Tablón

Coup et trot.

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“O Lord God, when thou givest to thy servants to endeavour any great matter, grant us also to know that it is not the beginning, but the continuing of the same, until it be thoroughly finished, which yieldeth the true glory; through him that for the finishing of thy work laid down his life, our Redeemer, Jesus Christ. Amen”.
S. F. D.

“El hombre grande es aquel que en medio de las muchedumbres mantiene, con perfecta dulzura, la independencia de la soledad”.
Ralph Waldo Emerson
“Cuando en el mundo aparece un verdadero genio puede reconocérsele por este signo: todos los necios se conjuran contra él”.
Jonathan Swift
“Huyo de lo que me sigue; voy detrás de lo que huye de mí”.
Ovidio
“La madurez hace al hombre más espectador que autor de vida social”.
Gilbert Keith Chesterton
“El hombre de talento es naturalmente inclinado a la crítica, porque ve más cosas que los otros hombres y las ve mejor”.
Montesquieu

“La humildad, que no abunda entre los doctos, aún es menos frecuente entre los ignorantes”.
Anatole France

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Retazo de la carta a Arthur S. (II)

Mas sé que cuento con un sutil trazo de fortuna. Porque, aunque puedan roerme los huesos o partírmelos causándome el dolor más terrible, no pueden herirme el alma, pues hace tanto tiempo que se desligó de mis articulaciones que, sin poder recordar el momento exacto, comienzo a pensar que tal vez naciera sin ella. Allá llevóse de mí las pasiones de la civilización, las buenas y las malas, las que dan la vida y las que las arrebatan. Es por esto que yazco con el cuerpo engalanado con derrotas que se multiplican con la danza del tiempo, ni vivo ni muerto, en las limes del absurdo.

Y nada de esto cambiará, bien lo sabemos tú y yo, que hemos asistido a la caída de todos y cada uno de ellos. Si quieren un buen fin, ni las abejas pueden aspirar a ser reinas de sus colmenas, ni el anémico y decrépito burro a cargar con lo que su amo quiera montarle. Ni la mosca puede anhelar ser emperatriz, ni la emperatriz volar por sí misma. Ni el ojo puede escuchar, ni el oído mirar. Aun en todos ellos, en sus vidas, hay más virtud y honra que en la que jamás pudiera haber en la mía, pues el vivir ni tan siquiera es, para mí, un reto de supervivencia; entonces, tampoco gozo del aprecio de la Naturaleza.

Así, después de tan poco o quizá de tanto, he arribado a la certidumbre de que nada hay por labrar para calmar mi desasosiego, mas sí puedo, porque los hados se olvidaron de arrancarme la voluntad, hilvanar finos o gruesos hilos para trenzar almohadas que reconforten a los demás. Que si los dioses no me dieron la oportunidad de regocijarme, a buen seguro haré que sean los demás los que se regocijen; que si aquellos, aconsejados por el falaz palpitar de los deslucidos astros, decidieron maldecir a unos pocos grabando en ellos la pesadumbre de los pecados de las infinitas generaciones, saboreen en este momento la sutil venganza de los que, sin pasiones, gozarán exaltando las ajenas.

Retazo de la carta a Arthur S. (I)

Retazo de la carta a Arthur S. (I)

Si es que algún día comenzó mi tiempo, admirado Arthur, a veces siento que está llegando a su fin. Así, de repente, tras agolparse en mi mente más de mil tonterías que, en realidad, si no las solventara el tiempo, lo haría mi corta maña, se me hunden los ojos en sus cuencas, y a duras penas puedo con el cuerpo arrastrar mi entonces pesada alma, que siendo más ligera que cualquiera de mis vellos durante el resto del día, cerca está de postrarme en esas noches infaustas. Y de esta manera, más tiempo del que cualquiera pueda o quiera creer, me convierto en un miserable, en un noble miserable, pues a nadie puedo negar que me rodean cuantas cosas he envidiado; que si bien no son muchas, las cuento como más que suficientes.

En lugar de fortalecer cada una de las cualidades que me han hecho soportar hasta las más hirientes saetas, he perdido, con el ignito transcurso de las estaciones, hasta la más tibia de las barricadas que me protegían de los partisanos, esos irracionales vengadores de la nada que campean por mis redores en busca de raciones podridas, que a ellos sabrán como las más dulces y provechosas. A tal baja defensa me he ceñido, que incluso la dicción de los pocos que no requieren ningún mal para mí, me lesionan y trastornan cuando las luces se extinguen, aun cuando sus modos son fraternales, y sus intenciones honorables.

