algunas veces, acaban por traicionar al ser humano. Se recrean, además, temas típicos donde no faltan las fórmulas de las últimas décadas, siempre basadas en expresar lo superfluo, mediante adulaciones vulgares e idealizando los sentimientos, muy lejos de la expresión romántica elaborada y profundamente sentimental, en la que se descompone con delicadeza y mesura el amor, describiendo cada una de sus sensaciones y virtudes, convirtiendo lo malo en pequeñas perlas, y lo bueno en grandes rubíes; la literatura romántica actual lo diviniza todo, lo idealiza de tal forma que no parece ser real, se desprecia el amor y abunda el dudoso halago al prójimo, adorando todo por igual, cayendo en el error de no expresar sino de aglutinar palabras vacuas, insignificantes, pero resplandecientes para los ojos de los humanos. Estas a veces ligeras composiciones y pesadas otras tantas pretenden ser eternas promesas, pérfidos engaños para enloquecer a su receptor, para enajenarle y para desnudarle tanto mental como físicamente; cuando esta se comercializa nada cambia, pues busca esperanzar al que lo lee con historias predecibles y sin más sentido que el comercial, desvaneciéndose la idea del amor puro dibujado excelentemente por Zorrilla, que incluso redime la vida delincuente y libertina de su Don Juan, erradicando el amor eterno de los imberbes Romeo y Julieta grabados por el Bardo y mancillando el casto lecho de Calisto y Melibea.
En este sentido el retroceso que ha experimentado la literatura romántica en el último siglo ha sido realmente sorprendente siendo lo más impactante e incluso increíble que el sustrato de Quevedo o del propio Gustavo Adolfo Domínguez Bastida haya desaparecido totalmente en la literatura que hoy se puede contemplar, posiblemente debido al desconocimiento de las más importantes piezas románticas, lo que se debe a una clara incultura, sin duda creciente, cuyo techo es invisible. No obstante esta flaqueza no es, necesariamente, la clave del declive literario español, sí puede serlo esa incesante huida de la técnica literaria correcta, dándose una literatura fauvista, basada en hallar el efectismo mediante el choque inusual de situaciones inéditas o tremendamente repetidas, rehuyendo a la técnica. Con esto no quiero decir que el fauvismo fuera un movimiento pobre, puesto que estaría insultando a Henri Matisse y a Georges Rouault entre otros, pero bien es cierto que despreciaban la técnica, cuya pérdida salvaban con su amplia capacidad creativa. El problema es que España no tiene ningún genio con la capacidad creativa suficiente como para poder eludir la técnica y brillar en la desagradecida literatura actual, por lo cual, o nace un genio, o recuperamos la técnica para volver a dominar el ámbito literario, o podemos despedirnos, definitivamente, de la aparición de una buena literatura en la actualidad y, por lo tanto, olvidarnos de una literatura sobresaliente futura hasta que aparezca, si aparece, el primer gran literato español del siglo XXI.
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Publicado por hugodelara en Abril 3, 2008
Artículo número 104; publicado en El Faro de Ceuta.
El nuevo triunfo de la democracia.
Hugo de Lara López.
Me prometí a mí mismo no votar en mi vida y así lo hice saber en uno de mis artículos y, efectivamente, he votado.
Ojeaba el libro de Prehistoria dos días antes de los comicios sin más ambición en mí que dormir lo que más pudiera el domingo, empero, fue en ese momento, justo cuando leía la neolitización en Galicia entre desvaríos soporíferos, cuando me di cuenta de lo que realmente suponían las elecciones y lo que su libre elección habían supuesto: siglos y siglos de evolución, de lucha de la plebe, del proletariado, de las clases desprovistas del poder de los grandes, de los poderosos y de los opresores que se pensaron los amos de todos aquellos territorios que sus ojos pudieron escudriñar. No podía, como ciudadano de un estado democrático, echar por tierra moralmente un derecho que tanto ha costado lograr y que tantas lágrimas y sufrimientos ha provocado, exterminando, el poderoso y el tirano, a sus dueños, cuyas propiedades no abarcaban, ni siquiera, su propio pensamiento. Es por eso por lo que no podía quedarme de brazos cruzados o continuar en mi liturgia con Morfeo dejando que la apatía me invadiera de tal forma que no me hiciera ver más allá de mi nariz.
