Afrodita: Honorable y fornido Heracles, que iluminas al mundo con los rayos que se reflejan, por don de Helios, en tus músculos, a ti acudo en busca de tu inigualable ayuda; ¿puedes concedérmela? Sabré recompensarte.
Heracles: Mucho ha de importarte lo que mi voluntad pueda reportarte o urgente ha de ser tu necesidad, no es corto el camino hasta Oriente.
Afrodita: Sabiamente piensas, no sólo ostentas una fuerza inexpugnable.
Heracles: ¿Qué necesitas?
Afrodita: Necesito, para esta misma noche, a hombres de tu talla: robustos y vigorosos, ante los cuales no pueda resistirse ninguna mortal.
Heracles: ¿Por qué no recurres a Apolo? Él instruye a los efebos.
Afrodita: Confío más en tu caridad que en la de un ególatra como Apolo.
Heracles: No quepo en mi asombro, desconocía que tuvieras tan buena consideración acerca de mí. Buena Afrodita, ¿no será esto una treta de las cientos que me has planteado a lo largo de todo este tiempo?
Afrodita: No veo en qué pudiera perjudicarte esto.
Heracles: Yo tampoco lo veo; te ayudaré. Mas antes dime, ¿qué planeas?
Afrodita: Simple y llano como el razonamiento humano: satisfacer a una de mis mortales.
Heracles: Sí que deben interesarte tus protegidos para que hayas cruzado medio mundo en mi búsqueda; eres digna de toda adulación.
Afrodita: Me ruborizas.
Heracles: Y ello me ruboriza a mí. ¡Oh! ¡Por ahí llega Apolo!
Afrodita: ¡Ah! ¡Dile que no he estado aquí! ¡Que no me has visto! Luego volveré.
Heracles: Mas…
Apolo: ¿Mas…? ¿Ese es tu saludo después de tanto tiempo, amigo?
Heracles: Pensaba en voz alta. Dichosos los ojos que te contemplan, virtuoso Apolo.
Apolo: Alabados sean los oídos que pueden escuchar tu voz, tenaz Heracles.
Heracles: Y bien, ¿a qué se debe tu estimada presencia?
Apolo: Es sencillo, mas a la vez complejo. ¿Has escuchado hablar sobre el africano?
Heracles: Cómo no. Su obstinación ha alcanzado el Olimpo, pocas veces un mortal consigue tal proeza.
Apolo: ¿Y acerca de su africana?
Heracles: En menor medida a ella, mas la conozco; la ciudad donde ambos habitan es la tumba de una antigua amada, a la que nunca puedo deshacer en mi memoria por más que sacudo mil veces la cabeza. Y, al mismo tiempo, en esa región se hallan mis columnas.
Apolo: Dime, ¿qué opinas de ellos y de lo que ha acaecido?
Heracles: El africano es demasiado hombre para ella, y ella excesiva para él, como es costumbre en toda unión singular. Dulce deleite sería verlos juntos algún día, sin duda. Gozan de mi simpatía, aunque no les sirva de mucho, pues tengo poca cosa que ofrecerles.
Apolo: Al contrario, eres quien más puede asistirlos, si te avienes a colaborar con Eros y conmigo.
Heracles: ¿Qué necesitáis?
Apolo: Una manzana del Jardín de las Hespérides.
Heracles: ¿Otra vez el Jardín de las Hespérides? Apolo, no estoy tan seguro de poder seros útil; desde que en uno de mis últimos trabajos hube de hacerme con una manzana dorada de ese jardín, no cesa el brote en mis sueños de horrendas pesadillas. Por ellas estoy aquí, en tierras orientales, donde dicen se encuentra la paz absoluta, mas ni ella puede calmar mi tortura.
Apolo: Solucionaremos tus problemas, no debes temer por ello .Hera, que es la protectora del jardín, simpatiza con el africano y la africana, y Morfeo es un dios reflexivo, no se obceca en sus errores. Olvidemos las rencillas que obligaron a Zeus a separarnos con su temido rayo y trabajemos juntos.
Heracles: Dalo por hecho, así será. ¿Para qué necesitáis una manzana dorada? Si no lo tengo mal entendido su dote es la inmortalidad.
Apolo: Mediante el buen hacer de Hefesto pretendemos forjar una flecha de amor inmortal que atraviese, de un solo tiro, a los africanos.
Heracles: ¡Increíble! Nunca en mi vida he escuchado que existieran flechas tan poderosas.
Apolo: Dices la verdad: pocas han sido forjadas en toda la historia de este mundo, ni siquiera Eros las conocía.
Heracles: Mas, como es tan fuerte ese amor, los africanos deben conocerse profundamente para que la flecha los enamore y no los parta en dos, arrancando sus peores odios. ¿Miento?