Con tamaña facilidad inclino ahora la cerviz que otrora pareciera diamantina; al golpearla con cualquier mazo, elegido entre los menos irascibles, no la quebraría menos de lo que, en condiciones normales, haría una almádena. ¿Quién, que no hubiera sido ungido por los más altos dioses, pudiera soportar tan siquiera una ingrávida carga sin que se le colmaran los enjutos hombros que coronan aquella desapasionada cerviz? No se pida apoyo a los sentidos, demasiado ocupados están volcados en la rendición; ni se quiera robustecer la voluntad moribunda con el frágil éxito del crecer, el cual es confundido a menudo con el progreso que solo una mente ambiciosa (la de la gran y casi absoluta mayoría) puede plantearse. Los que restan, desgajados por sana tradición, caen en la boca del primer y único devorador de desalientos que ha existido nunca, el que se yergue en la sima del fin, el padre de todos los trances. Yo soy uno de ellos.

La señora

Hoy, martes, ha llegado la correspondencia a casa, a las once, siguiendo la habitual tónica del cartero que lleva más de diez años trabajando diligentemente en la zona. La cajita que me llegaba era de Fritz, un amigo de la infancia con el que retomé el contacto hace pocos días, cuando estuvo por aquí de vacaciones y nos encontramos mientras ambos paseábamos por el único parque de este minúsculo pueblo. Me contó que había conseguido algunos documentos oficiales del ayuntamiento de nuestro pueblo natal, donde año atrás disfrutábamos de una vida plácida con nuestros respectivos padres. Actas, registros, prospecciones del terreno… no tenía ninguna ambición malintencionada, simplemente los custodiaba con toda la pasión de su alma por nostalgia, que a buen seguro le costaría bastante conseguir, como si fueran monedas de la época romana. Así, en medio de una euforia casi incontenida, tomó nota de mi dirección para enviarme una copia de cada cosa, para que yo también las tuviera conmigo. Los originales, me dijo, eran sagrados.

Siendo sincero me llamaba la atención toda aquella parafernalia, quizá insustancial, porque sabía desde un principio que no reportaba más que números, nombres y algún que otro dibujo a mano de la orografía de los alrededores. En realidad era una mera excusa para rememorar las vivencias de cuando apenas levantaba un palmo del suelo. Hacía tanto que no dedicaba unos minutos a recordar lo que se coció por Lützen (que era como se llama, o al menos se llamaba, el pueblo) que estaba empezando a olvidar muchos retazos sobre mi infancia. Era una buena ocasión para ejercitar la memoria y reunirme con amigos y conocidos pasados.

Mientras leía el registro me venía a la cabeza sus caras, los rumores sobre unos y las hazañas de los otros, tampoco faltaban aquellos con los que había vivido experiencias inolvidables. Todo estaba siendo entrañable hasta que me percaté de un nombre y dos fechas que me dejaron tiritando: Andrea Miranzo, 21 de mayo de 1815 – 26 de octubre de 1855. Andrea Miranzo era la señora de Tiberio Grácil, un hombre cuyo único y solitario gesto amable podía desentrañarse en su singular apellido. Según se decía en aquella época descendía de una familia de grandes comandantes que habían aniquilado a sus adversarios en una y otras guerras, amasando colosales fortunas de las cuales, la inmensa (y espectral) mansión que coronaba Lützen no era sino un pequeño destello de la opulencia que ostentaba la familia Grácil. Sus vidas eran perfectas hasta que Tiberio Grácil desapareció sin dejar rastro, y todo cuanto poseía pasó a dominarlo su mujer, segunda en las escrituras. Desde entonces nadie vio a Andrea Miranzo hasta que, tras una dura enfermedad, volvió a transitar el pueblo, aunque de manera enigmática, pues siempre tomaba el mismo recorrido, fuera el día que fuera. Aparecía en la lejanía, caminando imperturbable desde la mansión de los Grácil; pasaba por la iglesia del padre Humberio, arrodillándose en un parche de tierra entre el suelo empedrado que rodeaba el edificio para acto seguido embarrarse las manos, con un semblante lastimoso, pero al mismo tiempo iracundo. De ahí, vagaba, sin recobrar su alma, hasta el cementerio a unos cien metros del lugar, adonde llevaba unas rosas rojas, negras y blancas, que nunca podía ver de dónde las sacaba; no eran de Lützen, allí no crecían flores tan bonitas. Lo más extraño de todo era que en lugar de dejarlas sobre alguna de las tumbas, las colocaba delicadamente sobre otra pequeña extensión de tierra, y tras caérsele unas lágrimas de sus ojos, retornaba a su mansión por el camino más largo, como si le helara el corazón pasar de nuevo junto a la iglesia.

