Art. 179; p. e. E. F. C.
Continúa el espectáculo…
Hugo de Lara López
Era sábado, no recuerdo la hora exacta, por la emisión del noticiero supongo que rondaría las nueve. Estaba leyendo el artículo “More poetry, please” de Friedman publicado en el New York Times cuando al escuchar un balbuceo en la televisión referido a Ceuta eché un vistazo; en menos de veinte segundos la corresponsal relató el supuesto incidente del ex vicepresidente de la ciudad relacionando su dimisión con un supuesto escándalo sexual ya convertido en “vox populi”. No atendí demasiado, era una noticia previsible, concordante con el contexto político actual; así pues seguí leyendo a Thomas hasta terminar su columna. Para entonces la transmisión hacía minutos que había concluido.
Aunque previsible he de reconocer que no me pareció necesariamente real. Horas más tarde tras haber estado entre noticias supe que aquella grabación no había visto la luz, como tampoco lo había hecho su autora. Lo cual me llevó a una deducción simple: se había levantado un rumor que todavía no se había certificado con pruebas. ¿Quién podría haberle concedido credibilidad públicamente a aquella historia sin tener ni la más remota evidencia? “El inepto líder del PSOE” –pensé durante unos segundos–, y por más que intenté quitarme de la cabeza a ese espectro anti-socialista no lo logré. Posteriormente, gracias a este medio, pude leer sus declaraciones, en las que, tímidamente, mostraba su convicción en la existencia del vídeo sin haberlo visionado. Esta abstracta entradilla le sirvió para arremeter contra el Gobierno de la ciudad con los mismos argumentos que bien se le podría achacar a su deformación. No quiero decir con esto que los errores ajenos no los pueda reseñar quien también los comete si son censurables, ni que por errar ambos cuando uno de ellos acusa una acción que también prodiga sea menos grave. Pero sería de hipócritas no admitir que ninguno de los dos puede horadar en el desacierto del prójimo, aunque lo compartan, con la moral como herramienta y bandera.
No obstante la mediocridad de este líder y su planicie neuronal yerma no le permiten más que reproducir lo dictado por guion. No tiene tiempo para reflexionar sobre las incoherencias que albergan las palabras que va exhalar, ni rasero adecuado para medir la demagogia exacta. Con sus palabras evocó, sin desearlo, la situación vivida cuando la división nacional de su partido era acusada por ordenar, supuestamente, las sonadas “escuchas telefónicas”. En aquel momento el PSOE rechazó la acusación arguyendo que junto a cualquier incriminación ha de encontrarse una prueba que la sustente. ¿Dónde estuvo, en el caso que concierne a nuestra ciudad, la prueba cuando este fantasma farisaico abrió la boca por primera vez? En ningún lado puesto que no la hubo. Este y no otro es el gran partido que pretende iluminar a la población ceutí y sacarla de su letargo.
En el flanco opuesto el Partido Popular ha persistido en su línea de prepotencia extrema, a pesar de la situación no ha cedido ni un ápice, tal vez porque identifica humildad y transparencia con debilidad. Poco después de estallar la polémica decía la portavoz de los populacheros que ella no hablaba sobre hipótesis en referencia indirecta al mentado vídeo. Y se equivocó. Si bien es cierto que ella no habla sobre hipótesis tampoco lo hace sobre realidades. ¿O acaso hemos de pensar que dar explicaciones fundamentadas cuando una persona dimite es una mera hipótesis?, ¿por qué, existiendo dichas explicaciones, no fueron detalladas cuando los medios las reclamaron? Y no se confundan, detallar no significa dar razones breves y genéricas. Si está enfermo, que se especifique su enfermedad; si está cansado de la política, que se argumente su cansancio; si ha pecado, que se confiese ante el pueblo; en este último caso, el de la confesión, partirían con ventaja si recurrieran a la experiencia de su ex compañero. Que no quede margen para el equívoco: no es optativo profundizar en las decisiones por las que se abandona un cargo público si el pueblo o los medios así lo exigen; es una obligación para todo Gobierno que crea en la democracia, inconcebible sin transparencia. Por otra parte no es de extrañar esta actitud procediendo de un partido que ha hecho pasar por enajenados mentales a cuantos se han atrevido a denunciar los cortes de agua. Otra hipótesis más, ni lo duden.