Al frente de estos comicios se ha situado un largo registro de partidos del cual sobresalían, como viene siendo común en los últimos años, dos partidos: uno que apuesta por el pueblo y por la paz, y otro que apuesta por una parte del pueblo y por las alianzas internacionales embadurnadas con una peligrosa esencia de política agresiva. Personalmente no tardé ni medio segundo en pensar que el PSOE era la opción acertada para esta nueva legislatura teniendo en frente un partido tan rancio y dañino para la salud de España como lo es el Partido Popular, un reducto de derecha pura, que no ha hecho más que sembrar el odio en estos últimos meses y alarmar desmedidamente la situación española. Ya anunció el Partido Popular con su desafortunada lista qué es lo que pretendía; se ostracitó a Gallardón por ser más moderado y se alentó a la pseudo-radicalidad con la llegada de Manuel Pizarro a las filas de los populares. Más tarde Mariano Rajoy en uno de los debates en los que se enfrentó a José Luis Rodríguez Zapatero confirmó, ante buena parte de España, que pertenecía a una derecha más cercana a lo radical que al centro, al no negar la incursión española en la Guerra de Irak que tantas vidas ha costado. Todo parecía indicar que el Partido Popular no quería ningún tipo de moderación ni en la campaña ni en la posterior legislatura que, gracias a la democracia, no ha llegado. El Partido Socialista Obrero Español, por su parte, ha sabido mantener el tipo ante la inquina y las asechanzas de los populares y de sus seguidores, que cuando supieron que su partido no había vencido gritaron espontáneamente “¡a por ellos!” en tono plenamente ofensivo a la par que deleznable.
Cierto es que he criticado infinitamente al PSOE por su política de alianzas y por su manera de actuar varias veces, y lo seguiré haciendo una, dos, tres y las veces que sean necesarias, porque pienso que lo más importante en este mundo no es halagar gratuitamente, para eso ya están las brujas adivinadoras y los lacayos incompetentes, sino que, en mi opinión, no existe mejor halago y más efectivo que una buena crítica. Hay muchas cosas que han propugnado los socialistas y con las que, obviamente, no estoy de acuerdo como, por ejemplo, la implantación de la asignatura de Educación para la Ciudadanía, pero también es cierto que, por contra, apoyé al Partido Popular en cuanto a Economía y a Educación y no les he votado porque creo que es lógico comprender que un país no se puede sustentar sólo con esto.
La victoria del PSOE por lo tanto me es grata, no así como la respuesta que han dado los seguidores del PP ante la derrota, llegando incluso a insultar a los socialistas o, simplemente, a los que han votado al PSOE, atacando a la democracia e incluso atisbándose, de nuevo, la intolerancia de la derecha española actual cerca del radicalismo que caracteriza a la intolerancia en cuestiones democráticas. El problema de España es que la política se continúa tomando como si se tratara de un deporte, del propio fútbol, cuyos seguidores defienden por encima de todo lo que haga a su equipo y, desde luego, esa no es la forma más apropiada de tratar los temas políticos porque sólo nos hace daño a nosotros mismos y nos hace quedar en evidencia ante otros países tanto europeos como americanos donde la política adquiere una dimensión más seria y firme; las cuestiones políticas han de ser reflexionadas mediante la máxima imparcialidad posible. Hace poco más de una semana le pregunté a una joven yanqui, un año menor que yo, sobre las elecciones americanas y si le gustaría que venciera el candidato demócrata Barack Hussein Obama en Estados Unidos y su respuesta fue un tanto sorprendente a la vez que contundente: “Lo que quiero es que salga un presidente que retire las tropas de Irak, me da igual quien sea, porque Irak va camino de convertirse en nuestra nueva Vietnam”. Esto es, en parte, lo que reclamo, que nuestras decisiones sean consecuentes con el futuro y el desarrollo de nuestro país y no con nuestras radicalidades internas; el país está por encima de todos porque el país somos nosotros y es nuestro devenir, es nuestro mundo y nuestra vida, y si no buscamos su bien nos estaremos condenando, y todo por defender a capa y espada unos pensamientos que, en nuestro interior, rechazamos, pero que exteriormente los apoyamos por provenir del sector político con el que simpatizamos. De cualquier forma todos hemos de estar felices. Ha hablado el pueblo y se le ha escuchado; la democracia, pues, ha triunfado de nuevo.
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Publicado por hugodelara en Abril 3, 2008
Artículo número 103; publicado en El Faro de Ceuta.
La Batalla de Platea (III).
Hugo de Lara López.