Cuando vivía el señor Grácil eran pocas las personas en el pueblo que hablaban con ella, pero la saludaban, en un nimio gesto de educación. Ahora ni siquiera se molestaban en ser cortés con la señora Miranzo, la ignoraban completamente. Pasaban por su lado como si ya no fuera nadie, como si no existiera; la habían arrojado a un olvido despiadado, puesto que en esos momentos, tan delicados tras la muerte de su marido y el abatimiento de su enfermedad, la maltrecha mujer, con un aspecto que advertía lo desgarrada que estaba su alma, necesitaba las palabras amables de cualquier persona para recuperarse de los embates que habían tenido que molerle el cerebro. Desgraciadamente no tenía familia. Sus padres habían muerto cuando ella era joven, según había escuchado a mis padres en una de sus tantas charlas sobre la gente de Lützen; pasó el resto de su vida en un orfanato hasta que consiguió remontar el vuelo y hacerse un hueco como limpiadora de una academia, mientras estudiaba allí cuanto podía. Tan ávida era que consiguió superar cada una de las pruebas con notas muy por encima de la media, llegando a trabajar como sustituta de los profesores.

Tiberio Grácil comenzó a dirigir la academia cuando la señora Miranzo ya era profesora; así se conocieron. Las malas lenguas decían que el señor Grácil supo tiempo después de haberse casado con ella de su pasado como señorita de la limpieza, y de vez en cuando, poseído por mil demonios, se acordaba de aquella desvergüenza y daba auténticas palizas a su mujer, que se afanaba en cubrir sus heridas con los polvos blancos que caracterizaban su tez sobria y extremadamente pálida. En aquellos momentos, después de su cruento padecimiento, lo estaba aún más si cabe, en violento contraste con sus ropas oscuras, de intenso luto, ni siquiera los pelos que le caían desde la frente le perdonaban la pena, ya que, cual pesado velo, le cubrían los ojos en signo de penitencia.

Meses después la señora Miranzo desapareció sin dejar rastro; justo el día que siguió al de su desaparición, el mismo día en el que desistió de hacer su ruta diaria, una de las paredes de la iglesia se desplomó sobre la porción de tierra que estaba descubierta, donde la señora acariciaba cada día con aquella inolvidable mezcolanza de sentimientos la excepción terrosa. Al parecer, la piedra con la que estaba construido el edificio sacro rompió un falso suelo que nadie conocía en el pueblo, bajo el cual encontraron a un hombre medio devorado por los insaciables gusanos, con numerosas heridas a lo largo de su cuerpo. Tras muchas investigaciones comandadas por el secretismo y oscurantismo típico de la policía científica, se dispusieron a encontrar un lugar de enterramiento para aquel hombre, cuya identidad quedó restringida tan solo a sus familiares, a los cuales, por lo visto, no pudieron encontrar, quedándonos, por lo tanto, sin oportunidad alguna para saber de quién se trataba. La beneficencia pudo labrarle un ataúd a medida y encontró un lugar donde enterrarlo: era el espacio donde la señora Miranzo dejaba sus extraordinarias rosas día tras día. Cuando los obreros cavaron en el lugar, desfondándolo según las medidas que les habían hecho llegar los clérigos de la orden, hallaron un cadáver brutalmente mutilado. Era una mujer, llevaba años en aquel agujero, pero su nombre no trascendió. Todo se operó con la máxima discreción y diligencia posible; de hecho, los trabajadores implicados fueron enviados fuera de Lützen junto a sus familias, para que no se pudiera filtrar absolutamente nada. Aquello ocurrió en el año 1860, cinco años después de la defunción de la señora Miranzo según el registro oficial del ayuntamiento; 1855, el año en que estuvo enferma de gravedad, a partir del cual nadie volvería a comportarse de la misma manera con ella, sólo menosprecio, repulsa e indiferencia, sólo desaires y desconsideraciones, como si nadie la hubiera vuelto a hallar, como si no hubiera sido, desde entonces, más que un tenue espectro. Probablemente, quien en su momento se hubiera ocupado de grabar el registro, habría errado; pero esta deducción no me ha bastado para dejar de sentir los escalofríos que me han recorrido el cuerpo desde el primer segundo en que he leído esta inexacta fecha de defunción. Una ducha caliente y volver a mis problemas profesionales lo arreglarán, estoy convencido.