Dejando aparte todo lo anterior no puedo evitar alegrarme por la dimisión del ex Vicepresidente de la Ciudad por varias razones. Entre ellas su profundo y excesivo derechismo, tres o cuatro escalones por encima de la derecha que necesita nuestro mundo para un equilibrio razonable entre fuerzas políticas. Asimismo ha sido el responsable de toda la opacidad ofrecida por el Gobierno en sendas legislatura, obstruyendo una comunicación sana entre los titulares del poder, la oposición, los medios y el pueblo. Ha sido el hombre que ha engañado a la población operando detrás de la figura gloriosa de Vivas el magno –a cuya altura ni siquiera Alejandro III de Macedonia podría igualarse– valiéndose de ella como reclamo social y poniendo en práctica, bajo la protección que consagra el respaldo del pueblo y traicionando su confianza, una política intransigente opuesta a la que debería aspirar un aparato democrático del siglo XXI.
La consumación de este abandono obliga al Presidente de la Ciudad y del Partido Popular a lidiar en solitario con la polémica dejada por su ex vicepresidente, con las filtraciones –reales o ficticias– que proceden a toda explosión mediática y con la reorganización de su partido, su equipo y, sobre todo, de su proyecto político. Una labor quizá desproporcionada para quien –dicen– no tiene ni la personalidad necesaria, ni la más remota idea sobre política. En su mano tiene la oportunidad de demostrar que la mayoría se equivocaba y que, pese a lo que cabía pensar, sí es un político independiente con un liderazgo sólido y un conjunto asentado de ideas diáfanas, apóstol de la transparencia, hijo de la vocación e irremediable presa de la perdición.
Art. 178; p. e. E. F. C.
El espectáculo político de la ciudad.
Hugo de Lara López
En cada ocasión que me acerco, desde la distancia, al circo político de la ciudad e intento informarme sobre sus aconteceres, aparece ante mí una cantidad ingente de inoperancia, desidia y mediocridad que me aviene a pensar brevemente en Manuel Godoy, el desastroso ministro de Carlos IV; sólo que este, ante la necedad que impera, aprovecha mis difusos pensamientos para erguirse con brío como si del todopoderoso dictador Napoleón Bonaparte se tratara.
No lo tomen como una comparación irónica o sarcástica, es lo que me inspira el sinsentido que se desarrolla a nivel regional. No acepto la treta de que se me remita a ver el contexto político nacional y mundial, pues no comparto que la inercia de la mayoría tenga que arrastrar a ninguna minoría, ni acepto que se evada el enfrentamiento de los defectos propios arguyendo que son comunes. Si la política actual es lamentable en todos los niveles, la de esta ciudad no tiene por qué secundar ese camino y convertirse en una sombra espantosa más, sin forma ni timón, desterrada a un recóndito y defenestrado rincón en el olvido. Sin embargo, estas palabras conforman un planteamiento que la ambición de quienes ponen en práctica este ejercicio lo hace inalcanzable; porque una vez ceñido el poder a la cabeza, cual corona, enloquece de avidez a quien lo porta. Entiéndase todo lo escrito hasta este momento fuera de cualquier de focalización ideológica; este pensamiento abarca al movimiento político por completo, anárquicos –si es que aún persisten quienes abracen esa pueril idea– incluidos.