Apolo: No mientes; eso es trabajo de Eros, en ello está ahora. Aguarda mi regreso, estaré aquí cuando convenza a Hefesto. Prepárate para retornar al jardín.
Heracles: Estaré preparado.
Afrodita: Ya estoy aquí.
Heracles: No te urjas, ya se ha marchado.
Afrodita: ¿Sobre qué te ha hablado?
Heracles: Sobre unos mortales africanos, mas no es lo que te inquietaba, centrémonos en tu dilema.
Afrodita: ¿Te ha pedido que le ayudes?
Heracles: Eso es.
Afrodita: ¿Qué has decidido?
Heracles: Que he de hacerlo, y así se lo he hecho saber.
Dioniso: ¡Afrodita! ¡Cuidado! ¡Viene Apolo a hablar sobre los africanos con Hera…! ¡Anda, Heracles!
Heracles: ¿Los africanos? ¿Lo sabías, Afrodita? ¿Has intentado engañarme otra vez?
Afrodita: Maldito Dioniso, ¿ya estás bebido?
Dioniso: ¿Qué te hace pensar eso?
Afrodita: Tus tambaleos, tu voz, tu rostro… ¡y la copa que portas en la mano derecha!
Heracles: ¡Respóndeme, Afrodita! ¿Has intentado engañarme de nuevo?
Afrodita: En absoluto. Nunca te he negado que conociera a los africanos; recuerda mis últimas palabras: te preguntaba por ellos, acerca de lo que te había hablado Apolo, porque, acto seguido, pensaba relatarte mi opinión sobre lo acontecido en los últimos días.
Dioniso: ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! ¡Una piedra que camina sola!
Afrodita: ¡Es uno de los cangrejos de Poseidón, Dioniso! Contrólate o vete de aquí.
Dioniso: Me vendría bien uno como tú, Heracles. Ya sabes, con esos músculos no habría mujer que no quisiera acudir a mis banquetes; además, cuando el vino tomara el control de tus acciones disfrutarías como nunca lo has hecho por la rigidez que contemplo en tu rostro.
Heracles: No desprecio tu oferta, mas una vez no fui consciente de lo que hacía, cuando me consumió la ira, y no quiero repetir una escena tan atroz.
Dioniso: Responsabilidad, ¡bah!
Afrodita: Siento que nuestro encuentro haya sido tan desagradable: primero Apolo y luego Dioniso con este malentendido. Regresaré cuando repose la tranquilidad y podamos hablar con más calma. Ahora he de irme con Dioniso, debo llevarlo al Olimpo.
Dioniso: ¡Mas Afrodita! Hoy es la noche de la gran fiesta de los humanos, necesitamos a los hombres de Heracles para tentar a la africana, después de que mi vino la posea. ¿No lo recuerdas? ¡Lo planeamos la última vez que Selene contemplo a los mortales!
Heracles: Conque era eso. Lo siento, Afrodita, mas no toleraré ninguna otra mentira en la que intentes embaucarme, como has procurado hacer tantas veces y hoy una más. No retornes nunca, pues no serás recibida. Me voy.
Afrodita: Se ha marchado Heracles. ¡Que la debilidad del vino te condene de por vida, Dioniso! ¿Cómo te has atrevido a estropear mi plan? ¿A quién recurriremos ahora?
Dioniso: No serán tan efectivos los mortales, mas puedes encandilar a algunos de los que encontremos por la ciudad de los africanos, haciéndoles arder por dentro para que nada más ver a la africana deseen como nunca han deseado nada llevarla al lecho. Ella caerá; no tiene voluntad, cualquiera de buen ver le vale.
Afrodita: No veo otra solución; y, aunque estés ebrio y no sepas lo que dices, no me parece una idea desatinada, evaluando nuestras posibilidades. ¡Deja de beber y escúchame!
Dioniso: Sólo un poco más, te lo prometo, sólo un sorbo más.
Afrodita: Vamos a la ciudad de los africanos, tenemos trabajo.
Dioniso: Espera. ¿Qué ocurriría si el africano apareciera por allí y lo arruinara todo?
Afrodita: No lo había pensado.
Dioniso: Eso me parecía.
Afrodita: Tendremos que evitar que el africano deje su casa durante esta noche. Encáuzale alguna celebración improvisada, a causa de esa fiesta mortal; mientras esté recluido no podrá ver a la africana.
Dioniso: ¿Y aceptará la celebración que yo le proponga? No estoy seguro.
Afrodita: Hazlo así, y también haz parecer la fiesta de la africana más grande de lo normal, para que el mortal se retraiga y no acepte ninguna invitación.
Dioniso: Como ordenas, lo haré.
Afrodita: Ahora vámonos.
Filed under: General | Deja un Comentario »