A Paula Hurtado García.

Carta a William

Amigo inglés, perdona la tardanza, entre unos asuntos que me han tenido entretenido los últimos meses y, fundamentalmente, por no recordar tu dirección no he podido ponerme contacto contigo antes. Tampoco he podido leer la carta que me llegó hace unos días, porque el cartero y su inutilidad no pudieron salvarla de la lluvia, que deshizo cada una de las letras que me escribiste, menos la dirección. Intenté buscarte por medio de Dante, Jean y Johann, mas fue en vano. Dante, ocupado con fulanita, Jean, de escenario en escenario, y Johann, de vacaciones, supongo, en el campo; de Víctor, el único que podía dar contigo, no sé nada desde hace mucho tiempo. Una situación idónea para encontrarte, y más ahora, que según he escuchado te ha cambiado la fortuna y te codeas con lo más adinerado y lúcido de tu lozana tierra. No puedo sino felicitarte, más que por lo último, que quizá no sea lo soñado, por lo primero, que sin duda te habrá reportado la rentabilidad que habías estado buscando. Cuéntame hasta el más insignificante de los detalles, quiero conocer a qué saben las cumbres inglesas.

Por aquí no han cambiado demasiadas cosas, y si han cambiado yo no me he percatado de ninguna de ellas; tal vez esto sea lo más probable dada mi afición, para muchos mala costumbre, de no tener más contacto con el aire libre del debido. Las muchachas siguen cabalgando de hombre en hombre, y los muchachos, más tontos cada día, se dedican a no dedicarse a nada más que dejarse cabalgar. Los dispendios no se agotan y el tiempo se agría tal y como ha gustado desde el inicio de los días. El agua sabe a agua y el suelo sigue siendo duro; el sol calienta, cuando le apetece asomarse en estos gélidos tiempos, y el ruido del viento avasallando puertas y ventanas sigue despertándome por las noches; la hierba sabe a hierba y los bosques arden con la misma facilidad. Todo permanece en su inalterable y aburrida calma, incluso yo, que continúo arrastrándome sin ambiciones ningunas y viviendo en la somnolencia que me provoca todo el escarnio de esta sociedad. Hay cosas buenas, ya te lo imaginarás, mas prefiero vivir con ellas el máximo tiempo que me sea posible hasta que desaparezcan y no levantar la voz, ni regocijarme en ellas, mucho menos presumir, pues sé que con las trastadas que me aguarda el destino se quedarán en nada. Así, como lees, todo está como los hados quieren que esté (no me atrevo a decir desgraciadamente, todo puede empeorar). Al menos, para sacar un poco de provecho a los último tiempos, el pequeño Franz se ha doctorado; es el único con el que mantengo una correspondencia regular, pese a que es un tipo que se esconde muy a menudo no es difícil de encontrar, sobre todo cuando quiere ser encontrado. Tú lo sabes tan bien como yo.