(Los persas, como poseídos por el diablo, avanzan furiosos por la llanura hasta impactar con las primeras líneas de los espartanos; las primeras líneas, como les ocurrió a los griegos del ala izquierda, quedan gravemente dañadas y se rompen tras el choque de la carrera persa.) - ¡Ya son nuestros! ¡Continuad hasta el grueso! – ¡Fortaleced vuestras posiciones y romped los flancos enemigos, pretenden entrar por el centro hasta el grueso!– (Las tropas persas intentan llegar hasta el epicentro del ejército griego a través del pasillo creado por la ruptura de las primeras líneas griegas por los persas, sin embargo, los espartanos, a orden del General Pausanias, aprovechan los flancos, descuidados por Mardonio, para atacar a toda la caballería que intentaba atravesar las primeras líneas. Los caballos persas caen, y con ellos sus jinetes, noqueados tanto por la perspicacia de Pausanias como por la versatilidad de los soldados espartanos, cuya fe en la victoria sólo puede ser equiparada a la magnífica e inquebrantable fuerza que la tradición griega les otorga.) – ¡Frenad el avance! ¡Enfocad las ofensivas hacia los laterales! - ¡Mardonio, estamos perdidos! – (Mardonio agarra con fuerza, del cuello, al soldado persa que le habla.) - ¡Muévete de una vez y lucha! – (En cuanto Mardonio suelta al soldado, este, decidido, comienza a imponer orden en las primeras líneas y los persas se concentran en la lucha contra los griegos que formaban el letal pasillo.) – Precioso; ¡que el grueso avance! – (El pasillo que aún existía creado por los dos férreos flancos griegos fue utilizado por el grueso que, a orden de Pausanias, avanzó velozmente para sorprender a los persas.) – Es imposible, Mardonio, no se pueden reagrupar las unidades, hemos perdido. – ¿Cómo ha podido ocurrir esto? ¡Malditos griegos! Intentemos una última ofensiva. – No podemos, estamos agotados y las posiciones han sido tomadas por los espartanos. - … De acuerdo, retrocedamos. ¡Persas, retirada! – (Las unidades persas comienzan a retroceder.) - ¿Se cree que les voy a dejar huir? Inocente persa. ¡Espartanos, rodead a los agotados persas y evitad su huida! Vosotros, las líneas más retrasadas, cargad vuestras lanzas. – (Los espartanos cargan sus lanzas horizontalmente apoyándolas en sus hombros. Los persas, por su parte, intentan huir aun siendo atacados por las tropas espartanas más cercanas a ellos.) - ¡Lanzad! – (Cientos de lanzas cubrieron el cielo de los persas y cayeron, implacables, en algunas de las unidades de Mardonio. Los persas frenan su huida y, a orden de su general, vuelven a la lucha y atacan a los griegos a la desesperada, puesto que estos no les dejan huir y los ataques por la retaguardia están siendo letales.) - ¡General Pausanias, el general persa y sus tropas han vuelto a la lucha! – Estos persas me están empezando a cansar; ¡dejadme al general! ¡Mantened las líneas y el ataque sobre las tropas persas! Volveré en unos segundos. – (Pausanias avista a Mardonio que, aunque había vuelto a la lucha, estaba alejado de las últimas líneas persas, y únicamente atacaba cuando pasaba fugazmente con su caballo, temiendo ser herido. El espartano monta en su caballo y se dirige hacia Mardonio. Este le observa y se aleja aún más para evitar la batalla con el griego. Mas Pausanias, en su persecución a Mardonio, acorrala al persa en un acantilado cercano. El general espartano baja de un salto de su caballo y se ajusta su pesado peto. Mardonio, que no podía ir más lejos, hace lo propio, a sabiendas de que descender de su caballo iba a suponer el último y decisivo duelo en las tierras de Platea.) – Amalgamas la fortuna celestial y el frenesí en las ofensivas de tus soldados, y, sorprendentemente, acentúas la beodez de mis hermanos persas sólo con tu presencia; ¿con quién has pactado, griego, para alcanzar un poder y un control tan espectacular tanto sobre tus tropas como sobre las mías? ¿Acaso, griego, te has debido a las malas artes de tus dioses para que te cedieran esta victoria sobre nosotros? ¿O acaso has urdido oscuros planes con las viejas brujas de las plazas griegas? – Cállate persa, tu palabrería me aburre y me agota, no pudieras matarme con tus tropas mas sí con tus pesadas y hueras palabras; no tardemos más y arrodíllate ante mí para que pueda derribarte y comience la longuísima e inevitable agonía, antes de que la muerte acuda a recoger tu decrépito cadáver desfallecido , que mi acero tiene preparado para ti. Desiste en tu huida, pues no tardaría en volver a alcanzarte, ahora sin necesidad de un caballo. – (El rostro de Mardonio, con un aspecto bastante deteriorado, revelaba la inexorable vejez del general persa, que respiraba profundamente. No parece que Mardonio pueda aguantar ni una sola acometida del espartano, y su fin parece acercarse con cada paso al frente que da Pausanias.)
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