La cuestión pormenorizada de esta ciudad, ante la manifiesta ausencia de cambios significativos, se puede analizar con facilidad. La oposición –inclúyanse aquí a todos los partidos que no pertenecen al gobierno sin excepción– solo muestra señales de vida eviscerando a los populares a través de sus errores y aciertos. Ora magnificados, ora compartidos en secreto por interesar a quienes lo velan, los errores no se tratan con el íntegro rigor que merecen; cuando es el turno de los aciertos se cierne ante ellos una lluvia de ataques desesperados para evitar que les aventajen en algunos puntos más. Quede claro: es la oposición quien ha cedido el cetro a los actuales titulares con su incompetencia, y los responsables de la solidez de estos al no saber conformarse como una opción firme.
En su peculiar caso, los que dicen ser socialistas han perdido el poco socialismo que les quedaba; sus últimos –y desafortunados– movimientos les han convertido en la representación viva de la mentecatez. Es incomprensible e intolerable que un partido de izquierda que reclama cientos de liberalidades tienda a traicionar alevosamente sus principios. ¿Desde cuándo el socialismo dicta que es lícito purgar a otros compañeros, o camaradas como diría Lenin, en base a requisitos anti-izquierdistas? Lo calificaría como vergonzoso, pero este no es más que un débil adjetivo, injusto para definir una situación que, cuando menos, es indecente y cuando más, repugnante, digna de una deformación política semejante.
De la coalición no tendría que decir demasiado. Quien la lidera sabe de primera mano que no obtendrá más votos que de aquellos que comparten su religión. Un resultado que no solo es fruto de la sección que ha experimentado la población por parte de los populares para asegurar su victoria en los comicios sino que, al mismo tiempo, es una de las consecuencias directas del roce en la convivencia diaria, del que se evita hacer mención cuando es debido escabulléndose bajo el subterfugio de la cordialidad. Cobardía en todo caso.
El PSPC está en un rincón asistiendo al espectáculo, sin más. En su haber cuenta con la experiencia del mejor político en activo de nuestra ciudad pero, por contra, el equipo lo completan personajes dispares; a mis ojos, marionetas de otra obra. En otro orden no sé de qué manera asimilar su acercamiento a la juventud, si como simple bellaquería enfocada en ganar el voto potencial de los jóvenes o como un acto de confianza hacia quienes, suponen ellos, son el futuro. Lo más probable es que ambas hipótesis se conjuguen, pese a que tenga que hacer un gran esfuerzo para anular mi suspicacia.
Vistos resumidamente los principales vértices de la política regional no me puede extrañar que el actual gobierno esté al mando de esta ciudad. A pesar de sus artimañas, de su empuje propagandístico demagogo, del aprovechamiento desmesurado de su posición preponderante, del refuerzo de la opinión pública a través de numerosas construcciones meramente decorativas y de excesivo costo, de las dudosas obras que levantan una y otra vez las mismas calles sin fin aparente, de sus devaneos con la falsa perfección… está decenas de pasos por delante de su competencia más directa.
Esta situación no es mérito del populismo de los populares sino demérito de quienes se oponen a ellos sin propósitos diáfanos, ni siquiera con la motivación necesaria. La oposición política –que bien pudiera llamarse rentista– de esta ciudad ha reconstruido sus cimentos en la improvisación constante con tal irracionalidad que ha perdido el rumbo. Se encuentra vapuleada, asfixiada, marchita y rendida vergonzosamente ante la superioridad evidente de su enemigo, que sin ser ni hormiga les parece un fiero titán.
La urgencia demanda el retorno de la actitud y la perseverancia que las derrotas devastan en las personalidades más débiles; en otras palabras, la política de la ciudad necesita líderes fuertes. Hombres y mujeres de plena convicción, rebosantes de fuerza, con una conciencia delatora y lo más relevante: poseedores de la capacidad de reconocer su imperfección no avergonzándose, asimismo, de ella. Quienes piensen que estas personas no se hallan en nuestro mundo tal vez deberían replantear su visita a algún espejo cercano y preguntarse, ante él, si aquello que ven reflejado no es acaso lo que necesita la sociedad. ¿Lo han hecho alguna vez?