Sigo con las producciones, a pesar de que las dudas me hacen titubear con exagerada frecuencia. No por falta de ideas o por un vértigo infranqueable sino por todo lo contrario. Ahora recuerdo cuando Víctor, apoyado en el marco de la puerta de aquel teatro al que visitamos, susurraba a Jean que mi precocidad me costaría cara, mientras yo, absorto contigo en las pilastras del lugar, afinaba el oído para escuchar todo lo que discurría entre ellos. No le faltaba razón. Habiendo sembrado la mayoría de los campos que existen en nuestro arte con cierta soltura, no me veo atraído en persistir en ninguno de ellos, ya no me suponen el reto que hace unos años. Escribir es sencillo, quizá excesivamente sencillo. Versarse en las palabras no requiere sino que se le dé un trato preferente; haciéndolo en su justa medida, y sin pecar de indolencia, apenas se encuentran dificultades por el camino. Si en un principio escribía por necesidad, durante este tiempo me he encargado de convertir progresivamente la necesidad en vicio, un vicio más que domeñado, que no me aporta la satisfacción personal que la gran mayoría presumía. ¿Y de qué, si no estoy interesado en prostituir mis páginas, me sirve entonces esto que hago? Las palabras me están tiranizando como recompensa por las primeras de mis exhalaciones, las que sentía, y no todo lo que ha seguido, que no es más que fingimiento, un constante juego con lo que existía y con lo que no, para asegurarme a mí mismo que había logrado sobrepasar los límites. He hilvanado nubes, las he desecho, las he vuelto del revés, las he deformado, las he masticado y las he escupido; las he golpeado con las manos, machacado con los codos y destrozado con los talones; las he teñido de verde, azul y morado, y hasta les concedí la invisibilidad; he dormido y soñado junto a ellas, reflexionado sobre toda clase de cosas, las he convertido en figuras humanas y les he concedido vida; fueron reyes, príncipes, princesas, asesinos, libertinos y tiranas obsesas; mintieron, lucharon, mataron, se redimieron y se amaron; sus vidas ironizaron sobre su propia existencia, sobre el absurdo de su fútil presencia, sobre todo aquello cuanto sin poder controlarlo, querían hacerlo, y dejando al azar cuanto sí podían controlar; los desmonté y los volví a montar, los arrojé al olvido y los erguí sobre un altar. No me queda sino probar con el ridículo, y, como te imaginas, quedar en evidencia no me parece en absoluto apasionante.

Así que, amigo William, me encuentro un poco más desangelado de lo habitual; quizá no me venga mal desaparecer unos días, unas semanas, unos meses, unos años, ¿por qué no el resto de mi vida? No existe ya nada que me interese, ni que me ilusione, y no sepa que se truncará o que llegaré a subyugarlo con tal imperiosidad que se convertirá en una tortuosa monotonía. Me he dado cuenta de que no amo, como creía, el trazo de cada una de las letras; no soy digno de seguir mancillándolas por un deleite tan espectral que ni yo sé describir.

Sent to William Shakespeare, Stratford-upon-Avon (Warwickshere).

Otras cartas:

Carta a Oscar W.

Respuesta a Friedrich.

Breve contestación de Publio.

Carta a Publio.

Breve carta a Friedrich.

Carta a Leonardo.

Carta a Oscar W.

Cada día sueño con haber llegado a mi mundo en el siguiente amanecer. Es mi única ambición. Mi último anhelo. Mi solitaria esperanza. Mas nunca ocurre; despierto, contemplo mi alrededor y me encuentro en la misma tierra; los ojos se me humedecen y los oídos se niegan a escuchar ni una palabra más. Entonces, ese don paternal que habita en toda persona de valor me hace reclinarme y, golpeándome levemente una de las rodillas, me repite un par de veces: “No te preocupes, mañana será el día”. Así han sido todos los amaneceres de mi vida desde hace algunos años.

No lo entiendas como un deprecio a todos los que me rodean o me han rodeado alguna vez; en absoluto. Todos ellos son mi verdadero orgullo, el poco sentido que mi vida puede tener lo ostentan sus defectos y sus virtudes; sus pareces; sus sentimientos; sus aspiraciones; los buenos y malos momentos que con ellos he vivido. Insisten y se preocupan por mí, me muestran un respeto que no sé qué otro, por muy excelente que fuere, merecería recibirlo; son demasiadas personas, más de lo que es normal en esta vida; soy un hombre afortunado. Ha sido un honor conocer a todas esas personas, incluso a las que me han querido mal y han procurado destrozarme, porque ellos también me han ayudado a conocer y comprender circunstancias que jamás hubiera conseguido por mí mismo.

Mas, Oscar, pese a que ni en mil vidas reuniera el tiempo necesario para agradecerles y honrarles por cuanto hacen por mí de lo grande que es conmigo su dedicación, no es lo que me ofrecen a lo que yo aspiro, a decir verdad, no aspiro a nada que este mundo me pueda plantear. Las he tenido altas, pequeñas, más y menos afortunadas, morenas y blancas, inteligentes y más lentas de mente, bravas y candorosos ángeles; mas ninguna  me ha placido. No pueden ser ellas objeto de mi aspiración, pues portan la mediocridad de las masas consigo, y ello me aburre. He tenido éxito sin desearlo, incluso negando mi propio nombre, ocultándolo, para que no relacionaran esos triunfos con mi persona; no me interesa la grandeza de las victorias. Poco le dedico a las academias, y me basta para atravesar lo que otros consideran una loca desventura; tampoco ello me atrae. Gozo de buena salud, ¿y qué? Eso mismo perpetúa mi existencia; no aspiro a vivir más. Se me creó espigado y de constitución fácilmente maleable; ¿acaso debería enorgullecerme de ello? Para quien quiere pasar desapercibido no hay peor que altura y un cuerpo que con poco se fortalece. No me siento bien más que conmigo mismo, ello es síntoma de que  este planeta no me puede proponer nada más.

Sé que mi mundo existe, algo dentro de mí me hace creer que no es una tontería. No sé cómo es, mas me lo imagino: debe ser más pequeño que el de los humanos; sus calles más estrechas, sus edificios más pequeños, sin tantas riquezas, ni tantos colores iluminando la vida; sin que todos los días se pueda llevar comida a la boca, ni la salud de las personas sea tan resistente. Mas, ¿sabes qué? Existe unión y simplicidad. Estas tierras están repletas de odio, envidia y libertinaje; la división arranca la humanidad de los seres; apenas se pueden encontrar personas, sólo mujeres y hombres que piensan antes por su género que por su naturaleza; la simplicidad se tiene por un insulto, la unión como retrógrada. Este no puede ser mi lugar.

Mi tiempo se está acabando. Sé que está cerca el día en que al abrir los ojos haya llegado a mi mundo; allí viviré hambriento y enfermizo, mas si este es el precio que tengo que pagar por ser feliz, lo pagaré. Y si por ese viaje he de perder todo cuanto mi esfuerzo y mi voluntad han logrado, así sea; que se reparta entre los humanos que lo necesitan, sin hacer distinciones, sin menciones singulares. Si he de pagarlo con la desaparición de mis recuerdos, así sea; de ellos nacerá el rocío esperanzador que perlará las noches más suaves. Si he de entregar mi movilidad y mi pensamiento, quedando relegado a un sillón espinado, así sea; ello reparará a los enfermos. Si han de golpearme diariamente, así sea; mis gritos espantarán a los animales del objetivo del cazador. Si han de desollarme, así sea; mi piel servirá para sanar la tierra calcinada. Si después de todo esto los dioses me consideran traidor y creen justo mi encierro eterno, apartándome de mi mundo, así sea; mi sueño frustrado cristalizará en cientos de sueños por cumplir. Que sea como se crea oportuno, mas quiero que mi tiempo en este mundo termine. Acataré cuanto el destino quiera hacer conmigo en otro sitio que no sea este.

Hasta que llegue el momento seguiré ocultando mi pesada carga tras la mejor de mis caras, atemperada con mis arranques malhumorados. No haré partícipe a los demás de mi angustia, de mi lastimosa infelicidad en este mundo vacío. Verán mi rostro, el de siempre, el impertérrito, y un día, desapareceré. A partir de ese momento comenzaré a pudrirme en sus mentes, y en alguna hora, cuando me haya extinguido de sus memorias, todo se acabará; no habré existido, el error se habrá solucionado y no quedará constancia de él.

Sent to Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde, Dublín.

Afrodita y Heracles; en busca de tentaciones para la gran noche

Afrodita: Honorable y fornido Heracles, que iluminas al mundo con los rayos que se reflejan, por don de Helios, en tus músculos, a ti acudo en busca de tu inigualable ayuda; ¿puedes concedérmela? Sabré recompensarte.

Heracles: Mucho ha de importarte lo que mi voluntad pueda reportarte o urgente ha de ser tu necesidad, no es corto el camino hasta Oriente.

Afrodita: Sabiamente piensas, no sólo ostentas una fuerza inexpugnable.

Heracles: ¿Qué necesitas?

Afrodita: Necesito, para esta misma noche, a hombres de tu talla: robustos y vigorosos, ante los cuales no pueda resistirse ninguna mortal.

Heracles: ¿Por qué no recurres a Apolo? Él instruye a los efebos.

Afrodita: Confío más en tu caridad que en la de un ególatra como Apolo.

Heracles: No quepo en mi asombro, desconocía que tuvieras tan buena consideración acerca de mí. Buena Afrodita, ¿no será esto una treta de las cientos que me has planteado a lo largo de todo este tiempo?

Afrodita: No veo en qué pudiera perjudicarte esto.

Heracles: Yo tampoco lo veo; te ayudaré. Mas antes dime, ¿qué planeas?

Afrodita: Simple y llano como el razonamiento humano: satisfacer a una de mis mortales.

Heracles: Sí que deben interesarte tus protegidos para que hayas cruzado medio mundo en mi búsqueda; eres digna de toda adulación.

Afrodita: Me ruborizas.

Heracles: Y ello me ruboriza a mí. ¡Oh! ¡Por ahí llega Apolo!

Afrodita: ¡Ah! ¡Dile que no he estado aquí! ¡Que no me has visto! Luego volveré.

Heracles: Mas…

Apolo: ¿Mas…? ¿Ese es tu saludo después de tanto tiempo, amigo?

Heracles: Pensaba en voz alta. Dichosos los ojos que te contemplan, virtuoso Apolo.

Apolo: Alabados sean los oídos que pueden escuchar tu voz, tenaz Heracles.

Heracles: Y bien, ¿a qué se debe tu estimada presencia?

Apolo: Es sencillo, mas a la vez complejo. ¿Has escuchado hablar sobre el africano?

Heracles: Cómo no. Su obstinación ha alcanzado el Olimpo, pocas veces un mortal consigue tal proeza.

Apolo: ¿Y acerca de su africana?

Heracles: En menor medida a ella, mas la conozco; la ciudad donde ambos habitan es la tumba de una antigua amada, a la que nunca puedo deshacer en mi memoria por más que sacudo mil veces la cabeza. Y, al mismo tiempo, en esa región se hallan mis columnas.

Apolo: Dime, ¿qué opinas de ellos y de lo que ha acaecido?

Heracles: El africano es demasiado hombre para ella, y ella excesiva para él, como es costumbre en toda unión singular. Dulce deleite sería verlos juntos algún día, sin duda. Gozan de mi simpatía, aunque no les sirva de mucho, pues tengo poca cosa que ofrecerles.

Apolo: Al contrario, eres quien más puede asistirlos, si te avienes a colaborar con Eros y conmigo.

Heracles: ¿Qué necesitáis?

Apolo: Una manzana del Jardín de las Hespérides.

Heracles: ¿Otra vez el Jardín de las Hespérides? Apolo, no estoy tan seguro de poder seros útil; desde que en uno de mis últimos trabajos hube de hacerme con una manzana dorada de ese jardín, no cesa el brote en mis sueños de horrendas pesadillas. Por ellas estoy aquí, en tierras orientales, donde dicen se encuentra la paz absoluta, mas ni ella puede calmar mi tortura.

Apolo: Solucionaremos tus problemas, no debes temer por ello .Hera, que es la protectora del jardín, simpatiza con el africano y la africana, y Morfeo  es un dios reflexivo, no se obceca en sus errores. Olvidemos las rencillas que obligaron a Zeus a separarnos con su temido rayo y trabajemos juntos.

Heracles: Dalo por hecho, así será. ¿Para qué necesitáis una manzana dorada? Si no lo tengo mal entendido su dote es la inmortalidad.

Apolo: Mediante el buen hacer de Hefesto pretendemos forjar una flecha de amor inmortal que atraviese, de un solo tiro, a los africanos.

Heracles: ¡Increíble! Nunca en mi vida he escuchado que existieran flechas tan poderosas.

Apolo: Dices la verdad: pocas han sido forjadas en toda la historia de este mundo, ni siquiera Eros las conocía.

Heracles: Mas, como es tan fuerte ese amor, los africanos deben conocerse profundamente para que la flecha los enamore y no los parta en dos, arrancando sus peores odios. ¿Miento?

Apolo: No mientes; eso es trabajo de Eros, en ello está ahora. Aguarda mi regreso, estaré aquí cuando convenza a Hefesto. Prepárate para retornar al jardín.

Heracles: Estaré preparado.

Afrodita: Ya estoy aquí.

Heracles: No te urjas, ya se ha marchado.

Afrodita: ¿Sobre qué te ha hablado?

Heracles: Sobre unos mortales africanos, mas no es lo que te inquietaba, centrémonos en tu dilema.

Afrodita: ¿Te ha pedido que le ayudes?

Heracles: Eso es.

Afrodita: ¿Qué has decidido?

Heracles: Que he de hacerlo, y así se lo he hecho saber.

Dioniso: ¡Afrodita! ¡Cuidado! ¡Viene Apolo a hablar sobre los africanos con Hera…! ¡Anda, Heracles!

Heracles: ¿Los africanos? ¿Lo sabías, Afrodita? ¿Has intentado engañarme otra vez?

Afrodita: Maldito Dioniso, ¿ya estás bebido?

Dioniso: ¿Qué te hace pensar eso?

Afrodita: Tus tambaleos, tu voz, tu rostro… ¡y la copa que portas en la mano derecha!

Heracles: ¡Respóndeme, Afrodita! ¿Has intentado engañarme de nuevo?

Afrodita: En absoluto. Nunca te he negado que conociera a los africanos; recuerda mis últimas palabras: te preguntaba por ellos, acerca de lo que te había hablado Apolo, porque, acto seguido, pensaba relatarte mi opinión sobre lo acontecido en los últimos días.

Dioniso: ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! ¡Una piedra que camina sola!

Afrodita: ¡Es uno de los cangrejos de Poseidón, Dioniso! Contrólate o vete de aquí.

Dioniso: Me vendría bien uno como tú, Heracles. Ya sabes, con esos músculos no habría mujer que no quisiera acudir a mis banquetes; además, cuando el vino tomara el control de tus acciones disfrutarías como nunca lo has hecho por la rigidez que contemplo en tu rostro.

Heracles: No desprecio tu oferta, mas una vez no fui consciente de lo que hacía, cuando me consumió la ira, y no quiero repetir una escena tan atroz.

Dioniso: Responsabilidad, ¡bah!

Afrodita: Siento que nuestro encuentro haya sido tan desagradable: primero Apolo y luego Dioniso con este malentendido. Regresaré cuando repose la tranquilidad y podamos hablar con más calma. Ahora he de irme con Dioniso, debo llevarlo al Olimpo.

Dioniso: ¡Mas Afrodita! Hoy es la noche de la gran fiesta de los humanos, necesitamos a los hombres de Heracles para tentar a la africana, después de que mi vino la posea. ¿No lo recuerdas? ¡Lo planeamos la última vez que Selene contemplo a los mortales!

Heracles: Conque era eso. Lo siento, Afrodita, mas no toleraré ninguna otra mentira en la que intentes embaucarme, como has procurado hacer tantas veces y hoy una más. No retornes nunca, pues no serás recibida. Me voy.

Afrodita: Se ha marchado Heracles. ¡Que la debilidad del vino te condene de por vida, Dioniso! ¿Cómo te has atrevido a estropear mi plan? ¿A quién recurriremos ahora?

Dioniso: No serán tan efectivos los mortales, mas puedes encandilar a algunos de los que encontremos por la ciudad de los africanos, haciéndoles arder por dentro para que nada más ver a la africana deseen como nunca han deseado nada llevarla al lecho. Ella caerá; no tiene voluntad, cualquiera de buen ver le vale.

Afrodita: No veo otra solución; y, aunque estés ebrio y no sepas lo que dices, no me parece una idea desatinada, evaluando nuestras posibilidades. ¡Deja de beber y escúchame!

Dioniso: Sólo un poco más, te lo prometo, sólo un sorbo más.

Afrodita: Vamos a la ciudad de los africanos, tenemos trabajo.

Dioniso: Espera. ¿Qué ocurriría si el africano apareciera por allí y lo arruinara todo?

Afrodita: No lo había pensado.

Dioniso: Eso me parecía.

Afrodita: Tendremos que evitar que el africano deje su casa durante esta noche. Encáuzale alguna celebración improvisada, a causa de esa fiesta mortal; mientras esté recluido no podrá ver a la africana.

Dioniso: ¿Y aceptará la celebración que yo le proponga? No estoy seguro.

Afrodita: Hazlo así, y también haz parecer la fiesta de la africana más grande de lo normal, para que el mortal se retraiga y no acepte ninguna invitación.

Dioniso: Como ordenas, lo haré.

Afrodita: Ahora vámonos.

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